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SOY FELIZ, NO ME PREOCUPO, Jimmy Liao

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JIMMY LIAO, Soy feliz, no me preocupo, Barbara Fiore, Barcelona, 2012, 128 páginas.

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Subtitulado ...soy yo quien tiene preocupado al mundo, contiene, en su mayoría,  viñetas que se construyen sobre la estructura anafórica Me preocupa...

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Me preocupa que el paraíso de la infancia se haya perdido para siempre.
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Me preocupa que cada vez me resulte más indiferente el mundo.
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Me preocupa que las flores no se abran en primavera y que las hojas no caigan en otoño.
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Me preocupa que el egoísmo se convierta en virtud.
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Me preocupan los vendajes que atan a nuestra imaginación de tal modo que los ojos cristalinos no consiguen ver el arco iris en el horizonte.


Me preocupa que se dude de la felicidad.

EXORCISMOS DE ESTI(L)O, Guillermo Cabrera Infante

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GUILLERMO CABRERA INFANTE, Exorcismos de esti(l)o, Seix Barral, Barcelona, 1976, 304 páginas.

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Esta colección de piezas breves termina conjurando siempre al humor en sus continuos e ingeniosos juegos con el lenguaje.

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DOLORES ZEUGMÁTICOS

   Salió por la puerta y de mi vida, llevándose con ella mi amor y su larga cabellera negra.

CÓMO DECIRLE ADIÓS, Cécile Slanka

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CÉCILE SLANKA, Cómo decirle adiós, El Aleph, Barcelona, 2008, 112 páginas.

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A modo de los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, Slanka propone 100 breves cartas en las que desde el humor mordaz se pone fin a una relación amorosa.

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HIPOCORÍSTICO

   Bichito mío,
   Mi canelita en rama, mi pastelito de miel, mi cariñito, mi bomboncito, mi único amorcito, mi pulguita, mi gordito tierno, mi tesorito, mi pelusita, mi nenito, mi preciosidad, mi cosita bella, mi hermosura, mi gatito lindo, mi osito de peluche, mi angelito, ¡mi Pablito lindo!
   ¡Gisèle! Por todos esos sobrenombres estúpidos que me endosas desde hace años, ¡¡¡te dejo!!!
   Adiós, dulce bromuro de mi corazón.
Pablo

99 EJERCICIOS DE ESTILO, Matt Madden

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MATT MADDEN, 99 ejercicios de estilo, Sins Entido, Madrid, 2007, 224 páginas.

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Matt Madden traslada la propuesta de Raymond Queneau al lenguaje de la novela gráfica.
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1 MODELO


44 LIGNE CLAIRE


46 CONTENCIÓN DINÁMICA

EJERCICIOS DE ESTILO, Raymond Queneau

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RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estiloCátedra, Madrid, 1989, 163 páginas.

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Agradecemos infinitamente los lectores a Antonio Fernández Ferrer la versión de esta seminal obra publicada en 1947. A la muy documentada Introducción (pp. 13-41) sucede un anexo con propuestas de ejercicios posibles (pp. 45-46) que se añadirían a los 99 de Queneau.         
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NOTACIONES
 
   En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: “Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.” Le indica dónde (en el escote) y por qué.
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AMANERADO
 
   Eran los aledaños de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de múltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitrán que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobús, de librea verde y blanca, blasonado con una enigmática S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequeño pero agraciado lote de viajeros candidatos a los húmedos confines de la disolución sudorípara. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovilística francesa contemporánea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plúmbea, alzó la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que parecía emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro líquido de propiedades semejantes, de un fenómeno consistente en empujones reiterados que, según él, tenían como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepción, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de él.
   Más tarde, cuando el sol había bajado ya algunos peldaños de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me hacía vehicular por otro autobús de la misma línea, observé al mismo personaje descrito anteriormente moviéndose en la plaza de Roma de forma peripatética en compañía de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulación automovilística, consejos de una elegancia tal que no iba más allá de un botón.
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GUSTATIVO
 
