Mostrando entradas con la etiqueta ETGAR KERET. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ETGAR KERET. Mostrar todas las entradas

TUBERÍAS, Etgar Keret

1




ETGAR KERET, Tuberías, Siruela, Madrid, 2016, 220 páginas.

**********

FELIZ CUMPLEAÑOS

   El autobús se para, el conductor te sonríe, los cristales de las ventanillas brillan y el dinero es calderilla.
   El único asiento individual libre del lado izquierdo es el último, como si te lo hubieran reservado, el que tú prefieres, con el cristal detrás. El autobús circula, los semáforos se ponen en verde y el chico que come pipas guarda las cáscaras en una bolsita.
   Hoy, el viejo revisor no quiere el billete; solo se toca el borde de la gorra y amablemente te desea un buen día.
   Y lo será. Porque es tu cumpleaños. Eres inteligente, guapa y tienes toda la vida por delante. Faltan cuatro paradas. Tocarás la campanilla y el conductor parará especialmente para ti.

   Bajarás del autobús, nadie te apremiará y la puerta no se cerrará hasta que estés lejos. El autobús arrancará, la gente se alegrará por ti y el chico de las pipas te saludará con la mano hasta que el bus desaparezca, sin pretexto ni motivo.
   No hace falta ningún motivo: es tu cumpleaños, un día en el que pasan cosas agradables. El cachorro que corre hacia ti moverá la cola cuando lo acaricies, incluso los perros saben distinguir los días de fiesta.

   En vuestra casa la gente esperará a oscuras detrás de los preciosos muebles que tú misma elegiste. Cuando abras la puerta, darán un salto de sorpresa. Exactamente como debe ser en las fiestas sorpresa.
   Estarán todos, los que has amado, los más queridos, los más importantes. Te traerán regalos que han comprado o inventado. Regalos imaginativos y también objetos prácticos.
   Los graciosos entretendrán, los inteligentes ilustrarán, hasta los melancólicos sonreirán de verdad. La comida será fantástica; después servirán fresas y, por último, un batido de vainilla de la mejor heladería de la ciudad.
   Pondrán un disco de Keith Jarrett, y todos lo escucharán; luego otro de Satie, y nadie se sentirá triste. Esta tarde, los que están solos se sentirán acompañados, y nadie preguntará «¿Cuánto azúcar?», porque todos se conocerán.
   Al final se marcharán. Los que quieras te besarán, y los que no... te estrecharán la mano. Solo quedará él, el hombre con el que vives, más apuesto y comprensivo que nunca.
   Si lo deseas, haréis el amor, o te masajeará el cuerpo con un aceite preparado según una fórmula especial. Si se lo pides, atenuará la luz de la lámpara, y os quedaréis sentados y abrazados en silencio, esperando el amanecer.
   Esta tarde mágica, yo también estaré allí, tomaré un batido de vainilla, sonreiré de verdad, probaré la fantástica comida. Y antes de irme, si quieres, te besaré, o tal vez simplemente te estreche la mano.

UN LIBRO CARGADO DE CUENTOS CORTOS, Etgar Keret

0


ETGAR KERET, Un libro cargado de cuentos cortos, Siruela, 2016, Madrid, 560 páginas.

**********
Feliz edición de Siruela que permite al lector reunir La chica de la nevera..., Pizzería Kamikaze..., Un hombre sin cabeza... y De repente llaman a la puerta. En el Prólogo (pp. 11-12) el autor acepta que ver reunidos todos sus cuentos le hace sentir "viejo de inmediato".
**********


