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BRUJAS LITERARIAS, Taisia Kitaiskaia & Katy Horan

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TAISIA KITAISKAIA & KATY HORAN, Brujas literarias, Planeta, Barcelona, 2018, 136 páginas.

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Leemos en el Prólogo (pp. 11-13): «muchos términos ocultistas están conectados con términos lingüísticos: en inglés, spelling (deletreo) y spells (hechizos); en español, gramática y grimorio. Se cree que abracadabra deriva de una frase del arameo que podría traducirse como “creo como la palabra”». De Emily Brontë a Zora Neale Hurston: Katy Horan ilustra estas semblanzas de 30 escritoras que conjuraron la magia de la literatura.
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FORUGH FARROJZAD [1935-1965]
Cineasta y poeta iconoclasta iraní


REBELDE DEL AMOR SENSUAL, LOS PASTOS VERDES Y EL PERFUME

   Harta de ser una mujer, Forugh se convierte en una acacia. Con estrellas en sus ramas y peces en el estaiique a sus pies, espera a que llegue su amante. Y, al fin. el viento llega... Rodea sus extremidades con un soplo, abrazándola. Las venas de la acacia se llenan de vino. Pero el viento no se queda mucho tiempo; se aleja por el campo solitario y el vino en las venas de Forugh rebosa de agonía.
   Los trabajadores del campo, perturbados por la forma femenina de la acacia (¿en la corteza hay unos senos?), cortan el árbol. Cuando cae, los hombres ven cómo sale de la acacia el espíritu desnudo de una mujer. Nunca hablan de ello, pero lo que vieron los atormenta.
   Ahora el espíritu de la acacia visita jardines moribundos por todo Irán. Va a cualquier lugar donde haya tierra árida o flores olvidadas. Flota sobre las hojas marchitas, sobre las lilas y los geranios casi secos. Al escuchar sus canciones de amor, las raíces se estremecen, los capullos vibran. Los peces vuelven a los estanques y los árboles se mecen con una extraña embriaguez en su savia.
   La poesía sensual y llena de naturaleza de Forugh Farrojzad la coloca entre los poetas más importantes de Irán. Aunque muy criticada por oponerse a las normas sociales, Farrojzad se divorció a los veintiún años, disfrutó de amores pasionales, fue ja primera poeta persa en escribir explícitamente sobre la sexualidad, dirigió documentales (no te pierdas la premiada La casa es negra) y adoptó un hijo de una colonia de leprosos. Algunos creen que predijo su temprano fallecimiento en un accidente de coche en el poema «Tengamos fe en el comienzo de la estación del frío».


LA MEJOR TRADUCCIÓN AL INGLES:

Sin: Selected Poems of Forugh Farrokhad, traducción de Sholeh Wolpé

PRIMEROS POEMAS REBELDES:

«Cautiva», «El pecado», «The Ring»

JOYAS DE MADUREZ

«La muñeca mecánica», «Nuevo nacimiento», «Hundiré en el jardín mis manos»


EL TIEMPO. TODO. LOCURA, Mónica Carrillo

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MÓNICA CARRILLO, El tiempo. Todo. Locura, Planeta, Barcelona, 2017, 432 páginas.

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Hombro de mi vida 
Hambre de unos ojos 
que comían
Hembra en tu luz
y en tus sombras
Mi hombre,
tú 
Umbral de entrada 
y salida

ATLAS OBSCURA, Joshua Foer, Dylan Thuras & Ella Morton

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JOSHUA FOER, DYLAN THURAS & ELLA MORTON, Atlas Obscura, Planeta, Barcelona, 2017, 368 páginas.

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Subtitulado 365 lugares increíbles que casi nadie conoce, el libro resulta ser «un cuarto de maravillas, una especie de gabinete de rarezas que pretende despertar nuestra curiosidad y nuestro deseo de viajar», tal y como dicen Joshua Foer, Dylan Thuras, cofundadores de la web Atlas Obscura.
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BENÍN

