PASIÓN, Brane Mozetič

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BRANE MOZETIC, Pasión, Dos Bigotes, Madrid, 2014, 128 páginas.

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En Almas mellizas (pp. 3-8) el escritor y traductor Lawrence Schimel destaca de los relatos de Mozetič: «son historias acerca de la pasión [...] pero más que nada son historias sobre el anhelo de conexión, y los efímeros momentos en los que esta se encuentra.»
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LA CALLE 

   Yo también estaba en la calle. Desde la caída de la fortaleza tenebrosa hasta los restos de las culturas más antiguas. Y, durante todo ese tiempo, no pasaba nada. Solo un desfile lento de seres casi irreconocibles. Me fijaba en los farolillos y globos multicolores que bailaban en el aire y en el vaivén de unas manos alegres saludando desde allí arriba, desde las ventanas de los áticos, y te percibía andando a mi lado y sentía angustia porque veía mi propio vacío y no sabía qué iba mal, por qué no sentía escalofríos, por qué no me dolía nada, sino que tan solo caminaba frío como un muerto por el asfalto. La oleada embestía y se paraba y la multitud avanzaba agitada, en ella se mezclaban los cuerpos y se tocaban las manos que ignoraban a quiénes pertenecían y que toda esperanza había sido inútil. Y yo ya no tenía esperanza. Solo me engañaba a mí mismo con una actitud siempre juguetona, como si no fuera todo tan evidente. Ah, qué libertad andar en medio de la calle, dejarse cubrir por las flores, cantar, encandilado, junto a miles de voces, de un modo tan ruidoso que la piel brillaba y el sol se retiraba tímido detrás de una nube. ¿Estás aquí? Te siento y sé que no te amo. Me preguntas por qué. Me gustaría mucho decírtelo, pero no tengo ganas, ya que estamos avanzando a través del río feliz de sangre caliente y, en el fondo, no sé qué decir. Tal vez esté feo, pero ¿de verdad crees que te debo una explicación? ¿No ves cómo se alzan nuestras manos, cómo se suceden los besos, cómo los cuerpos desnudos en las carrozas se empapan de aire, de este aire libre que desprende este desfile? Tú admiras todo esto, ¿verdad? Y te gustaría que los dos montáramos un espectáculo, o mejor tú solo, porque yo no cuento. Es verdad que no cuento, reacciono casi mecánicamente, con mi andar, mis dedos, mi risa, mi llanto, y entre todo este baile, este debe ser el dominio africano del cuerpo, o el cuerpo mismo, esta piel me impulsa a los ritmos impetuosos, pero dentro, dentro no se mueve nada y apenas lo siento —apenas siento que todo está tranquilo—; solo tengo un recuerdo vago de cómo, a veces, las cosas se despiertan.
   Apenas te recuerdo y, en la calle, uno se olvida de todo. Uno apenas es más que un cuerpo —trato de recordar tus facciones, tu voz, tus palabras, he probado ya todos los cuerpos, pero sin éxito—. Si no, volveré, y entiéndeme: ya no puedo retener nada, todo se hunde en cuanto lo suelto de las manos. Tal vez no tengas fuerzas suficientes para mantenerme con vida a mí y a todos mis amores, a todas las sensaciones que, al escurrirse de mis manos, se han sumergido. Apenas sabía que no me sentía bien, todos los pretextos aún servían, y la ciudad pertenecía a las divinidades antiguas, olvidadas. Como si en este silencio ruidoso desapareciese mi palabra, mi pensamiento, y quedasen solo los reflejos. Y, entonces, escuché una voz a mi lado: Perdona, ¿eres judío? Tuve dificultades en asimilarlo y mi cabeza quedó fría como si la pregunta fuera también una canción o un gesto al que no había que responder desde dentro de uno mismo, sino solo así, en la calle, cuando las extremidades del cuerpo se mueven solas. Pero la cabeza a mi lado repitió la cuestión y después, cuando no salía nada de mí, oí: Lo siento, me he equivocado. Y la ligereza que inundaba la calle continuaba cuando las carrozas concluían su trayecto y terminaba el desfile con una alegría cada vez mayor y cuando yo abría la boca para cantar a lo mejor por última vez. Pero ahora se desmoronaron las barricadas y mi cabeza se abrió de verdad, y allí dentro, dentro de ella, no había nada. No, busco en vano las raíces debajo de mis pies, parece que se han podrido, y poco a poco, muy lentamente, me voy secando, sin darme cuenta. Y no crezco y no sé de dónde he venido siquiera, por qué estoy aquí, hacia dónde quiero ascender y a qué aspirar. Presiento vagamente que en alguna parte queda algo de mí, tal vez en ti, quizás en los transeúntes, solo aquí, aquí no hay nada en absoluto, nada de lo que pueda decir esto soy yo. Siento que no soy, que nunca he sido, que aún y ya soy polvo.

