DEL AIRE AL AIRE, Rogelio Guedea

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ROGELIO GUEDEA, Del aire al aire, Thule, Barcelona, 2004, 96 páginas.

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CARRETERA

A diario, o casi a diario, salgo a carretera. Con el pensamiento abierto al pensamiento, y la mano fija en el volante, mis ojos miran hacia delante y hacia atrás, como en la vida. No hay una mejor manera de revivir a los muertos ni una peor forma de mantener viva la esperanza. Durante el trayecto, uno puede perdonarse o tal vez convencerse de que no es fácil saber si el destino lo vamos haciendo metro a metro, kilómetro a kilómetro, o si él, por el contrario, nos va entrando piel a piel, hueso a hueso. La velocidad, lo sabe uno desde que arranca, no es el factor esencial, por eso no hay que preocuparse por llegar a la ciudad próxima, no hay ciudad próxima, sólo acotamientos, retenes, puntos de fuga. El que va siempre vuelve, porque viajar es volver, quedarse quieto. Esto me lo enseñó el hombre que a diario, o casi a diario, veo caminando a la orilla de la cinta asfáltica, descalzo, perdido. Ese hombre que, cada vez que paso, me dice adiós desde el otro lado, fuera ya de la carretera de la vida, con ese gesto del que pretende decirte que, si no te sales, seguirás en el rumbo equivocado.

GRANDES MINICUENTOS FANTÁSTICOS, Varios Autores

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Grandes minicuentos fantásticos, Alfaguara, Madrid, 2004, 320 páginas.

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 En la Nota previa (p. 15) de esta antología de microrrelatos organizada temáticamente,  el responsable de la selección, Benito Arias García advierte: "Ninguno es anterior al siglo XVIII, ni posterior al XX".
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   Abrió una puerta que le llevó a una puerta más pequeña; la abrió y le llevó a una puerta más pequeña, y así fue abriendo puertas hasta llegar a una puerta diminuta como una gatera por la que se metió para encontrarse con una puerta pequeña que le llevó a una puerta más grande y así siguió recorriendo un corredor infinito de puertas hasta que finalmente llegó a una pared. Al otro lado se oía una sucesión de portazos.

JUAN ANTONIO MASOLIVER RÓDENAS

ORÁCULO MANUAL, Baltasar Gracián

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BALTASAR GRACIÁN, Oráculo manual y arte de prudencia, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 19??, 160 páginas.
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Publicados por primera vez en 1647, estos 300 aforismos comentados se acompañan en la presente edición de un prólogo de Azorín, donde destaca ese "agudo, penetrante, inexorable espíritu crítico" que permitirá a Gracián vivir "entre los ingenios más altos".
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No engañarse en las personas, que es el peor y más fácil engaño; más vale ser engañado en el precio que en la mercadería. Ni hay cosa que más necesite de mirarse por dentro; hay diferencia entre el entender las cosas y conocer las personas, y es gran filosofía alcanzar los genios y distinguir los humores de los hombres; tanto es menester tener estudiados los sujetos como los libros.
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Echar al aire algunas cosas. Para examinar la aceptación, un ver cómo reciben, y más las sospechas de acierto y de agrado; asegúrase el salir bien, y queda lugar o para el empeño o para el retiro; tantéanse las voluntades de esta suerte y sabe el atento donde tiene los pies, prevención máxima del pedir, del querer y del gobernar.
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Tener que desear, para no ser felizmente desdichado, respira el cuerpo y anhela el espíritu; si todo fuere posesión, todo será desengaño y descontento; aun en el entendimiento siempre ha de quedar qué saber, en que se cebe la curiosidad; la esperanza alienta, los hartazgos de felicidad son mortales. En el premiar es destreza nunca satisfacer; si nada hay que desear, todo es de temer; dicha desdichada, donde acaba el deseo, comienza el temor.
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Lo fácil se ha de emprender como dificultoso, y lo dificultoso como fácil. Allí porque la confianza no descuide, aquí porque la desconfianza no desmaye; no es menester más para que no se haga la cosa que darla por hecha; al contrario, la diligencia allana la imposibilidad; los grandes empeños aun no se han de pensar; basta ofrecerse, porque la dificultad advertida no ocasione el reparo.

DINOSAURIOS DE PAPEL, Javier Perucho

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JAVIER PERUCHO, Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México, Ficticia, México, 2009, 264 páginas.
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INDICE
        
I.PORTICO
        
PILA BAUTISMAL [13]        
LA CONSAGRACIÓN DEL GÉNERO [15]
LA ESTELA DE SCHOWB [35]
DINOSAURIOS DE PAPEL  [38]

II.ESTELAS DEL CUENTO BREVÍSIMO EN MÉXICO

BREVÍSIMA INTRODUCCIÓN A LA NANOLITERATURA MEXICANA [43]
ALFONSO REYES, HISTORIA UNIVERSAL DE LA NANOLITERATURA, O DE LAS FORMAS BREVES [46]
JULIO TORRI, ALFONSINA Y HENRIQUISTA [55]
EDMUNDO VALADÉS, BREVE HISTORIA DE UNA REVISTA Y DEL NACIMIENTO DE UN GÉNERO [65]
JUAN JOSÉ ARREOLA, EL ARTE DE NARRAR EN CORTO  [74]
RAÚL RENÁN, ELOGIO DE LA PALABRA [95]
SALVADOR ELIZOND0, EL SUEÑO DE LA ESCRITURA [100]
JOSÉ DE LA COLINA, SHORT STORY HAPPENS [103]
JOSÉ EMILIO PACHECO, LAS HISTORIAS DE ENTONCES [111]
RENÉ AVILÉS FABILA, EL CUENTO GOTA [125]
FELIPE GARRIDO, TEPALCATES DEL CUENTO BREVE [132]
GUILLERMO SAMPERIO, HABLEN LAS PIEDRAS  [138]
LA MICROFICCIÓN, ¿UN ASUNTO DE GENERO? [146]
MARTHA CERDA, ESCRITURAS SIN QUÓRUM [148]
ETHEL KRAUZE, CENTENA DE CENTELLAS [155]
ROSA BELTRÁN, DE LA POSMODERNIDAD Y EL FEMINISMO A LA VIDA  CONYUGAL [160]
LUIS HUMBERTO CROSTHWAITE, FABULADOR EN LOS CONFINES [164]
CODA, LA NUEVA OLA [173]