   Aquel autobús tenía un sabor especial. Curioso, pero indiscutible. No todos los autobuses saben igual. Como suele decirse, pero así es. Basta con probarlo. Aquel -un S- para ser sincero, tenía un ligero sabor a cacao tostado, y no digo más. La plataforma tenía su aroma especial, a cacahuete no sólo tostado, sino, además, pisotado. A un metro setenta del suelo, una golosa, aunque allí no había ninguna, hubiese podido lamer una cosa un poco agria que era un cuello de hombre treintañero. Y veinte centímetros aún más arriba, se ofrecía un paladar refinado la exótica degustación de un galón trenzado con un ligero sabor a chocolate. A continuación degustamos el chiclé de la pelea, las castañas del cabreo, las uvas de la ira y los racimos de la amargura.
   Dos horas más tarde se nos ofrecieron los postres: un botón de abrigo... una auténtica guinda...

TIEMPO DE VIDA, Marcos Giralt Torrente

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MARCOS GIRALT TORRENTE, Tiempo de vida, Anagrama, Barcelona, 2010, pp. 20-21.
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Me acuerdo de un día, en la casa donde vivimos hasta que tuve tres años, en que me llevó al cuarto donde pintaba y me hizo colorear unos círculos en un cuadro.
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Me acuerdo de que por las mañanas me acompañaba al autobús de la ruta escolar contándome las aventuras de un mono llamado Manolo que iba como yo al colegio.
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Me acuerdo de que mi afición era tanta que, si eran mi madre o la niñera quienes me acompañaban, les pedía a ellas que siguieran el cuento, y de que muy bien no lo hacían, o pocas veces tuvieron que sustituirlo, ya que el nombre de Manolo me hace recordarlo siempre a él.
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Me acuerdo de una tarde, y debe de ser un recuerdo bastante temprano, ya que tengo la sensación de haberlo vivido desde un corralito, en que salió un momento a comprar algo y estallé en llanto cuando su ausencia, pese a todas las palabras tranquilizadoras con las que la preparó, fue más atemorizadora de lo previsto.
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Me acuerdo de su impaciencia tratando luego de calmarme y de sus intentos, como con posterioridad haría con cada queja mía, de deslegitimar mi descontento atribuyéndolo a mi exageración y desmesura. Me acuerdo, en nuestra segunda casa, de las tardes que pasó enseñándome a montar en bicicleta, de cuando me esperaba a la salida del colegio con el primer perro que tuvimos y durante unos segundos, antes de atravesar las puertas de cristal, podía observarlo sin que me viera.
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Me acuerdo de haber buscado babosas juntos en el jardín; y, parece invención pero no lo es, de un día en que me mostró el periódico y me dijo que había muerto Picasso.
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Me acuerdo, en la siguiente casa, de una noche en la que con unos amigos suyos, imagino que fumados, hicimos equipos y jugamos a lanzar muñecos de fieltro a un trapecio recubierto de velcro.
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Me acuerdo de la primera vez que me escapé del colegio y, al regresar a casa, me impuso el único castigo de su vida.
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Me acuerdo de haber escrito, a petición suya, los nombres de mis amigos de entonces en un cuadro que estaba haciendo, y de muchísimas tardes en su estudio pintando los dos, él con un ojo puesto en mis garabatos que meticulosamente recolectaba para guardarlos en carpetas.

ME ACUERDO, Elías Moro

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ELÍAS MORO, Me acuerdo, Calambur, Madrid, 2009, 118 páginas.

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Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.
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Me acuerdo de mi hermano despertándose de golpe en mitad de la noche. Sus ojos, en la oscuridad, llenaban toda la habitación.
   Yo sólo tenía ojos para sus ojos.
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Me acuerdo de lo que dice Chillida que una vez le enseñó su padre: "Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo".
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Me acuerdo de haber podido leer a Kafka gracias a la deslealtad de su amigo Max.
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Me acuerdo de la leche en polvo americana que nos daban en la escuela en aquellos vasos de aluminio coloreado.
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Me acuerdo de cuando me operaron de las anginas: durante unos días me atiborré de yogures y helados, artículos entonces casi de lujo en nuestra casa.
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Me acuerdo de los pespuntes aéreos de los vencejos.

RECUERDO, Andrés Barba

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ANDRÉS BARBA, Recuerdo, Santiago de Compostela, Madrid & Nueva York, 2011, 76 páginas.