EL BOSQUE DE LOS PRODIGIOS, René Avilés Fabila

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RENÉ AVILÉS FABILA, El bosque de los prodigios, Laberinto, México D.F., 2015, 162 páginas.

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EL AVE ROC

   Sobre ese descomunal pájaro, nada es cierto. Pudieron mirarlo de cerca Simbad el Marino y Marco Polo. Herodoto afirma haberlo visto a distancia prudente y llega a nosotros a través de las exageraciones de Heinz y Borges. Sabemos, en consecuencia, que posee dos cuernos y cuatro jorobas, aspecto que le quita lo espantable y lo introduce de lleno en el reino de las ridiculeces. El ave Roc, al saberse grotesca, ha optado por una absoluta melancolía y una total discreción.
El bosque de los prodigios, Laberinto, 2015.

50 FOTOGRAFÍAS CON HISTORIA, Félix Fuentes

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FÉLIX FUENTES, 50 fotografías con historia, Signo Editores, Madrid, 2017, 256 páginas.

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De Luis Baylón a Cristina de Middel pasando por Fernando Maquieira, Virxilio Viéitez, Ouka Lele, Chema Madoz o Xurxo Lobato. Félix Fuentes se encarga, en la mayoría de los casos, de presentar cada una de las fotografías. El lector disfrutará de algo más que una aproximación a la obra de estos autores tan representativos, pues Fuentes consigue conformar con todos sus textos un caleidoscopio que educa nuestra mirada.
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AUTORRETRATO CON CUERPO HERIDO, 1981

