RETAZOS, Antonio Duque Amusco

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ANTONIO DUQUE AMUSCO, Retazos, Renacimiento, Sevilla, 76 páginas.

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Duele la ausencia.
Son las lamentaciones
de un hombre solo.

LOS TRES PIES DEL GATO, Miguel Ángel Arcas

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MIGUEL ÁNGEL ARCAS, Los tres pies del gato, Trea, Gijón, 2019, 80 páginas.
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La duda: una forma de equilibrio. La más antigua de las oraciones.
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La realidad es la ficción aún no contada.
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Las verdades son siempre penúltimas.
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El olvido es una geografía de la que no existen mapas.
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La apariencia es un descuido del ojo.
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Dios no existe, pero persiste.
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Sospechar de las certezas. Morder la mano que te da tranquilidad.
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De la inocencia se parte. A la ignorancia se llega.
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La boca del silencio no siempre está cerrada.
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Las cosas siempre se terminan de hacer en el pasado.

COMIMOS Y BEBIMOS, Ignacio Peyró

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IGNACIO PEYRÓ, Comimos y bebimos, Libros del Asteroide, Barcelona, 2018, 264 páginas.


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En El manejo del fuego (pp. 13-21), el autor confiesa: «Consciente del pie de página que ha representado la literatura gastronómica, como escritor, la cocina me interesa para hablar de la vida y de los afectos».
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MÁS AMARGOS 

   Josep Pla dejó dicho que el brandy español había causado más bajas que la guerra civil y todavía está por ver el número de vidas arruinadas por un chupito de más de Jägermeister. Sus estragos sobre la afectividad humana llegan a un potencial de devastación ni siquiera al alcance de esas caipiroskas que empapan a las Erasmus en la zona de Huertas. Ahí se han visto dramas. De pronto, sin embargo, lo criminoso son los amargos, esos amari que desde Italia supieron cifrar una noción de la vida elegante. La Universidad de Innsbruck ha facilitado «las primeras pruebas empíricas» de que este sabor «está relacionado con rasgos malévolos de la personalidad». Es como un adiós a la pandilla Martini y su suave nonchalancia en los puertos más prestigiosos del verano. O como un corte de mangas al sabio Ceronetti, que veía en el amargor el primus inter pares de los sabores.
   Algunos seguiremos aun así bebiendo amargo, atentos a ese último coletazo del blanco en la garganta, amigos de todos los santos barmans de este mundo, sin que se nos caiga de los labios la expresión «on the rocks». Cynar, Fernet, Montenegro, Averna: vale casi todo, pero lo suyo es reivindicar el júbilo sin fin de un campari al caer la tarde. Mejor si es con un latigazo de ginebra. Eso le da mordiente, le da empaque. El campari es el amargo de los amargos, y su color es el color del sol que se pone: la vida pasa y ya vemos cómo estaba llena de aperitivos resueltos en el paso de brisa de un campari como quien dice sí a todo. Es una magnífica imprudencia antes de ponerse a cenar. Luego está el americano, que —como se sabe— es más bien parisino: lleva campari, vermú rojo y soda y no lleva ginebra para que el asunto permanezca pusilánime. Así no hay quien caiga en redondo. Por suerte, cierto conde italiano maniobró para que un barman le adicionara un tercio de ginebra en la mezcla. Ahí se abrieron los cielos y quedó hecho el negroni, como el primer día que amaneció maná. Con su cuerpo de golondrina, Audrey Hepburn solía tomarse dos negronis antes de cenar. Es la dosis que, para detonar la alegría, debería recomendar la OMS. Seamos, amigas y amigos más imprudentes, más amargos, que nunca será un hombre serio quien nunca ha perdido los papeles.

QUIÉN, QUÉ, CUÁNDO, Julia Rothman, Jenny Volvoski & Matt Lamothe

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JULIA ROTHMAN, JENNY VOLVOSKI & MATT LAMOTHE, Quién, qué, cuándo, Nórdica Libros, Madrid, 2018, 144 páginas.


