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PENSAMIENTOS AL VUELO, Kenko Yoshida

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KENKO YOSHIDA, Pensamientos al vuelo, Errata Naturae, Madrid, 2019, 232 páginas.
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Justino Rodríguez traduce y edita los 243 fragmentos de Kenko Yoshida.
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   No hay nada tan triste como los días de duelo después de la muerte. Durante los cuarenta y nueve días de los funerales, los familiares se recogen en un templo de la montaña, o en un lugar semejante, con escasas comodidades, que suele ser estrecho para albergar a tanta gente, y pasan las jornadas ocupados en las preces y en la liturgia de los difuntos. Los días transcurren con rapidez. Al llegar el último día de los servicios, la gente, como si se hubiera olvidado de las consideraciones que había mostrado para con los demás, y con la seguridad del que obra sabiendo bien lo que tiene que hacer, recoge sus enseres y sale en desbandada. Será al llegar a sus casas cuando muchos de ellos sientan la tristeza y el desconsuelo. Hay quien dice: «No se debe decir esto o lo otro, porque es mal augurio. Para bien de la familia, mejor sería evitar esas palabras».
   Pero ¿cómo puede haber gente que se preocupe por semejantes chiquilladas en medio de tanto dolor? La insensatez del corazón es ciertamente desalentadora. No es que, con el transcurso del tiempo, nos olvidemos de los difuntos, pero, como suele decirse: «Con el paso del tiempo, la silueta de quienes caminan hacia la muerte se hace más borrosa y lejana».
   Y, sin embargo, quizás porque el dolor no sea tan agudo como en el momento de la muerte, nos reímos y soltamos comentarios socarrones. Los restos mortales se entierran en un lugar solitario de la montaña que se visita sólo en días determinados. Entre tanto la lápida se va cubriendo de musgo y de las hojas que caen de los árboles. Por fin, los únicos que se detienen a conversar con el son la tormenta del atardecer y la luna de la noche. Y mientras haya gente que se acuerde de uno, menos mal. Sólo que esas personas no tardarán en desaparecer también, y cuando sus hijos y nietos oigan su nombre, no sentirán el dolor de la separación.
   Las generaciones siguientes ni siquiera escucharán ese nombre, y nadie sabrá cómo se llamaba. La gente se fijará en la hierba que crece todos los años por primavera sobre la tumba, y el que tenga sentimientos se verá tocado por la lástima al contemplarla.
   Por último, crujirá el pino que la cubría con su sombra, dolorido bajo el viento de la tormenta y, sin tener la dicha de poder contar mil años, lo cortarán en trozos para hacer leña.
   Con la pala allanarán la tumba y el lugar se convertirá en un campo. ¡Qué angustioso es pensar que todo desaparecerá, hasta el túmulo!

TODO LO BUENO ES LIBRE Y SALVAJE, Henry David Thoreau

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HENRY DAVID THOREAU, Todo lo bueno es libre y salvaje, Errata Naturae, 2017, 224 páginas.
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Mi vida forma parte del infinito.
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Creo en el bosque, en la pradera y en la noche en la que crece el grano. 
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Mi naturaleza es la de la piedra. hace falta el sol del vera-no para calentarla.
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Han talado los bosques por los que paseaba en mi juventud. ¿No es hora de que deje de cantar?
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El conocimiento no nos llega mediante detalles, sino a través de destellos de luz procedentes del cielo.
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Un hombre puede considerarse afortunado cuando la que es su comida es también su medicina.
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El cielo siempre está dispuesto a responder a nuestros estados de ánimo.
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Haga lo que nadie más puede hacer por usted. No haga otra cosa.
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Algo nos invita constantemente a ser lo que somos.
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Lo único que puedo decir es que vivo, respiro y tengo mis pensamientos.
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Como si se pudiera matar el tiempo sin dañar la eternidad.

LEER, André Kertész

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ANDRÉ KERTÉSZ, Leer, Periférica & Errata naturae, Cáceres, 2016, 76 páginas.

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En Palabras preliminares (pp. 5-9) Alberto Manguel predispone sobre el trabajo de Kertész: «Bajo la doble influencia del dadaísmo temprano y del incipiente periodismo documental, la cámara de Kertész encuentra en la realidad objetiva sus límites absurdos». El lector como insolente mirón de la intimidad otros lectores.
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SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA EN GENERAL Y DEL TRABAJO EN PARTICULAR, Yun Sun Limet

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YUN SUN LIMET, Sobre el sentido de la vida en general y del trabajo en particular, Errata naturae, Madrid, 2016, 136 páginas.