Alberto García-Alix

   Hablar lunfardo es ser capaz de decirlo todo sin decir nada. O, mejor, hablar para que sólo te entiendan los que te interesa que lo hagan. Es como pertenecer a un selecto club en el que sus miembros se reconocen y comunican mediante guiños cómplices, codazos confabuladores y juegos lingüísticos.
   El lunfardo no es un idioma, ni un dialecto. Es una jerga, que nació en los suburbios bonaerenses entre trileros y gentes que se pasaban la vida al margen y donde un abanico abacanado es un policía presuntuoso y un camote es un enamoramiento obsesivo.
   Pero el lunfardo, como todas las lenguas que descolocan un idioma, es también la letra del alma; la letra de lo que no se puede decir sin que lo dicho pierda toda su piel. Los compositores de tango así lo entendieron usándolo de manera extensiva en sus composiciones; Rosendo Mendizábal, Carlos Gardel, Enrique Santos Discépolo... porque en el fondo el tango habla de lo que pudo ser, de lo que a veces fue y de lo que las más de las veces fue y se quedó en ruina. Es decir, de lo que está situado en el lugar, inaccesible para el lenguaje, de los deseos no cumplidos y de los que, maldita la gracia, lo fueron y ahora toca contarlos.
   Las fotografías de Alberto García-Alix nos hablan un poco en lunfardo y tienen la universalidad de lo que nadie dice. O al menos de lo que nadie dice de la manera en la que él lo hace, porque para hablar de ciertas cosas hay que estar viviéndolas; en la propia carne y en primera persona.
   Y en esas estaba Alberto, en compañía de Antonio Bartrina, cantante del grupo de tangos Malevaje, una noche de un viernes de agosto de 1981, en la sala El Sol, mítica sala madrileña relacionada con la no menos mítica movida madrileña. La sala era similar a la ya desaparecida RockOla, uno de esos lugares en los que podías sentir la respiración del cantante en la cara, y que cuando no ofertaba conciertos se convertía en sala de baile.
   Ese día ya había alguien bailando en el escenario. En realidad, los que ya bailaban entendían la sala y el resto de la ciudad como un territorio de caza en el que se sentían protegidos por las autoridades y fuerzas todavía vivas del extinguido régimen franquista. La música fue caldeando el local y haciendo que los cuerpos también entraran en calor con ganas de más. Alberto y sus amigos subieron a bailar también. Y en ese momento empezó la bronca.
   Los Guerrilleros de Cristo Rey, a base de patadas y empujones, pretendían echar del escenario a los que subían. Uno de los golpes fue para Alberto. La pelea creció en intensidad. De repente, aparecieron los cuchillos. Alberto se enfrentó al que le había golpeado y se dio cuenta de que algo le brillaba en la mano. Ahora estaba solo en el escenario con él. Al ver el cuchillo agarró una botella para defenderse que sólo soltó cuando alguien le gritó que la policía ya había entrado en la sala. La pelea terminó con los guerrilleros detenidos.
   Había varias personas heridas por arma blanca, entre ellos un amigo de Alberto al que le habían alcanzado un riñón. Un policía se acercó a Alberto para interesarse por él; para calmarse, decidió fumarse un cigarrillo. Al sacar el paquete del bolsillo delantero del pantalón se dio cuenta de que tenía las manos manchadas de sangre. Sin decir nada, echó una mirada ftirtiva por encima del pantalón sin apreciar ninguna herida. Extrañado, bajó al cuarto de baño. Cuando se quitó el pantalón vio que tenía una herida que sangraba profusamente. El tipo al que se había enfrentado en el escenario se había anotado un tanto.
   Acompañado de Antonio Bartrina decidió ir al hospital. El médico que lo vio le hizo un extraño diagnóstico: «no dejes de fumar Fortuna». Y tenía razón. Porque si el paquete de tabaco no le hubiera amortiguado la cuchiliada, esta le habría seccionado la femoral, y con toda seguridad hubiera muerto desangrado. Después del susto, los protocolos habituales: toma de declaraciones, unos puntos, antibióticos, días de baja...
   Alberto era consciente de que había estado a punto de tener una cita con el destino. Una cita que era la única que no buscaba en esa noche de verano. Y decidió fotografiarse. Casi a la manera de un Cristo anónimo, sin rostro, que enseña lo más universal: la herida. El primero que vio esta fotografía fue Pablo Pérez-Mínguez, al que Alberto acudió a mostrarle su trabajo por consejo de una amiga. En aquel entonces Pablo estaba preparando una exposición de fotógrafos madrileños y fue sincero con Alberto: «no me gustan tus fotografías». A pesar de ello, y a pesar de que a Alberto tampoco le gustó el trabajo de Pablo Pérez-Mínguez, acabaron siendo buenos amigos.
   Y de la experiencia con Pablo Pérez-Mínguez podemos deducir que no es cierto que la fotografía sea un lenguaje universal. Como no lo es que las imágenes en general lo sean. Como todo código, necesita un lector que se tome el tiempo necesario para descifrarlo. Y ese tiempo sólo se dedicará en función de lo que la imagen sea capaz de provocar en el espectador. Cada uno de su padre y de su madre y con la vida a medio hacer.
   La letra del tango Cambalache, compuesto por Enrique Santos Discépolo en 1934, en su advertencia pesimista, también afirmaba algo: «que el mundo fue y será una porquería en el 506 y en el 2000 también». Aunque es lo que tenemos. Un escenario al que subimos a bailar con quien nos toca.