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65 semblanzas de entrenadores, dentistas, colegas, esposas, madres, padres, secretarios, mentores, editores de. «Detras de cada gran persona hay alguien que posibilita su ascensión» escriben en la introducción Rothman, Volvoski y Lamothe. Cada una de estas semblanzas está escrita e ilustrada por distintos autores.
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CARLO [1849-1866]: EL PERRO DE EMILY DICKINSON 

   Cuando tenía diecinueve años, a Emily Dickinson le regalaron un cachorro de terranova. Le llamó Carlo por el perro que aparece en Jane Eyre. «Me pregunta por mis compañeros —escribió Dickinson años después a un amigo—. Las colinas —señor— y el atardecer — y un perro tan grande como yo que me regaló mi padre — son mejores que los seres humanos — porque saben — pero no dicen». Carlo era sigiloso, como todos los perros, pero, probablemente, de mayor tamaño que Dickinson. Los terranova macho pesan unos setenta kilos; Dickinson medía un metro sesenta y dos centímetros y era «pequeña, como un reyezuelo».
   La leyenda de Dickinson recluida en su hogar es difícil de mantener sabiendo el tiempo que pasó con este animado animal. (Un poema empieza: «Empecé muy temprano — cogí a mi perro —». Tal como recordaba un amigo en otro texto «Emily iba con su perro y una linterna», lo que sugiere que Dickinson caminaba con Carlo de noche). Cuando Dickinson exploraba el bosque de Pelham en las praderas circundantes, Carlo la acompañaba, aportándole confianza física y libertad mental. Ella le elogiaba por ser «valiente y mudo».
   Carlo era negro o marrón y, al igual que todos los terranova. mudaba mucho el pelo. Aunque corre una leyenda según la cual Dickinson se vestía «completamente de blanco», ella reconocía ser aficionada al «calicó», y que le gustaba llevar «un vestido marrón con una capa, si es posible, de color más marrón» —un color más práctico para una mujer cubierta de pelo de perro—. Nunca se quejó por tener un perro tan grande —en un poema le canta a las patas embarradas de los perros—, pero sabemos que odiaba las tareas domésticas. «Hoy están limpiando la casa, Susie, y me he retirado rápidamente a mi pequeño cuarto». Puede que la criatura a la que llama «aliado peludo» estuviera durmiendo a sus pies cuando escribía; puede que le babeara en el vestido y en el papel de escribir.
   La palabra «puede» tiene una importancia fundamental en todas las biografías de Dickinson, dado el celo con el que guardaba sus secretos. Uno de esos misterios perdurables tiene que ver con tres cartas de amor que Dickinson escribió, pero que nunca envió. No sabemos si el hombre al que iban dirigidas esas cartas era real o imaginario, pero, cuando Dickinson le pregunta: «Carlo, tú y yo podríamos / pasear durante una hora por las praderas», no queda duda de a quién se imaginaba acompañándoles en su cita. Carlo vivió más de dieciséis años y Dickinson escribió algunos de sus poemas más importantes durante ese tiempo. Cuando el terranova falleció, esta forjadora de un nuevo lenguaje poético habló muy poco sobre el suceso. Escribió a su amigo Thomas Higginson: «Carlo ha muerto. ¿Me dices qué debo hacer?». Más tarde anotó:«Exploro muy poco desde que mi callado confederado» falleció. Nunca tuvo otro perro.
Sara Levine
 Sarah Jacoby

LAS CHICAS VAN DONDE QUIEREN, Irene Cívico & Sergio Parra

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IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas van donde quieren, Montena, Barcelona, 2019, 118 páginas.

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Estas 25 aventureras que cambiaron el mundo «creyeron en sí mismas, fueron extravalientes y abrieron el camino a todas las demás».
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KATIA KRAFFT: LA CHICA QUE NOS DESCUBRIÓ LOS SECRETOS DE LOS VOLCANES