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Escritos desde la convalencia de una grave enfermedad, estos correos electrónicos enviados a Rose, Grégoire y Madelaine no sólo comparten reflexiones sobre la fragilidad del ser humano, sino también sobre la historia de la consideración social e individual del trabajo: entre la tortura (trepalium) y el ocio (otium).

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CARTA VI

Para: madeleine@swift.eu

   Querida Madeleine:

   Me he enterado de lo que le ha pasado a tu hermana, y lo siento mucho. La información me ha llegado hace poco, porque tal vez ya sabes que estoy gravemente enferma. Me habían dicho que la empresa renqueaba. Pero eso es brutal, lo reconozco. Ya ves, el gran drama es que nos hemos convertido en «recursos humanos». Recurso significa medios, dinero, capital. Material. No individuos únicos. Como en los grandes mítines fascistas, todos con el mismo traje, el mismo movimiento, y entre el tercero de la segunda fila o el quinto de la vigésimo tercera, ninguna diferencia, somos intercambiables, nadie se inmuta. Estamos nivelados, neutralizados en la masa en pos del beneficio. Porque es ése el único objetivo. Y si el recurso A cuesta más barato que el B, intercambiémoslo. Él, ella, tú o yo, es igual. André Gorz escribió textos realmente esclarecedores sobre aquello que somos a través del trabajo. Un momento de cambio importante se produjo cuando el trabajo del artesano, en su relación única con el objeto fabricado, con un saber hacer ligado a su persona, se transformó en capital, cuando se convirtió en «trabajador», lo que produce una suma cuantificable, verificable de trabajo, ella misma ajustable a merced de la coyuntura económica. Somos intercambiables, eyectables. Y cuando vemos en la televisión a los obreros de la industria luchando desesperadamente por conservar su empleo, en un combate perdido de antemano, sé que muchos piensan: «Es normal, es la crisis, ya no se vende suficiente metal, coches, electrodomésticos, etc., se equivocan al persistir». Ellos. ¿Quiénes son ellos? Anónimos estandarizados en cifras, barritas de colores de abacos que brillan en los powerpoints de reuniones estratégicas, inversamente proporcionales a las tasas de rentabilidad que hay que hacer crecer. No existen tantas variables de ajuste. Lo último que sigue siendo lo suficientemente maleable son los recursos humanos. Ellos. Tu hermana Élise, cuarenta y ocho años, nacida en Langres, casada, después divorciada en 2007, un hijo Julien, en primero de Bachillerato de Ciencias Sociales en el Instituto Michelet, propietaria de un pisito de tres habitaciones en Vanves, letras que durarán hasta 2021 de 720,12 euros al mes más el seguro, le gusta la música barroca, canta en el coro del barrio, tiene una mancha de nacimiento rosácea en el muslo izquierdo, se enamoró hace dos años de un hombre más joven que ella, lo dejó antes de que la dejara él, todavía discute con vuestra madre por teléfono, no irá de vacaciones este año, tiene previsto revender su piso, se pregunta ciertamente cómo va a hacer con un cuarenta por ciento menos de su salario todos los meses durante un año, las salidas que no hará, las clases de tenis de Julien que tendrá que pagar la abuelita, hasta que sea posible, toda la ropa que deberá comprar de segunda mano, rezar para que la nevera aguante, y desde luego privarse de algunos productos biológicos que ha integrado en su alimentación, todo ello para ayudar a enderezar la curva de rentabilidad que hay que presentar a los accionistas. ¿Lo saben, ellos, lo que le pasa a Élise, una verdadera Élise, con su cuerpo, su alma, y no un trazo, un elemento de una estadística?

   Pienso en ti y en Élise.
   Recuerdos,
                               ysl

COSAS DE NIÑOS, David Wagner

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DAVID WAGNER, Cosas de niños, Errata Naturae, Madrid, 2015, 160 páginas.

