TRECE FÁBULAS Y MEDIA Y FÁBULA DECIMOCUARTA, Juan Benet

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JUAN BENET, Trece fábulas y media y Fábula decimocuarta, Alfaguara, Madrid, 1998, 128 páginas.

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A las trece fábulas y media, acompañadas por ilustraciones de Emma Cohen, se suma, como explica la Nota del editor (p.7), una «Fábula decimocuarta» publicada en la revista El paseante en 1991 y que "es de rigor incluir en la presente edición". En este último caso la autoría de la imagen pertenece a Eugenio Benet.


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FÁBULA QUINTA

   Tentó Dios a Abraham y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí.
   Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécele allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.
   Y Abraham se levantó muy de mañana y enalbardó su asno, y tomó consigo dos mozos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y levantóse y fue al lugar que Dios le dijo.
   Al tercer día alzó Abraham sus ojos y vio el lugar de lejos.
   Entonces dijo Abraham a sus mozos: esperáos aquí con el asno y yo y el muchacho iremos hasta allí, y adoraremos y volveremos a vosotros.
   Y tomó Abraham la leña del holocausto y púsola sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo y fueron ambos juntos.
   Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: he aquí el fuego y la leña, mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?
   Y respondió Abraham: Dios proveerá del cordero para el holocausto, hijo mío.
   E iban juntos.
   Y como llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo y púsole en el altar sobre la leña.
   Y extendió Abraham su mano, y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
   Y con la mano extendida y el cuchillo bien sujeto miró Abraham por el rabillo del ojo para ver si venía el ángel de Jehová dando voces desde el cielo. Porque conocía muy bien Abraham su propia historia, repetida por generaciones y generaciones del pueblo elegido, y de sobra sabía que tenía que venir el ángel de Jehová dando voces por el cielo. Y con la mano extendida y el cuchillo en el aire miró Abraham por el rabillo del ojo y no vio al ángel de Jehová dando voces por el cielo.
   Entonces Abraham alzó de nuevo la mano y tomó el cuchillo y degolló un carnero que antes había escondido en un zarzal, trabado por sus cuernos. Y fue Abraham y soltó a su hijo y tomó el carnero y ofrecióle en holocausto en lugar de su hijo.
   Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y Abraham respondió: Heme aquí, mi hijo. Y habló Isaac y dijo: Pues no vino el ángel de Jehová dando voces por el cielo para traer el carnero. ¿Vas a hacer lo que no hizo Jehová? ¿Pretenderás engañar a Jehová y suplantarle cuando no cumple lo que está escrito?
   Y dijo Abraham: ¿Y tengo yo que dar explicaciones para que tú y yo nos comamos un carnero como Dios manda?

VARIACIONES SOBRE EL SUEÑO DE CHUANG TZU, Fabián Vique

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FABIÁN VIQUE, Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu, Macedonia, Morón, 2009, 98 páginas.

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ESDRÚJULA

   Entró a mi vida como una ráfaga. Me ató a su alma como un arácnido. Se fue una tarde con el crepúsculo.

CUENTOS BREVES Y EXTRAORDINARIOS, Jorge Luis Borges & Adolfo Bioy Casares

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JORGE LUIS BORGES & ADOLFO BIOY CASARES (editores), Cuentos breves y extraordinarios, Losada, Buenos Aires,  1989 (1957), 155 páginas.

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Borges y Bioy Casares compilan, para esta antología pionera, "textos de diversas naciones y de diversas épocas, sin omitir antiguas y generosas fuentes orientales". Valga extraer de las catorce líneas de la Nota preliminar esta sentencia: "Lo esencial de lo narrativo está, nos atrevemos a pensar, en estas piezas; lo demás es episodio ilustrativo, análisis psicológico, feliz o inoportuno adorno verbal".
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EL SUEÑO