   Los volcanes son uno de los fenómenos más increíbles. Pero un volcán en erupción es una de las cosas que más miedo te da en el mundo, estaremos de acuerdo. Pues no, para Katia, no. Cuando veía un volcán en erupción, se iba de cabeza hacia él.
   Con 14 años, Katia se fue con sus padres de vacaciones a Sicilia. Allí descubrió volcanes tan chulos como el Etna, ¡un volcán que sigue todavía en activo a día de hoy! Ese viaje le cambio la vida, porque en ese momento decidió que, de mayor, iba a ser vulcanóloga. Sin dudarlo. Katia se matriculó en la Universidad de Estrasburgo, estudió geología y se especializó en volcanes, claro. Allí conoció a Maurice, el amor de su vida y su compañero inseparable de aventuras.
   Al acabar la carrera, ahorraron para poder visitar el volcán Estrómboli, situado en una pequeñísima isla de Italia y que está en constante erupción (0_0). Eso quiere decir que, cada 20 minutos aproximadamente, se escucha un rugido, tiembla todo el suelo y el volcán escupe fuego y lava. Supertranquilo. Una fiesta para Katia y Maurice, que hicieron millones de fotos documentando cómo era exactamente el proceso. Cuando las mostraron al mundo, crearon fascinación por todas partes y se dieron cuenta de que tenían futuro haciendo lo que más les gustaba.
   Katia y Maurice no eran simples vulcanólogos (si ser eso es simple, vaya), Formaban parte de un grupo de élite que se hacía llamar el Grupo de Trabajo de los Volcanes Activos. O sea, que no se conformaban con estudiar los volcanes extinguidos o «dormidos». Este grupo de valientes estaba obsesionado con observar la actividad volcánica mientras sucedía. Y, cuando se enteraban de que había una erupción en algún rincón del planeta, eran los primeros en llegar y acercarse al cráter más que nadie. Katia hacia fotos, Maurice lo capturaba todo en vídeo. Durante los 23 años que estuvieron persiguiendo volcanes, documentaron más de 150 erupciones por todos los continentes, publicaron 20 libros, e hicieron 6 documentales y un buen puñado de programas de tele y miles de charlas alrededor del planeta. En el mundillo vulcanólogo eran conocidos como los Volcano Devils «los diablos de los volcanes», que se traduciría como las superestrellas del rock'n'roll de los volcanes. Básicamente.
   Sus descubrimientos han ayudado a que ahora tengamos un mejor conocimiento de las erupciones volcánicas. Katia y su marido recolectaban minerales de todos los cráteres, así como muestras de viscosidad de la lava y del gas que desprendía el volcán. Gracias a ellos, sabemos que cuando un volcán erupciona, afecta al ecosistema de la zona y libera ingredientes básicos para la vida. Documentaron cómo nace un volcán y cómo se apaga, así como lo peligrosas que pueden llegar a ser las nubes de ceniza. Y lo hicieron en modo difícil: subiendo a los cráteres directamente y metiéndose en un lago de lava ácida para coger muestras..., al fin y al cabo ¡la lava solo está a 1.000 grados!
   Sus estudios les permitían trabajar con los gobiernos. Pensad que muchas veces, la gente no era consciente de todo lo que podía pasar, así que Katia y Maurice les enseñaban sus fotos y vídeos a las autoridades locales para convencerles de la necesidad de tener protocolos de seguridad y de evacuación. Por ejemplo, cuando el volcán Pinalubo entró en erupción en Filipinas, los Krafft hicieron mediciones y tras ver que, encima, se acercaba un tifón convencieron a la presidenta del país, Corazón Aquino, de evacuar la zona y salvar así la vida a miles de personas.
   Desde Filipinas se fueron volando a Japón, ya que les avisaron de que el volcán Unzen estaba entrando en erupción. El 3 de junio de 1991, cuando subían por el Unzen para observar la erupción, el flujo piroclástico (la nube de gas y materia volcánica que baja por la ladera de la montaña a más de 700 kilómetros por hora) cambió de dirección y arrasó todo lo que encontró a su paso. Más de 40 personas, incluidos Katia y Maurice, perdieron la vida en el volcán aquel día. El día anterior, Maurice le decía a las cámaras que les acompañaron a ver la erupción que no le importaba morir el día siguiente, porque él ya era más que feliz con todo lo que había visto en la vida. Increíble.
   Los Krafft son una leyenda en el mundo de los volcanes, pues nadie se atrevió a ir tan lejos como ellos, y por eso la medalla de distinción a los mejores vulcanólogos se llama la Medalla Krafft. Ah, y también hay un parque de atracciones en Francia que se llama Vulcania, donde además de divertiros, podéis ver gran parte de la colección de imágenes y muestras que recogieron Katia y Maurice. ¡Volcano Devils Forever!

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2018, 140 páginas.


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En cualquier nueva edición de los libros de Andrés Neuman, encontrará el lector variaciones que enmiendan, enriquecen o mejoran la versión anterior. Esta dialoga con la publicada también por Páginas de Espuma en 2011.

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SINOPSIS DEL HOGAR

Amo a mi hermana.
Mi hermana ama a mi padre.
Mi madre amó a mi padre.
Mi padre no ama a nadie.

EL FUTURO ES FEMENINO, Sara Cano

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SARA CANO, El futuro es femenino, Nube de tinta, Barcelona, 2018, 48 páginas.

