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PALABRAS MENORES, Juan Ramón Santos

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JUAN RAMÓN SANTOS, Palabras menores. Cortometrajes, De la Luna Libros, Mérida, 2011, 90 páginas.
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BIBLIOTECA

   Ordenó la biblioteca por colecciones y vio que no le gustaba. Se le antojaba vulgar. Parecía como si hubiese comprado los libros por el mero afán de adornar las paredes. Por eso decidió cambiar y probó a alinearlos por tamaño. El efecto era interesante. Transmitía el carácter práctico y desenfadado de un lector voraz y algo desastroso, pero no acababa de convencerle. Por eso probó a colocarlos por orden cronológico de escritura, en función de la lengua en que habían sido escritos e incluso en el idioma en que habían sido publicados sin llegar a encontrarse del todo satisfecho. Demasiada pedantería, se dijo, y concluyó que quizá lo mejor era un estricto orden alfabético de autores, el criterio aséptico que empleaban las grandes bibliotecas. «Por algo lo harán», pensó. A continuación se puso manos a la obra y comprobó que aquello comenzaba a gustarle, pero que aún le faltaba un toque, un pequeño detalle, el que había de otorgarle verdadero rigor a su biblioteca, la distribución por materias, y repartió escrupulosamente los libros entre poesía, novela y ensayo. «Mucho mejor», se dijo luego, aunque enseguida se dio cuenta de que la colección había de crecer, de que se incorporarían nuevos géneros, nuevos títulos, nuevos autores, y fue dejando hueco en función de esas futuras adquisiciones. Al terminar tomó aire y un poco de distancia, contempló el trabajo en toda su magnitud y el resultado le pareció casi perfecto, pero solo casi, pues algo no funcionaba del todo. Después de darle muchas vueltas comprendió que el problema era que la biblioteca no podía estar desterrada en la soledad recóndita de un dormitorio, que tenía que encontrarse en el mismo corazón de la casa, que solo así alcanzaría la perfección. Entonces recogió solemne sus tres libros y se los llevó al comedor.

ME ACUERDO, Elías Moro & Daniel Casado

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ELÍAS MORO & DANIEL CASADO, Me acuerdo, De la Luna libros, Mérida, 1999, 66 páginas.

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En Me acuerdo de "Je me souviens" (pp. 7-9) los autores señalan que con esta autoría bicéfala ofrecen una de las posibles variaciones propuestas por Perec.
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Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.
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Me acuerdo de aquellas dos gemelas del instituto. Nunca supe de cuál estaba enamorado.
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Me acuerdo de la simetría radial de los arenques en aquellas cajas de madera a la puerta de los colmados.
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Me acuerdo de sueños que nunca veré cumplidos.

Elías Moro

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Me acuerdo del hermano que nunca tuve, las patadas que nunca nos dimos, los juegos que nunca jugamos, los llantos no llorados, las risas no reídas, las meriendas que fueron sólo para mí.
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Me acuerdo del disco de vinilo y aquel hijo suyo, el single. Se enamoró de la radio. El cassette los casó. El compact disc los enterró.
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Me acuerdo de los campos donde la infancia me jugó.
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Me acuerdo de todas las cosas que me hicieron olvidar.
 Daniel Casado

TECLEO EN VANO, Pilar Galán

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PILAR GALÁN, Tecleo en vanoDe La Luna, Mérida, 2014, 108 páginas.

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ORACIÓN LINGÜÍSTICA
Para Alfonso, que inventa palabras.

   Mi suegra dice me se y te se, y asín, mientras la eternidad es una tarde de domingo atrapada en la mesa camilla de su casa.
   Mi hijo pequeño dice sidericordia, y nos reímos. En el colegio estudia que los verbos indican acciones, y se buscan en el diccionario a través de los infinitivos. Ar, er, ir. También confiesa que confunde verbos y adjetivos, y que la lengua le aburre porque tiene que escribir renglones y renglones, y copiar los cuadros amarillos.
   Mi madre no dice nada. Musita palabras sin sentido, o te mira fijamente intentando reconocer el camino de vuelta ya olvidado. A veces tose, o empieza a gemir y sobrevuela un conato de esperanza, que se diluye enseguida.
   Mi hijo mayor escribe tqmuxo, y volveré trd. Bs.
   Mi jefe dice reestructuración y objetivización adaptizada de contenidos actitudinales. Y luego plis, traime un café, porfa, enseñando unos dientes manchados de nicotina.
   Durante el día, mi marido y yo cruzamos insultos y reproches, con el desafecto rápido de antiguos conocidos.
   Por la noche, cuando todos duermen, hablo sola.
   En el principio fue el Verbo, dicen.
   Del final no dicen nada.
   Porque estamos saciados de desprecios.
   Sidericordia, señor, sidericordia.

