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LA VUELTA AL DÍA, Hipólito G. Navarro

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HIPÓLITO G. NAVARRO, La vuelta al día, Páginas de Espuma, Madrid, 2017, 256 páginas.

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Recién seleccionado entre los finalistas del Premio Setenil, este último libro de Hipólito G. Navarro, maestro indiscutible de la narrativa breve, incluye algunos microrrelatos entre otros cuentos de mayor extensión.
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RIFA

El viejo ha vuelto, y pasea feliz por el altozano. Propina distraídos puntapiés a los guijarros mientras contempla con ojos melancólicos las ruinas del castillo y de las casas que se desparraman ladera abajo hacia el pueblo ahora abandonado donde transcurrió su infancia, hace ya de eso una eternidad.
   De entre las piedrecillas que patea y que caen rodando alegremente por la cuesta llama su atención una más redonda y oscura que no llega tan lejos como las demás. Al poco de quedarse quieta comienza a rebullir, a extraer de su materia unas patitas, a caminar con una torpeza coleóptera. Se acerca el anciano para observar al pequeño escarabajo, para comprobar si su patada lo ha dejado listo. Parece que no. El animalillo sigue andando como si nada hubiera pasado, como si esa mediana violencia no se hubiese ensañado con él.
   Tampoco le recriminan nada otros insectos afectados, como puede verificar el viejo de regreso a la explanada. Antes le ofrecen el soberbio espectáculo de la reconstrucción del hormiguero que pisó sin darse cuenta, un pequeño volcán en miniatura hecho de finísimas partículas de entusiasmo.
   Las gramíneas y otras yerbas que fueron aplastadas por sus pasos también se recuperan lentamente, enderezando poco a poco sus tallos. Si algunas no lo hacen, quizá no importe demasiado: el viejo sabe que han dejado antes en su ropa bien ancladas las semillas.
   Hace mucho tiempo que se fueron los habitantes del lugar, abandonando a su suerte el puñado de tristes construcciones que queda más abajo, puros esqueletos de vigas recubiertas de zarzas. Infiere entonces el hombre con un ligero estremecimiento, al ver cómo hasta los más pequeños y frágiles seres se yerguen después de la adversidad de cruzarse con él, que quizá este retorno no esté sucediendo en realidad, que sea un regreso inventado, por completo imaginado, pero ¿por quién? Desde luego no por él, que se pellizca y no le duele, que se pellizca y no se toca. Pero de seguro es él quien ahora todo lo acaricia con suavidad, quien se amolda como un guante al espacio que lo aloja, y son sus cinco hijos los que dudan. De vuelta de esparcir las cenizas por la ladera del castillo, sopesan si conservar o no la urna, que tiene maneras de ánfora antigua y es bastante bonita —indivisible, eso sí—, de color claro, muy poco funeraria en realidad.

EL PEZ VOLADOR, Hipólito G. Navarro

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HIPÓLITO G. NAVARRO, El pez volador, Páginas de Espuma, Madrid, 2016 (2008), 184 páginas.

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Javier Sáez de Ibarra cumple lo prometido en El vuelo del pez. Una introducción a los cuentos de Hipólito G. Navarro (pp. 9-24). El lector obtiene una idea cabal de la singularidad narrativa del siempre lúdico y profundo narrador onubense. Sus narraciones —dice Ibarra— se sostienen «en una tensión que exige al lector una atención máxima, ya que un nombre, un adjetivo, la construcción de una frase o una referencia dicha como de pasada pueden resultar decisivos. Su prosa rigurosa ha de leerse con el mismo rigor con que se escribió».
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PENÚLTIMO APRENDIZAJE

