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AFORISMOS DE LAS CARTAS Y RELACIONES, Antonio Pérez

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ANTONIO PÉREZ, Aforismos de las cartas y relaciones, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2009, 242 páginas.
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Andrea Herrán Santiago y Modesto Santos López extraen y comentan alrededor de medio millar de aforismos de Antonio Pérez, secretario de estado de Felipe II.
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Hay medrosos que temen el rayo aun después de oído el trueno.
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Vidrio: el cuerpo humano tiene las mismas cualidades.
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La sospecha conmueve los ánimos, como el veneno los estómagos.
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Medicina del ánimo, la comunicación del amigo.
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Hay monstruos de la fortuna, como de la naturaleza.
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El amor de los que de veras aman crece con la ausencia.
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Quien pierde la voluntad fácilmente pierde el juicio.
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La lengua, el más falso testigo del corazón.
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La pluma corta más que espadas afiladas.
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Miserable siglo el en que no se atreven a salir del pellejo los coracones.

UN BUZÓN EN EL DESIERTO, Aitor Francos

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AITOR FRANCOS, Un buzón en el desierto, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2018, 60 páginas.
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Silencio en clase.
La sombra de un gorrión
en la pizarra.

TODOS LOS CUENTOS, Manuel Derqui

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MANUEL DERQUI, Todos los cuentos, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2008, 850 páginas.
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CAMINOS SIN RETORNO

   Hablaban los dos amigos, sentados frente a frente en cómodas butacas, de muchas cosas: del tiempo, claro está, de sueños más o menos fantásticos, y también de temas de actualidad. Hablaban, digo, y aun discutían, porque eran estos amigos muy dispares entre sí, tanto en su aspecto exterior como en sus raciocinios sobre las cosas del mundo que herían sus imaginaciones. 
   Uno de ellos, el más joven, tenía un nombre de cierta resonancia: se llamaba Salvaje." Al otro, por ahora le llamaremos: N. 
   N. tenía un temperamento cauteloso, bien distinto del alocado ímpetu de Salvaje, mas pese a tal diferencia básica, solían gustar de la mutua compañía y en su intercambio de ideas —pausada por una parte, vigorosa por la otra—, había más puntos de contacto de los que sus temperamen-tos parecían consentir. 
   Así pues, repito, Salvaje y N., sentados frente a frente, hablaban y estas eran sus palabras: 
   —¡Demonio! —empezó Salvaje—. ¿Has visto cuánto lío están armando con tanto surrealismo, abstractismo y «nosecuántismos»? 

   Había dos amigos en la Ciudad. Uno de ellos tenía un nombre de cierta resonancia; se llamaba Salvaje. Al otro le llamaremos N. Salvaje era un hombre de ideas originales en multitud de cuestiones y, en especial, con relación al atuendo de su vestimenta. Pero si las prendas con las que se engalanaba (?) resultaban chocantes con frecuencia, nada podía superar en disonancia a los dibujos y colores de sus corbatas. Porque —digámoslo de una vez— las corbatas de Salvaje eran de lo más horroroso que se puede imaginar. 
   N., hombre cauteloso si los hay, había reprochado más de una vez a su amigo la excesiva despreocupación con que elegía tal «adminículo» y en sus palabras hubo grandes dosis de sensatez y de lógicos razonamientos. Sin embargo, ni estos consejos, ni la bizquera súbita de dos o tres incautos que se fijaron en ellas, fueron suficientes para que las corbatas de Salvaje mejoraran de calidad. Es más, parece ser que aquella crítica solo sirvió para exacerbar su maligno instinto y pocos días después, salió a la calle luciendo una corbata azul cobalto a «destono» con su traje verde orín. 
   Salvaje llegó milagrosamente ileso hasta el domicilio de N. a quien sorprendió en el momento en que se levantaba del lecho. La impresión, como es fácil de imaginar, hizo caer a N. en la cama, de espalda y preso de convulsivos temblores. Al fin, después de que le fueran administradas un par de inyecciones de cardiazol, N. recobró el uso de la palabra lo que aprovechó para increpar a su amigo. 
   —Eres perverso, Salvaje —le dijo N.—. Mira en qué estado me has puesto con tu obstinación. No te has contentado con desoír mis consejos, esto hubiera sido poco para ti, sino que te has ingeniado para encontrar la más horrible combinación y te has apresurado a venir aquí, para fulminarme con tu resentimiento. Eres malo, te digo, esto lo pagarás algún día.
   Las palabras de N. fueron dolientes, llenas de amargura, y Salvaje las oyó en silencio. 

NADA SE PIERDE, Jordi Doce

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JORDI DOCE, Nada se pierde, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2015, 178 páginas.