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De la magia incierta de las Polaroids aferrada a la estela de Joe Brainard, Georges Perec o Juan Bonilla surge Recuerdo, un proyecto que ensarta fotografía y literatura y que, tras ser expuesto durante un mes en el King Juan Carlos I of Spain Center de Nueva York, sólo pervive trasladado al papel en esta edición limitada de 100 ejemplares. El prólogo del autor (pp. 5-15), además de reflejar el progresivo deslumbramiento que recorre su infancia ante esas fotografías de nombre de "constelación estelar", plasma su deseo de que este libro no vuelva a editarse, convirtiéndose de este modo "en uno de esos álbumes en los que los negativos se han perdido «otra vez»", así como en metáfora misma de la fugacidad del recuerdo al subrayar la inequívoca esencia de la vida, compuesta a base de retazos tan frágiles como imposibles, tan bellos como irrecuperables.

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Recuerdo que con ocho años estaba convencido de que llegaría un diluvio que inundaría Madrid hasta el tercer piso. Yo vivía en el cuarto.
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Recuerdo haberme sentido adivinado por Bárbara cientos de veces.

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Recuerdo haber sabido mucho después que, aquel día que nos hizo reír a todos, Eduardo estaba triste en realidad.

ME ACUERDO BEIRUT, Zeina Abirached

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ZEINA ABIRACHED, Me acuerdo Beirut, Sins entido, Madrid, 2009, 96 páginas.

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Me acuerdo de que en aquella época, me daba por dejar la mochila cerca de la cama por la noche.
En aquella mochila tenía preparado todo lo que quería llevarme conmigo si teníamos que huir.  

JE ME SOUVIENS, Juan Bonilla

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JUAN BONILLA, Je me souviens, Algaida, Madrid, 2005, 168 páginas.

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En "Me acuerdo de Je me souviens" (pp. 7-16) Juan Bonilla se confiesa coleccionista de ejemplares del libro de Perec, casi siempre editados con páginas en blanco que invitan al lector a proseguir la tarea. "Coleccionando ejemplares de Je me souviens lo que hacía era coleccionar experiencias que me faltaban y repasar o darle vida nueva a las que ya tenía".
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ME ACUERDO DE LA VOZ DE UN MUERTO