   Sergio es el primero que lo sabe: quienes flotan en las piscinas como los gatos de escayola hacen siempre un buen papelón en el chalé de los amigos. Por si fuera poca certeza, sabe además que todo el brillo de su charla de sobremesa termina por apagarse apenas se quita la ropa, cuando aparece fantasmal una figura no clasificada aún en las categorías más comunes o estandarizadas. Ni atlético ni pícnico, ni asténico siquiera, del conjunto de músculos y huesos de Sergio podría decirse acaso que posee una belleza cubista, para emplear ese socorrido adjetivo que aplicado a la anatomía de un individuo la sitúa siempre más o menos por los alrededores de Avignon.
   Soporta Sergio las risitas como puede, acostumbrado a ellas desde niño, sabiendo que lo peor está todavía por llegar.
   -¿No te bañas? -preguntan a coro los amigos.
   -Sí, un poco más tarde; es que estoy aún en digestión -argumenta Sergio, dándole nerviosas vueltas a la perolilla imaginaria de un reloj digital water resistant.
   -¡En digestión!... Hemos comido todos a la vez, y luego no has parado de hablar en las tres últimas horas, por si no lo sabes.
   Admira Sergio la manera de establecer contacto con lo húmedo que tienen los amigos, saltando al centro de la piscina sin pensarlo, como cuchillos que se hundieran en un flan. Mientras, él va entrando poco a poco, peldaño a peldaño, por una escalerilla de tubos que resbalan peligrosamente, y se detiene cuando el agua llega a la altura de sus partes contratantes, peleadas desde siempre con toda clase de frialdad. Así, desde ese nivel, puede comprobar cómo algunos cubren quince envidiables largos sin respirar apenas.
   -Venga, hombre, que está buenísima.
   Al final no tiene más remedio que penetrar. Una penetración entre comillas, obviamente. El primer baño de Sergio se reduce a darle una ridícula vuelta a la piscina, bien agarrado al borde, mientras sus amigos ríen y lo martirizan con la broma sempiterna de todos los veranos:
   -Lo ibas a tener muy crudo tú, de cartero en Venecia.
   Esa mofa repetida desencadena no obstante, de manera inevitable, muchos y muy variados comentarios viajeros, peregrinos, que desvían la atención de los amigos. Su torpeza, le parece a Sergio, pasa entonces más inadvertida.
   Se va soltando poco a poco, con la misma lentitud con que el agua parece adquirir la consistencia de un caldo.
   Ellos salen sin apenas una arruga, y Sergio acepta como cada verano el reto de quedarse solo para practicar un poco más donde no cubre.
   Cafés. Infusiones.
   Cuando llega el fin de la tarde, con los whiskies y el colofón de la puesta de sol sobre los árboles frutales, todavía una bonita e intensa ensoñación los embarga a todos. En ella intervienen canales, palacios y góndolas en diferentes proporciones.
   Sergio flota ahora mansamente y en silencio sobre el agua, desaparecido por completo el exceso de prudencia que agarrotó a sus músculos durante las primeras horas. Un pájaro negro y enorme, planeando con las alas extendidas, cruza muy despacio por el cielo. Durante una fracción de segundo, Sergio en la piscina ha sido su exacto reflejo sobre el agua.

LOS TIGRES ALBINOS, Hipólito G. Navarro

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HIPÓLITO G. NAVARRO, Los tigres albinos, Pre-Textos, Valencia, 2000, 163 páginas.

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Inconvenientes de la talla L y Los tigres albinos constituyen los dos bloques de este libro de relatos. El segundo de los bloques, significativamente subtitulado Un libro menguante, contiene dieciséis microrrelatos.

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TERRITORIOS

Yo, de perro, la verdad es que no me ando con pamplinas. Nada de micción en tronco de árbol o señal de tráfico, nada de sólida esquina de edificio, nada de esos llamativos adoquines de los alcorques. Si hay que marcar territorio, señalar un dominio, ¿qué porvenir tengo de perro meando en mi barrio y adyacentes?, ¿cuántos barrios puede cubrir la meada de un perro? Yo voy más allá, no me ando con chiquitas ni provincianismos. Me especializo en ruedas de vehículos (tapacubos, llantas, y neumáticos), y de últimas no me meo a tontas y a locas, así como así, no. Distingo ya perfectamente las matrículas, dosifico, me expando. Adoro esas matrículas de colores extranjeros, amarillos, azules, verdes...