Mostrando entradas con la etiqueta EDEBÉ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EDEBÉ. Mostrar todas las entradas

CUENTOS, Gianni Rodari

0





GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.

 **********

EL MANITAS

   Lejos, lejos, muy lejos, más allá de los océanos y de todos los mares, más allá de los lagos y de todos los ríos, incluso más allá de las montañas de cristal y de bizcocho, y aún un poco más lejos, vivía una vez un carpintero.
   Este carpintero había aprendido tan bien a hacer herrajes que ningún sastre del mundo habría podido superarlo. Tejía hogazas y cacerolas como ningún otro carretero en el universo y, por decirlo en pocas palabras, era el mejor de todos los curtidores.
   Y cuando enganchaba los caballos podía decir enseguida, mirando a los terneros, qué cerda estaba a punto de parir gatitos.
   ¡Menudo manitas era!

CUENTOS, Gianni Rodari

0


GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.

 **********

NASREDDIN SALVA A LA LUNA

   Una vez, al anochecer, Nasreddin fue a buscar agua. Inclinándose sobre el pozo, vio que se reflejaba en el agua, bien al fondo, el rostro de la luna.
   —Pobres de nosotros —exclamó Nasreddin—, la luna se ha caído en el pozo. Deprisa, deprisa, saquémosla de allí.
   Y fue a su casa a coger cuerda y un gancho.
   El buen Nasreddin hizo varios esfuerzos, pero no lograba enganchar a la luna para sacarla del pozo. Por fin tuvo la impresión de que el gancho la había alcanzado y comenzó a tirar.
   —Caramba, cómo pesa... —suspiraba.
   Y seguía tirando con todas sus fuerzas, afirmando los pies contra el parapeto del pozo. De repente, el gancho se desprendió. Nasreddin se cayó de espaldas, miró hacia arriba y vio a la luna en medio del cielo.
   —Loado sea Dios —exclamó Nasreddin satisfecho—, me he hecho algún chichón, pero la luna ha vuelto a su sitio.

CUENTOS, Gianni Rodari

0


GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 190 páginas.


**********
LA MUCHACHA DE LA LUNA

   Había una vez, en Yakutia, una pobre niña huérfana de padre y madre. La niña era demasiado pequeña para bastarse a sí misma, así que la adoptó un rico mercader ruso y la llevó a su casa. Allí debía fregar el suelo, lavar los platos, ir a buscar agua, hacer la colada, cocinar, cuidar a los niños y, a cambio de todo este trabajo, sólo recibía techo y comida. Nadie se preocupaba de que la pequeña tuviese que trabajar más que los adultos, sin un momento siquiera de descanso y sin poder jugar nunca con otros niños. El mercader era un malvado y su mujer, peor que él.
   Una noche en que la Luna resplandecía muy clara en el cielo y la helada hacía castañetear los dientes, la mujer del mercader mandó a la niña a buscar agua a una fuente lejana. Aunque la muchacha tenía frío, cogió el cubo de madera y una hachuela y se puso en marcha. Estaba aterida, cuando al fin llegó a la fuente. Con la hachuela hizo un hueco en el hielo, llenó de agua el cubo y se dio prisa en volver. Pero el camino era escabroso y resbaladizo. La niña, ya muy cerca de la casa del mercader, tropezó, cayó y derramó toda el agua.
   ¿Y ahora? No le pasaba por la cabeza desandar el camino hasta la fuente. Se sentía demasiado débil y hacía demasiado frío. ¿Volver a la casa sin agua? No se habría atrevido. Mientras estaba así, triste y tiritando, sin saber qué hacer, alzó los ojos, vio a la Luna que atravesaba el cielo y clamó:
   —Luna, hermosa Luna, eres testigo de mi desdicha y no me agudas. Sácame de aquí, donde es de noche y hace frío, donde viven el malvado mercader y su mujer peor aún, llévame contigo por el cielo azul.
   La Luna la escuchó, bajó a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de plata.
   Pero el hermano mayor de la Luna, el Sol, se dio cuenta enseguida de lo que ocurría. Bajó también a la Tierra y adoptó el aspecto de un bello joven vestido de oro. Le dijo entonces a la Luna:
   —He venido a llevarme a la niña que no conoce la felicidad en la Tierra y que quiere subir al cielo. Como soy tu hermano mayor, naturalmente tendrás que dejarme actuar a mí primero.
   Pero la Luna respondió:
   —Es verdad, hermano, eres el mayor. Pero ahora es de noche y de noche mando yo. La niña me ha pedido aguda a mí, no a ti. Por tanto, seré yo la que la lleve al cielo conmigo.
   Dicho esto, cogió a la muchacha y se la llevó consigo. La niña yakutia vive ahora en la Luna. Mirad un momento hacia arriba, observad la Luna llena y quizá también vosotros podréis verla.