   Es fácil engañarse confiando en que los textos que uno escribe se las arreglan para trenzar una cartografía fiel de lo que ha sido su vida, como si esperase que alguien al leerlos pudiera adivinar (o hacerse una idea de) qué clase de hombre es o fue y, leyendo esas páginas, adquiriera la convicción, tenue o nítida, de que ha llegado a conocerle. Pero una vez desaparecido el autor de un texto, nada de lo que fue perdurará en lo escrito —y en esa frase hay otra ingenuidad pomposa, pues no hace falta siquiera desaparecer para que esa presencia   diluida en lo que fue escrito no pase de ser un fantasmal simulacro. Una vez le pregunté a Terenci Moix, del que había leído muchos libros, qué sabía yo de él gracias a esa insistencia mía en su literatura. Me respondió que lo sabía todo, refiriéndose sin duda a que lo fundamental de lo que era había sido depositado en sus libros. Contrariamente creo que si alguien me formulase la misma pregunta no tendría más remedio que responder, acudiendo a una sinceridad tal vez decepcionante: no sabes nada de mí. Pues yo mismo, visitando escritos de años atrás o de ayer mismo, soy incapaz de hallar en ellos el menor rastro de quién pude ser que esté de acuerdo con la imagen de aquel que la memoria pinta conforme voy agrandándola, cuando cometo la imprudencia de sumergirme en el pasado para renovarlo con una nueva mano de pintura que avive sus matices— y por lo tanto de averiarlo para siempre.
   Señalaba Agustín García Calvo, en un precioso texto sobre Rosalía de Castro, cómo uno de los vicios más perniciosos de la crítica literaria consistía en convertir las obras sobre las que reflexionaba en respuestas a una encuesta policial encargada de determinar qué tipo de persona era el que las había escrito. Y sin embargo, en la última estrofa de su emocionado A un poeta futuro, Luis Cernuda nos susurra: "Cuando en días venideros (...) lleve el destino tu mano hacia el volumen donde yazcan olvidados mis versos, yo sé que sentirás mi voz llegarte, no de la letra vieja, mas del fondo vivo en tu entraña.(...) En sus limbos mi alma quizá recuerde algo, y entonces en ti mismo mis sueños y deseos tendrán razón al fin, y habré vivido.” Para García Calvo nada hay de valor en un poema si no logra el texto saltar por encima de quien lo escribió y consigue perder de vista el nombre propio que le dio origen. Para Cernuda, la poesía levanta el testimonio de una existencia (cuyo sentido último radica precisamente en llegar a dar testimonio de sí misma para no ser tragada del todo por las aguas del olvido).
   Sea como fuere, cualquier texto lleva en su revés adherida la voz de un muerto. Leer poemas es practicar la ouija: aquella conversación con los difuntos de la que hablaba Quevedo. Pero ese difunto que hay en los textos que uno ha escrito, no es propiamente ~ lo sabe uno porque cuando lee sus textos, puede que Ia voz sea la suya y se reconozca en ella, pero lo que es, lo que fue su vida, no está transcrita, no puede estarlo, en las palabras de esa voz: la vida como sustancia superior a la que no se le puede poner coto con palabras. ¿Fracaso inevitable del poema? ¿Ambición ilimitada del poeta? Leo a Cernuda en los altillos de la madrugada, y la voz que rebota en las paredes de mi cerebro es suya —o sea, es la voz de la idea que yo me he hecho de Cernuda—, pero lo que dice esa voz es una pálida acuarela comparada con la vida inaprehensible que quedó sin decir, que se escapó como agua entre las manos del poeta, alguien que sólo es capaz de enseñarnos el leve rastro de humedad en las palmas que la sostuvieron.
   La idea de que lo mejor, lo más digno de una criatura que se pasa la vida tratando de dar testimonio de su existencia mediante unos versos, está precisamente en esos versos, es una torpe estrategia para asaltar el rotundo desconsuelo definitivo de la inexistencia: una manera de agarrarse a la certeza de que las vidas no se acaban, de que se prolongan en las palabras que esas vidas generaron y, de alguna manera milagrosa, son capaces de quintaesenciar lo que un día fue una vida. Pero esa certeza no pasa de cómo acabar una necrológica (de ahí que se repita en esos textos el latiguillo~ “pero aunque muriera ayer el hombre, seguirá viviendo en los versos —o en las películas, o en los cuadros, o en los hijos— que creó”). Nada más lejos de la impertinente realidad. Por mucho que Sainte Beuve pusiera en marcha una docta manera de hacer crítica que consistía en estudiar las obras pegándose a sus circunstancias biográficas —una llovizna de anécdotas para explicar el charco de una obra literaria—, lo cierto es que tales circunstancias biográficas acaban perdiendo su peso específico antes o después, y las obras quedan solas enfrentadas al presente, sin que en sus huesos resida más que una leve carga de información biográfica de quienes las compusieron, una carga que apenas habrá de ser tenida en cuenta por quienes las reciben. Terenci Moix pudo decir, en efecto, que quien se asomara a sus novelas, sobre todo a los tres espléndidos tomos de sus memorias, podía asegurar sin temor a equivocarse que lo había conocido, pero eso no pasaba de ser una de sus muchas y entusiasmadas coqueterías: al ahormar una vida para generar una biografía, lo que se consigue es un relato en el que, precisamente, se entierra en literatura lo que un día fue vida, se congela el cuerpo para mantenerlo con apariencia de vida, pero ésta ha huido del único lugar donde puede fraguarse: el presente. Nadie mejor que Lucrecio dijo a lo que nos dedicamos: a ser una espuria ficción para periodistas que no saben generar simulacros. Y eso son las memorias y las biografías por intensas que sean, por bien escritas que estén. Nadie mejor que Eliot formuló una pregunta que impugna la propia tarea de escribir: ¿dónde quedó toda esa vida que hemos gastado precisamente en no vivirla?
   Por eso lee uno cosas propias de hace algún tiempo, que escribió con ánimo de que de alguna manera quedara algo de lo que es en los posos del texto, y advierte que ni se reconoce ni puede esperar que alguien le reconozca en la sustancia que empleó para tratar de decirse. Por eso leer poemas es practicar la ouija, oír la voz de un muerto que, ahí su radiante intensidad, no trata de decirnos nada acerca de sí mismo, porque no está entre sus capacidades hacerlo aunque fuera lo que pretendió en su día, sino acerca de quien se aviene a leerlo, el dueño del presente: lo convierte en un recipiente donde arrojar la derrota —todo poema es un fracaso si se le compara con la experiencia de la que nace— de no haber podido retener en las palmas de las manos más que un leve rastro de humedad, memoria de todo un torrente de agua que acabó fugándose para siempre.