III. LOS NARRADORES DE LA DIÁSPORA

MIGRACIÓN Y CULTURA [181]
MAX AUB, EL RELATO MINIADO [182]
SERGIO GOLWARZ, TALACHA DE SABUESOS [194]
EL OTRO PULGARCITO DE AMÉRICA [199]
AUGUSTO MONTERROSO, LOS CUENTOS CORTOS, CORTOS [200]
OTTO-RAÚL GONZÁLEZ, ¿FUERA DÉ MACONDO TODO ES MONTERROSIANO? [212]
ALEJANDRÓ JODOROWSKY, UN ESCRITOR PÁNICO [214]
        
IV.UMBRAL

EN UNA NUEZ, SOBRE UN ARROZ, EL MICRORRELATO, NODO DE UN PROYECTO LITERARIO [221]
LAS DÉCADAS MARAVILLOSAS [222]
LAS FRONTERAS DEL MICRORRELATO [229]
BREVES Y EXTRAORDINARIOS [232]

FUENTES [237]
        

HAMPSTEAD, Elias Canetti

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ELIAS CANETTI, Hampstead. Apuntes rescatados 1974-1971, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1996 (1994), 200 páginas.
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Necesitas un ejército de termitas que socaven desde dentro todas tus ataduras y costumbres.
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Con los años, incluso la desesperación devora y devora hasta hartarse. Luego pierde su nombre.
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Los relojes de la pareja: nunca la misma hora.
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Para que se le conserve, arroja lejos de sí lo que podría perder.
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Cuando se sabe todo sobre una persona, ¿qué queda de ella? Sólo aquello que se olvida.
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Él va eligiendo nuevas lenguas para callar.
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El impulso de decir algo cien veces; el deseo de silenciarlo.
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Las frases no están agotadas. Aún distan mucho de estar agotadas. Sólo están agotadas para quienes siempre tienen que romperlas.
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Condenó su sueño antes de que se hubieran desprendido de él todas las hojas.

ME ACUERDO, Elías Moro

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ELÍAS MORO, Me acuerdo, Calambur, Madrid, 2009, 118 páginas.

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Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.
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Me acuerdo de mi hermano despertándose de golpe en mitad de la noche. Sus ojos, en la oscuridad, llenaban toda la habitación.
   Yo sólo tenía ojos para sus ojos.
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Me acuerdo de lo que dice Chillida que una vez le enseñó su padre: "Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo".
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Me acuerdo de haber podido leer a Kafka gracias a la deslealtad de su amigo Max.
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Me acuerdo de la leche en polvo americana que nos daban en la escuela en aquellos vasos de aluminio coloreado.
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Me acuerdo de cuando me operaron de las anginas: durante unos días me atiborré de yogures y helados, artículos entonces casi de lujo en nuestra casa.
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Me acuerdo de los pespuntes aéreos de los vencejos.

MÁXIMAS, PENSAMIENTOS, CARACTERES Y ANÉCDOTAS, Nicolas-Sébastien Chamfort

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NICOLAS-SÉBASTIEN CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Aguilar, Madrid, 1989, 320 páginas.

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Antonio Martínez Sarrión, además de su trabajo de traductor, firma también un prólogo (pp. 5-23) que repasa la trayectoria vital y literaria del autor francés y su influencia en la literatura española. En el epílogo (pp. 291-311), Albert Camus, aun criticando la palpable misoginia que desprenden estas máximas, admite la "originalidad y hondura" de "uno de [sus] más instructivos moralistas".

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El amor es semejante a las enfermedades epidémicas. Cuanto más se les teme, más expuesto a ellas se vive.
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Un hombre enamorado es alguien que quiere ser más amable de lo que puede; he aquí por qué casi todos los enamorados resultan ridículos.
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La vida contemplativa es con frecuencia miserable. Es preciso actuar más, pensar menos y no mirarse vivir.
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En materia de sentimientos, cuanto puede ser evaluado carece de valor.
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Lo que he aprendido, no lo sé. Lo poco que sé aún, lo he adivinado.
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La amistad extrema y delicada con frecuencia resulta herida por el repliegue de una rosa.
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Es más fácil legalizar ciertas cosas que legitimarlas.
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Existen siglos en los que la opinión pública es la peor de las opiniones.
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De todas las jornadas, la más desaprovechada es aquella en que no hemos reído.

FENÓMENOS DE CIRCO, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, Fenómenos de circo, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 192 páginas.

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Tras reunir su minificción completa en Cazadores de letras, en esta obra los relatos de Shua relucen bajo la carpa y los focos del circo, un lugar que constituye, en sus propias palabras, "un microcosmos del mundo y una metáfora de la vida humana: (...) todos somos espectadores y todos actuamos al mismo tiempo".

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QUIZÁS

   Si los elefantes duelen y la carpa tiene un sabor amargo, si las serpientes empapan de sudor frío los trapecios y los tigres te devoran la memoria, si se oyen los gritos del mago pidiendo socorro pero nadie lo ve, si el domador azota a la ecuyere y no hay payasos, sobre todo si no hay payasos, es aconsejable retirarse despacio, sin que nadie lo note, quizás no sea un circo, a veces es mejor no preguntar.

CUPIDO, INVENTOR DEL LIMPIAPARABRISAS, Daniel Sánchez Bonet

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DANIEL SÁNCHEZ BONET, Cupido, inventor del limpiaparabrisas, Ayto. de Castellón, Castellón, 2011, 152 páginas.
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 En el Pŕologo (pp. 7-11) Santiago Fortuño Llorens escribe: "En una primera versión, el título de la presente antología de microrrelatos era Corre, corre, que te pillo, que refleja aun mejor, el ritmo vetiginoso en el que estamos inmersos en la sociedad actual, de la que estos microrrelatos son una muestra evidente".
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DISTANCIA
        
   Son exactamente 37.945 los kilómetros que les separan. En avión se tarda casi un día en llegar y un billete de ida cuesta una mensualidad. Además, el cambio de horarios provoca que apenas tengan tiempo para hablar porque cuando en un lugar es de día, en el otro empieza a anochecer.
   Al final, presos del hastío y en un último intento de sacar a flote su relación, ambos han decidido darse un capricho y cometer la mayor locura realizada hasta la fecha. Hoy, esperanzados, los dos van a recorrer el mundo de punta a punta, eso sí, no se puede decir más porque ninguno de los dos sabe nada. Es una sorpresa, por desgracia.
        