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Dispuestas como cuentas de un ábaco pulido con sutileza y exquisita sensibilidad, las narraciones que conforman Cosas de niños permiten ser leídas como microrrelatos o historias encontradas.
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LAS PERCHAS

   Se le fue la mano, dice una conocida, en sentido real, no figurado, cuando me sorprendo al verle la gran mancha morada, un hematoma, en la muñeca. Se le fue la mano, dice, cuando intentaba pegarle a su niño. Por desgracia, o por suerte quizá, sólo le dio a la grifería de la bañera y en el primer momento pensó que se había roto la mano. El niño se rió, pero entonces se dio cuenta del daño que se había hecho su madre y de que aquello no debía de ser ningún juego, y se puso a berrear espantosamente, como si hubiese sentido el golpe pese a todo, incluso aunque no lo hubiera recibido.
   Fue tan sólo un comentario que mi madre dejó caer de pasada, pero a mí se me ha quedado grabado y, a menudo, cuando chocan las perchas vacías que cuelgan en la barra de un armario y se oye el ruido, primero un repiqueteo, luego un canturreo y una vibración final, vuelvo a recordar lo que dijo, que la señora Falkenham zurraba a sus hijos con perchas; cosa que ya entonces, supongo, me pareció imposible, espantoso, increíble de hecho. Y es que no podía ser, pensaba yo, y en mi imaginación oía una percha de madera romperse en pedazos. Desde entonces, miraba con miedo las perchas que había en mi armario, las miraba como los instrumentos que no simplemente se me habían presentado una vez y luego habían quedado de nuevo arrumbados, sino que ahora sabía qué otro uso tenían, me saludaban todas las mañanas, cuando descolgaba un jersey, un pantalón limpio o una camiseta de la barra. Estaban ahí colgadas, totalmente relajadas, sosteniendo los pantalones y las camisas, hacían su ruido de movimiento hada delante y hacia atrás sobre la barra y fingían no saber nada de su otro empleo.

PAUL ESTÁ MUERTO Y OTRAS LEYENDAS URBANAS DEL ROCK, Héctor Sánchez & David Sánchez

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HÉCTOR SÁNCHEZ & DAVID SÁNCHEZ, Paul está muerto y otras leyendas urbanas del rock, Errata Naturae, Madrid, 2014, 224 páginas.
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Héctor Sánchez escribe y David Sánchez ilustra las leyendas que rodean a los grandes mitos del rock: desde el bluesman Robert Johnson a Kurt Cobain pasando por Jim Morrison.
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LED ZEPPELIN Y EL INCIDENTE DEL TIBURÓN