Ganvie, Atlantique

   En los siglos XVII y XVIII, una parte de la actual Benín se conocía como el reino de Dahomey. Establecido por los fon, una etnia del África occidental, Dahomey se convirtió en una parte importante del comercio de esclavos en el Atlántico tras la llegada de los portugueses.
   Los cazadores fon colaboraban con los negreros portugueses y recorrían la región en busca de personas para vender. Uno de los grupos étnicos que cazaban eran los tofinu, que vivían en lo que hoy es la parte central de Benín.
   Como las creencias religiosas de los fon les prohibían aventurarse en el agua, los tofinu abandonaron sus hogares y fundaron Ganvie, una comunidad de chozas de bambú sobre pilotes en el lago Nakoué. Después de haber servido como protección de los fon durante la época de la esclavitud, Ganvie siguió viva y se ha adaptado a las demandas del siglo XXI. Las barcas motorizadas circulan en zigzag entre sus 3.000 edificios, que incluyen una escuela, una oficina de correos, una iglesia, un banco y una mezquita. Viven allí alrededor de 30.000 personas que se trasladan entre las cabañas en canoa y viven de la pesca.

Ganvie está en la orilla norte del lago Nakoué, al norte de la dudad costera de Cotonou, a unas 4 horas de Porto Novo.
N 6.466667 E 2.416667

CUENTOS DE BUENAS NOCHES PARA NIÑAS REBELDES, Elena Favilli & Francesca Cavallo

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ELENA FAVILLI & FRANCESCA CAVALLO, Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, Planeta, México, 2017, 224 páginas.

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Elena Favilli y Francesca Cavallo reúnen en este libro, sufragado por micromecenazgo, cien biografías (desde la matemática Ada Lovelace a la arquitecta Zaha Haddid) inspiradoras para que todas las niñas rebeldes del mundo «sueñen en grande, aspiren a más, luchen con fuerza».
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ADA LOVELECE (10 de diciembre de 1815-27 de noviembre de 1852)

Matemática 

   Había una vez una niña llamada Ada a quien le encantaban las máquinas.
   También le fascinaba la idea de volar. 
   Estudió a muchas aves para descifrar el equilibrio exacto entre el tamaño de las alas y el peso del cuerpo. Probó distintos materiales y realizó múltiples diseños. Nunca logró planear como un ave, pero creó un hermoso libro de ilustraciones llamado Flyology (Vuelología), en donde anotó todos sus hallazgos.
   Una noche, Ada asistió a un baile donde conoció a un viejo matemático cascarrabias llamado Charles Babbage. Ada también era una matemática brillante, así que no tardaron en convertirse en buenos amigos. Charles la invitó a ver una máquina que había inventado. Se llamaba máquina diferencial, y podía sumar y restar números de forma automática. Nadie nunca había hecho algo así.
   Ada estaba fascinada.
  —¿Y si construimos una máquina que haga cálculos más complejos?—le preguntó a Charles. Ambos pusieron manos a la obra. Estaban muy emocionados. La maquina era descomunal y requería un enorme motor de vapor.
   Pero Ada quería llegar más lejos.
   —¿Y si logramos que esta máquina toque música y muestre letras además de números?
  Lo que Ada estaba describiendo era una computadora. ¡Mucho antes de se inventaran las computadoras modernas!
   De hecho, Ada creó el primer programa computacional de la historia.


EL VALIENTE Y LA BELLA, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, El valiente y la bella, Planeta, Buenos Aires, 2012, 152 páginas.
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SOBRE EL PRÍNCIPE FIRÚS Y LA PRINCESA DE BENGALA

   Este es un antiguo cuento persa, de la época en que volar sólo era posible por arte de magia. Y sin embargo, en el cuento aparece un caballo volador que no tiene nada de mágico, es una invención humana, un aparato comparable a un avión. Los viajeros, los mercaderes y los soldados, llevaban y traían cuentos por el mundo conocido. En todos los países de Europa, en la China, en la India, en Arabia se contaba de distintas maneras el cuento del caballo volador. En todas las versiones que yo leí, el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada. Su lujosa prisión suele ser un aposento que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta o un palacio más lejano de lo que es posible imaginar. Un príncipe es el Héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire. O como en este caso, simplemente vuela, sin que se explique cómo lo hace. Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
   Siempre pensé que eso mismo debía pasarle al autor del cuento.

LA NOCHE EN QUE FRANKENSTEIN LEYÓ EL QUIJOTE, Santiago Postegillo

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SANTIAGO POSTEGUILLO, La noche en que Frankestein leyó El Quijote, Planeta, 2012, 230 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-10) el autor anuncia su travesía: este libro es "un pequeño gran viaje que pretende mostrar al lector aquello que se esconde detrás de los libros".

