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CUENTOS MÁGICOS Y DEL INTRAMUNDO, Alejandro Jodorowsky

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ALEJANDRO JODOROWSKY, Cuentos mágicos y del intramundo, DeBolsillo, Barcelona, 2010, 208 páginas.

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TESTARUDO

   Horadó el fondo del abismo para poder continuar su caída. 

HIJOS SIN HIJOS, Enrique Vila-Matas

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ENRIQUE VILA-MATAS, Hijos sin hijos, DeBolsillo, Barcelona, 2012 (2003), 272 páginas.
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TELEVISIÓN

   Recuerdo que de todos los niños de la pandilla del barrio yo era el único que tenía televisor y que ese día salí disparado del salón familiar y, bajando las escaleras de cuatro en cuatro, alcancé la calle y fui al bar donde jugábamos al futbolín y les grité a todos que habían matado a John Kennedy, lo grité varias veces muy exaltado, «¡Han matado a Kennedy, han matado a Kennedy!», y recuerdo que el jefe de la pandilla, tan impasible como siempre, me dijo: «¿Y?».

VOCES DE CHERNÓBIL. CRÓNICA DEL FUTURO, Svetlana Alexievich

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SVETLANA ALEXIEVICH, Voces de Chernóbil: crónica del futuro, Debolsillo, Barcelona, 2015, 406 páginas.
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Si quisiéramos considerar que la Fundación Nobel atiende al "texto en sí" antes que a la biografía del autor y la simbología política, todo parece indicar que, premiando a Svetlana Alexievich, desean subrayar el estatuto de literariedad en el buen periodismo. En este su único libro publicado en España, resulta evidente la fuerza de la narradora que construye con testimonios dispersos un potentísimo catálogo de voces. Si quisiéramos...
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MONÓLOGO ACERCA DE TODA UNA VIDA ESCRITA EN LAS PUERTAS