LA FLOR DE CALIFORNIA, José María Hinojosa

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JOSÉ MARÍA HINOJOSA, La flor de California, Huerga y Fierro, Madrid, 2004 (1928), 125 páginas.
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Los dibujos de Joaquín Peinado se intercalan en esta edición a cargo de José Antonio Mesa Toré, quien en el prólogo, José María Hinojosa: el tallo que se dobla (pp. 11-35) señala la relevancia del autor, puesto que este libro publicado en 1928 lo sitúa como el "primer ejemplo de surrealismo en España", tal y como también reconoce su contemporáneo José Moreno Villa en Carta al autor (pp. 41-42).

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LA FLOR DE CALIFORNIA
a Manuel Altolaguirre

   El camino tenía siempre un desnivel y la rampa subía y bajaba con ritmo de montaña rusa, con ritmo de tralla restallada.
   Los zigzag fueron menudeando hasta hacerse de una violencia tal que el camino llegó a echar un nudo a mis pies y los puntos suspensivos de los pasos se unieron para formar la línea recta del resbalón.
   Cuando hube llegado a la meta se me ofreció como única salida un túnel recubierto de láminas de sangre. Sobre una placa fotográfica en negativo había escrito a la entrada del túnel la siguiente inscripción:

          CRISTO PUSO LA PRIMERA PIEDRA
          EL VIERNES SANTO DEL AÑO 1925

   Como el camino con sus restallidos no cesaba de crujirme las piernas me vi obligado a entrar cuanto antes en el túnel a pesar de mi repugnancia.
   El túnel, muy largo, fue de una monotonía insufrible y maloliente, no cruzándome en mi marcha con persona alguna y sólo, ya casi al final, me encontré con un guardia que me dijo imperativamente:
   — Lleve usted la derecha.
   Pasé momentos de angustia terribles. Hasta entonces no me había apercibido de la falta de mis dos brazos y sin ellos ¿cómo averiguar cuál era mi derecha?
   Hice esfuerzos enormes por correr y no pude salir del paso lento; quise ocultarme y no hallé lugar propicio para ello y al fin, extenuado, aguardé pacientemente a la terminación del túnel.
   A la salida recuperé los brazos y no bien me hube sentado y encendido un cigarro para fumármelo con tranquilidad, en reposo de mis recientes fatigas, cuando empezaron a agruparse a mi alrededor cuantos transeúntes pasaban por allí. Me lanzaban insultos y me acusaban de llevar una camisa verde con la cual pretendía hacerme pasar por un loro. Era falso lo que me imputaban y cuando llegó el juez le dije con la serenidad que supone la inocencia:
   —Señor juez, le juro que no he dejado un momento de llevar mi derecha.
   Con esta explicación se dio el juez por satisfecho y yo para librarme de los curiosos me zambullí por la primera puerta que vi abierta.
   Esta primera puerta fue la de una iglesia toda blanqueada y con los altares totalmente cubiertos por flores de papel de colores chillones.
   El órgano tocaba un schottisch muy castizo que nunca más he vuelto a oír y que me ha sido imposible recordar su melodía.
   Entré de puntillas sobre las baldosas gibadas dando saltos de pelota de goma por la nave central y en dirección al altar mayor.
   Aún no iba a mediados de la nave cuando comenzaron las columnas a mover sus brazos para indicarme que abandonara aquella dirección y me apartara a una nave lateral.
   Sin pedir explicación alguna me fui a la nave izquierda donde me encontré con una capilla de zinc, y en ella una mujer. La mujer morena de pechos de aluminio y vestida con maillot de cera. Me enredó en un lazo de siseos con el cual tiró de mí hasta atraerme junto a la verja y poder cuchillear a mi oído:
   —Coge la flor de Californía.
   La mujer morena salió de la capilla de zinc y fue saltando con velocidad vertiginosa de una lámpara a otra, de un altar a otro, de una nave a otra.
   Y yo no cesaba de oír por todas partes con euritmia de péndulo exhausto de cuerda:
   —José María, José María,
   Coge la flor de Californía.
   —José María, José María,
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
   —Coge la flor de Californía.
Fornía, Fornía, Fornía, Fornía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía. La mujer morena del maillot de cera y de los pechos de aluminio comenzó a arder por los cabellos.
   Nía, nía, nía, nía.
   La mujer morena ardió por completo y sólo quedaron sus dos pechos que convertidos en globos se los llevó un niño vestido de primera comunión.
   Momentáneamente me quedé solo en la iglesia, oliendo a cera quemada, oliendo a flores contrahechas yo solo.
   Mis pasos retumbaban y fui el centro de aquel ruido sin límites y solo en aquella cárcel de ruido blando pugnaba por salir de ella, en vano, por forjar radios que me condujeran a la tangente.
   Me encaré con las columnas y las columnas no me dijeron nada, me hacían señas equívocas y empecé a creer que eran verdaderas columnas de piedra.
   Partió en dos mi éxtasis una frase ya olvidada pero rediviva: "Coge la flor de Californía".
   Me encaramé en el púlpito y cuando iba a comenzar mi oración para mí, solo en la iglesia, vi moverse con lentitud sobre las baldosas una cigala roja y fosforescente.
   Abrí los brazos y planeé desde el púlpito al suelo. Una vez en mí, sólo en mí, y sin prisión pude ver de cerca la cigala cuyo extremo posterior era una flor color de carne.
   Fue un latigazo quien me decidió a abalanzarme brusca y repentinamente sobre la cigala. Le arranqué la flor y en un supremo hálito de satisfacción me la puse en el ojal del smoking.
   No hube vuelto aún de mí cuando la flor color de carne empezó a corromperse.
   Aún no había pisado el umbral de la puerta para salir de la iglesia y ya se paseaban los gusanos por mi pechera almidonada y blanca, por mi pechera impecable de buceador nocturno.
   Salí a la calle y los gusanos me habían sacado ya los ojos.
   El sol, que llenaba por completo la atmósfera, sólo pude palparlo y de mis manos brotaron diez ojos.

HISTORIAS DEL SEÑOR KEUNER, Bertolt Brecht

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BERTOLT BRECHT, Historias del señor Keuner, Alba Editorial, Barcelona, 2007, 160 páginas.

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En Nota al texto (pp. 13-17), Isabel Hernández relata cómo en el año 2006 se editó por primera vez la Colección completa de estos 121 relatos escritos por Brecht entre 1929 y 1956.