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ESCRITORES ASESINOS

   Que yo sepa, porque en esto, como en todo, hay que ser cauto, sólo he cenado una vez con una asesina confesa, es decir, con una persona que quitó la vida de forma brutal a otro ser humano y ha admitido haberlo hecho. Uno podría concluir con facilidad que mi encuentro con Juliet Hulme, que así se llama esta persona, fue tumultuoso, peligroso y tenso, pero no fue así. Tampoco hay que deducir que fue en una cárcel de máxima seguridad tras someterme a rigurosos controles (más o menos los mismos que padecemos cuando estamos en un aeropuerto). Pero nada puede haber más alejado de la realidad de aquel encuentro. Todo surgió por mis editoras, quienes, por un lado, pensaban, y estaban en lo cierto, que me resultaría interesante conocer a Juliet Hulme; y, por otro, por un motivo quizá menos altruista, pero sin duda muy práctico: buscaban a algún escritor que pudiera departir con ella en inglés, su lengua nativa. Las escritoras inglesas (los escritores ingleses también) y, en general, los ingleses de ambos sexos no suelen ser muy proclives al aprendizaje de otros idiomas, así que un escritor español profesor titular de Filología Inglesa es algo muy socorrido para estas veladas.
   El encuentro tuvo lugar durante la Semana Negra de Gijón, pues Juliet Hulme acababa de publicar una nueva novela de crímenes, una más de una larga serie. La editorial seleccionó, con muy buen gusto, una magnífica sidrería asturiana donde la comida y la sidra, como no podría ser de otra forma, eran excelentes. Nos presentaron y nos sentamos frente a frente.
   —Soy Santiago Posteguillo —dije en un tono cordial—; encantado de conocerla.
   —Anne Perry —respondió ella haciendo uso del nombre con el que es hoy más conocida, y estrechamos las manos.
   A ella le sorprendió mi conocimiento sobre la literatura inglesa, en particular sobre el período victoriano, del que ella es una experta y que recrea en muchas de sus magníficas novelas. Le expliqué que yo impartía clases de literatura inglesa en la universidad. Las opiniones de Juliet Hulme/Anne Perry eran mesuradas, profundas y agudas. Tuve que estar concentrado como pocas veces. No quería quedar mal o dejar en mal lugar a la editorial y que ella se pudiera volver al Reino Unido pensando que los escritores españoles no tenemos una conversación que pueda merecer la pena. Lo más curioso es que durante toda aquella cena me olvidé por completo del tormentoso pasado de mi interlocutora.
   Y es que aquella experta en novela victoriana, novela sobre la primera guerra mundial y novela negra, entre otras muchas cosas más, asesinó, cuando era adolescente, a la madre de una íntima amiga suya, que también participó en el crimen, de forma brutal, asestando a la pobre mujer cuarenta y cinco golpes con un ladrillo. Luego las dos adolescentes arguyeron que la mujer había sufrido un accidente.
   —Se ha caído por la escalera —dijeron.
   Pero al final todo se descubrió. Era imposible que aquellas heridas fueran resultado de un accidente. El móvil parecía estar en que los padres iban a separar a las dos adolescentes y éstas reaccionaron de la peor de las formas posibles, pensando, en su ingenuidad, que al asesinar a la madre de una de ellas todo se detendría.
   Fueron juzgadas, condenadas y encarceladas. Todo esto ocurrió en Nueva Zelanda. Eran menores y no quedó claro nunca si habían actuado bajo los efectos de alguna droga alucinógena (yo prefiero pensar que sí). Por su escasa edad tuvieron una condena de cinco años de cárcel que cumplieron íntegramente. También quedaron sentenciadas a no verse nunca más. Juliet Hulme retornó a su Reino Unido natal. Se cambió el nombre y, al cabo del tiempo, decidió intentar ganarse la vida escribiendo novelas. Lo hacía y lo hace muy bien. Su nombre actual es Anne Perry, muchas de sus novelas están traducidas al español y son fáciles de encontrar en nuestras librerías y centros comerciales. Y son muy recomendables. Hablo de esta historia porque no desvelo nada personal que no sea ya público, aunque muchos aún puedan desconocerlo. Para que se hagan una idea, el director Peter Jackson llevó este terrible suceso al cine contando con la actriz Kate Winslet como protagonista (es decir, como Juliet Hulme/ Anne Perry) en la película Criaturas celestiales.