   Quiero dejar testimonio…
   Eso era entonces, diez años atrás, y ahora eso se repite conmigo cada día. Ahora… Eso va siempre conmigo.
   Vivíamos en la ciudad de Prípiat. En la misma ciudad que ahora conoce todo el mundo.
   No soy escritor. No sabría contarlo. No soy lo bastante inteligente para entenderlo. Ni siquiera con mi formación superior.
   De modo que vas haciendo tu vida. Soy una persona corriente. Poca cosa. Igual que los que te rodean; vas a tu trabajo y vuelves a casa. Recibes un sueldo medio. Viajas una vez al año de vacaciones. Tienes mujer. Hijos. ¡Una persona normal!
   Y un día, de pronto, te conviertes en un hombre de Chernóbil. ¡En un bicho raro! En algo que le interesa a todo el mundo y de lo que no se sabe nada. Quieres ser como los demás, pero ya es imposible. No puedes, ya es imposible regresar al mundo de antes. Te miran con otros ojos. Te preguntan: «¿Pasaste miedo ahí? ¿Cómo ardía la central? ¿Qué has visto?». O, por ejemplo, «¿Puedes tener hijos? ¿No te ha dejado tu mujer?». En los primeros tiempos, todos nos convertimos en bichos raros. La propia palabra «Chernóbil» es como una señal acústica. Todos giran la cabeza hacia ti. «¡Es de allí!».
   Estos eran los sentimientos de los primeros días. No perdimos una ciudad, sino toda una vida.
   Dejamos la casa al tercer día. El reactor ardía. Se me ha quedado grabado que un conocido dijo: «Huele a reactor». Un olor indescriptible. Pero sobre esto todos leímos en los periódicos. Han convertido Chernóbil en una fábrica de horrores, aunque, en realidad, parece más bien un cómic. Esto, en cambio, hay que llegar a entenderlo, porque hemos de convivir con ello.
   Le contaré solo lo mío. Mi verdad.
   Ocurrió así. Por la radio habían dicho: «¡No se pueden llevar los gatos!». Mi hija se puso a llorar, y del miedo a quedarse sin su querido gato empezó a tartamudear. ¡Y decidimos meter el gato en la maleta! Pero el animal no quería meterse en la maleta, se escabullía. Nos arañó a todos. «¡Prohibido llevarse las cosas!». No me llevaré todas las cosas, pero sí una. ¡Una sola cosa! Tengo que quitar la puerta del piso y llevármela; no puedo dejar la puerta. Cerraré la entrada con tablones.
   Nuestra puerta… ¡Aquella puerta era nuestro talismán! Una reliquia familiar. Sobre esta puerta velamos a mi padre. No sé según qué costumbre, no en todas partes lo hacen, pero entre nosotros, como me dijo mi madre, hay que acostar al difunto sobre la puerta de su casa. Lo velan sobre ella, hasta que traen el ataúd. Yo me pasé toda la noche junto a mi padre, que yacía sobre esta puerta. La casa estaba abierta. Toda la noche. Y sobre esta misma puerta, hasta lo alto, están las muescas. De cómo iba creciendo yo. Se ven anotadas: la primera clase, la segunda. La séptima. Antes del ejército… Y al lado ya: cómo fue creciendo mi hijo. Y mi hija. En esta puerta está escrita toda nuestra vida, como en los antiguos papiros. ¿Cómo voy a dejarla?
   Le pedí a un vecino que tenía coche: «¡Ayúdame!». Y el tipo me señaló a la cabeza, como diciendo tú estás mal de la chaveta. Pero saqué aquella puerta de allí. Mi puerta. Por la noche… en una moto. Por el bosque. La saqué al cabo de dos años, cuando ya habían saqueado nuestro piso. Limpio quedó. Hasta me persiguió la milicia: «¡Alto o disparo! ¡Alto o disparo!». Me tomaron por un ladrón, claro. De manera que, como quien dice, robé la puerta de mi propia casa.
   Mandé a mi hija con la mujer al hospital. Se les había cubierto todo el cuerpo de manchas negras. Las manchas salían, desaparecían y volvían a salir. Del tamaño de una moneda. Sin ningún dolor. Las examinaron a las dos. Y yo pregunté: «Dígame, ¿cuál es el resultado?». «No es cosa suya». «¿De quién, entonces?».
   A nuestro alrededor todos decían: vamos a morir. Para el año 2000 los bielorrusos habrán desaparecido. Mi hija cumplió seis años. Los cumplió justo el día del accidente. La acostaba y ella me susurraba al oído: «Papá, quiero vivir, aún soy muy pequeña». Y yo que pensaba que no entendía nada. En cambio, veía a una maestra en el jardín infantil con bata blanca o a la cocinera en el comedor y le daba un ataque de histeria: «¡No quiero ir al hospital! ¡No me quiero morir!». No soportaba el color blanco. En la casa nueva cambiamos incluso las cortinas blancas.
   ¿Usted es capaz de imaginarse a siete niñas calvas juntas? Eran siete en la sala. ¡No, basta! ¡Acabo! Mientras se lo cuento tengo la sensación, mire, mi corazón me dice que estoy cometiendo una traición. Porque tengo que describirla como si no fuera mi hija. Sus sufrimientos.
   Mí mujer llegaba del hospital. Y no podía más: «Más valdría que se muriera, antes que sufrir de este modo. O que me muera yo; no quiero seguir viendo esto». ¡No, basta! ¡Acabo! No estoy en condiciones. ¡No!
   La acostamos sobre la puerta. Encima de la puerta sobre la que un día reposó mi padre. Hasta que trajeron un pequeño ataúd. Pequeño, como la caja de una muñeca grande. Como una caja…
   Quiero dejar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernóbil. Y aún quieren de nosotros que callemos. La ciencia, nos dicen, no lo ha demostrado, no tenemos bancos de datos. Hay que esperar cientos de años. Pero mi vida humana… Es mucho más breve. No puedo esperar. Apunte usted. Apunte al menos que mi hija se llamaba Katia… Katiusha. Y que murió a los siete años.

Nikolái Fómich Kalaguin, padre

DIARIO 1887-1910, Jules Renard

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JULES RENARD, Diario 1887-1910, Debolsillo, Barcelona, 2009, 304 páginas.