   El hotel Edgewater Inn de Seattle, en el estado de Washington, era un entorno paradisíaco. Lo que lo diferenciaba de cualquier otro hotel era que sus habitaciones daban al mar. Los clientes podían asomarse a la ventana y pescar tranquilamente en las aguas del Pa­cífico. Por ello, era uno de los hoteles preferidos de las estrellas del rock. Aunque a Led Zeppelin la pesca no le parecía un pasatiempo lo suficientemente atractivo.
   Los miembros del grupo habían pescado varios peces y tibu­rones pequeños y los tenían colgados en las perchas de la ropa dentro del armario. Había que darle un uso a semejantes trofeos, y aquí es donde entró en juego una groupie pelirroja de diecisiete años llamada Jackie, la auténtica protagonista del conocido como “incidente del tiburón”.
   Todo resulta confuso y la leyenda tiene múltiples versiones. El caso es que la muchacha acabó atada a la cama con unas cuerdas mientras los Led Zep se divertían masturbándola con una cría de tiburón. Según unas versiones, la chica fue atada contra su vo­luntad; según otras, se dejó atar. Algo parecido sucede con su pe­culiar amante: no queda del todo claro si el tiburón estaba vivo o muerto. También se llegó a rumorear que lo que la banda le hizo a Jackie fue introducirle trozos de pescado por la vagina y el ano.
   Con el boca a boca, la anécdota fue convirtiéndose en algo más depravado de lo que ya era de por sí y comenzaron a extenderse rumores según los cuales la muchacha había sido violada, había llorado y gritado de forma histérica e incluso había temido por su vida en algún momento. Pero todo esto no eran más que adornos para envolver el relato en un halo de sadismo digno de un grupo como Led Zeppelin. Al fin y al cabo, no resultaba tan sorprenden­te, ya que era de sobra conocido que entre las múltiples aficiones de Jimmy Page se encontraba el sadomasoquismo.
   Sin embargo, detrás de esta leyenda urbana más o menos perversa existe una parte de verdad. Aunque la banda se alojó en ese hotel en Julio de 1969, después de actuar en el Seattle Pop Festival, no todos los miembros de Led Zeppelin participaron en Ia orgía entre la groupie y el escualo. De hecho, de los cuatro músicos, so­lamente John Bonham estuvo presente. Pero no estuvo solo, le acompañó Richard Cole, el manager de la gira y principal respon­sable del suceso del tiburón, y Mark Stein, teclista de Vanilla Fudge (quienes también tocaron en el festival), que se encargó de inmor­talizar el espectáculo con una cámara Super-8.
   El propio Cole recordó el momento con cierta nostalgia: “Por aquella época las giras se estaban volviendo más y más indecentes, y podías hacer lo que quisieras con las chicas que se presentaban en el hotel. Para mí, la jodida segunda gira de Led Zeppelin fue el mejor momento de mi puta vida. “Esa” fue Ia gira. Estábamos de moda y en ascenso, pero nadie nos vigilaba demasiado. Así que podías liarla. Y aquellas pibas venían a mi suite con ganas de follar, y Bonzo y yo nos estábamos tomando en serio lo de la pesca”. Cuando se cansaron de pescar por la ventana del hotel, decidieron lanzar la caña hacia otra dirección y Jackie fue la presa que mordió el anzuelo. Como todos estaban bastante borrachos, no se sabe si fue el manager o el batería quien ató a la chica a la cama, o si ella misma solicitó que lo hicieran después de quitarse toda la ropa que llevaba. Una vez que la muchacha estuvo desnuda y no se podía mover, comenzó el juego.
   “No fue Bonzo, fui yo”, reconoció Cole. El manager, principal autor del incidente, negó que fueran trozos de pescado lo que se utilizó para masturbar a la pelirroja e insistió en que el animal es­taba vivo. Pero desmintió que fuera un tiburón: “La verdad es que ni siquiera se trataba de un tiburón, sino de un pargo rojo, y resul­ta que la chavala era una jodida pelirroja con el coño colorado". Al manager le resultó gracioso que el vello púbico de Jackie fuera del mismo color que el pez: “Veamos si a “tu” pargo colorado le gusta “este” pargo colorado".
   Según Richard Cole, a la muchacha no le importó en absoluto, de hecho “le encantó" que le acariciaran el clítoris con el hocico del pez: “Nadie dijo “Ya basta!” o “Dale un respiro a la chica!”. Jackie, ciertamente, no se quejó en ningún momento”. Para qui­tarie hierro al asunto le echó la culpa al alcohol: “No diré que la chica no estaba borracha, de hecho todos estábamos borrachos”. E insistió en que todo se hizo con la mejor intención: “No hubo malicia ninguna, ¡de ningún modo! Nunca se hizo daño a nadie. Puede que le diéramos alguna bofetada con el pez en un par de ocasiones por desobedecer alguna orden, pero no se le hizo daño”.
   Cuando el conjunto de groupies apadrinado por Frank Zappa, conocido como GTO (Girls Together Outrageously), se enteró de esta historia, las chicas corrieron en busca de su patrocinador para relatarle el depravado episodio, y Zappa lo trasladó a su canción “The Mud Shark!” , incluida en el álbum en directo de The Mo­thers, Fillmore East —June 1971.
   No fue éste el único incidente en el que los Led Zep mezclaron mujeres con animales acuáticos. También se dice que Jimmy Page y Richard Cole metieron en una bañera a dos groupies junto con cuatro pulpos vivos y la experiencia para una de ellas fue como te­ner “un vibrador de ocho brazos”. Tuvieran o no los Led Zeppelin una escalera que subía hacia el cielo, lo que parece claro es que tenían otra que bajaba hasta el mar.


HUELLAS, Ida Fink

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IDA FINK, Huellas, Errata Naturae, Madrid, 2012, 240 páginas.

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Errata Naturae acerca al lector estos veinte relatos que gravitan sobre el tiempo del horror del holocausto. Sorprende la contención narrativa admirable con la que Ida Fink comparte las huellas indelebles de su testimonio personal.  
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ALINA Y SU DERROTA