   Lo cierto es que esto de asesinar y escribir no es tan infrecuente. Cabe recordar, por ejemplo, a Hill Ford, Fallada, Bala, Unterweger y otros muchos. ¿Los escritores tenemos instintos criminales o a los criminales les gusta escribir? Si Oscar Wilde viviera se lo preguntaría. Estoy seguro de que él tendría una respuesta adecuada. Siempre la tenía para las paradojas. Y, hablando de escritores asesinos, no podemos olvidarnos de Henry Abbot. Un homicida que escribió al famoso autor Norman Mailer desde la cárcel, tal y como nos cuenta muy bien José Ovejero en su libro Escritores delincuentes (ya les digo que este tema da para mucho). El asesino Abbot impresionó con su buena prosa al escritor Mailer hasta el punto de que este último inició una campaña para que le excarcelasen. Y lo consiguió. Abbot salió de prisión y publicó un libro con una selección de sus cartas, que recogían sus pensamientos con una notable y poderosa forma de narrar. Lamentablemente, a las seis semanas de su excarcelación, Abbot tuvo una «desavenencia» con un camarero que derivó rápidamente en una discusión airada y Abbot, que se ve que seguía siendo hombre con un mal pronto, mató al camarero de una cuchillada. Y Abbot de vuelta a la cárcel.
   Tampoco era manco Vlado Taneski, que escribía para el periódico la crónica de sucesos y, en su tiempo libre, publicaba novela negra. La lástima es que Taneski empezó a describir con tal grado de detalle algunos asesinatos sobre prostitutas que habían ocurrido en su región que los inspectores pronto comprendieron que ese nivel de conocimiento sobre aquellos horribles sucesos se debía a que Taneski era el autor mismo de los crímenes sobre los que luego escribía. No sé si alguno de estos asesinos quería llevar a término alguno de los postulados del ensayo de Thomas de Quincey titulado Del asesinato considerado como una de las bellas artes, ensayo que influyó notablemente en Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, sólo que estos maestros de la literatura se limitaron a recrear el asesinato con palabras sin necesidad de herir o matar a nadie. Es verdad que sobre sir Arthur Conan Doyle queda la duda, extendida por el libro que Roger Garrick publicó en 1989 acusando al creador de Sherlock Holmes de haber envenenado a un amigo escritor con el doble fin de ocultar su relación amorosa con la esposa de éste y, además, robarle el manuscrito de El sabueso de los Baskerville. En 2006 se exhumó el cadáver de Fletcher Robinson, que así se llamaba el amigo escritor de Conan Doyle, para intentar confirmar la teoría de Garrick. Nunca se encontraron rastros de veneno y todo parece más una obra de difamación que producto de una investigación seria.
   William Burroughs, sin embargo, sí que es un escritor condenado por asesinato. Ocurrió en México en 1951. En un evidente estado de ebriedad, decidió jugar a Guillermo Tell con su mujer, Joan Vollmer. Si el disparo que mató a Joan fue accidental, como defendió el abogado de Burroughs, o no lo fue es algo difícil de averiguar. Burroughs y su abogado hicieron todo lo posible por sobornar a los investigadores y las autoridades judiciales de México para poder quedar sin condena. Como fuera que al final no estaba claro el desenlace del juicio, Burroughs huyó a Estados Unidos, donde empezó una exitosa carrera como escritor.
   Y hay más ejemplos de asesinos escritores, pero, en la mayoría de los casos, la obra de estas personas no es, por decirlo suavemente, no vaya a ser que alguno de ellos lea este libro y me busque, demasiado buena. Excepto, eso sí, las novelas de Burroughs y, sin duda alguna, las de Anne Perry, que me gustan mucho más. Esta deliciosa dama británica es otra historia, está a otro nivel. Durante aquella cena en Gijón no hablamos de su pasado, por supuesto; ni habría sido oportuno ni mucho menos elegante; ni siquiera hablamos de crímenes ni de novela negra. Hasta ese punto llegaba mi cobardía o mi prudencia.
   Así que ya saben: cuando estén cenando con un escritor, sean comedidos en las críticas. Nunca se sabe cómo podemos reaccionar.