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En estos Poemas escogidos que recogen una selección de los libros publicados entre 1999 y 2015 hay cabida para un ramillete de hermosísimos poemas breves. 
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Alguien izó
las velas donde el viento
tartamudea.

EL PÁJARO Y LA PIEDRA, Mariano Castro

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MARIANO CASTRO, El pájaro y la piedra, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2008, 68 páginas.

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El caracol del tiempo
deja hilos de plata en la memoria.

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He visto una luciérnaga; es decir, sólo su luz.

AFORISMOS EXTRAÍDOS DEL ORAĆULO MANUAL Y ARTE DE PRUDENCIA, Baltasar Gracián

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BALTASAR GRACIÁN, Aforismos extraídos del Oráculo manual y arte de prudencia, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2005, 94 páginas.

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Alberto Cirac ilustra estos treinta y seis aforismos del jesuita Gracián, de cuya obra da cuenta en Un "oráculo" dos veces breve  (pp. 5-28) José Ignacio Díez Fernández.
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Saber negar. No todo se ha de conceder, ni a todos. Tanto importa como el saber conceder y en los que mandan es atención urgente. Aquí entra el modo: más se estima el no de algunos que el sí de otros, porque un no dorado satisfa­ce más que un sí a secas. Hay muchos que siempre tienen en la boca el no, con que todo lo desazonan. El no es siempre el primero en ellos y, aunque después todo lo vienen a conceder, no se les estima, porque precedió aquella primera desazón. No se han de negar de rondón las cosas: vaya a tragos el desengaño; ni se ha de negar del todo, que sería desahuciar la depen­dencia. Queden siempre algunas reliquias de esperanza para que templen lo amargo del negar. Llene la cortesía el vacío del favor y suplan las buenas palabras la falta de las obras. El no y el sí son breves de decir y piden mucho pensar.


MONTAÑA ROJA, Rafael Fombellida

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RAFAEL FOMBELLIDA, Montaña roja, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2008, 76 páginas.

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Besé la luna
partida en dos mitades.
Bendito sueño.

DEL HAZ FÚGIDO, J.L.M. Mallada

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J.L.M. MALLADA, Del haz fúgido, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2010, 84 páginas.
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PADRE

Sintámonos luz.
Más allá de la muerte
perduran nuestros lazos.

DIACRONÍA DEL MIEDO, Sylvia Solé

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SYLVIA SOLÉ,  Diacronía del miedo, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2007, 58 páginas.

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MORIR(SE)

   Despierto. El hospital lleno de gente y mis brazos de agujas y tubos. K. coge mi mano y empiezo a recordar los vómitos. Y los gritos en el coche. Y las pastillas por mi garganta. Estoy viva. Físicamente viva. Quiero dormir, dormir, dormir. K. me sonríe y yo sólo lloro y pienso que estoy viva. Que alguien oyó mi grito y no me dejó morir. Y fue él. El fondo es duro, es que se toca a veces. Es duro y frío y lleno de soledad. La muerte no llega. Tengo que seguir respirando. Pienso en J., que no está. Y en A. Pienso en mi padre. Oigo a K. hablar con gente por teléfono. La irrealidad es tan real como la sala de observación, y la mirada cristalina del psiquiatra que me hace preguntas retóricas con su residente.

CUENTOS DE LA DISCIPLINA CLERICALIS, Pedro Alfonso de Hueca

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PEDRO ALFONSO DE HUESCA, Cuentos de la Disciplina Clericalis, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2009, 126 páginas.


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 En el Prólogo (pp. 5-23) María Jesús Lacarra relata la conversión de Moisés Sefardí (¿1065-1121?) en Pedro Alfonso. Que el padrino fuese el rey Alfonso I demuestra el prestigio científico y social de este físico y astrónomo, cuya Disciplina Clericalis (Instrucciones a estudiantes) no sería para él más que una obra menor (escrita en árabe y traducida al latín) que recoge la tradición cuentística oriental con una pretensión didáctica. Acomoda los relatos al lector actual Magdalena Lasala. Las ilustraciones son de David Guirao.
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DE LOS TITULADOS BURLADORES BURLADOS