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MEDIDAS CONTRA LA VIOLENCIA

   Cuando el señor Keuner, el Pensador, se pronunciaba contra la violencia en una sala, frente a mucha gente, advirtió que, de pronto, los asistentes empezaban a retroceder ante él y a marcharse. Volvió la mirada y vio a sus espaldas, de pie... a la violencia.
   —¿Qué estabas diciendo? —le preguntó la violencia.
   —Me pronunciaba en favor de la violencia —respondió el señor Keuner.
   Cuando el señor Keuner se hubo marchado, sus discípulos le preguntaron si no tenía agallas. El señor Keuner respondió:
   —No tengo agallas para que me las vapuleen. Precisamente yo debo vivir más tiempo que la violencia.
   Y el señor Keuner relató la siguiente historia:
   —A casa del señor Egge, el que había aprendido a decir no, llegó un día, en la época de la ilegalidad, un agente que le mostró un documento expedido en nombre de quienes dominaban la ciudad y en el cual se decía que toda vivienda en la que él pusiera el pie pasaría a pertenecerle; también le pertenecería cualquier comida que pidiera, y todo hombre que se cruzara en su camino debería asimismo servirle.
   »El agente se sentó en una silla, pidió comida, se lavó, se acostó y, con la cara vuelta hacia la pared, poco antes de dormirse preguntó:
   —¿Estás dispuesto a servirme?
   El señor Egge lo cubrió con una manta, ahuyentó las moscas, veló su sueño y, al igual que aquel día, lo siguió obedeciendo por espacio de siete años. No obstante, hiciera lo que hiciera por él, hubo una cosa de la que siempre se abstuvo: de decir ni siquiera una palabra. Transcurridos los siete años murió el agente, que había engordado de tanto comer, dormir y dar órdenes. El señor Egge lo envolvió entonces en la manta ya podrida, lo arrastró fuera de la casa, lavó el camastro, enjalbegó las paredes, lanzó un sus piro de alivio y respondió:
   —No.

70 HAIKUS Y SENRYÛS DE MUJER, Suzuki Masajo, Kamegaya Chie, Nishiguchi Sachiko

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SUZUKI MASAJO, KAMEGAYA CHIE, NISHIGUCHI SACHIKO, 70 haikus y senryûs de mujer, Hiperión, Madrid, 2011, 96 páginas. Edición bilingüe.

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La traducción de Vicente Haya y Yurie Fujisawa acerca al lector en español la obra de estas "tres mujeres japonesas del siglo XX, poetisas de haiku y de senryû, tres actitudes ante su sociedad: la proscrita, la fugitiva y la mujer-raíz". Haya es también autor de un indispensable prólogo que, por alguna razón desconocida, no se incluye en esta primera edición. Los haiga que salpican y embellecen la antología corresponden a Keiko Kawabe.

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Fuyu no yo no kagami ni utsuru mono ni ware


Noche de invierno.
Cosas que se reflejan
en el espejo: yo.
Suzuki Masajo

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さや豆の指につめたき朝をつむ


Sayamame no yubi ni tsumetaki asa o tsumu


Cosechando la soja
con mis dedos, recogiendo la frialdad
de la mañana.
Kamegaya Chie

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Shiru koe mo ari yomawari no tôzakaru


Ronda nocturna.
Voces familiares
que se alejan.
Nishiguchi Sachiko

BESTIARIO CHICANO, Juan Patricio Lombera

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JUAN PATRICIO LOMBERA, Bestiario chicano, Ediciones Irreverentes, Madrid, 2003, 112 páginas.

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POLVO EN EL VIENTO

   Todavía no sé por qué estoy despierto en medio de este monte rodeado de ríos, flores y aves. Sólo recuerdo que ayer, cuando estaba bebiendo mi último tequila, se me acercó aquel norteño y me dijo:
   —Oiga, amigo, ¿no tendría un poquito de café que me diera?
   —Si lo que quiere es "café", pídaselo al barman o vaya a un restaurante —respondí fríamente.
   Fue entonces cuando comentó, en tono de burla y provocación:
   —No, si lo que pasa es que, según me han dicho, su café es el mejor por venir mezclado con sus pinches mocos que ponen loco a cualquiera.
   La acusación de adulterar la mercancía era intolerable, porque en esta profesión se depende totalmente de la reputación que tengan los demás de uno. Deposité mi vaso violentamente y se armó la bronca. Yo saqué mi navaja y se la metí hasta el fondo de su estómago antes de que me pudiera golpear con la silla. Su cuerpo se desplomó y el norteño murió rápidamente. Pagué la cuenta y ya me disponía a salir cuando solté una bravuconada para magnificar mi asesinato:
   —Otra más —dije—, así muere todo aquel que se mete con Arnulfo Johnson Contreras.
   Me dirigí hacia la puerta corrediza del antro y cuando iba saliendo, oí un «hijo de puta» a mis espaldas. Me voltée y distinguí en la barra a un joven armado con una media botella rota. De lo demás no me acuerdo. Sólo sé que tenía que llevar el cargamento de coca a Nogales.
   Arnulfo se levantó y descendió del monte. Desde ese punto distinguía los albores de la ciudad.
   ¡Qué raro!, pensó, no recuerdo que haya un monte frente a Saltillo. ¡Bah!, será otro pueblo.
   Caminaste y conforme te acercabas, notaste que sí estabas en Saltillo, reconocías la farmacia donde habías comprado tus tabacos y te orientaste hacia el bar de la noche anterior. «El cadáver» se llamaba. Abriste la puerta, no había nadie excepto el limpiador que pasaba la jerga por la sangre: «vestigios de mi proeza», reflexionaste.
   En uno de los rincones del antro distinguiste un cuerpo inerte, pensaste que era tu victima, lo pateaste violentamente y, al mismo tiempo, te doblaste de dolor. Al voltearse el cuerpo le viste la cara. Te reconociste.
   Arnulfo sintió que su cuerpo se desintegraba para convertirse en parte del espeso humo del antro. Sólo alcanzó a decir un «ya ni modo, ya me llevó la chingada», mientras se oía lejanamente la música que emanaba de la rockola: «all we are is dust in the wind...».

CUENTOS DE ANTOLOJÍA, Juan Ramón Jiménez

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Cuentos de antolojía, Clan Editorial, Madrid, 1999, 304 páginas.

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Con prólogo (La belleza completa, pp. 7-24) y notas de Juan Casamayor Vizcaino e ilustraciones de Marina Arespacochaga, la editorial Clan, siempre interesada en la recuperación de textos y autores, presenta esta antología que aporta 47 cuentos inéditos.