SIRENAS, TOPOS Y BUITRES, Franz Kafka

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FRANZ KAFKA, Sirenas, topos y buitres. Un bestiario, Planeta, Barcelona, 2004, 136 páginas.

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Selección de narraciones breves de Kafka filtrada por el tamiz del bestario: textos con protagonistas animales o deshumanizados que ayudan a dibujar una mirada al mundo desde el extrañamiento y la incomprensión.

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FABULILLA

   –¡Ay! –decía el ratón–. El mundo se vuelve cada vez más pequeño. Primero era tan ancho que yo tenía miedo, seguía adelante y me sentía feliz al ver en lejanía, a derecha e izquierda, algunos muros, pero esos largos muros se precipitan tan velozmente los unos contra los otros que ya estoy en el último cuarto, y allí, en el rincón, está la trampa hacia la cual voy.
   –Sólo tienes que cambiar la dirección de tu marcha –dijo el gato, y se lo comió.

QUINTAESENCIA, Antonio Gala

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ANTONIO GALA, Quintaesencia, Planeta, Barcelona, 2012, 336 páginas.

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Cuando el amor se va, nosotros somos otros: miramos de otra forma, entrecerramos de otra forma el libro que leemos, escuchamos de otra forma la música, aguardamos la muerte. Cuando el amor se va, nos deja moribundos de nuevo. Los que fuimos, los amantes que fuimos, se van tras el amor a esa provincia, melancólica y sólida, donde habita el olvido...
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Sea la belleza lo que quiera —una propiedad intrínseca de los seres, o un producto de nuestra mente que sólo en cada uno de nosotros rige—, es en el cuerpo y a su través donde se asienta y como se percibe. Sea universal y absoluta, o variable y dependiente de nuestros espíritus, el cuerpo es su camino y su posada.
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Se nos asegura la libertad religiosa y filosófica, la oportunidad de creer o no creer en este o aquel dogma; pero en el instante en el que el supremo tránsito se va a efectuar, la sociedad —el Estado— enmudece, se desentiende, vuelve la cara hacia otro lado. No nos deja evitar la inútil aflicción con que la vida arrastra su resaca.
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Para acercarse a la felicidad es imprescindible romper las ataduras del miedo, al contrario de lo que normalmente hacemos: creer que la felicidad consiste en aferrarnos a ellas. La atadura de impresionar en favor nuestro a los demás; la atadura de ganar dinero; la atadura de mantener el estatus; la del éxito en el trabajo y en el mundo... Y mientras nos preocupamos de que no se nos escapen nuestras ataduras, se nos escapa la vida: lo único que realmente tenemos.
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La muerte tiene nuestra sangre, es de nuestra familia. Para mí es un viejo pariente que vive fuera y ha anunciado, una vez y otra vez su vuelta a casa. Sorprende, más que su venida, que no haya ya llegado. Por temporadas, nos olvidamos de él; otras, lo echamos casi de menos, con el remordimiento que provoca el olvido. Quizá un día, de pronto, nos decidamos nosotros mismos a ir en busca del lejano pariente, y a tocar en su puerta.
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No es una vocación, sino un destino, que no puede ser contradicho y que ha de hacerse y que ha de hacerse bien: ésa es la obligación, no la de estar orgulloso o alegre de cumplirlo. Una voz le apercibe: «Sigue tu camino, deprisa. Sino, no llegarás.» «Pero ¿adónde debo llegar y cuál es mi camino?» «Tú sigue, sigue...» Y sigue el creador, como un caballo que perdió a su jinete y continúa aún participando en ya no sabe qué carrera ciega... Hasta que el cazador, siempre al acecho, dispara y lo detiene.
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En castellano, la palabra soledad tiene dos acepciones que el inglés, por ejemplo, diversifica: solitude —aislamiento pleno y tranquilo: un gozo— y lonelíness —emoción brotada de la pérdida de algo o de alguien: un pesar—. Yo, por supuesto, me refiero a la primera. Y hay que dejar muy claro que tal soledad es la más rotunda negación del egoísmo. No es un fin en sí, ni una meta, ni se justifica sin la solidaridad, ni consiste en otra cosa que en una escala que asciende o desciende.
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La vida adquiere más valor cuando uno empieza a comprobar que ha emprendido su viaje de regreso. Cuando uno empieza a vivir más despacio, con la consciencia de que muchas cosas las realiza por última vez: viajes, deseos, miradas.
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El tiempo no transcurre; transcurrimos nosotros.