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Leo novela tras novela, me atiborro, me empacho, me indigesto, a fin de asquearme de sus trivialidades, de sus repeticiones, de sus artificios, de sus convencionalismos, y poder hacer algo diferente.
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Para el ojo lúcido, la modestia no es más que una forma, más visible, de la vanidad.
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Mi pueblo es el centro del mundo, porque el centro del mundo está en todas partes.
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Entérate de que no habrás progresado realmente hasta que hayas perdido el deseo de demostrar que tienes talento.
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Los objetos de recuerdo, y hasta las fotografías, ¿para qué? Es dulce que las cosas también mueran, como los hombres.
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Junto a una mujer, inmediatamente siento ese placer un poco melancólico que se tiene en los puentes al mirar fluir el agua.
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La palabra más verdadera, la más exacta, la más llena de sentido es la palabra "nada".
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Declaro que siento una atracción súbita y apasionada por las barricadas. Declaro que la palabra Justicia es la más bella del lenguaje humano, y que si los hombres ya no la entienden, es para echarse a llorar.
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El que más nos quiere y nos admira es también el que menos nos conoce.
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La patria es todos los paseos que puedas dar a pie alrededor de tu pueblo.

THE BEAT GOES ON

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The Beat goes on, Debolsillo, Barcelona, 2014, 504 páginas.

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En el Prólogo de este Almanaque de los músicos muertos se señala su naturaleza de agenda diaria que recopila sintéticas entradas dedicadas a los músicos, preferentemente populares, fallecidos después de 1945.
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13 de mayo


2014 Ernie Chataway (n. 1962). Guitarrista británico, que en 1969-1970 perteneció a la formación original de Judas Priest. Cáncer.

2014 Alfredo Calonge (n. 3.9.1961). El viejo líder de Los Negativos era un tipo conocidísimo dentro del underground barcelonés versión mod. Lo podías encontrar repartiendo flyers a la salida de cualquier sarao y muchos de los carteles que han decorado Barcelona fueron colgados por él. Paro cardiorrespiratorio.

2012 Donald «Duck» Dunn (n. 24.11.1941 como Donald Dunn). Legendario bajista de los Blues Brothers y de Booker T. S: the M.G.'s. Murió mientras dormía en Tokio.

1988 Chet Baker (n. 23.12.1929 como Chesney Henry Baker, ]r.). Trompetista de jazz («Let Get Lost»). Empezó su carrera en la banda de Charlie Parker, con el que compartía su afición por la heroína. Cayó por una ventana en Amsterdam.

1986 Doug Caldwell (n. 7.9.1959). Miembro de los punks de D.C. Lethal Intente. Suicidio.

1975 Bob Wills (n. 6.3.1905 como James Robert Wills). Alias The King of Western Swing; peluquero y músico country; ganó popularidad con sus Texas Playboys- Cuenta la leyenda que cabalgó unos 80 kilómetros a caballo para poder ver cantar a Bessie Smith tras tras repetidos infartos y apoplejías.

EL PARAÍSO IMPERFECTO. ANTOLOGÍA TÍMIDA, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, El paraíso imperfecto. Antología tímida, Debolsillo, Barcelona, 2013, 240 páginas.
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LA JIRAFA QUE DE PRONTO COMPRENDIÓ QUE TODO ES RELATIVO

   Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía una Jirafa de estatura regular pero tan descuidada que una vez se salió de la Selva y se perdió.
   Desorientada como siempre, se puso a caminar a tontas y a locas de aquí para allá, y por más que se agachaba para encontrar el camino no lo encontraba.
   Así, deambulando, llegó a un desfiladero donde en ese momento tenía lugar una gran batalla.
   A pesar de que las bajas eran cuantiosas por ambos bandos, ninguno estaba dispuesto a ceder un milímetro de terreno.
   Los generales arengaban a sus tropas con las espadas en alto, al mismo tiempo que la nieve se teñía de púrpura con la sangre de los heridos.
   Entre el humo y el estrépito de los cañones se veía desplomarse a los muertos de uno y otro ejército, con tiempo apenas para encomendar su alma al diablo; pero los sobrevivientes continuaban disparando con entusiasmo hasta que a ellos también les tocaba y caían con un gesto estúpido pero que en su caída consideraban que la Historia iba a recoger como heroico, pues morían por defender su bandera; y efectivamente la Historia recogía esos gestos como heroicos, tanto la Historia que recogía los gestos del uno, como la que recogía los gestos del otro, ya que cada lado escribía su propia historia; así, Wellington era un héroe para los ingleses y Napoleón era un héroe para los franceses.
   A todo esto, la Jirafa siguió caminando, hasta que llegó a una parte del desfiladero en que estaba montado un enorme Cañón, que en ese preciso instante hizo un disparo exactamente unos veinte centímetros arriba de su cabeza, más o menos.
   Al ver pasar la bala tan cerca, y mientras seguía con la vista su trayectoria, la Jirafa pensó:
   «Qué bueno que no soy tan alta, pues si mi cuello midiera treinta centímetros más esa bala me habría volado la cabeza; o bien, qué bueno que esta parte del desfiladero en que está el Cañón no es tan baja, pues si midiera treinta centímetros menos la bala también me habría volado la cabeza. Ahora comprendo que todo es relativo».

EL ALEPH, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, El Aleph, DeBolsillo, Barcelona, 2012 (2011), 216 páginas.

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LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

   Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso".
   Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

COCAÍNA (MANUAL DE USUARIO), Julián Herbert

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JULIÁN HERBERT, Cocaína (Manual de usuario), DeBolsillo, Barcelona, 2008, 112 páginas.

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SENTADO EN BAKER STREET

   Llámenme Mr Sherlock Holmes. Estoy sentado en Baker Street alternando una semana de cocaína con otra de ambición. La extraordinaria fuerza de mis dedos se ocupa en moler piedras y preparar agujas. La precisión de mis pupilas se encarga de que nada se derrame, de que la dosis sea exacta a pesar de mis temblores y el zumbido en mis orejas. Las peculiares dimensiones de mi cráneo son nadas: nadas ociosas y relucientes que se curvan como un resbaladero, un tobogán donde las violencias lógicas desfallecen y caen. Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de los carruajes.
   Llámenme Adán. Estoy sentado en Baker Street, mi sillón es de cuero y de madera. Estoy desnudo. Tengo la verga más dulce de la Creación. Mi verga está dormida y no consigo despertarla. Lo intenté viendo películas porno y nada. Lo intenté sacudiéndola bajo un chorro de agua fría y nada. Lo intenté pensando en ti y nada: nadas ociosas y relucientes como un gramo en un pedazo de papel. Tengo una verga dulce, inútil, un relámpago de carne que se apaga. Y si al menos pudiéramos amarnos esta noche. Pero mientras, alcánzame el espejito que está sobre el lavabo.
   Llámenme Georg Trakl. Estoy sentado en Baker Street. Mi cuerpo es una farmacia. Anís y caspa del diablo. Mis médulas resecas esparcidas en el regazo de Grete. La nada reluciente del deseo. La ambigüedad y la mugre. Salzburgo detrás de la ventana, sus calles, su tufosa respiración saltando como un batracio que se escondiera en todas las gargantas. La estantería con frascos: láudano, placebos y jarabes. En el tapiz abundan las manchas de mis dedos, manchas de madrugada tras madrugada tambaleando y cayendo, mirándome las uñas, masturbándome con dificultad sobre una vieja mantilla que mi hermana extravió cierta tarde de octubre. Un día de estos voy a largarme a Borneo. Ahora viene otra descarga.
   Llámenme Antonio Escohotado. Estoy sentado en Baker Street, son las dos de la madrugada y yo aún reviso documentos: un pasaje donde el Inca Garcilaso habla de las ofrendas de coca; un prospecto en que el Dr. Freud recomienda el producto de Merck; un alegato contra el empleo clínico de morfina, láudano y heroína; un informe químico sobre el French Wine of Coca, Ideal Tonic que J. S. Pemberton le vendió años más tarde a Grigs Candler con un nombre chispeante: Coca Cola. Y allá en la plazuela —casi logro espiarlos a través de los visillos— dos chavales se dejan dar por el culo a cambio de una papelina. Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de la historia.
   Llámenme Yo. Estoy sentado en Baker Street. Gasto mi dinero en el true west que sube y baja mis pulmones. Todo oxígeno es un círculo nasal: el cesto lleno de Kleenex, los kleenex llenos de sangre, los kleenex llenos de mí. Enciendo la computadora. Juego Solitario hasta entumecer mi mano izquierda. Luego intento escribir. Luego miro el reloj: ya pasaron veinte minutos. Voy al baño, me siento a horcajadas en la taza, vacío sobre el espejo un poquito de polvo, luego un poquito más. Lo huelo, lo muelo con mi tarjeta de cheque automático Serfín, hago dos rayas largas y bien gruesas. Aspiro. Esto es todos los días. Va casi un tercio de onza, llevo no sé cuántas horas sin dormir; no sé cómo parar. Van a correrme del trabajo. Llámenme como quieran: perico, vicioso, enfermo, hijitoqueteestapasando yaparalecarnal vivomuertopaqué, llámenme escoria y llámenme dios, llámenme por mi nombre y por el nombre de mis dolores de cabeza, de mis lecturas hasta que amanece y yo desesperado. Soy el que busca una piedrita debajo del buró, encima del lavabo, en el espejo, en mi camisa, y amanece otra vez y sin dinero, y la sonrisa helada del vecino a través de la persiana, y a poco crees que no se han dado cuenta. Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de mi vida.
   Llámenme Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme. Mide casi una legua, su cola es pura espuma, sus ojos tienen la pesadez y el brillo de la sal más brava. Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad —que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.
   Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.