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EL HOMBRE DOBLE
       
   Yo lo había conocido al piano, una tarde grata, de cerca, en la penumbra gris y dulce del crepúsculo de primavera, en su salón. Me había parecido dulce, bueno, sencillo, vibrante el corazón de la música de su piano, entre sus hijos, su mujer y sus flores.
   Luego, al otro día, en su despacho, de lejos, entrando yo por la puerta distante del banco grande, me pareció que lo había equivocado con otro. Estaba más enjuto, más oscuro, recostado entre legajo y hule, y con unos ojillos de pimienta que en nada se parecían a los azules del día antes, unos ojillos que me miraban, acercándose, como con desagrado.
   Llegando a un punto de la estancia, como en esos cambios de los árboles cuando nos acercamos a ellos, como si hubiera un escamoteo teatral, el hombre de hoy, el del escritorio, se transformaba otra vez, en el hombre de ayer, el del piano, y la sonrisa grande y blanda sucedía al mirar pequeño, duro y desagradable.
   Debió de notar mi confusión, y le dije lo que era: «Al pronto no lo había conocido a usted. Me parecía usted otro».
   Se rió con una risa fuerte, como si estuviera en el secreto de mi duda, una risa no sé si mala o buena, que no sé de cuál de los dos es, si del nombre dulce del piano, que se reía de mi sospecha, o del hombre molesto del banco, que se reía de mi infelicidad.
   ...La mujer leyó esta pájina, y, de pronto, sintió un escalofrío y dio un grito.
  No era sospecha suya sólo. El poeta también lo había visto. En su casa había dos hombres.

(1920)

ELOGIO DE LA LENCERÍA, Roberto Lumbreras

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ROBERTO LUMBRERAS, Elogio de la lencería, Difácil, Valladolid, 2006, 92 páginas.

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Las 101 greguerías fino-lenceras y los relatos que a continuación las acompañan integran un conjunto, en palabras de Luis López Molina en su Prólogo (pp. 7-10), "con el denominador común de un fetichismo sano, alegre, inocuo y, en consecuencia, bien asumido".

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Gustav Klimt soñaba a la mujer en lencería dorada.
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El sujetador nos muestra la timidez de los senos.
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La lencería fina es la única obra de arte que está permitido tocar.
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Paradoja de la lencería: cuanto más cara es menos tiempo está en el cuerpo de la mujer.
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Ningún caleidoscopio como la mujer en lencería apoyada en el espejo.
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La lencería suscita en el hombre la adoración... y luego la profanación.

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UN GUARDA-JURADO ESTRANGULADO CON UN BODY DE MALLA

   Un guarda-jurado ha amanecido muerto por estrangulamiento en la fábrica de una conocida marca de lencería francesa. Lo curioso es que la muerte del vigilante se debió a la manera extravagante en que incumplió su deber. Al parecer, el vigilante, P.L.S., se había quedado traspuesto en el mullido depósito de piezas desechadas del Departamento de Control de Calidad. La máquina que vaciaba el foso sorprendió al guarda dormido, con la mala fortuna de enganchar el body de malla que rodeaba su cuello. Según fuentes policiales, el sueño pudo llegarle al vigilante cuando seleccionaba prendas, algunas de las cuales encontraron en su bolsillo. Las muestras halladas indican que el incauto tenía predilección por los cullottes de raso y los bodys de redecilla.

CAZADORES DE LETRAS, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, Cazadores de letras, Páginas de espuma, Madrid, 2009, 896 páginas.

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Subtitulado Minificción reunida, contiene La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos, Temporada de fantasmas y algunos inéditos, entre los que están un conjunto de relatos de Fenómenos de circo.  
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CARICIA FEROZ
       
   Las hembras de los mamíferos se comen a sus crías cuando son débiles o extrañas. Se trata de una conducta instintiva. Empleando los mismos movimientos de absorción que adoptan para tragar las membranas fetales después del alumbramiento, lamen primero al cachorro con intensidad, con premura, y después empiezan a devorarlo alrededor del ombligo.
   El etólogo Konrad Lorenz intentó que su perra adoptara a un cachorro de dingo australiano. Cuando percibió el olor salvaje del cachorro, la perra comenzó a lamerle el pelo con largos y absorventes lengüetazos. Después, lo golpeó suavemente con el hocico hasta tenderlo de espaldas y comenzó a pasarle la lengua justo por el ombligo y a mordisquearle con los incisivos la piel del vientre. El pequeño dingo se puso a temblar y lloriquear. La perra se detuvo confundida: los gritos del animalito habían despertado su instinto materno. Así nos lame la vida en los momentos que suponemos felices, cuando nos entregamos, por falta de instinto, a la caricia feroz, en lugar de gritar como el pequeño dingo.

LA OVEJA NEGRA Y DEMÁS FÁBULAS, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La oveja negra y demás fábulas, Seix Barral, Barcelona, 1981 (1969), 106 páginas.

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EL PARAÍSO IMPERFECTO

   —Es cierto —dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

SEXO, COLORES Y CIANURO, Conrado Arranz, Twiggy Hirota, Mateo de Paz & David Urgull

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CONRADO ARRANZ, TWIGGY HIROTA, MATEO DE PAZ & DAVID URGULL, Sexo, colores y cianuro, Edaf, Madrid, 2006, 176 páginas. 
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Este libro colectivo contiene microrrelatos de Twiggy Hirota y Mateo de Paz.
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VERDE
  
   Observa los nuevos diseños de moda que llevan sus iguales. Tiene dudas. Nunca le había pasado antes. Camina extrañado por esa nueva sensación de vacío. Esto tampoco le había pasado antes. Llega a Takeshita Doori y le molesta el cóctel de músicas, de colores, de zapatos y de piernas, vestidas y desnudas. La única que le atrae es una joven estudiante en minifalda que se llama Midori. Lo sabe porque su amiga no deja de repetir su nombre, de reírse y de taparse la boca con su mano blanca para esconder su risa adolescente japonesa.
   En estos momentos de su vida se siente privilegiado sabiendo que solo él puede ver las bragas verdes de Midori, pero eso no es suficiente para sentirse realizado. Nadie se extraña de que él vaya solo por la calle; debería acostumbrarse a ello.
   Midori y su amiga se paran en la entrada de una tienda de ropa para perros y entran para ver los nuevos modelos de la temporada. Él las sigue, a cierta distancia, tratando de pasar desapercibido. También entra en la tienda. Entonces Midori repara en él. Tímido. Desnudo. Con la mirada perdida en sus bragas y los ojos saltones de caniche de orejas puntiagudas. Ella se agacha y lo acaricia, entendiéndole solo y sin dueño.Aunque eso es lo de menos, porque ahora los perros de Tokio viven al margen de los humanos: tienen sus propias tiendas de moda, sus lugares de ocio y sus espacios de reunión. Midori lo viste con un traje de Peter Pan, verde. Él se siente un payaso, pero acepta el regalo. No le importaría ganar el festival anual de caniches de Tokio. Así, Midori podría sentirse orgulosa de él.

