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EL ABC DE BYOBU, Ida Vitale

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IDA VITALE, El abc de Byobu, Estuario Editoria, Montevideo, 2018, 84 páginas.

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LA ANGUSTIA

   La angustia de Byobu amanece pugnaz. Liquida, extravasada, ocupa todos sus alrededores. A momentos sólida, seca, invade como arena los huecos que lo rodean. Crece dentro de sí, líquida o seca. Es natural, pues, que la respiración se le entrecorte, como si un mal hereditario estuviese a punto de desencadenarse.
   Sale a caminar para dejar aquel peso atrás, en poder del viento, cubierto y confundido con una sombra. Supone un ser vacío que camina por una ciudad vacía bajo un cielo vacío. Lo envuelve un concluyente silencio vacío. Quizás alguien piense que el silencio lo está siempre. Ése no ha escuchado la maravillosa plenitud de los silencios generosos. La opresión se expresa de tanto en tanto en fórmulas terribles que no logra reemplazar ni anular. Suponiendo que palabras ajenas e inesperadas podrían dominarla, camina hacia la Biblioteca pública, en busca de las que encierran los libros. Lo acoge la inquietud del mundo: cada libro encierra una forma distinta de desazón, de malestar, de enfermedad o de duelo que pregunta: ¿no es peor mi caso? Cada uno —alma en lucha por salvarse, rehén al que rescata, provisoria, la mano que lo elige— llama con deliciosos recursos tentadores y distintos. Y Byobu cede, entra rara vez en dicha ajena, al cabo se descubre liberado de su propia asfixia, menos grave que alguna que ha entrevisto. No ha sido una operación mágica: ha aprendido a minimizarse.

EL ABC DE BYOBU, Ida Vitale

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IDA VITALE, El abc de Byobu, Adamar, Madrid, 2005, 78 páginas.

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ESTACIONES

   Las estaciones están hartas de nosotros y resueltas a hacer valer sus caprichos. Traslapándose unas sobre otras, imponen la Libertad de su desorden. Bajo los leves velos del otoño, que va para invierno, comparece de pronto el caprichoso verano, con ráfagas absurdas de bochorno, más intolerable porque atropellan a todos los desprevenidos envueltos en lanas, ahora sin razón. Byobu se siente ridículo con su bufanda y su sombrero riguroso. Pero en el mismo momento lo asalta el fantasma del enfriamiento: cuando un incauto se deja vencer por el sofoco y se despoja de la ropa protectora y ofrece su carne y más abajo su pleura delicadísima, aquél se precipita, el cuchillo invisible enarbolado para la agresión. Byobu se hace el sordo sagaz ante el reclamo ignaro de su cuerpo y sigue adelante como si gozara de una isotermia de la que carece. Al menos ese día no será vulnerable, aunque lo agobie la calígine.
   A veces —él mismo se asombra— tiene razón. En su casa, se olvida gustoso del tiempo. Pero a la mañana siguiente, la mirada sometida que lanza desde la ventana sobre el mundo. se lo muestra gris, en su lógica gris, desde el cielo hasta el espíritu de quienes caminan doblados bajo un paraguas y arrebujados, otra vez, en uniformes lanas.