HEMORROIDE

   Esta es la historia de un hombre que sufrió de una almorrana. No de hemorroides, sino de una sola y triste almorrana. La almorrana empezó siendo pequeña y molesta, enseguida se hizo mediana e irritante, y a los dos meses ya era grande y dolorosa. El hombre siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero la almorrana esa, que tenía colgando de la vena, le recordaba en todas las reuniones largas o cuando estaba estreñido que la vida es un jodido sufrimiento, que la vida es bien molesta y puñetera. Y así, antes de tomar cualquier decisión importante, el hombre escuchaba a su almorrana lo mismo que hay otros que escuchan su conciencia. Y la almorrana, como almorrana que era, le daba unos consejos para el culo. Le aconsejaba despedir a este o al otro, no ceder, enfadarse y quejarse. Y la verdad es que funcionaba, porque el hombre cada día cosechaba más y más éxitos. Las ganancias de la empresa que presidía no hacían más que aumentar, y con ellas la almorrana. Hasta que llegado un momento la almorrana ya era más grande que el hombre. Aunque ni siquiera entonces dejó de crecer. Finalmente, la tal almorrana acabó por encabezar el directorio de la empresa. Y a veces, cuando la almorrana se sentaba en la butaca de la sala de reuniones, el hombre que tenía debajo le molestaba un poco.
   Esta es la historia de una almorrana que sufrió de un hombre. La almorrana siguió viviendo su vida con normalidad: trabajaba todos los días hasta bien tarde, se divertía los fines de semana y, cuando se le terciaba, echaba una canita al aire. Pero el hombre que tenía colgando de la vena le recordaba en todas la reuniones largas o cuando estaba estreñida que la vida es amar, que la vida es dolor, que la vida es un jodido sufrimiento, pero que también se puede ir a mejor. Y la almorrana escuchaba al hombre lo mismo que las personas, muchas veces, escuchan los retortijones del vientre cuando este exige alimento, sin demasiadas ganas pero con resignación. Y gracias a ese hombre la almorrana se esforzó por creer que podía perdonar, y lo intentó. Por mantener su honor y el de los demás. Y si alguna vez todavía maldecía, ponía cuidado en no mentarle la madre a nadie. De manera que gracias a aquel pequeño y molesto hombre que tenía en el trasero, la almorrana se convirtió en una almorrana querida por todos: por las almorranas, las personas y, por supuesto, por los accionistas de su compañía, desperdigados por todos los rincones del mundo.

LOS SIETE AÑOS DE ABUNDANCIA, Etgar Keret

0


ETGAR KERET, Los siete años de abundancia, Siruela, Madrid, 2014, 160 páginas.

**********
En los siete años transcurridos entre el nacimiento de su hijo y la muerte de su padre, Etgar Keret, con su habitual maestría narrativa, registra en treinta y cinco crónicas una realidad que fluye entre la comedia y la tragedia, entre lo particular y lo universal.