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Agustina Guerrero, María Hesse, Ana Santos, Naranjalidad, Lady Desidia, Laura Agustí, Elena Pancorbo y Amaia Arrazola ilustran estos Cuentos para que juntas cambiemos el mundo.
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PENDIENTES

   No sé si voy a poder. Ana siempre me dice que soy una cobardica, pero no es por eso. Es que el imperdible está afiladísimo. Ni siquiera me atrevo a sujetarlo muy cerca de la punta, no sea que me pinche el dedo. Me dan muchísimo miedo las agujas. Las agujas duelen, y yo no quiero hacerme daño, pero...
   Pero me tengo que atrever.
   Me tengo que atrever porque se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. Dicen que solo duele durante un momento, y luego...
   No puedo.
   Seguro que pincha tanto como el aguijón de la avispa que me picó en la piscina el verano pasado. Estaba jugando en el bordillo y apoyé la mano encima del bicho sin darme cuenta. Nunca antes me había picado una avispa y, más que un pinchazo, fue como si se me hubieran clavado un par de cuchillos diminutos. La palma empezó a escocerme muchísimo, y la picadura se me puso como una pelota, y se me empezó a hinchar el brazo, y me tuvieron que llevar al ambulatorio, y la doctora me puso una inyección enorme que acabó doliéndome más que la propia picadura. Al principio me la quería poner en el brazo pero, en cuanto la vi venir con la jeringuilla en la mano, me puse a llorar y a moverme sin parar porque no quería que me pinchara. Las agujas duelen. Al final, tuvo que pincharme en el cachete mientras papá me sujetaba y mamá me tranquilizaba.
   Ahora ni mamá ni papá están conmigo. Estoy yo sola, delante del espejo del baño, y no puedo llamarlos porque se van a enfadar muchísimo conmigo si se enteran de lo que estoy haciendo. Seguro que me castigan sin ir al cumpleaños esta tarde. Y yo tengo que ir al cumpleaños, se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. Les he prometido que iré con pendientes, como ellas, porque así las tres estaremos muy guapas.
   Hoy Julia cumple diez años. Le han dado permiso para hacerse los agujeros en las orejas y va a ir con su hermano mayor a la farmacia para poder estrenar sus pendientes nuevos en la fiesta. A Ana le hicieron los agujeros en el hospital cuando nació, así que ella lleva pendientes desde que era un bebé. Pero yo no tengo. Mamá y papá dicen que les daba pena hacerme daño y que no querían decidir por mí, que a lo mejor cuando fuera mayor ni siquiera me gustaba tener las orejas agujereadas. Pero ahora ya soy mayor y he decidido que sí quiero agujeros en las orejas porque así también podré ponerme pendientes. Bueno, hasta hace unos días no quería, porque las agujas me dan muchísimo miedo. Las agujas duelen. Pero ahora sí quiero. Casi todas las chicas de clase los llevan, yo soy de las pocas que todavía no se han hecho los agujeros. Y esta tarde quiero estar igual de guapa que ellas. Además, se lo he prometido a Ana y a Julia. Una promesa de mejores amigas.
   Lo que pasa es que no se si me voy a atrever.
   Pero me tengo que atrever.
  Respiro hondo y me miro al espejo. Ensayo cómo voy a colocarme el pelo para que me tape las orejas, y que mamá y papá no se den cuenta de lo que he hecho ni me castiguen sin ir al cumpleaños. Después de un rato, me atrevo a tocar la punta del imperdible con la yema del dedo, y vuelvo a limpiarla con el alcohol que he cogido del botiquín. Ana me ha dicho lo que tengo que hacer para que no se me infecten las heridas y que me dolerá menos si me pongo un poco de hielo antes del pinchazo. También me ha explicado que es muy importante ponerse algo en el agujero justo después para que la herida no se me cierre. Miro los pendientes que me ha prestado Julia. Son muy bonitos, iguales que los que ella va a estrenar esta tarde, solo que plateados.
   Cuento hasta tres, contengo la respiración y cierro los ojos. Sé que no debería cerrarlos, que si no miro puedo pincharme en el moflete o en otro sitio, y que eso sería peor... No quiero n¡ pensarlo, pero es que si los abro sé que no voy a atreverme a hacerlo.
   Pero me tengo que atrever, porque se lo he prometido a Julia y a Ana. Una promesa de mejores amigas. No quiero que piensen que soy una cobarde ni que se rían de mí. Quiero ponerme pendientes, porque los pendientes son bonitos y te hacen estar guapa. Y yo también quiero estar guapa, como todas las demás niñas de mi clase.
   Tomo impulso con el brazo, me acerco la aguja. Noto que la punta se me clava y que algo caliente me resbala por la piel. Un escozor intenso y desagradable me palpita en el lóbulo de la oreja. Como el picotazo de la avispa, como el pinchazo de la aguja en el ambulatorio.
   Cuando abro los ojos y vuelvo a mirar, la niña que hay delante de mí no me parece guapa. Está pálida y asustada, tiene la oreja manchada de sangre reseca y las mejillas surcadas de lágrimas. Lágrimas que brotan de unos ojos rojos, hinchados y avergonzados.
   Las agujas duelen.
   No puedo. No me atrevo.
   Y la verdad es que no me quiero atrever.
   Y no me tengo que atrever, si no quiero.
 Ana Santos