   Murray soñó un sueño.
   La psicología vacila cuando intenta explicar las aventuras de nuestro mayor inmaterial en sus andanzas por la región del sueño, "gemelo de la muerte". Este relato no quiere ser explicativo: se limitará a registrar el sueño de Murray.
   Una de las fases más enigmáticas de esa vigilia del sueño, es que acontecimientos que parecen abarcar meses o años, ocurren en minutos o instantes.
   Murray aguardaba en su celda de condenado a muerte. Un foco eléctrico en el cielo raso del comedor iluminaba su mesa. En una hoja de papel blanco una hormiga corría de un lado a otro y Murray le bloqueaba el camino con un sobre. La electrocutación tendría lugar a las nueve de la noche. Murray sonrió ante la agitación del más sabio de los insectos.
   En el pabellón había siete condenados a muerte. Desde que estaba ahí, tres habían sido conducidos: uno, enloquecido y peleando como un lobo en una trampa; otro, no menos loco, ofrendando al cielo una hipócrita devoción; el tercero, un cobarde, se desmayó y tuvieron que amarrarlo a una tabla. Se preguntó cómo responderían por él su corazón, sus piernas y su cara; porque ésta era su noche. Pensó que ya casi serían las nueve.
   Del otro lado del corredor, en la celda de enfrente, estaba encerrado Carpani, el siciliano que había matado a su novia y a los dos agentes que fueron a arrestarlo. Muchas veces, de celda a celda, habían jugado a las damas, gritando cada uno la jugada a su contrincante invisible.
   La gran voz retumbante, de indestructible calidad musical, llamó:
   —Y, señor Murray, ¿cómo se siente? ¿Bien?
   —Muy bien, Carpani —dijo Murray serenamente, dejando que la hormiga se posara en el sobre y depositándola con suavidad en el piso de piedra.
   —Así me gusta, señor Murray. Hombres como nosotros tenemos que saber morir como hombres. La semana que viene es mi turno. Así me gusta. Recuerde, señor Murray, yo gané el último partido de damas. Quizás volvamos a jugar otra vez.
   La estoica broma de Carpani, seguida por una carcajada ensordecedora, más bien alentó a Murray; es verdad que a Carpani le quedaba todavía una semana de vida.
   Los encarcelados oyeron el ruido seco de los cerrojos al abrirse la puerta en el extremo del corredor. Tres hombres avanzaron hasta la celda de Murray y la abrieron. Dos eran guardias; el otro era Frank -no, eso era antes- ahora se llamaba el reverendo Francisco Winston, amigo y vecino de sus años de miseria.
   —Logré que me dejaran reemplazar al capellán de la cárcel —dijo, al estrechar la mano de Murray. En la mano izquierda tenía una pequeña biblia entreabierta.
   Murray sonrió levemente y arregló unos libros y una lapicera en la mesa. Hubiera querido hablar, pero no sabía qué decir. Los presos llamaban la Calle del Limbo a este pabellón de veintitrés metros de longitud y nueve de ancho. El guardia habitual de la Calle del Limbo, un hombre inmenso, rudo y bondadoso, sacó del bolsillo un porrón de whisky, y se lo ofreció a Murray diciendo:
   —Es costumbre, usted sabe. Todos lo toman para darse ánimo. No hay peligro de que se envicien.
   Murray bebió profundamente.
   —Así me gusta —dijo el guardia—. Un buen calmante y todo saldrá bien.
   Salieron al corredor y los siete condenados lo supieron. La Calle del Limbo es un mundo fuera del mundo y si le falta alguno de los sentidos, lo reemplaza con otro. Todos los condenados sabían que eran casi las nueve, y que Murray iría a su silla a las nueve. Hay también, en las muchas calles del Limbo, una jerarquía del crimen. El hombre que mata abiertamente, en la pasión de la pelea, menosprecia a la rata humana, a la araña y a la serpiente. Por eso sólo tres saludaron abiertamente a Murray cuando se alejó por el corredor, entre los guardias: Carpani y Marvin, que al intentar una evasión habían matado a un guardia, y Bassett, el ladrón que tuvo que matar porque un inspector, en un tren, no quiso levantar las manos. Los otros cuatro guardaban humilde silencio.
   Murray se maravillaba de su propia serenidad y casi indiferencia. En el cuarto de las ejecuciones había unos veinte hombres, entre empleados de la cárcel, periodistas y curiosos que...

   Aquí, en medio de una frase, "El sueño" quedó interrumpido por la muerte del autor O. Henry. Se conoce, sin embargo, el final:
   Murray, acusado y convicto del asesinato de su esposa, enfrentaba su destino con inexplicable serenidad. Lo conducen a la silla eléctrica, lo atan. De pronto, la cámara, los espectadores, los preparativos de la ejecución, le parecen irreales. Piensa que es víctima de un error espantoso. ¿Por qué lo han sujetado a esa silla? ¿Qué ha hecho? ¿Qué crimen ha cometido? Se despierta: a su lado están su mujer y su hijo. Comprende que el asesinato, el proceso, la sentencia de muerte, la silla eléctrica, son parte de un sueño. Aún trémulo, besa en la frente a su mujer. En ese momento, lo electrocutan.

   La ejecución interrumpe el sueño de Murray.
O HENRY

EL ARTE DE SER FELIZ, Juan Guerra Cáceres

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JUAN GUERRA CÁCERES, El arte de ser feliz, EDAF, Madrid, 1988, 192 páginas.