   En esto que se encontraron en uno de los pisos de gran edificio de oficinas donde muchos hombres de negocios pululaban por los pasillos, resoplando por el mucho trabajo, con el ceño fruncido por el mucho calcular y hablando en voz muy alta por la mucha importancia de sus cargos.
   Allí, observando el ir y venir de los aspirantes a potentados entre el bullicio histérico de los teléfonos, los listados de inversiones y los correos electrónicos, se aposentaron con calma para contemplar una de sus escenas:
   Tres socios todavía jóvenes se habían juntado para invertir cada uno su parte en la compra de un negocio extranjero que desea­ban comercializar en su zona. Dos de ellos se vanagloriaban entre sí de ser más listos y poseer varios títulos empresariales y diplomas de prestigio ante el tercero, de más escasa formación aunque merecedor de su posición por su esfuerzo y agudeza. A pesar de que los dos primeros habían bus­cado ellos mismos al compañero para conseguir todo el capital necesario para su negocio y este había apor­tado igual su parte y demostraba cada día su buen hacer, insistían en tratarlo con cierta displicencia y se turnaban el derecho de representación de su sociedad ante los potentados extranjeros a quienes se dirigían, dándole a entender abiertamente su superioridad y su desprecio.
   Llegó un momento en que las cosas no iban muy bien y tenían que tomar la decisión de disol­ver el negocio o de reorganizado con menos par­tícipes, por lo que los dos listos se pusieron de acuerdo entre sí para dejar fuera de la empresa al tercero.
   —Hay que discurrir un plan— dijo uno— para conseguir que nos quedemos con su parte sin que sos­peche nada, y evitarnos así las demandas.
   —Le explicaremos —dijo el otro que solo uno de los tres puede ser titular según las órdenes de los potentados extranjeros, y en el papeleo nos comemos nosotros el pan.
   De acuerdo con eso, hablaron con el tercero y le contaron la farsa:
   —Nos obligan dijo uno de los listos con una mueca de falso enojo a inscribir todo el capital a un solo nombre y tiene que ser al que aporte más títulos de empresa.
   —Eso mismo me dijeron a mí —dijo el otro con cara de circunstancias—, y el que sea tiene que apor­tar también las licenciaturas de grados superiores.
   Lo que no sabían es que el tercero se había dado cuenta de la estratagema y, fingiendo tristeza, les con­testó:
   —¡Pobre de mi entonces, ya que no puedo competir con vosotros en titulaciones eminentes! Hagamos, pues, una última reunión entre los tres y dejadme al menos comparar vuestros diplomas y certificados para elegir al que será el dueño de nuestra inversión. ¿Os parece bien?
   —¡Estupendo! ¡Por supuesto! dijeron los otros a coro.
   —Id, por tanto, a vuestras casas ambos y recoged todos vuestros documentos personales y los veremos juntos aquí—. Como quiera que los dos listos dudaron mirándose entre sí, titubeando sin saber qué hacer o decir el tercero apostilló—:Seguramente tenéis más títulos, adquiridos en estos últimos tiempos, que no os habrá dado tiempo de incluir en el currículum que está en vuestra ficha...
   Para que pareciera fiable su actitud y que el terce­ro no empezara a sospechar los dos primeros asintieron, aunque sin mucho entusiasmo, y salieron, despi­diéndose hasta la tarde, ya que había mucha distancia hasta sus casas.
   En su ausencia, el tercero tuvo tiempo suficiente para organizar el cambio de titularidad del negocio reservándose toda la inversión a su nombre como único partícipe y nuevo propietario. Luego se quitó la chaqueta, se desordenó el cabello y esparció pañuelos previamente humedecidos con agua por el suelo. Cuando los otros dos regresaron cargados con sus carpetas de papeles por seguir el engaño, lo encontraron sentado en su sillón con el aspecto más apesadumbra­do que nunca habían visto antes en nadie.
   —¡Ah, lo sé todo, amigos míos! —exclamó al ver­los, fingiendo lágrimas—, ¡lo sé todo y, aunque no me lo esperaba de vosotros, os doy la enhorabuena y me alegro por vuestra suerte! ¡Me llamaron los poten­tados extranjeros y me contaron que os habían elegi­do para cargos de elevada importancia en sus bufetes y que ya no os volvería a ver, pues que vuestra fortuna iba a ser muy superior a esta inversión y lo abandona­bais todo, por tanto, incluso a mí, y luego me ordena­ron que era muy urgente el cambio a un solo nombre del negocio y que había de hacerse sin tardar, y con el dolor de saberme abandonado por vosotros así lo hice y ahora soy yo el único propietario de esta empresa!

VITRINA DE CHARCOS, José Ángel Cilleruelo

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO, Vitrina de charcos, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2011, 98 páginas.


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En el Prólogo el autor confiesa que "al descongelarse las 154 sílabas de un soneto, como el líquido ocupa más espacio que el sólido, comprobé que el charco que quedaba tenía exactamente cien palabras". Los poemas en prosa que el autor ofrece se atienen a esa extensión, pudiendo advertirse en ellos elementos narrativos.
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VICOLO D’ORFEO


Cuando llegó al piso, la señora le advirtió que no entrara nunca en aquella habitación del fondo, donde  descansaba su marido, muy enfermo. La puerta siempre cerrada y el silencio que se cernía sobre el cuarto prohibido fueron echando leña al fuego recién encendido de la curiosidad. Un domingo, después de que la señora hubiera salido a misa y no quedaran otros inquilinos en sus aposentos, empujó la puerta. Una cama vacía y un gran arma­rio. Llegó a abrirlo por ver si estaba encerrado allí el moribundo. Nada, como en los signos. El misterio de aquel misterio acababa de empezar.