**********
MI PRIMERA HISTORIA

   Escribí mi primera historia hace veintiséis años en una de las bases del ejército con más seguridad de Israel. Por aquel entonces tenía diecinueve años y era un soldado espantoso y deprimido que contaba los días para terminar su servicio militar obligatorio. Escribí la historia durante un turno especialmente largo en una sala de ordenadores aislada y sin ventanas, en las profundidades de las entrañas de la tierra. Me quedé de pie en medio de esa sala helada y miré fijamente la página impresa. No podía explicarme a mí mismo por qué la había escrito y qué propósito se suponía que tenía. El hecho de que hubiera tecleado todas esas frases inventadas era emocionante, pero también me daba miedo. Sentí como si tuviera que encontrar a alguien que leyera la historia enseguida, e incluso si no le gustaba o no la entendía, podría tranquilizarme y decirme que haberla escrito era perfectamente normal y no otro paso más en mi camino hacia la locura.
   El primer lector potencial no llegó hasta catorce horas más tarde. Era el sargento picado de viruelas que se suponía que tenía que relevarme y hacer el siguiente turno. Con una voz que intenté que sonara tranquila, le dije que había escrito un cuento y que quería que lo leyera. Se quitó las gafas de sol y dijo con indiferencia: «Ni de coña. Que te jodan».
   Subí unos cuantos pisos hasta la planta baja. El sol que acababa de salir me cegaba. Eran las seis y media de la mañana y necesitaba un lector desesperadamente. Como suelo hacer cuando tengo un problema, me encaminé a casa de mi hermano mayor.
   Pulsé el botón del portero automático a la entrada del edificio y la voz somnolienta de mi hermano respondió. «He escrito una historia —dije—. Quiero que la leas. ¿Puedo subir?» Hubo un breve silencio, y entonces mi hermano dijo con voz de disculpa: «No es buena idea. Has despertado a mi novia y se ha cabreado».Tras otro momento de silencio, añadió: «Espérame ahí. Me visto y bajo con el perro».
   Unos pocos minutos más tarde apareció con su pequeño perro de aspecto desteñido. Estaba feliz de poder ir a pasear tan temprano. Mi hermano me quitó la página impresa de la mano y empezó a leer mientras caminaba. Pero el perro quería quedarse quieto y encargarse de sus asuntos en el árbol cercano a la entrada del edificio. Trató de atrincherarse con sus pequeñas garras en la tierra y resistir, pero mi hermano estaba demasiado inmerso en la lectura para percatarse y, un minuto después, me encontré a mí mismo intentando alcanzarle mientras bajaba a paso rápido por la calle, arrastrando al pobre perro tras él.
   Por suerte para el perro, la historia era muy corta, y cuando mi hermano se detuvo dos manzanas después recuperó el equilibrio y, volviendo a su plan inicial, se encargó de sus asuntos.
   —Esta historia es impresionante —dijo mi hermano—. Alucinante. ¿Tienes otra copia?
   Le dije que sí. Me dedicó una sonrisa de hermano-mayor-orgulloso-de-su-hermano-pequeño, después se inclinó y utilizó la página impresa para recoger la mierda del perro y la tiró al cubo de la basura.
   Y ese es el momento en el que me di cuenta de que quería ser escritor.
   Incluso si no era consciente de ello, mi hermano me había dicho algo: que la historia que escribí no era el papel arrugado y untado de mierda que ahora descansa en el fondo del cubo de la basura de la calle. Esa página solo era un conducto por el que podía transmitir mis sentimientos de mi mente a la suya. No sé cómo se siente un mago la primera vez que consigue realizar un hechizo, pero probablemente es algo similar a lo que sentí en ese momento; había descubierto la magia que sabía que me ayudaría a sobrevivir los dos largos años que me quedaban hasta que me licenciara.

DE REPENTE LLAMAN A LA PUERTA, Etgar Keret

0


ETGAR KERET, De repente llaman a la puerta, Siruela, Madrid, 2013, 208 páginas.

**********

¿QUÉ LLEVAMOS EN LOS BOLSILLOS?