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Según se indica en el Prólogo (pp. 11-12), este es un libro "para la reflexión. Su presentación en frases cortas, cargadas de espíritu positivo y altruista, facilita la asimilación del mensaje que contienen y su transformación en experiencia viva."

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La rosa no le pide al rosal que se deshaga de las espinas.
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El coche no sirve para orientar aviones en vuelo, pero es muy útil para dirigir su trayectoria en el aeropuerto.
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No se elimina la tristeza mirando a las sombras sino volviendo el rostro a la luz.
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Aprende a contemplarte en el espejo del cielo.
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Es tras haber llorado y reído mucho cuando uno comienza a situarse más allá del llanto y la risa.
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Sueña, sueña, mas sé un idealista práctico: convierte en realidad tus utopías.
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No te pidas imposibles. Ya es un milagro hacer adecuadamente lo posible.

UN MÉDICO RURAL, Frank Kafka

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FRANK KAFKA, Un médico rural y otros relatos pequeños, Impedimenta, Madrid, 2009, 160 páginas.
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Los editores advierten que este volumen incluye dos libros: Percepciones (1912) y Un médico rural (1920). La presente traducción es de Pablo Grosschmid.
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EL DESEO DE SER PIEL ROJA

   Si uno pudiera ser un piel roja... siempre alerta, atravesando los aires sobre un caballo veloz, estremecido una y otra vez sobre la tierra temblorosa, hasta dejar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, sin apenas ver la tierra por delante como pradera de hierba segada, ya sin las crines del caballo, sin la cabeza del caballo.

LA ETERNIDAD DEL INSTANTE, César Klauer

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CÉSAR KLAUER, La eternidad del instante, Evisto Editorial, Lima, 2011, 116 páginas.

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EL DESCUBRIMIENTO DE MARÍA

   María había trabajado para ellas por casi veinte años seguidos y nunca había visto algo así, excepto esa tarde.
 
   Lo vio después de vaciar la última papelera. Casi se le pasa pero, como si quisiera ser hallado, cayó justo frente a ella.

   ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Ir con el cuento? ¿Botarlo a la basura? Consideró todas las opciones y tomó una decisión.

   María cogió papel higiénico de su bolsillo, levantó el condón con cuidado, hizo una bolita en la palma de la mano y la tiró al tacho de la basura. La Madre Superiora nunca se enteraría de nada.

SIÉNTATE Y ESCRIBE, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Siéntate y escribe, Huacanamo, Barcelona, 2011, 176 páginas.

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Tras Todos los monos del mundo (1995), Hay una guerra (1997) y Oigo girar los motores de la muerte (2002), Siéntate y escribe constituye la cuarta entrega de un género acuñado por el propio Wolfe como "ensayo-ficción". Estos fragmentos son la cosecha de siete años de reflexiones (2002-2008) en los que el autor desgrana con una mordaz lucidez, desde el odio arraigado hasta la resignada compasión, a través de una mirada asesina que no olvida la media vuelta para reírse de sí misma, el lado más amargo de estos tiempos que apenas permiten escuchar una voz tan heterodoxa como la de este escritor, quizás incómoda en ocasiones, pero más imprescindible que nunca.

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Una obra de arte no existe hasta que llega al lector, el oyente o el espectador. Dicho de otro modo: no hay creación sin recreación.
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La tarea del creador: tocar fondo en su propio corazón.
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Si la vida es el crimen, el arte es mi coartada.
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Alguien dijo en cierta ocasión que escribir un poema era «marcar la piel del agua». Bueno, lo mío tiene que ver con pieles y con marcas, pero no es exactamente lo mismo: a mí el mundo me marca la piel, y luego a veces escribo un poema.
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Si hay tantas obras de arte ininteligibles es porque siempre será más fácil fabricar un rompecabezas que hacer un hallazgo verdadero.
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Lo que llamamos madurez es el resultado de un proceso mediante el cual la vida nos reduce literal y metafóricamente de tamaño. Nuestro cuerpo encoge; nuestra convicciones, también.
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Descartes en el siglo XXI: «Salgo en los medios, luego existo».
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Todo lo bueno acaba mal, aunque sólo sea porque se acaba. Y se acaba siempre.
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El «momento»: esa cosa que nunca llega si la esperas y nunca encuentras si la buscas. ¿El momento? El momento es éste; otro no hay.
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¿Palinodia? La vida misma es palinodia.
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Ya no tengo fuerzas ni para darles vueltas a mis problemas, pero da igual; siguen girando solos.