HISTORIAS BREVES DE ESTE MUNDO, Alberto Tugues

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ALBERTO TUGUES, Historias breves de este mundo, Debols!llo, Barcelona, 2002, 175 páginas.

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TODOS LOS EXCESOS SON MALOS

   Se entretenía más de la cuenta en ordenar, de menos a más, las penurias de su vida (en el trabajo, en el amor, incluso en la propia comunidad de vecinos), porque alguien le había persuadido de las ventajas a largo plazo de tal dedicación. Y se aplicaba a ello con verdadero afán, con la consiguiente sorpresa e indignación de su familia que, lenta pero inexorablemente, lo fueron dejando abandonado entre tantas penurias clasificadas por años y días y primeros apellidos.
   Aunque resulte dificil de creer, nadie le había hablado nunca de los inconvenientes de su tarea, de lo peligroso que podía ser aplicarse a ella con tan posesiva determinación. En primer lugar, y ya al poco tiempo de haber ordenado las primeras penurias de su vida (por supuesto, las amorosas), empezaron a correr rumores sobre sus inclinaciones naturales más íntimas. Los vivos y los muertos del barrio se reían sin parar de los comentarios que oían, haciendo cuantiosas versiones de aquella manifiesta incapacidad para casi todo. En segundo lugar, cada vez salía menos de su casa, no respetaba los horarios ni las convocatorias de la comunidad de vecinos; sin contar, además, la escasez de palabras que decía por teléfono a su ultimo amigo, un lejano y misterioso amigo según los rumores.
   Así pues, no es extraño que las buenas oportunidades pasaran indiferentes por su lado, o que la única novia pasara de largo ante su casa, con el beneplácito y la sonrisa cómplice de aquellos que tan bien le habían aconsejado; mientras él, de codos en la mesa, continuaba atareado entre fichas, pasando su vida en un alboroto de fracasos y penurias por clasificar.
   A decir verdad, últimamente tenía un lado del cuerpo menos aseado que el otro. Todo no puede ser, Indicaba a veces por teléfono al amigo ausente, todo no puede ser, decía, entre silencios, mirando de reojo al cielo y a las penurias que aún quedaban mal ordenadas.