Twiggy Hirota
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EL POZO
       
   Después de muchos años, era su primera noche en el pueblo. Reconoció la estación de tren y la plaza en la que había jugado de niño, la iglesia basilical y las casas de sus vecinos. Poco después de la medianoche, desde su cuarto de siempre, que había permanecido intocable tras largos años de eterna peregrinación, Pablo escuchó voces que lo llamaban. «Qué extraño», pensó. No esperaba visita y      aquel era un pueblo desierto. «Pablo... Pablo...», decían. Como un alma en pena, bajó las escaleras arrastrando los pies hasta que salió a la penumbra del corral devastado por la mala hierba. Arriba permanecían las estrellas y, aunque estaba asustado, se hizo con un poco de valor, pues al asomarse al fondo del pozo vio que estaba su padre.
   —Papá gritó extrañado , ¿estás bien? Espera, que te tiro una cuerda.
   El padre se agarró a la cuerda y subió. Al verlo, dijo aturdido:
   —Pero tú, hijo..., pero tú estás muerto. ¡Te mataste junto con tu madre en aquel accidente...!
   —No, papá, quien está muerto eres tú. Nosotros te arrojamos al pozo. ¿No lo recuerdas?

Mateo de Paz

RAJATABLA, Luis Britto García

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LUIS BRITTO GARCÍA, Rajatabla, Laia, Barcelona, 1987 (1970), 216 páginas.

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ELLA ÉL

   Él, que se acuesta con ella, él, que para atraerla fue poniendo de manifiesto tan diversos rasgos de carácter, su desilusión, entre otros, su manera de manejar a lo pase que Dios quiera, entre otros, su capacidad de contar verdades como si fueran embustes, entre otros. Él que cuenta en su haber los cien metros planos el gusto por las medias caras el paralelo y risible descuido por los zapatos el aprecio por autores de los que llaman menores el tiro con rifle la manía de no botar las camisas viejas el tabaco inglés la confesión de que cualquier pendejada lo conmueve la constancia —llámenla si quieren testarudez— irracional, la teoría de que hablar con las mujeres es perder el tiempo de que mejor las manos que además siempre deben estar doblando tapas de refrescos monedas quebrando astillas aplastando nueces para hacerla sentir a ella una cierta impresión de peligro de inminente tenaza.
   Ella, que tan repetidamente ha puesto de manifiesto su miedo por las ratas cierto sueño infantil de desamparo su aversión hacia las señoras gordas el gusto de que le hagan cosquillas en el tercer espacio intercostal derecho su indiferencia por la metafísica su interés en la hiperconductividad metálica su compulsión de romper jarrones su amor por los cuartos encerrados y sin muebles su aversión por las jaulas con pajaritos su convicción de que los caracoles arrastran el invisible carro del olvido su risa por las señoritas que se platinan su propensión a crear lenguajes cuyas palabras son ciertos guiños ciertas formas de relamerse los labios.
   Él, ese carajo a quien inventé atribuyéndole las cualidades todas que creí que podrían atraerla que en efecto la atrajeron y que en el fondo no tienen nada que ver conmigo que soy otra cosa, que como sabrán ustedes soy enteramente otra cosa.
   Ella, que tantos antedichos rasgos inventó para atraer, no a mí, sino al monigote falso que yo había creado, no a mí, sino a ese ser increíble que todas las noches la posee y que tiene tan poca existencia como el que ella ha creado.
   Ella él quién pudiera reventarle los ojos decirles a él cabrón a ella puta levantarles la tapa de los sesos, quien entonces yo y tú mirándonos con horror y con asco desde nuestra repentina verdad y nuestra extrañeza.

JUEGO DE VILLANOS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, Juego de villanos, Thule, Barcelona, 2008, 128 páginas.

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NARCISA

   Como quien mira por la ventana del bar, miro la ventana. El tipo que me ve desde afuera entra para interpelarme.
   —Me gustas.
   —Lo mismo digo yo.
   —¿Yo también te gusto?
   —Nada de eso, me gusto yo. Me estaba mirando en el reflejo. 

LUNARIO DE GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Lunario de greguerías, Pre-Textos, Valencia, 142 páginas.

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Como Mario Hernández señala con acierto en su prólogo, a través de esta selección temática "el lector persiste más fácilmente en el asombro, como ante un único poema ante la luna", que con su "luz inexacta" duerme "en el papel carbón del tiempo y de la poesía". Las ilustraciones de Agustín Hernández, Rafael Pérez Estrada, Carmen Ramírez y José Miguel Ullán giran alrededor de las greguerías sobre el satélite subrayando la sensación de "caleidoscopio infinito" que desprende el volumen, en el que la "Oda a Ramón Gómez de la Serna" de Pablo Neruda luce en las coordenadas del epílogo. 

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Luna nueva: cambio de sábanas en el paisaje.
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La luna: actriz japonesa en un monólogo de silencio.
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La luna está llena de objetos perdidos.
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La media luna mete la noche entre paréntesis.
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En la luna no hay viento: sólo tormentas de pasiones antiguas.
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La luna por el lado nuestro ve, pero por el otro sueña.
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Quieren ir a la luna para grabar su nombre y el de su novia en sus bancos de piedra.
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La luna está llena de catedrales heladas.
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La luna es un Banco de metáforas arruinado.
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Damos la vuelta a la almohada como si así variásemos la luna de nuestro sueño.


Ilustración: José Miguel Ullán

MEMORIAS DE UN MICRORRELATO, David Lagmanovich

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DAVID LAGMANOVICH, Memorias de un microrrelato, Macedonia, Morón, 2010, 82 páginas.

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  NOCHES Y DÍAS

   Los microrrelatos no sentimos ni frío ni calor; no nos aqueja el hambre ni experimentamos la saciedad. En cambio, percibimos agudamente los días y las noches. Tal vez esto se explique por la importancia que tiene la luz para nosotros. En nuestra imperfecta fisiología, la luz está asociada con la claridad de la expresión; si alguna vez conseguimos lograr la belleza, ese momento mágico se une a una explosión de luminosidad. Desgraciadamente, lo contrario es también cierto: detestamos la oscuridad y la asociamos con la expresión deficitaria, la que fastidia o aburre a nuestros mejores lectores. De noche apenas si respiramos, pero la luz del alba nos devuelve nuestra plenitud.