   Dos semanas después de que los alemanes ocuparan la ciudad, el amigo de Alma le pidió que fuera a su casa y, de una manera sutil y sin levantar sospechas, interrogara a la casera sobre si los alemanes o los ucranianos habían preguntado por él y, si había sido así, si habían registra­do la habitación que tenía alquilada. El amigo de Alma, pe­riodista, era autor de algunos artículos virulentamente antihitierianos.
   Era una petición de mucho peso. En aquellos días, cada umbral se convertía en un camino hacia lo desconocido, o más aún, hacia algún desastre de naturaleza desconocida. Por supuesto, tampoco las cuatro paredes de una habita­ción suponían una protección. Aun así, la separación ilu­soria del mundo exterior creaba una ficción de seguridad, lo cual no era poco entonces.
   Al oír la petición de Antoni, Alma se levantó del sofá sobre el que ambos estaban descansando después del almuerzo —desde hacía dos semanas comían patatas espol­voreadas de azúcar: Antoni trajo las patatas, Alma disponía de una reserva de azúcar— y se acercó al espejo para ma­quillarse. Ahora siempre —las dos o tres veces que lo ha­bía hecho— salía muy arreglada, con rímel en las pestañas, colorete, y también se vestía con mucho esmero y elegan­cia. Ese cuidado en el aspecto físico tenía por objetivo di­simular.
   Al pintarse las cejas, se dio cuenta de que estaba muy pálida y de que le temblaba la mano.
   —¿Es indispensable? —preguntó sin dejar de maqui­llarse—. ¿Y qué más da si han ido? De todos modos no volverás allí, te quedarás en mi casa...
   —Es más que indispensable —replicó Antoni—; pero si no te apetece (no dijo: tienes miedo), no vayas. La mujer de Karol dijo que hoy todo estaba tranquilo —añadió.
   —¡Qué va! —exclamó Alma—. Claro que iré. Recuerda que antes de ayer fui a ver a Irena, fui derechita, tranquila­mente... Enseguida estoy lista.
   De repente se sintió animada, despierta, incluso alegre. Era difícil saber qué le había causado este cambio de hu­mor: la observación de la mujer de Karol o la suposición de Antoni de que («no le apetecía». De tanta animación se olvidó de que la casa de Irena estaba a dos pasos, mientras el piso de Antoni en el otro extremo de la ciudad.
   «Claro que iré», pensaba extendiéndose el colorete en las mejillas. «Se tranquilizará cuando le diga que no le han estado buscando, porque estoy segura de que nadie ha preguntado por él...».
   Se puso el vestido azul claro, un oscuro sombrero de paja y guantes.
   —Estás preciosa —dijo Antoni, y remató dando un gi­ro al tema—: Yo no puedo ir allí; además, no parezco judío, ¡parezco tres judíos juntos! ¡Como cientos, como una mul­titud de judíos!
   —No exageremos —exclamó alegremente Alma—, ni con mi belleza ni con la multitud de judíos...
   En el pasillo le cortó el camino la mujer del abogado, en cuya casa alquilaba la habitación.
   —¿Sale? Es una locura... La mañana ha sido tranquila, pero acaba de llamar mi hija...
   Alma sonrió con amabilidad y cerró la puerta detrás de sí con rapidez. La tarde era soleada y exuberante. La sombra de los plátanos descansaba en la acera, las flores de los alféizares esparcían sus aromas. A lo lejos, al fi­nal de la calle, sonaba el tranvía. Al principio caminaba li­gera y despreocupadamente, pero, en la plaza donde se cruzaban varias líneas de tranvía, se topó con los primeros transeúntes y notó cómo se le endurecían los músculos de las piernas.
   «En dos horas todo se acabará, volveré, me sentaré en el sofá y contaré cómo se me estaban endureciendo las pan­torrillas». Siguió su marcha sin aminorar el paso, a pesar de la presión del miedo.
   Decidió hacer todo el camino a pie. Ni Antoni ni ella confiaban en los tranvías ahora; además, sólo podría llegar hasta la politécnica, desde donde aún quedaba un buen tre­cho hasta la casa de Antoni.
   La ciudad estaba silenciosa, parecía deshabitada des­pués de la sangrienta tormenta que en los últimos días se había precipitado sobre sus calles y sus casas. La quie­tud muerta amedrentaba, el silencio amenazaba con una emboscada, irritaba los nervios. Cuanto más se adentra­ba en la ciudad descubierta y desnuda, casi deshabitada, tanto más se apoderaba de ella el pánico.
   Siguió caminando, a regañadientes, colmada de una creciente ira contra Antoni. Toda esta expedición le pa­reció de repente un total sinsentido, efecto de una imagi­nación hipersensible.
   Estaba a punto de echarse a llorar, se decía que era una idiota, se retorcía de miedo, pero seguía el camino.