CUENTOS PARA DORMIR MEJOR, Miguel Gila

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MIGUEL GILA, Cuentos para dormir mejor, Planeta, 2001, 206 páginas.

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En el Prólogo (pp. 5-7) a estos veintiséis relatos María Dolores Cabo reivindica al Gila literato, eclipsado por el humorista conocido por todos los públicos.
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MARUJA

   No me juzguen antes de leer lo que les voy a contar. Yo a Maruja la adoraba; sus ojos eran de un verde oscuro que al mirarlos parecían dos esmeraldas; sus labios gruesos, sensuales, por lo general dibujando una son­risa que limitaba con dos hoyuelos; su cuello estiliza­do, sus cejas divinas; todo en Maruja era perfecto; su cuerpo, su movimiento al andar... todo, absolutamen­te todo era perfecto. No obstante, cualquiera de uste­des en mi lugar habría actuado como yo lo hice. Y es que al hablar lo estropeaba todo. Al principio de cono­cerla, cuando nos hicimos novios, tal vez por ese fenó­meno que nos produce el estar profundamente ena­morados, me pasó inadvertido un detalle: al hablar lo hacía apoyándose siempre en algún refrán. Esto no hubiera sido muy grave si los refranes los hubiera di­cho bien, pero los decía mal o los mezclaba, que era peor, y eso luego de casarnos empezó a molestarme, para a los pocos meses transformarse esa molestia en un odio concentrado, Sería interminable contarles a ustedes todas sus charlas, y como dicen que para muestra basta un botón, les contaré solamente una de esas conversaciones que sostuvimos una noche antes de dormir. Fue la noche de un sábado. Yo me tendría que haber quedado mudo antes de abrir la boca, pero no fue así; se me ocurrió comentar en voz alta:
   —¡Qué suerte que mañana sea domingo! ¡Me pare­ce mentira no tener que madrugar!
   Ella me pasó la mano por la frente.
   —Bueno, mi amor —y metió el refrán—: al que madruga, buena sombra le cobija.
   La miré.
   —No es así, querida; es: a quien madruga, Dios le ayuda.
   —Bueno —dijo—, lo que quiero decir es que como dice el refrán: entre el correr y el andar está el madrugar.
   —No, Maruja; es así: entre el correr y el andar está el caminar.
   Me miró sin dejar de sonreír.
   —Bueno, mi vida; es lo mismo. Lo importante es que ya lo dice el refrán: más vale levantarse temprano que pájaro en mano.
   Ahí fue donde me dio el ataque de ira. La agarré por el cuello y empecé a apretar con fuerza. Con los ojos fuera de las órbitas y un hilo de voz me dijo:
   —¿Lo ves? El hombre y el esposo, cuanto más bru­to, más hermoso.
   Y seguí apretando con ganas hasta que sentí que no oponía resistencia. Cuando la solté, cayó al suelo como si fuese de trapo. Saqué una silla y me senté en la puerta de mi casa, por aquello de "Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemi­go". Pero no me dio tiempo. La policía me detuvo, y aquí estoy, en presidio, escribiendo todo esto.

EL NUEVO BESTIARIO, Javier Tomeo

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JAVIER TOMEO, El nuevo bestiario, Planeta, Barcelona, 1994, 249 páginas.

