A CUERPO ABIERTO, Manuel Rivas
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MANUEL RIVAS, A cuerpo abierto, Alfaguara, Madrid, 2008, 344 páginas.
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Así lo presenta el autor en su prólogo: "Éste es un viaje de periodismo indie. Independiente, libre,
irónico, crítico y de fábrica literaria. Digo eso, lo de literario, sin
complejo. El mejor periodismo constituye siempre una pieza literaria."
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RÉQUIEM
Era noche espesa y Ángel González detuvo el auto ante un semáforo en
verde. Un patrullero de Nuevo México lo llevó detenido. Él explicó ante
el sheriff sureño que se había parado en nombre de la
humanidad. El jefe ordenó su ingreso en el calabozo. ¿Qué clase de tipo
podía ser ese barbudo quijotesco que se detenía en verde para evitar
atropellos? En la celda había quince chicanos con los que cantó y recitó
poemas. El sheriff se acercó a las rejas y los mandó callar.
Todos fueron saliendo en libertad, salvo Ángel. Y el último en marchar
le confió: «Doctor, ¿qué hace usted aquí, intentando civilizar a estos
pendejos?». Ángel siempre se dedicó a civilizar, sabiendo que la naturaleza era
extraña. De niño, en la posguerra, vio que una patata cocida se movía en
el plato. Pensó que era un episodio del realismo mágico hasta que
descubrió que la llevaba en el lomo una cucaracha. Mataron a su hermano
cuando era niño rojo, aunque él amaba una muchacha de calcetines
blancos. Y en aquellas fechas un antiguo conocido, ufano con los
correajes fascistas, le colocó una pistola en el pecho: «Mataremos a
toda tu estirpe». Nosotros también intentamos matarlo. Lo llevamos a un
acantilado, en el faro de Hércules, como extra en una película. Y él
acudió generoso. Era agosto. Buen mes para los crímenes de antaño. Pero
ocurrió algo imprevisible. Cuando llegó la hora de fusilarlo, se levantó
un temporal no pronosticado. Toda la noche se encrespó furiosa la mar y
no hubo forma de abatir al poeta. Dos noches lo intentaron, dos noches
el océano lo impidió. Por eso no me creo lo que cuentan los periódicos
desde la capital. Esa noticia de que se ha muerto Ángel González. Y si
finalmente se confirma, proclamo lo que Antón Tovar cuando tropezó con
el entierro de un niño: ¡No estoy de acuerdo!
La magia de la palabra en estado puro...
Bellísimo