TRASTORNOS LITERARIOS, Flavia Company

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FLAVIA COMPANY, Trastornos literarios, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 288 páginas.

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Cada uno de los tres bloques se presenta subtitulado con la naturaleza de estas piezas narrativas, enraizadas siempre en jardines del lenguaje: Trastornos literarios: Textos de ficción basados en una figura retórica; Frases (muy hechas): Textos de ficción basados en una frase hecha tomada en sentido literal, y La vida en prosa: Textos de ficción basados en un titular publicado en la prensa escrita.
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ROMPER EL HIELO

Por la mañana, cuando yo llegaba a la biblioteca, él ya estaba allí, esperando a que abriésemos. Al cabo de un par de días empezamos a saludarnos con la mirada. Sin sonreír. Solo miradas. Nada más. Miradas cada vez más turbadoras. Seguimos así durante tres semanas. Los días festivos se me hacían eternos. Y de repente, un lunes, tras uno de los domingos más insoportables de mi vida, llegué y él no estaba. El corazón se me cayó a los pies, me tropecé con él y lo hice papilla. Me pasé el día entero hecha polvo, mirando la silla que solía ocupar mientras tomaba apuntes del primer tomo de la Espasa (su trabajo era para mí un absoluto misterio). A la salida, sin embargo, me aguardaba la gran sorpresa: me estaba esperando. Llevaba unas cuantas bolsas de supermercado llenas a rebosar. Se acercó y me dijo que había comprado cosas para la cena, que empezara a caminar, que me seguiría hasta mi casa. Y yo, como una loca, accedí. Cuando llegamos a casa, y una vez dentro, me di cuenta de la situación. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. «Rápido, una copa», pensé. Algo había que hacer. No podía echarle. Mejor dicho, no quería echarle. Serví dos whiskies. Abrí el congelador para pillar unos cubitos. No había forma humana de arrancar de allí aquellas malditas cubiteras. Estaban pegadísimas. «¡Mierda de nevera!», me maldije por no haber comprado ya una nueva. Empecé como pude a hacer palanca con un cuchillo. Él se aproximó por detrás, puso sus manos sobre las mías dentro del congelador. Estaban tan calientes que consiguieron romper el hielo y desprender las cubiteras al mismo tiempo que yo me daba la vuelta para besar sus labios. De ahí.

AURORA, José Marzo

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JOSÉ MARZO, Aurora, Acvf Editorial, Madrid, 2006, 160 páginas.

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AHORA

   A los cinco minutos de haberse sentado en las gradas del estadio de futbol, Sonia se descalzó y se quitó disimuladamente las medias. Había acudido con su prima, socia del Real Madrid, pero en el tumulto de la entrada se habían separado. Eso carecía de importancia. Era maravilloso encontrarse allí con casi cien mil personas en una tarde soleada, contemplando las evoluciones de los jugadores en el terreno, las líneas blancas sobre el verde, la geometría perfecta.
   Sólo la insistencia de su prima había conseguido llevarla. En los dos últimos años, Sonia no salió de casa nada más que para dirigirse al hospital. Pruebas y más pruebas en el pabellón de oncología. Tenia veintiún años, aunque se sentia con dos menos. O veinte más. Dos menos porque para ella fueron dos años de los que no había gozado, veinte más porque aprendió de la vida y de sí misma lo que muchos no aprenden ni en veinte años. Pero todo había pasado. Había ganado peso y ya tenía diez dedos de pelo, el mismo cabello de siempre, más rojo si cabe.
   Lo último que Sonia escuchó, en el minuto cuarenta, fue el fuerte golpe de la bota contra el balón de cuero. El delantero falló el remate. Se había elevado a casi dos metros de altura, colocándose paralelo al terreno, y golpeó a tijera la pelota, rozó el larguero.
   Sonia tuvo la sensación de haber vivido antes ese momento. Lo habría soñado: veía al público a su alrededor abriendo boca y agitando banderas y pañuelos, pero no oía sus gritos. Una nube había tapado el sol. Los jugadores corrían absurdarmente por el campo. Sólo el sonido de su propia respiración, el latido de su corazón en el pecho, despacio, intenso.
   Había experimentado lo mismo antes, en varias ocasiones. La vida es una luz que se apaga y se enciende. A veces luce y sabes adónde dirigirte, pese a los obstáculos y dificultades. Otras se apaga y te quedas sola, tanteando en la oscuridad. En este momento, se había mitigado. Como una moneda puesta de canto, que puede caer de cualquier lado.
   La decisión estaba en su mano.
   Ahora.
   Ahora, se repitió.
   Se abrió paso entre el gentío, descalza, y descendió las escaleras. Buscó un paso entre las vallas que delimitaban el campo. Por el camino, se desabrochó la blusa y la falda. Se quitó las bragas y las dejó caer al suelo. Un policía la vio, asombrado, pero Sonia ya tenía un pie en el césped.
   Entonces corrió desnuda hacia el centro. El aire acariciaba su pelo, sus hombros, su vientre, sus piernas. Comenzó por oír un rumor, luego distinguió los gritos y los silbidos.
   Y la luz volvió a brillar.

POÉTICAS DEL MICRORRELATO, David Roas

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DAVID ROAS, Poéticas del microrrelato, Arco Libros, Madrid, 2010, 312 páginas.

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INTRODUCCIÓN
        
DAVID ROAS: Sobre la esquiva naturaleza del microrrelato [9]              

I. LA HIPERBREVEDAD COMO NUEVA VÍA EXPRESIVA

JOHN BARTH: Unas pocas palabras  sobre el minimalismo [45]
ETHAN JOELLA: Contra las normas del cuento: rompiendo los límites de la ficción convencional [57]
FRANCISCA NOGUEROL: Micro-relato y posmodernidad: textos nuevos para un final de milenio  [77]
ANDREAS GELZ: La microficción y lo novelesco en la literatura francesa contemporánea [101]
        
II. POÉTICAS DEL MICRORRELATO
        
JOSÉ LUIS FERNÁDEZ PÉREZ: Hacia la conformación de una matriz genérica para el microcuento hispanoamericano [121]
IRENE ANDRES-SUÁREZ: El microrrelalo: caracterización y limitación del género [155]
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA: Consideraciones sobre la estética de lo mínimo [181]
FRANCISCO ÁLAMO FELICES: El microrrelato. Análisis, conformación y función de sus categorías narrativas [209]
JOSÉ MARÍA MERINO: De relatos mínimos [231]
        
III. EL MICRORRELATO Y LA TEORÍA DE LOS GÉNEROS
        
VIOLETA ROJO: El minicuento, ese (des) generado [241]
IBRAHIM TAHA: La semiótica de las ficciones minimalistas: el género como sistema modelizador [255]
JOSÉ MANUEL TRABADO CABADO: El microrrelalo como género fronterizo [273]
        
IV. BIBLIOGRAFÍA
        
DAVID ROAS: Selección bibliográfica [301] 

PENSAMIENTOS, Joseph Joubert

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JOSEPH JOUBERT, Pensamientos, Península, Barcelona, 2009 (1989), 480 páginas.