ME ACUERDO, Georges Perec

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GEORGES PEREC, Me acuerdo, Berenice, Córdoba, 2006 (1978), 176 páginas. Edición de Yolanda Morató.

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Inspirados en I remember de Joe Brainard, los 480 recuerdos que contiene este libro le permiten a Perec construir "una biografía que asciende a la categoría de enciclopedia cultural de Francia" (p. 10). Aparte de un prólogo (Je me souviens: Viaje a la memoria colectiva de un país, pp. 7-13) que permite una primera aproximación del lector a este proyecto literario, la edición incluye un índice temático y dos apéndices: unas útiles Notas aclaratorias (pp. 159-170) y una Breve bibliografía (pp. 171-172) de las obras de Perec traducidas al castellano, así como de estudios sobre Je me souviens. Además, como en la obra original, "se han dejado en blanco las últimas páginas de esta edición para que sea el lector quien siga teniendo la última palabra" (p. 13).

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Me acuerdo de un amigo de mi primo Henri que se pasaba todo el día en pijama cuando estaba preparando los exámenes.
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Me acuerdo de que, antes de la guerra, Jean Gabin tenía que morir, por contrato, al final de todas sus películas.
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Me acuerdo de cuando volvíamos de vacaciones, el 1 de septiembre, y de que todavía quedaba por delante un mes entero sin colegio.
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Me acuerdo de que me sorprendió mucho saber que mi nombre quería decir «labrador».
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Me acuerdo de los agujeros de los billetes de metro.
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Me acuerdo del tenis-barba: contábamos los barbudos que pasaban por la calle. 15 para el primero, 30 para el segundo, 40 para el tercero y juego para el cuarto.
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Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión «sin solución de continuidad».
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Me acuerdo de cuando me rompí el brazo e hice que toda la clase me escribiera dedicatorias en la escayola.
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Me acuerdo de que los autobuses estaban clasificados por letras y no por números (de ahí el célebre S de los Ejercicios de estilo, que se convirtió en el 84).

ME ACUERDO, Joe Brainard

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JOE BRAINARD, Me acuerdo, Sexto piso, Madrid, 2009 (1975), 148 páginas.

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Me acuerdo de ver feos a mi padre y mi madre cuando estaban desnudos.
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Me acuerdo de cuando me encontré una foto de una mujer desnuda de cintura para arriba con unas tetas enormes y se la enseñé a un niño en el colegio y se lo dijo a la profesora y la profesora preguntó si podía verla y se la enseñé y me preguntó de dónde la había sacado y le dije que me la había encontrado por la calle. Después de eso no pasó nada más.
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Me acuerdo de los sándwiches de mantequilla de cacahuete y plátano.
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Me acuerdo de los jerséis de pedrería con el cuello de piel y abiertos hasta la cintura.
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Me acuerdo de la pareja de seis en el pase inglés.
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 Me acuerdo de evitar mirar a los lisiados.
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Me acuerdo de Mantovani y sus (¿100 cuerdas?).
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Me acuerdo de una mujer que casi no tenía cuello. Siempre se ponía llamativos zapatos de plataforma de ante en sus grandes pies. Mi madre decía que eran muy caros.
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Me acuerdo de las cintas para los regalos que si las pasabas por la hoja de unas tijeras se hacían tirabuzones.
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Me acuerdo de que nunca lloraba delante de gente.
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Me acuerdo de la vergüenza que me daba ver a otros niños llorar.
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Me acuerdo del primer premio de dibujo que gané. En el colegio. Era un dibujo de un nacimiento.
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Me acuerdo de una estrella muy grande en el cielo. Gané la cinta azul del primer premio.