AHORA, Isabel Bono

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ISABEL BONO, Ahora, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2010, 54 páginas.

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Conjunto de poemas mínimos que, desde el mismo título, ratifican su afinidad con la inmediatez y el despojamiento en la búsqueda de lo esencial característicos del haiku.

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veo el camino
dentro de su mano

aún estoy allí

LLÁMALO DESORDEN, Jesús Chamarro Calvo

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JESÚS CHAMARRO CALVO, Llámalo desorden, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2002, 176 páginas.

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   No lo puedo evitar, es así, y no me avergüenzo de ello. Siento un miedo irracional, uno de esos clásicos miedos contra los que no se puede hacer nada, un miedo que me atenaza y que no puedo controlar de ninguna de las maneras. Yo —aunque suene ridículo, no me importa reconocerlo— nunca me he atrevido a descolgar el auricular de un teléfono. La razón es bien sencilla, creo que ustedes la entenderán: siempre he pensado que cuando me lo acercara al oído, alguien, al otro lado, empezaría a insultarme y a mofarse de mí.
   Un día, en la consulta de uno de los múltiples psicólogos que he visitado para superar este trauma, descubrí que, quizá, la raíz del problema se remontara a mi más tierna infancia, ya que recuerdo, como si fuera hoy, que mis padres me dijeron que cuando estuviera solo en casa no cogiera el teléfono y, cuando estuvieran ellos, tampoco. Me explicaron que eso era cosa suya. Estos datos no resultaron ser tan reveladores como a mí me parecieron en un primer momento y los especialistas no pudieron extraer ninguna conclusión válida que me ayudara a vencer mi problema.
   También he comentado, repetidas veces y a varios expertos en el tema, que en sueños, a menudo, sí que se había dado el caso de que me insultaran, vilipendiaran y se rieran de mí. Normalmente, en esas ocasiones, una voz desconocida me llamaba «gilipollas» (el insulto que, asombrosamente, más se repetía),pero también «hijo de puta», «tonto de los cojones», «mamón» u otras lindezas de este calibre. Repito que eso sólo me ha sucedido en sueños, en la vida normal (cuando digo «normal» quiero decir despierto o «en vigilia», como les gusta decir a los especialistas), nunca.
   Realmente, esto que me sucede a mí puede parecer una tontería, una ridiculez. Lo sé, y lo único que puedo decir es que sólo el que lo padece conoce la verdadera dimensión de este sufrimiento, el cual no se lo deseo ni al peor de mis enemigos. Imaginen, por un momento, que al sonar el teléfono empezaran a temblar, a tener sudores fríos, a latirles el corazón como si se les fuera a salir por la boca. Sí, sí, imagínenlo y sabrán el verdadero infierno en que vivo. A veces, incluso he llegado a romper algunos objetos con las manos (jarrones, figuritas de porcelana o cuadros), debido a tanta tensión como se me ha acumulado en el cuerpo al oír el estridente sonido del aparato telefónico.
   Así las cosas, se pueden imaginar que todas las personas que quieran comunicar conmigo por vía telefónica tienen que llamar cuando algún miembro de mi familia se encuentre en casa (así ellos cogen el auricular y me lo pasan cuando ya saben de quién se trata), o bien, dejarme un mensaje en el contestador. Esta situación es tan grave que, incluso, mi mujer y mis hijos nunca han hablado conmigo utilizando el malévolo invento del señor Alexander Graham Bell. Cuando ellos quieren comunicarme algo, me mandan un mensaje al «busca», y si yo quiero decirles cualquier cosa, le digo a Marysleiys, mi eficiente secretaria, que les llame.
   Sin duda, creo que ahora, después de leer mis palabras, se harán una idea aproximada de mi dolor y profunda amargura, pero estoy convencido de que esto va a cambiar. Ayer, el día de mi cuarenta y cinco cumpleaños, comprendí que esta situación no podía continuar así. Por la tarde estuve solo en casa y, como se imaginarán, no pude contestar a ninguna de las llamadas, supongo que de felicitación, que recibí. Me sentí profundamente ridículo y triste, por eso he pensado coger el toro por los cuernos, enfrentarme a ese miedo irracional de frente, cara a cara. A partir de ahora voy a coger el auricular e insultar yo primero, por si acaso.