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En esta antología crítica, Rémy Tessonneau organiza en 32 bloques temáticos el pensamiento de Joubert, al que retrata en su Introducción (pp. 13-21) como un "moralista inconfeso, que tuvo el don y el talento de conjugar los rasgos de la soledad, de la meditación y del sueño metafísico con, en sus relaciones privilegiadas, los del arte de la conversación, de la convivencia y de la amistad". La traducción corresponde a Manuel Serrat Crespo.

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Tal vez el alma nazca del choque, como el relámpago, como el fuego.
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Levantaré un templo a los sueños.
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Es preciso que una obra de arte tenga el aspecto no de una realidad sino de una idea.
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No cortéis lo que podáis desanudar.
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La tumba nos traga, pero no nos digiere.
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Hay cosas de las que sólo puede hablarse bien por escrito, que sólo pueden saberse bien cuando se piensa en escribirlas y que, sin embargo, sólo puedes pensar en escribirlas cuando las sabes de antemano.
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La memoria y el olvido son la madre y el padre de las musas.
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Hay gente que sólo tiene moral a piezas. Es un paño con el que nunca se hacen vestidos.
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Hay una infinidad de cosas que sólo se hacen bien cuando se hacen por necesidad.
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La vida nace, como el fuego, del roce. La humedad y el fuego no son incompatibles.
La vida se derrama por todas partes. El espacio entero está lleno de ella. Como el fuego, se enciende, estalla y se fija uniéndose al individuo, como el fuego cuando se consume una vela.

ÁNGELES EN MIS COJONES, José Luis Moreno Ruiz

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JOSÉ LUIS MORENO RUIZ, Ángeles en mis cojones, Moreno Ávila, Madrid, 1989, 237 páginas.

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   Un gallego, propietario de un restaurante gallego sito en Madrid, intentó amaestrar a un pulpo, para que grácilmente moviera sus rabas al son de la gaita. Para estimular al pulpo, el gallego, mientras tocaba la gaita, rociaba con la mano libre al animal. Lo rociaba de vinagreta. El pulpo no hacía progresos en el aprendizaje de la danza. Y de tan rociado como estaba, acabó macerado en vida, tierno y sabroso de aspecto. Cuando al fin decidió el gallego matarlo y servirlo en su local, empezó el pulpo a danzar por muñeiras. Indultado por su propietario, buen danzante ya el pulpo, se hizo famosísimo. Tanto que, al cabo de un tiempo, pasó a engrosar las filas de los Coros y Danzas de la Sección Femenina del Glorioso Movimiento Nacional. De ahí ese esparrancarse —mimetismo emocionado— con fétido aroma pulposo y podrido que tenían las mujeres falangistas y danzarinas. El pulpo, buen alumno, aprendió a no cambiarse de bragas, esa condición indispensable que ya hizo de la Reina Isabel la Católica embrujo de marea baja mariscadora en los páramos de las muy nobles y muy fieles tierras de Castilla y de León.
                 

PROSAS APÁTRIDAS, Julio Ramón Ribeyro

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JULIO RAMÓN RIBEYRO, Prosas apátridas, Seix Barral, Barcelona, 2007, 144 páginas.

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Hay momentos en que el sufrimiento alcanza tal grado de incandescencia que diríase nos cristaliza y nos vuelve por ello indestructibles.
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La carta que aguardamos con más impaciencia es la que nunca llega. No hacemos otra cosa en nuestra vida que esperarla. Y no nos llega, no porque se haya extraviado o destruido, sino sencillamente porque nunca fue escrita.
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El gran mural fotográfico que adorna la sala del café Les Finances. Representaba en sus buenas épocas un bosque en pleno verdor. Con los años el color se ha amarilleado. La primavera de las fotografías también tiene su otoño.
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Momentos de absoluta soledad, en los cuales nos damos cuenta de que no somos más que un punto de vista, una mirada. Nuestro ser nos ha abandonado y en vano corremos tras él, tratando de retenerlo por el faldón de la levita.
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Las palabras que callamos eran las que deberíamos haber pronunciado. Los gestos que guardamos por pudor eran los que deberíamos haber cumplido. Los actos que nos parecieron triviales eran los que se esperaba de nosotros. Otros los hicieron en nuestro lugar. Paguemos ahora las consecuencias.

CUENTOS DE ADÚLTEROS DESORIENTADOS, Juan José Millás

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Cuentos de adúlteros desorientados, Lumen, Barcelona, 2003, 144 páginas.

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EL QUE JADEA

   Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo otro lado de la línea.
   —¿Quién es? –pregunté.
   —Yo soy el que jadea –respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
   Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
   —¿Quién era?
   —El que jadea —dije.
   — Habérmelo pasado.
   —¿Para qué?
   —No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
   Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
   —No te importe —decía— todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
   A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
   —No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
   Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
   Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
   —Se lo voy a contar a tu mujer —respondió en tono de amenaza—. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
   —Tampoco es para ponerse así —dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos—. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
   —Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
   —Se ha ido a misa.
   —Dile que luego la llamo.
   Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
   —¿Quién es? —preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
   —Soy el jadeador —dije con naturalidad.
   —Espere, que le paso a mi marido.
   El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
   —Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
   Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

BESTIARIO, Ops

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OPS, Bestiario, Alfaguara, Madrid, 1989.
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LIV láminas con sus correspondientes textos componen este singular Bestiario de Andrés Rábago, algunas veces El Roto, otras Ops.

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LÁM. XXXVI
CORREOSO
   
   Plantígrado cartívoro de carácter retraído que vive oculto en los buzones de correos. Su alimentación consiste, exclusivamente, en cartas comerciales y sellos tiernos.
    En los días de tormenta se le puede oír cantar.