NO TENGAS MIEDO, Felipe Garrido

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FELIPE GARRIDO, No tengas miedo, UNAM-CCH Naucalpan, México D.F., 2016, 124 páginas.

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EN TREN

   Me acomodé en la partebaja de la litera, apagué la luz, aflojé el cuerpo, cerré los ojos. Me dejé llevar por el bamboleo y por el redoble. Hice lo posible por quedarme en blanco; por olvidar aquel pueblo; dejar atrás todo lo que había sucedido. 
   —Quiero entregarme a ti —creí escuchar muy cerca, a mi lado, a mi oído, y abrí los ojos. Un filo de luz que entraba por debajo de la puerta ponía brillos y sombras en la pequeñísima habitación, pero el pasillo estaba en silencio. La noche había cerrado ya tiempo atrás. 
   —Enteramente; sin condiciones —llegó el murmullo como si viniera de la almohada, de algún pliegue olvidado en el recuerdo, de la penumbra que me abrazaba. 
   Alcé la cortina y vi la silueta de la cordillera. Debía haber luna. A veces asomaban en las montañas las luces de algún caserío, arrimadas unas a otras como si tuvieran miedo de estar solas. Antes de quedar dormido volví a escuchar el mismo soplo: 
   —Quiero entregarme a ti, como a la muerte. 

DICCIONARIO ETIMOLÓGICO COMPARADO DE NOMBRES PROPIOS DE PERSONA, Gutierre Tibón

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GUTIERRE TIBÓN, Diccionario etimológico comparado de nombres propios de persona, FCE, México, 2002 (1956), 252 páginas.

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Señala el autor en el Prólogo (pp. 7-9) a este deliciosa obra: «Los nombres de persona compendian la historia de la civilización».
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ELENA

Griego, Ἑλένη, «antorcha»: «la brillante, la resplandeciente», de raíz indoeuropea *suel, «arder». Elena de Troya, la mujer más bella del mundo, mereció el epíteto de «destructora de hombres», por etimología popular (confróntese Deyanira). La difusión de Elena como nombre de pila se debe a Santa Elena, madre del emperador Constantino y descubridora de la Vera Cruz. Variante gráfica: Helena, Italiano, Elena; Francés, Hélène; alemán, Hélène; inglés, Helen, Helena, Ellen. La Elaine de los romances de la Mesa Redonda es la versión francesa de una forma galesa de Elena. Aileen es la forma irlandesa. Confróntese Eleonor, Leonor, Berta, Fulgencio, Luz, Iluminada. Hipocorísticos alemanes Lena, Lene, Lenchen.

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INÉS

Del griego αγνη, «puro, casto»; en Italia se acercó, por etimología popular, al latín agnus, el cordero, símbolo de pureza e inocencia. Latín medieval, Agneta; italiano, Agnese, francés, Agnès, de donde el inglés Agnes, con su hipocorístico Aggy. Entre las santas de este nombre, la más famosa es la virgen romana perseguida a causa de su belleza y muerta por la fe a principios del siglo IV. Confróntese Cástulo. Inocencio, Pura.

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MÁXIMO

Latín, Maxĭmus, superlativo de magnus, «grande» (véase Magno). Raíz indoeuropea mag- como magnus: maxîmus es un antiguo *mag-somos. Máximo es «el más grande» en un sentido moral, es decir, «el más fuerte, el más poderoso, el más noble». Con el cristianismo los templos dedicados a I O M, Ioui Optĭmo Maxĭmo, «a Júpiter óptimo máximo", cambiaron su sigla en D O M, Deo Optĭmo Maxĭmo. Entre los treinta y un santos de este nombre, un mártir del siglo II que según la tradición predicó en España; un obispo de Turín (siglo V), y el famoso teólogo bizantino del siglo VII llamado el Confesor.