UN ELEFANTE EN HARRODS, Francisco Rodríguez Criado

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FRANCISCO RODRÍGUEZ CRIADO, Un elefante en Harrods, De La Luna, Mérida, 2006, 88 páginas.

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LA IRA DE ZEUS

   Atraído por mis crónicas sobre la Grecia moderna y el aroma de mi café expreso, Zeus visitaba mi casa al menos una vez por semana. Nada más cruzar el umbral dejaba su terrible rayo en el paragüero del vestíbulo y, sonriendo, su famosa águila posada en el hombro, venía hacia mí con los brazos abiertos. Era un tipo afable y locuaz, aunque con mucho carácter. (Qué les voy a contar que ustedes no sepan a estas alturas.)
   Durante la tertulia –nunca antes de apurar la segunda taza de café– se mesaba la barba mientras me hacía partícipe de los graves problemas a los que se enfrentaba en “el gobierno de este nefasto imperio que es el mundo, donde todo son conflictos y desdichas”. Le gustaba hablar de su infancia, de las guerras que había librado, de los castigos infligidos a quienes habían desoído su voluntad y, cómo no, le gustaba jactarse de su numerosa descendencia con diosas y mujeres de carne y hueso. En verdad ese era su tema preferido: las mujeres. Yo, pobre mortal, me limitaba a contarle naderías: mis fracasos literarios, los problemas domésticos, las dificultades para llegar a final de mes y, como dije antes, alguna que otra anécdota de mi pasada estancia en Grecia, un viajecito en Atenas... En resumen, poca cosa.
   Todo iba bien hasta que Zeus, señor del cielo y dios de la lluvia, padre de los seres humanos, tuvo que ausentarse unos días de la ciudad.
   –He de estar presente en los Juegos Olímpicos que se celebran en mi honor –se excusó complacido.
   En su lugar envió a su hija Helena (a la postre Helena de Troya), la mujer más bella de Grecia. Subyugada por el café y mi colección de discos de los Beatles, consternada por la soledad que exhalaban mis ojos apagados, Helena durmió aquella noche en mi cama.
   Zeus, al enterarse, arremetió con toda su furia contra este indefenso servidor.
   Manco del brazo derecho desde ese instante, habrá de perdonar el lector la brevedad y falta de puntería de mis últimos escritos.

EN DOS TIEMPOS, Marino González Montero

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MARINO GONZÁLEZ MONTERO, En dos tiempos, De la Luna Libros, Mérida, 2004, 46 páginas.

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SHIRGAT, PARALELO TREINTA Y CINCO

   No fue la loneta de lienzo moreno de la ventana, que estuvo pañoleando durante las dos últimas horas al soltársele un viento. Ni las dos únicas gallinas que picoteaban hacía un rato en el umbral de la puerta confundiendo, estúpidas, las vetas de la pizarra con imaginarias y suculentas lombrices.
   No fue el levísimo desplome de la última tarama, ascua ya, que había estado calentando el habitáculo y la escudilla de latón toda la noche. Ni las trece cabras —once hembras, un macho, un cabrito mamón— que empezaban a remover esquilas, lejanas, como quien oye tocar a misa en otro pueblo.
   No fue la respiración profunda de su mujer que le acompañaba como el reloj que no tenían cuando lo de los insomnios. Ni el dolor que le curvaba y le punzaba la espalda cuando se removía en el jergón desde que levantó él solo aquellas paredes de adobe. 
   No fue el frío del desierto, que últimamente se agarraba tanto a sus riñones que no podía evitar salir a orinar junto al aprisco en mitad de la noche. Ni los ardores de estómago —demasiado orégano en las aceitunas de hogaño—. 
   No fue nada de eso lo que despertó a Yasar y sus cincuenta y cuatro años de carne enjuta, cubierta la cara de la tupida barba, blanquísima, que cuidaba con aceites y parsimonia de manos arrugadas en aquella madrugada de marzo. Sólo fue un sueño, aunque ni siquiera sabía si era malo. Un sueño que le llevó a tiempos remotos, más allá incluso de la llegada del Profeta. Allí vio a su padre, a su abuelo anciano y a sus hermanos. Era una tierra próspera aquella por la que viajaban sin cesar, bajando el Éufrates, remontando el Tigris, para volver a empezar al año siguiente llevando especias y maderas talladas a cuña por los mercados de toda Mesopotamia.
   Yasar se incorporó a pesar del dolor, se puso en pie y, moviéndose como una pantera huesuda, abrió la puerta, ladeó la cortina y una luna mora iluminó la estancia dejando ver a su nieto tan dormido como le permitían sus cuatro años. Salió fuera, respiró hondo... y se le llenó el pecho de silencio.
   
   Noche de marzo de 2003, mientras los primeros bombarderos estadounidenses volaban hacia Irak.

PARAÍSO POSIBLE, Pilar Galán

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PILAR GALÁN, Paraíso posible, De La Luna, Mérida, 2012, 84 páginas.