CUENTOS, Gianni Rodari

0


GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.

**********

POR QUÉ LA GENTE SE MUERE Y NO VUELVE A NACER

   Hace mucho, mucho tiempo, la Luna, que muere y renace cada cuatro semanas, le dijo un día a la liebre:
   —Ve y anuncíales a los hombres que, así como yo muero y vuelvo a nacer, ellos también morirán y renacerán.
   La liebre, sin embargo, al comunicar a la gente el mensaje de la Luna, cayó en una gran confusión. Y esto fue lo que dijo:
   —Como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer. 
   Cuando la liebre estuvo de vuelta, la Luna le preguntó qué le había dicho a la gente.
   —Que como yo muero y no vuelvo otra vez a la vida, también vosotros moriréis y no volveréis a nacer.
   —Pero ¿por qué has dicho semejante cosa? —gritó la Luna y, furiosa, le arrojó encima un palo que la golpeó en el hocico y le partió el labio.
   La liebre se escapó y, desde aquel entonces, siempre ha tenido el labio partido que, mira tú por dónde, se llama leporino.
   Y los seres humanos, desde aquella época, mueren y no vuelven a nacer.


CUENTOS, Gianni Rodari

0


GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2006, 192 páginas.

**********


POR QUÉ EL BÚHO SE ESCONDE DE DÍA

   Hace muchísimo tiempo, el búho trabajaba de tintorero. Todos los pájaros acudían a él para hacerse teñir las plumas. El búho se las teñía de los colores más hermosos, atendiendo a sus deseos. Todos estaban satisfechos de él, excepto el cuervo, que despreciaba el arte del búho tintorero y se jactaba siempre del candor inmaculado de sus plumas. Pero un buen día se cansó de tanta blancura y voló hacia el búho para decirle:
   —Tiñe también mis plumas. Pero las quiero de un color especial, ningún otro pájaro en el mundo debe tenerlas igual.
   El búho pensó un poco antes de decidir qué color daría a las plumas del cuervo. Y al final eligió el negro:
   —Ahora tus plumas son de un color único en el mundo.
   Cuando el cuervo se dio cuenta de que, en realidad, eran completamente negras, como si hubiese entrado por una chimenea, montó en cólera. Pero ¿qué podía hacer ahora? Desde aquel día, todos los cuervos salieron vestidos de negro.
   Pero no perdonaron nunca al búho. Cada vez que lo ven, se le echan encima y, si pudiesen, acabarían con él. Éste es el motivo de que el búho se oculte durante todo el día y vuele en busca de sus presas sólo de noche, cuando todos los cuervos duermen.

0



ANNA GASOL & TERESA BLANCH, Cuentos japoneses, Edebé, Barcelona, 2009, 152 páginas.

**********
Anna Gasol y Teresa Blanch ofrecen sus versiones de estos cuentos japoneses ilustrados por Juan M. Moreno.
********** 