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RAQUEL

Hebreo, Rajel, «cordero», «oveja». Personaje bíblico, esposa de Jacob y madre de José. En la escolástica, Raquel es el símbolo de la vida contemplativa. Francés, inglés, alemán, Rachel; italiano. Rachele.

ATLAS DE LITERATURA UNIVERSAL, Pedro García Martín

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PEDRO GARCÍA MARTÍN, Atlas de literatura universal, Nórdica, Madrid, 2017, 160 páginas.

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Pedro García Martín coordina este volumen ilustrado por Agustín Comotto en el que se propone La vuelta al mundo en 35 obras glosadas, entre otros, por Fernando Aramburu, Andrés Barba, José María Conget, Luis Alberto de Cuenca o Carlos García Gual. La selección recoge, en palabras de García Martín, «libros incontestables para la abrumadora parte de la crítica y que estén repartidos por los ámbitos culturales del mundo».
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JAMES JOYCE, Ulises, 1922.

Lugar: Dublín actual Irlanda // Coordenadas 53°20'33"N 6°15'57"O // Idioma original: inglés


   Todo empieza en Martello Tower (una de las torres defensivas mandadas construir por el Gobierno británico para defender las islas de una posible invasión napoleónica), en Sandycove, un lugar muy próximo a Dublín. Cien años después, James Joyce se aloja allí por espacio de seis días acogido al patrocinio del escritor Oliver St. John Gogarty, pero un disparo efectuado por el anfitrión contra unas cacerolas colocadas sobre la cabecera de la cama de su huésped induce a este último a renunciar al cobijo y marcharse precipitadamente a la capital. Otros cien años después, mi esposa y yo llegamos a la misma torre, contemplamos la misma cama, acosada por una pantera negra de cerámica (evocadora de un sueño nocturno de otro de los inquilinos), y salimos a todo correr perseguidos por una lluvia inclemente y un viento huracanado que nos hizo avanzar todo el tiempo completamente encorvados hasta llegar a la estación del DART, rumbo también a la capital, en nuestra personal escapada de Sandycove.
   Martello Tower, ahora un museo consagrado a la memoria de uno de los más grandes escritores de la historia de la literatura, es el primero de los escenarios de una novela única y magistral, Ulises. Una novela que puede definirse como una epopeya prosaica del hombre común del siglo XX (y quizás de todos los tiempos), una odisea irlandesa que se desarrolla en la sola ciudad de Dublín (y no, como la obra de Homero que le sirve de inspiración, en la extensa incógnita del mar de Occidente) y durante sólo un día (y no los diez años que le costó a Odisea, acosado por dioses contrarios, regresar desde Troya a su patria de Ítaca), el día 16 de junio de 1904, cuando el autor tuvo su primera cita con la que sería su esposa, Nora Barnacle. Día que todos los años se celebra por todo lo alto: es el Bloomsday, por el nombre del principal protagonista, Leopold Bloom.
   Contrariamente a lo que se cree, Ulises no es una novela de difícil lectura, aunque se requiera, como para acceder a cualquier otra obra maestra que se precie, algunos conocimientos previos de historia y de literatura. Y también alguna noción de los muchos recursos o artificios estilísticos empleados por el autor, como, muy especialmente, el uso de diálogos interiores que siguen el flujo de la conciencia (the stream of consciousness, uno de sus artificios más característicos). Finalmente, algo de la Odisea, pues los capítulos de la novela guardan una remota relación con la epopeya homérica: Telémaco, Néstor, Calipso, Nausícaa, Circe, los lotófagos, el Hades, Eolo, los lestrigones, las sirenas, los cíclopes, Ítaca.
   Sobre todo, conviene decir que Ulises es esencialmente una novela de humor, una novela a veces incluso hilarante. En lo que sigue a tantas otras obras maestras juzgadas como serias, que en el fondo hacen tanto pensar como reír, empezando por Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y siguiendo por Los papeles póstumos del Club Pickwick de Charles Dickens. En nuestro caso, se podrían dar muchos ejemplos, pero necesitaríamos un espacio del que no disponemos: propongo el divertidísimo juego de preguntas y respuestas del apartado 17, el del regreso a Ítaca, quizás porque también era el preferido de nuestro admirado Georges Bernard Shaw.