   De este modo hizo la mitad del recorrido y giró en la ancha y arbolada calle Pelczynska. Era la calle donde se había instalado la Gestapo. Se había convertido en mucho más que una calle: era un término, un concepto. «Lo lle­varon a Pelczynska», decían, y no eran necesarios más co­mentarios adicionales.
   Enredada en el miedo, con la mente portando un in­terminable diálogo con Antoni sobre el sinsentido de su misión, ni siquiera se daba cuenta por qué calle tran­sitaba.
   De repente se paró como clavada en el suelo. A una dis­tancia de cincuenta metros la calzada estaba bloqueada por camiones. Algunos tipos de la Gestapo estaban yen­do y viniendo por la acera delante del edificio, un grupo de personas acababa de desaparecer detrás del portal. Los alemanes iban y venían. Los camiones se alejaron.
   —¿Están cogiendo a la gente? —preguntó Alma a un muchacho que acababa de pasar al lado de los alemanes y seguía tranquilamente su camino.
   —Piden la documentación, pero no a todos, sólo a aque­llos que no les gustan. A usted —el muchacho la miró con admiración— no la van a molestar...
   «Seguro que no, pasaré tranquilamente como si nada», se dijo, incapaz de dar un solo paso. Permaneció desespe­rada forcejeando consigo misma. Llegó otro camión y un nuevo grupo de personas desapareció detrás del portón, y los de la Gestapo caminaban por la acera de aquí para allá...
   Se quedó allí de pie largo rato, desesperada. Finalmente se rindió.
   Tomó el camino de regreso destrozada. El pánico se desvaneció, ya no tenía miedo de nada. No era capaz de pensar en nada, excepto en su derrota y en cómo se pre­sentaría ante Antoni y qué le diría. Su desesperación, al igual que el miedo de hacía apenas un instante, aumen­taba violentamente, y llegó un momento en que Alma ya no estaba segura de si no hubiera sido mejor que la cogieran...
   Cuando entró en la habitación, Antoni se levantó de un salto del sofá.
   —¿Han ido?
   La impaciencia de la pregunta, la mirada ávida de res­puesta la despojaron de lo que le quedaba de fuerza.
   —No estuve allí... —dijo, pero él no la oyó bien. Com­prendió «no estuvieron» y su rostro se iluminó.
   —No estuve allí.
   —¿No has ido? ¿No has podido llegar? ¿Otra vez las co­sas no están tranquilas?
   —Llegué hasta Pelczynska y ya no pude seguir más. Ante la Gestapo pedían documentación. Quise seguir, pe­ro no pude.
   Antoni apretó los labios.
   —Has hecho bien —dijo—. Si no hubiera salido bien...
   —Iré mañana.
   Era un lamentable intento de salvar la cara.
   —Ya veremos qué pasa mañana... Quizá vayamos jun­tos. Quizá vaya yo solo. No te preocupes, no pienses en ello...
   La tarde transcurrió en silencio. Antoni estuvo leyen­do un libro, Alma fue a la cocina a cocer las patatas.
   —¡Ha tenido suerte!
   La mujer de Karol, la sirvienta de la casa, estaba senta­da junto a la estufa, dispuesta a charlar, como siempre.
   —La casera me dijo que había ido usted a la ciudad... La mañana estaba tranquila, pero luego hubo redadas. Re­dadas en la plaza, redadas más allá del puente. Qué suerte que haya logrado volver... El señor Antoni se queda a pa­sar la noche? ¿Y dónde va a dormir? En su habitación hay una sola cama...
   —Supongo que tendrá que dormir con usted —replicó Alma, irritada.
   En la cena, Antoni se explayó ampliamente sobre la ar­quitectura de las iglesias románicas en Francia. Alina tra­gaba con dificultad las patatas dulces y pensaba que ya jamás las cosas serían como antes. No debería ser así, no precisamente ahora, cuando tendrían que estar más cerca que nunca.
   Se acostó la primera. Antoni se quedó chapoteando largo rato en el cuarto de baño.
   «La guerra es guerra; la vergüenza, vergüenza», oyó la sentencia de la sirvienta pronunciada en la cocina en voz muy alta, a propósito.
   —¿Has oído? —Antoni se partía de risa—. Pensamien­tos de oro, pensamientos sanos. ¿Estás avergonzada?
   «Tendría que haber continuado, tendría que haber con­tinuado», pensaba ella.
   Yacía insomne, las horas caían una tras otra del reloj del campanario. Sólo al amanecer logró dormirse.
   En sueños iba por la calle, un joven alemán le cerraba el paso y la empujaba hacia el portón, era el portón de una iglesia románica. El alemán tenía la cara del mucha­cho que estaba seguro de que no la molestarían. «Me co­gieron», pensó con alegría, y durante un breve momento, en el sueño, se sintió en paz.