   Un mechero, un caramelo para la tos, un sello de correos, un solitario y algo torcido cigarrillo, un palillo, un pañuelo de tela, un bolígrafo, dos monedas de cinco shekels. Esa es una pequeña parte de las cosas que llevo en los bolsillos. Entonces ¿qué misterio tiene que estén tan abultados? Son muchos los que me lo han dicho.
   —Pero ¿qué coño llevas en los bolsillos?
   A la mayoría, ni les contesto, sino que me limito a sonreír y, a veces, hasta suelto una forzada risita. Si se empeñaran en saberlo y me volvieran a preguntar, seguro que les enseñaría todo lo que llevo en ellos y puede que hasta les explicara para qué necesito tener siempre conmigo todas esas cosas. Pero no insisten. Qué coño llevas, la risita, el angustioso y breve silencio, y ya hemos pasado a otro asunto.
 En realidad, todo lo que llevo en los bolsillos está ahí intencionada y premeditadamente. Todo está ahí para encontrarme en una situación de ventaja cuando llegue el momento de la verdad. Aunque, realmente, eso no es que sea muy exacto. Todo está ahí para no encontrarme en situación de desventaja cuando llegue el momento de la verdad. Porque ¿qué ventaja vas a poder sacar de un palillo o de un sello de correos? Pero, si por ejemplo, una chica guapa —¿sabéis qué?, ni siquiera guapa, simplemente mona, una chica de aspecto corriente capaz de cortaros la respiración— os fuera a pedir un sello, o ni siquiera fuera a pedíroslo, sino que  la veis allí en la calle, una lluviosa noche, con un sobre sin sello en la mano junto a un buzón rojo y os pregunta si no sabríais por casualidad dónde hay una oficina de correos abierta a esas horas y después tosiera un poco, con una tos producto del frío y de la desesperación, porque ella también sabe, en el fondo, que no hay ninguna oficina de correos abierta por los alrededores, vamos, que seguro que no a esas horas, entonces, en ese momento, el momento de la verdad, no va a decirte qué coño llevas en los bolsillos, sino que te estará inmensamente agradecida por el sello, aunque puede que ni siquiera agradecida, sino que se limitará a brindarte su cautivadora sonrisa, una sonrisa cautivadora a cambio de un sello —yo estaría dispuesto a firmar ahora mismo, aunque el valor de los sellos esté al alza y el de las sonrisas a la baja.
   Tras la sonrisa me daría las gracias y volvería a toser, de frío y un poco también de la turbación, y entonces yo le ofrecería un caramelo para la tos.
   —¿Qué más llevas en los bolsillos? —me preguntaría ella, pero con delicadeza, nada de «qué coño llevas ahí» y sin ningún deje negativo.
   Y yo le contestaría sin vacilar:
   —Todo lo que puedas llegar a necesitar, cariño, todo lo que pueda llegar a hacerte falta.
   Pues ya está. Ahora ya lo sabéis. Eso es lo que llevo en los bolsillos. Una pequeña posibilidad de no cagarla. Cierta posibilidad. No demasiado grande, incluso poco probable. Lo sé, que tonto no soy. Una pequeñísima posibilidad de que, digamos, cuando llegue la felicidad pueda decirle «sí» en lugar de «perdona, lo siento, no tengo ningún cigarrillo/palillo/moneda para la máquina de las bebidas». Eso es lo que llevo en los bolsillos, tan abultados y repletos, la remota posibilidad de poder decir sí en lugar de lo siento.

UN HOMBRE SIN CABEZA, Etgar Keret

0



ETGAR KERET, Un hombre sin cabeza, Siruela, Madrid, 2011, 192 páginas.
**********