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DESPEDIDA

   Vete a tomar por culo, Margarita, me escribió en el móvil. Solo un poeta como él podía despedirse en endecasílabos.

LA REINA SECRETA, Antonio Costa

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ANTONIO COSTA, La reina secreta, De la luna libros, Mérida, 2004, 112 páginas.

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LOS PEZONES DE AMELIA
  
   Los pezones de Amelia son mágicos. Lo descubrió un día cuando fue al manicomio a visitar a un primo suyo. De repente, en el jardín, un enfermo se abalanzó sobre ella, le desgarró el sostén, y empezó a chuparle los pezones. Los celadores lo apartaron, pero él se mostró tranquilo, confiado, y empezó a explicar teoremas matemáticos. Después lo llevaron al director y le aclaró las teorías de Einstein (el director nunca las había entendido). Amelia se sintió muy avergonzada y después se quedó pensativa. El hecho fue muy comentado. Unas semanas después un tío suyo estaba muy triste. Ella se acercó a consolarlo: “¿Qué te pasa, tío?” El la miró con aflicción. Ella se desabrochó lentamente la blusa y el tío lamió los pezones. Entonces se sintió recuperado y lleno de fuerzas. Estuvo muy simpático en la comida,y al día siguiente ganó mucho dinero en la Bolsa. Amelia no sabia que pensar de su poder. Se sentia Abrumada y temerosa, y con una cierta ternura. Un día iba al instituto con unas amigas y se le acercó una campesina con un niño tullido: “Por favor, señorita, anide a mi hijo”. Amelia se sintió totalmente azorada. Pero la campesina insistía, y al final desnudó su pecho. Fue asombroso: el muchacho se recompuso y comenzó a dar saltos de alegría. Al día siguiente la abordó a la salida de su casa con un enorme bizcocho y una sonrisa como un cometa. Llevaron a Amelia a casa de un sabio que había estudiado en Heidelberg. El sabio comentó: “Tantos siglos buscando la piedra filosofal, y está en los pezones de esta muchacha”. La familia de Amelia empezó a preocuparse mucho. Llegaban muchas cartas para ella y desconocidos llamaban a su puerta. Los compañeros la miraban y sonreían. Ya no podía ir sola al parque ni entrar en una tienda, porque la conocían y la felicitaban. Amelia permanecía melancólica en su habitación escuchando canciones de Leonard Cohen y hablando con un amigo que nunca había visto sus pechos.   Sus padres decidieron que se fuera a América y la mandaron a Boston. Allí vivía un amigo de la familia. Se matriculó en un campus y paseaba por las calles antiguas. Un día se puso a mirar tiendas y a tomar chocolate con un amigo. El muchacho tenía mucho acné y estaba triste. Amelia se puso cariñosa y él le desabrochó el sostén. Chupó los pezones con delicia. Al despedirse él ya no tenía granos. Le estaba infinitamente agradecido. Se sentía unido a ella por una sensación especial. Más tarde el amigo de la milia tenía cáncer. Amelia se acercó a el por la noche y como en sueños él le besó los pezones. Al día siguiente estaba curado. Entonces concibió una pasión loca por ella. Ella tuvo que marcharse y terminar sus estudios en París. Un multimillonario de Texas la buscó por todos los medios y la invitó a su mansión. Consiguió que su mujer lamiera los pezones de Amelia y se curó de hipocondría. El millonario ofreció a Amelia una pensión vitalicia. Pero ella no aceptó y consiguió desaparecer. Hoy Amelia es anciana y mira sus pechos en el espejo. Apenas tienen ya poder. Sus pezones no la curan de su tristeza. Ha pasado el tiempo y sus amores han muerto.. Uno de ellos escuchaba sus pechos y tomaba champán al atardecer, cerca de Niza. Ella bebía de su copa y acariciaba sus párpados.

MEJORES DÍAS, José Luis Morante

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JOSÉ LUIS MORANTE, Mejores días, De la Luna Libros, Mérida, 2009, 72 páginas.

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Tiene una memoria prodigiosa, capaz de hacer real una mentira.
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Tiene un sentido del orden y de la etiqueta impropio de sus años. Colecciona poemarios. Los agrupa por colores, los colores por épocas; las épocas por tendencias, las tendencias por autores; los autores por el estado de conservación de su pelo. Apunta a crítico literario.
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El cinismo trasforma la sonrisa en una inscripción ilegible.
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Recordar es un ejercicio de resistencia.
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Se ha llenado la noche de oscuros minotauros. Pero no soy Teseo.
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Escucho. Habla la lluvia con excepcional elocuencia.
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En la era informática los espejos de Narciso se llaman blogs.
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Tras llegar a su destino, los reproches tienden a recorrer el camino de vuelta.
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A la luz del día el insomnio parece un hábito curable.
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Un buen poema refleja el rostro del lector.