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EL PULPO

   —Mi amigo Ramoncito —le digo al pulpo de mirada hipnótica que cada mañana se asoma a la ventana de enfrente, al otro lado del patio, mientras las fregonas de la vecindad tararean interminables canciones me ha contado muchas cosas sobre vuestro pueblo. Me ha dicho, por ejemplo, que Vosotros, los pulpos, sois de natural pacífico y que os encanta escuchar música. Me ha contado incluso que algunas noches de verano, cuando la luna brilla sobre el mar, os acercáis a la playa y que allí, encaramados a cualquier roca, os pasáis las horas muertas escuchando cómo los hombres morenos tocan la guitarra.
   —Ese Ramoncito del que me hablas te engaña —responde el pulpo—. Cierto que alguna vez, empujados por las olas, llegamos a la costa, pero te aseguro que cuando estamos en tierra firme no perdemos el tiempo escuchando guitarras o violines. Lo que sí hacemos es colarnos en los huertos, trepar a los árboles frutales, rodear las ramas con los tentáculos y apoderarnos de todas las frutas maduras que encontremos. No importa si son melocotones, peras o manzanas. Nos da igual. Todas nos parecen muy sabrosas.
   —No sabía yo —le digo— que os gustase también la fruta. Yo pensaba que lo vuestro eran, sobre todo, las langostas, vuestras enemigas, a las que, según tengo entendido, asfixiáis con vuestros tentáculos y succionáis luego su carne.
   —Las langostas, en efecto, forman parte importante de nuestra dieta, pero nos alimentamos de muchas otras cosas. Gozamos de un apetito envidiable. Tanto es así que algunas veces, a falta de presas, no nos importa devorar nuestros propios tentáculos. Podemos hacerlo tranquilamente, sin temor a quedarnos mancos, porque sabemos que, con el tiempo, acabaremos recuperando todos los miembros perdidos.
   —¿Y de qué os viene —le pregunto— la necesidad de comer tanto?
   —Somos tal vez —me confiesa en un susurro, para que las vecinas chafarderas no puedan oírle— las criaturas marinas más rijosas e incontinentes. Navegamos por las profundidades del mar pensando siempre en el amor y en el modo de dar satisfacción a nuestros deseos. Ya sabes lo que decía Cervantes: el mejor ministro del amor es la ocasión, y te aseguro que a nosotros no nos faltan las ocasiones. Entre los restos de los viejos naufragios abundan los momentos propicios para la pasión. Debemos, pues, alimentarnos debidamente (yo diría incluso que debemos sobrealimentarnos),  si no queremos acabar convertidos en una piltrafa y servir de fácil alimento a otros peces de costumbres menos licenciosas, sobre todo a las espantosas murenas de dientes venenosos. De todas formas, por mucho que nos alimentemos, no podemos vivir más de un año. Al cabo de ese tiempo las hembras empiezan a languidecer a consecuencia de sus frecuentes partos, así que tanto ellas como nosotros solemos morir a consecuencia de nuestros excesos.
        

EL CAER DE LA BREVA, Antonio Mingote

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ANTONIO MINGOTE, El caer de la breva, Planeta, Barcelona, 2010, 180 páginas.

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TROF
        
   Trof, el payaso, se maquilla cuidadosamente. Va a ser su función de despedida y, puesto que ya no volverá a hacer reír, quiere que las ultimas risas sean más estruendosas, calidas, sonoras y unánimes que nunca.
   Su tropezón inicial al entrar en la pista, tan repetido, provoca las primeras carcajadas. Saca del enorme bolsillo el retrato enmarcado de una mujer bellísima, lo coloca encima del tambor, y, contemplándolo, llora. Los sollozos de Trof mientras intenta que del saxofón brote una melodía reconocible son francamente tronchantes. Empuña un enorme pistolón, lo levanta hasta la sien y aprieta el gatillo. Un chorro de agua que sale del arma arrastra el pequeño sombrero, que Trof atrapa en el aire con la otra mano. Un número difícil mil veces realizado y siempre premiado con aplausos. Mientras se seca el agua y las fingidas lágrimas, tumba el retrato sobre el tambor y se dispone a trepar por un poste (Trof ha sido antes acróbata) hasta el alto trapecio, lo que consigue entre risas y aclamaciones. Finge tropezar con la cuerda que cuelga y con la que se enreda en cómico conflicto. Ya de pie, se columpia, saluda y se lanza al vacío.
   Queda Trof balanceándose, mientras sus zapatones entrechocan en el aire. La grotesca pirueta es premiada con aplausos y risas que son de suponer.
   Pero Trof, colgado por el cuello al parecer, no se mueve.
   Un manto de silencio se abate sobre el público.
  El jefe de pista recoge el retrato del tambor. «No se culpe a nadie de mi muerte», ha escrito Trof al dorso. El payaso, tan original, no ha podido librarse del último tópico.