EL REYEZUELO ES EL REY DE LOS PÁJAROS

   Hace mucho, muchísimo tiempo, una noche los pájaros de la montaña se reunieron para charlar.
   —¿Quién pensáis que podría ser el rey de todos los pájaros? —pregunto el pájaro carpintero.
   —¿El rey de los pájaros? —repuso el cuervo—. Pues supongo que debería ser el halcón.
   —Seguramente —afirmo el gorrión—. El halcón es el más fuerte.
   —Y el que puede volar más rápido —aseguró el milano real—. Además, cuando caz, no se le escapa ni una presa.
   —Sin duda, el halcón debería ser el rey de los pájaros —afirmaron todos.
   —No me hagáis reír —gritó de golpe el reyezuelo, el más pequeño de los pájaros? —y añadió para meter cizaña—: El rey de los pájaros soy yo.
   Los demás se miraron unos a otros y después miraron al halcón.
   —Ten cuidado, reyezuelo —advirtió el búho—, ¡y deja de decir tonterías!
   —Sólo estoy diciendo la verdad —se empeñó el pajarillo—. Soy el número uno.
   Como no había manera de hacerle entrar en razón, el halcón propuso por fin:
   —¡Ya basta! ¿Por qué no lo comprobamos? El rey de los pájaros debe ser capaz de vencer a cualquier animal de esta montaña. ¿Estás de acuerdo?
   —Sí —se envalentonó el reyezuelo—. Yo puedo hacerlo.
   —Quien venza al jabalí será el rey.
   —Yo lo venceré —dijo el pequeño pájaro.
   —Muy bien —asintió el halcón—. Nos encontraremos mañana a la salida del sol.
   El reyezuelo se fue a dormir convencido de que era el mejor de los pájaros. Sin embargo, por la mañana, cuando despertó, le entró miedo y voló hasta el nido del halcón para pedirle disculpas y evitar enfrentarse al jabalí. Pero el halcón no quiso oír hablar del asunto.
   —Lo siento, reyezuelo, pero cuando alguien adquiere un compromiso, tiene que ser responsable. Ahora ya no puedes echarte atrás. Han venido todos los pájaros de la montaña para comprobar quién merece ser el rey. ¡Mira, ahí viene un jabalí! ¡Ve a por él!
   El reyezuelo pensó que aquello sería lo último que haría en su vida, cerró los ojos y voló directo hacia el jabalí. Volaba tan veloz que, sin darse cuenta, se introdujo en el interior de la oreja del animal.
   El jabalí, al sentir que algo revoloteaba dentro de su oreja, lanzó un gruñido y empezó a correr en círculos, moviendo la cabeza a un lado y a otro y dando fuertes patadas a todo lo que encontraba a su paso. Finalmente, enloquecido, se tiró contra un árbol y cayó inconsciente al suelo.
   Cuando el halcón y el resto de los pájaros volaron hacia allí para ver si el reyezuelo había sobrevivido, se sorprendieron al verlo vivito y coleando sobre el desmayado jabalí.
   —Te toca a ti, halcón —dijo hinchando las plumas lleno de orgullo.
   —Si tú puedes vencer a un jabalí —gritó enojado el halcón—, yo venceré a un par.
   El halcón voló en círculos y divisó a dos jabalís que corrían uno junto al otro por la maleza.
   —¡Sólo yo puedo ser el rey de los pájaros! —exclamó mientras aterrizaba en sus lomos clavando una garra en el cogote de cada uno de ellos.
   Por desgracia, los jabalís escogieron ese momento para separarse. Uno corrió hacía la derecha, y el otro, hacía la izquierda, por lo que el pobre halcón quedó partido en dos mitades.
   Los pájaros no daban crédito a sus ojos y se quedaron mudos durante mucho rato, hasta que uno tras otro empezaron a vitorear:
   —¡El reyezuelo es el rey de los pájaros! ¡Viva el reyezuelo, el rey de los pájaros!
    Y así sigue siendo desde entonces.



LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA CUENTOS, Albert Jané

0



ALBERT JANÉ, La vuelta al mundo en ochenta cuentos, Edebé, 2002, 145 páginas.

**********
Albert Jané reescribe ochenta narraciones representativas de los cinco continentes. Las ilustraciones que acompañan a los textos son obra de Judit Morales y Adriá Gòdia.
**********


EL PEZ ROJO

   Un gran señor encomendó la educación de su hijo a un maestro muy sabio. Pero aquel chico se reveló pronto como un discípulo muy distraído; su maestro no conseguía que fijara su atención en nada de lo que le proponía. Un día, el maestro mandó que encerraran a su discípulo en una sala vacía, un aposento en donde no había más que una pecera llena de agua con un pez rojo.
   —Te dejaré a solas, durante una hora, en esta sala —le explicó el maestro—. Fíjate bien en este pez, porque cuando vuelva tendrás que explicarme lo que hayas visto.
   Al cabo de una hora el maestro volvió y le preguntó qué había observado. El chico. enfurruñado, le dijo:
   —Nada: un pez dentro de una pecera.
   —¿Eso es lo único que has visto? Pues ahora te encerraré tres horas más, para que observes con toda atención.
   Al cabo de tres horas el maestro volvió a entrar y preguntó de nuevo a su discípulo qué había observado. El chico, todavía más enfurruñado que antes, dijo otra vez, en resumidas cuentas, lo mismo: un pez dentro de una pecera.
   —¿Sólo eso? —dijo el maestro—. Ahora estarás seis horas más. Y a ver si te fijas más. Pensando en que si no era capaz de decir nada que hubiera observado, su maestro era capaz de tenerlo todo un día entero encerrado en aquella sala, el chico se puso a observar detenidamente, con toda la atención, los movimientos y las evoluciones del pez dentro del agua, cómo iba hacia una esquina y hacia otra, cómo se detenía, cómo movía las aletas o la cola, o cómo, de pronto, hacía un movimiento repentino, imprevisto, impulsado por no sé qué fuerza. Al cabo de seis horas, cuando el maestro volvió a entrar en la sala y le preguntó qué había observado, el discípulo, llevándose un dedo a los labios, le dijo, en voz baja:
   —¡Pst! ¡Esperad, no hagáis ruido, que todavía no he terminado!