SUCIEDAD

   Supongamos que yo ahora estoy muerto, o que abro una lavandería de autoservicio, la primera de Israel. Al­quilo un pequeño local, algo abandonado, en la parte sur de la ciudad, y lo pinto todo de azul. Al principio hay sólo cuatro lavadoras y un aparato especial que vende fichas. Después meto también una tele y hasta una máquina tragaperras, un pinball. O que estoy ten­dido en el suelo de mi cuarto de baño con un balazo en la sien. Me encuentra mi padre. Al principio no se da cuenta de la sangre. Cree que estoy dormitando o que estoy tomándole el pelo con uno de mis estúpidos jueguecitos. Es sólo cuando me toca la nuca y nota algo caliente y pegajoso que le escurre desde los dedos en dirección al brazo cuando se da cuenta de que algo no anda bien. Las personas que van a lavar a una lavandería autoservicio son personas solitarias. No hace falta ser un genio para darse cuenta de ello. Porque yo, que no soy un genio, me he dado cuenta. Por eso procu­ro que siempre haya en la lavandería un ambiente que suavice la sensación de soledad. He puesto muchas teles, unas máquinas que te dan las gracias con una voz muy humana cuando compras las fichas, y unas fotos de manifestaciones gigantes colgadas en las paredes. Las mesas para doblar la ropa están hechas de manera que obligan a que sean muchos los que las usen a la vez. Y no es por ahorrar, sino que tiene su propósito. Son muchas las parejas que se han conocido en mi ne­gocio gracias a esas mesas. Personas que un día fueron solitarias y que hoy tienen a alguien, a veces incluso a más de una persona que se duerme a su lado por la no­che y que los empuja en medio del sueño. Lo primero que hace mi padre es lavarse las manos. Sólo después llama a una ambulancia. Ese lavado de manos le va a costar caro. Hasta el día de su muerte no se va a perdo­nar a sí mismo el haberse lavado las manos. Hasta se avergonzará de contárselo a nadie. Cómo su hijo yace ahí agonizante a su lado y él, en lugar de sentir pena, compasión o miedo, algo, no consigue sentir nada más que asco. La lavandería esa se convertirá en una red de lavanderías. Una red que se hará fuerte sobre todo en Tel Aviv pero que también tendrá éxito en la periferia. La lógica tras ese éxito será muy sencilla: donde haya gente sola y ropa sucia, siempre acudirán a mí. Después de que mi madre muera, hasta mi padre vendrá a lavarse la ropa en una de esas filiales. Nunca conocerá ahí a una pareja ni hará un amigo, pero las expectativas de llegar a conseguirlo lo empujarán a acudir una y otra vez y a mantener un soplo de esperanza.

LA CHICA SOBRE LA NEVERA, Etgar Keret

1




ETGAR KERET, La chica sobre la nevera, Siruela, Madrid, 2006, 188 páginas.

**********

SUBIR EL LISTÓN

   Cuando Nandi Schwartz, el saltador de pértiga alemán, pasó en el segundo intento la barrera del seis sesenta, no pensaba en nada. Tenía atascado en la garganta algo del tamaño de una pelota de billar y cuando siguió con los ojos la trayectoria de sus tensadas piernas pasando por encima del listón sin tocarlo, tuvo que hacer un gran esfuerzo para que las lágrimas no se le saltaran. Se hundió en la colchoneta que tenía debajo, sorprendido por las enormes lágrimas que lo ahogaban mientras el comentador comparaba su récord con el del legendario Bob Beamon.
   —Todo el que ha estado aquí hoy ha visto un pedazo de historia —proclamaba la megafonía.
   Mientras, Nandi Schwartz, el único que no lo había pod­ido ver bien del todo, mantenía el brazo en alto para con­tar a las cámaras.
   El contestador automático de Nandi no decía nada, sino se limitaba a pitar con un laconismo que rayaba en la elegancia. Pero eso no impidió a los representantes de «Kluges» dejar en él tres mensajes. «Subir el listón», ésa era su propuesta para la nueva gira de promoción de Nandi, «¡Ocho vitaminas en lugar de seis!», «Noventa mil dólares en el banco». Nandi no oyó los mensajes porque en ese momento estaba en la ducha. Yacía en posición fetal sobre el suelo de cerámica, dejando que el agua caliente le quemara la espalda. El vapor salía por los poros calcinados de Nandi como de una cafetera oxidada. Y él, con el pulgar en la bo­ca, se estaba meando en el agua mientras veía cómo la orina amarilla desaparecía en forma de remolino por el desagüe. Aquellos noventa mil dólares podían haberle arreglado la vida, sólo que, por desgracia, ya la tenía más que arreglada con su dúplex de cinco habitaciones en la zona norte de Bonn. En un suelo de cerámica se cocía un pedazo de histo­ria, chupándose a través del dedo la memoria de sus muchas hazañas. Además de dinero, honores y salud, tenía sesenta y tres chicas. Cada una con su propia historia, y alguna de ellas con más de una. Si quería subir el listón tendría que en­contrar una mayor de cincuenta y tres años y catedrática, y si quería bajarlo tendría que encontrar a una menor de die­ciséis años y con un ligero retraso mental.