Carlos Martínez Shaw

EL ARTE DE NO DECIR LA VERDAD, Adam Soboczynski

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ADAM SOBOCZTNSKI, El arte de no decir la verdad, Anagrama, Barcelona,  2011, 182 páginas.

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Treinta y tres propuestas para aprender a mentir: algo más que el anunciado literal decálogo. 
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SEDUCIR

   Desde luego, no es el trabajo perfecto. Al menos no para todo un arquitecto. Stephan Karst recoge dos tazas de café, limpia la mesa y, tras la barra, hace un par de habilidosos juegos malabares con las tazas. Luego las lava con cierta vehemencia. Se termina la música. ¿Es que tendrá que volver a poner a esa cantante francesa de cuyas canciones los clientes no parecen hartarse? Stephan no soporta su voz ronca. ¡Bah, qué más da!
   ¿El trabajo? Bueno, lo importante es que vuelve a entrar algo de dinero en la caja. Hace unos días, finalmente, se hartó de pasarse el día en la cama dando vueltas a pensamientos de lo más sombríos. Un día sintió en su interior una tímida chispa de ganas de vivir. Se levantó, observó en el espejo su rostro barbudo y concluyó que al menos su estado depresivo lo había hecho adelgazar bastante. Cuando miró a su alrededor, quedó estupefacto. El polvo se había acumulado en forma de feas bolas por toda la casa. El suelo estaba lleno de copas de vino, botellas de cerveza y DVD; en la cocina, la calefacción llevaba días funcionando sin motivo alguno a toda máquina; la luz del contestador parpadeaba nerviosamente, llevaba tiempo sin ser escuchado, aunque probablemente sólo le había dejado mensajes su madre. La ventana también se podría limpiar de vez en cuando, pensó Stephan, de pie en medio de la cocina. Dos pizzas habían empezado a enmohecerse, todo desprendía un hedor desagradablemente dulzón y en la basura revoloteaban agitados una gran cantidad de moscones.
  Se hace difícil decir qué fue lo que finalmente lo empujó a poner fin a aquel desorden infernal. Quizá sencillamente el hecho de rebasar determinado umbral de descuido a partir del cual, por decirlo así, nuestra resistencia se activa automáticamente.
   Desde que dejaron de prolongarle el contrato en el despacho de arquitectura y lo había abandonado enfurecido, Stephan Karst había pasado mucho tiempo en la cama como anestesiado, en parte soñando en mejores tiempos pasados, en parte atormentado por la terrible vergüenza que sentía ante sus padres. Su madre había sido siempre la fuerza impulsora de su vida: a pesar de su origen humilde, lo había empujado con esfuerzo a que se presentara a la selectividad y estudiara una carrera, mediante amenazas lo había obligado a sacar las mejores notas, etc., etc. Tenía mucho que agradecerle. Stephan parecía no soportar el patético fracaso momentáneo de su carrera.
   Por primera vez en muchos días, tras recoger la basura más visible del piso, Stephan Karst salió a la calle. Hacía un tiempo infernal, llovía; Stephan se abrochó apresuradamente el abrigo y empezó a deambular por el barrio. Se compró un cruasán relleno de salchicha con queso gratinado y, absorto en sus pensamientos, casi pasó de largo el pequeño letrero que colgaba en el cristal de un café: «Se busca camarero». Miró a través del cristal y distinguió a muchas mujeres entre los treinta y los cuarenta años, entre ellas algunas madres, que charlaban animadamente. Por algún motivo, le gustó. Quizá debía dejar apartada la arquitectura por un tiempo. Lo atrajo la idea de trabajar en el café y servir amablemente a las mujeres, que, quién sabe, quizá esperaban con ansia dar un vuelco a su vida.
