¡OH, JUSTO, SUTIL Y PODEROSO VENENO!, Julio Camba

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JULIO CAMBA, ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2014, 584 páginas.

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Julián Lacalle edita, prologa y anota Los escritos de la Anarquía (1901-1907), firmados por el talentoso joven, que, "como otros muchos de sus contemporáneos, había caído bajo el influjo de las ideas individualistas de Max Stirner y de Friedrich Nietzsche. 
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LA JOVEN LITERATURA

   Se nos pregunta a los jóvenes cuál es nuestra obra: nuestra obra terminante, definitiva y representativa. A veces, y acaso para ma­yor claridad, la pregunta es formulada en francés. Entonces se nos dice: «¿Cuál es la cheuf d’oeuvre que presentan ustedes a la consideración de los críticos?».
   Señores críticos: los jóvenes no tienen cheuf d’oeuvre alguna que someter a su consideración. Ni cheuf d’oeuvre ni siquiera un programa de estética, más o menos igual a aquellos de las capillas de París donde se tomaba té y se leían versos un día por semana. Aquí estamos divorciados los unos de los otros, si no por grandes diferencias de temperamento o de mentalidad, al menos por un noble afán de personalismo. Cuando tomamos té lo hacemos in­dividualmente y a cuenta nuestra, ¡oh, paternas mensualidades, sueldos de los periódicos, cobro de las colaboraciones!
   En cuanto a esta joven literatura es, asimismo, personal e in­dependiente. Y es, además, una literatura en formación que no ha hallado todavía su fórmula concreta y que tiene todos los matices y todas las irisaciones de lo mutable. He aquí su valor, su interés y su porvenir. La anterior literatura, ya hecha, ya concluida, con sus leyes y con sus reglas, no despierta la curiosidad de nadie y no puede satisfacer el ansia de novedad que experimenta nuestro público: ansia que responde a la ley, perfectamente natural de la evolución. Los viejos les han dado a las gentes sus obras maestras, y las gentes las han leído. Han dicho entonces las gentes: «¡muy bien!», o han dicho: «¡muy mal!». Y después, han colocado en sus estantes los libros categóricos y han comenzado a hojear los nuevos libros, llenos de vacilaciones, de anhelos y de inquietudes. Aquello ya se conocía y no iba con ello a saciarse el vivo afán de arte que se siente. ¡Oh, la ingenuidad del buen señor que compra seis ejemplares de La Correspondencia—seis ejemplares de un mismo número— para entretener sus ocios de un día!...
   En esta novísima literatura hay, para el estudio del crítico, dos cosas fundamentales: un espíritu de reacción contra la literatura anterior y una intensa tendencia de progreso en la forma y en el fondo: una tendencia, entendido bien, y no un programa. Es esta una época de crisis. Acaso de ella no salga nada útil y acaso se llegue a producir una vigorosa legión de escritores, algunos de los cuales pueden ser los mismos de hoy cuando hayan hallado la suficiente serenidad intelectual. Los demás serán los hijos de este ambiente, un ambiente más propicio, sin duda, que cualquier otro, para la formación de los espíritus y de las mentalidades. La generación actual ha suscitado el amor a nuestros casi olvidados primitivos y ha hecho que se tuviese en cuenta el actual movimiento artístico del extranjero. Todo esto constituye un elemento de cultura que los redactores de Gente Vieja ignoraban o despreciaban. Aún hoy se opone a él gran número de personas. «¿Acaso no basta leer a Gar­cía Gutiérrez, a Martínez de la Rosa, a Hartzenbusch, a Gil y Zára­te?». Y ved como, en este abolengo de gloria, se omite siempre al dulce autor de las Rimas, a Campoamor, que es un poeta único en el mundo, a Zorrilla, el maravilloso dominador del ritmo, al fuerte Espronceda y a este espíritu complejo y multiforme de Mariano José de Larra, el más grande prosista castellano de toda la época.
   Los jóvenes creen que no basta el catálogo que se les ofrece. Acaso les baste a quienes tengan menor sed de ideal; pero a ellos, no. ¿Qué mal hay, señores, en que leamos mucho? Concedemos que nuestra época romántica haya sido muy valiosa. Lo que ocu­rre es que en ningún momento de la vida llegan las cosas a ser perfectas en ese grado absoluto que se necesitaría para detener toda evolución. Con este criterio, pensamos y trabajamos. Nues­tro afán es huir de los retranquillos, de las fórmulas, de los moldes, aunque fueran moldes creados por nosotros, en los cuales hubié­ranse de vaciar, para siempre, las ideas y las sensaciones. Hemos procurado adquirir los necesarios medios de arte y nos valemos de ellos para efectuar nuestra labor. Y ved, por ejemplo, el último libro de Rubén Darío: Cantos de vida y esperanza. Un crítico inteli­gente podría no gustar de sus versos; pero hallaría en ellos asunto para un estudio largo e interesantísimo, puesto que el autor va a buscar su materia de belleza en la entraña, viva y virgen, del idio­ma. Es Darío un poeta que no se conforma jamás con lo ya hecho y que procura un nuevo interés y un nuevo motivo y una expre­sión nueva para cada una de sus poesías. En cuanto a los más jóvenes —prosistas o poetas— hállanse todos en el mismo caso. Hay excepciones, como es justo y el mal será para ellas. Así, yo au­guro un próximo fracaso de Azorín si no rompe con esa su pose, que está bien como un fuego de artificio, para llamar la atención y hacerse el reclamo; pero que solo puede tolerarse a cambio de algo substancial y positivo. La simple pirotecnia, el anzuelo en seco y la pose inútil, cansarán muy pronto a las gentes.
   Nosotros queremos que se reconozca toda esta modestia, toda esta franqueza inopinada con que verificamos nuestro acto de presentación. No pretendemos traer sobre las frentes la llama divina. Consideramos, tan solo, que, como hijos de un distinto ambiente, debemos realizar una obra distinta a la de nuestros padres. Al fin y al cabo, estos buenos ancianos acabarán por mo­rirse, y nosotros tendremos que sustituirlos. Entonces daremos origen a esta crítica comparativa que hoy resulta insensato y ab­surdo establecer. Y con todo, es ahora cuando los críticos podrían hallar en nosotros un serio motivo de estudio: una vez formados y definidos careceremos de curiosidad. Más interesante creo yo que sea el balbuceo que la palabra: tiene, sin duda, el balbuceo una sinceridad mayor y carece en absoluto de convencionalismo. Lo que importa no es clasificar o catalogar el insecto, sino seguir el proceso biológico de la larva. Ved a esta reciente legión de es­critores: Manuel Bueno, Pío Baroja, Martínez Ruiz, Ramiro de Maeztu, Antonio Palomero, Alejandro Sawa... Acaso ahora val­gan más que hace algunos años —en Germinal, en Vida Nueva, en Electra, en Juventud y en El País— cuando suministraban un serio motivo de investigación crítica. Hoy, casi todos ellos han adquirido su fórmula. Ya los conocemos. Su labor futura será una prolongación de su labor actual.
   Y esta crítica de que hablo necesítase que sea culta, conscien­te, serena, flexible, desapasionada. Solo así podrá cumplir su mi­sión y nosotros no la tendríamos en cuenta siendo de otro modo.
7 de agosto de 1905

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