   Unos instantes más tarde hablaba ya con el propietario del local, un hombre con barba de dos días, algo más joven que él, que había abierto el café después de dejar la carrera y parecía muy feliz, hecho con el que Stephan se sintió muy identificado. De alguna manera, se podía decir que el hombre era un compañero de fatigas. Stephan podía empezar enseguida. Para celebrarlo, se bebió una cerveza con su nuevo jefe.
   Y así llegamos al punto en el que Stephan se encontraba tras la barra del café, hecho que ocultaba a sus padres. La situación sería algo delicada el fin de semana siguiente, pues le tocaba trabajar y su madre había anunciado que vendría a la ciudad porque tenía una cita en un bufete de abogados para tratar un tema laboral (al padre de Stephan lo habían obligado a prejubilarse).
   Con las manos en el fregadero, Stephan pensaba en el abogado de sus padres cuando la vio: una mujer sentada sola en una mesa junto al cristal. Tenía el cabello corto y oscuro, y su cara le resultó familiar, como si fuera una actriz que hubiera visto hacía años en alguna película. Aquellos ojos grandes, aquel rostro…, ¿cómo describirlo? Quizá el adjetivo «clásico» era el adecuado; en cualquier caso, tenía unas facciones muy simétricas.
   No había sido mala decisión coger aquel trabajo en el café, pensó Stephan, indudablemente le ayudaba a pensar en otras cosas. Además, le daba un aire de tipo desenvuelto. ¡Cuánta libertad! Otros seguían el camino marcado. Stephan Karst no. Otros se deslomaban hasta la muerte, hasta que los sorprendía el infarto de miocardio. Stephan Karst no. Todos se aburguesaban. Menos él. Mientras otros, sentados frente a sus ordenadores portátiles, sufrían contracturas en la espalda, a él las mujeres le lanzaban miradas de deseo. Sonrió complacido.
   Por ejemplo, aquella mujer. Sí, los ojos de Stephan podían solazarse en ella, desde luego. No se acordaba de haberla visto entrar. Como a cámara lenta, le pareció, ella le devolvió la mirada y se la aguantó un buen rato, como si se conocieran de toda la vida. ¡Qué ínfimo y sutil cambio en las facciones hacía falta para pasar de la mayor seriedad a una sonrisa!, pensó Stephan, azorado. Efectivamente, le estaba sonriendo. Le vino a la cabeza una palabra pasada de moda: garbo. Ella se levantó; fueron unos pocos pasos, pero a Stephan le pareció que andaba como danzando. Se inclinó sobre la barra, calló por un momento y finalmente dijo con una voz indescriptiblemente lasciva:
   —¿De verdad no se puede fumar aquí?
  No, no se podía. De acuerdo con la legislación, el jefe de Stephan lo había prohibido terminantemente. Pero ¡en este caso…! En un santiamén, Stephan encontró los ceniceros, guardados en el último cajón, le alcanzó uno a ella y, esforzándose a su vez por resultar lascivo, dijo:
   —Sólo porque eres tú.
   En este punto, no podemos pasar por alto que aquel acto de desenvoltura le acarreó toda clase de problemas a Stephan Karst. Su jefe, Timo, apareció inesperadamente y, al ver a la mujer fumando junto al cristal, reaccionó…, cómo decirlo…, con estrépito. Otros clientes, sobre todo las madres (tremendamente alarmadas por sus hijos), ya se habían levantado y protestaban airadamente en la barra.
   Pero lo que más nos concierne es un breve SMS que nuestra fumadora, nada más sentarse a su mesa con el cenicero, le escribió a una buena amiga. Contenía estas terribles palabras: «Estoy fumando en el café de las madres. Apuesta ganada».