LA BUENA GENTE, Pedro Orgambide

0


PEDRO ORGAMBIDE, La buena gente, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1970, 168 páginas.

**********

LA INTRUSA

   Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. "González —me dijo el Gerente— lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. "¡Turra alcahueta!" —le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera  la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.

NO SE VE BIEN SINO CON EL CORAZÓN, Antoine De Saint-Exupery

0



ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY, Tendrás estrellas que saben reír, Bruño, Madrid, 2012, 48 páginas.
**********
Subtitulado Pensamientos románticos de Antoine de Saint-Exupery, recoge fragmentos entresacados de El principito.
**********


Está claro que la perfección no se alcanza cuando ya no se puede añadir más, sino cuando ya no se puede quitar más.



LIBRO DE JUEGOS PARA LOS NIÑOS DE LOS OTROS, Ana María Matute

0


ANA MARÍA MATUTE, Libro de juegos para los niños de los otros, Espasa, Barcelona, 2003, 48 páginas. Fotografías de Manuel Durán y Juan MIguel Sánchez Vigil.

**********
Espasa reedita con fotografías actuales los textos publicados por primera vez en 1961.
**********

EL JUEGO DE LOS TRENES QUE NO TIENE FIN
  
   El inacabado juego de los trenes va bien para las tardes malas tardes: tardes de cicatrices. Uno ya sabe. Los trenes van pasando. Las vías queman. Duelen las cicatrices, o las heridas recientes, aún abiertas: no somos perros que se lamen debajo de los puentes. No nos gusta pensar en cicatrices, pero duelen. Y pasan los trenes por la vía negra, como si fueran ardientes barras de carbón al sol. En el inacabado juego de los trenes toma parte la rabia, el rencor, o acaso el odio. Si es odio este deseo de irse, de marcharse, de no volver a ver jamás aquella blanca cicatriz que le parte la barbilla al padre. Si acaso es odio el irse y olvidar el agua, el humo, los ladrillos, el pan, los agujeros en la tierra, aquel pájaro que grita rodeado de alambres, entre rojos geranios, aquel banco de piedra por donde las hormigas trepan quién sabe con qué fin (como la firma a la entrada de la fábrica, las riñas, o las cañas, o los golpes). Allá va el tren, ahí va cercano: por la noche robamos un vagón cargado, buscamos mercancías debajo de las lonas, pasamos como sabias lagartijas. Ahí están el tren y las vías dañinas, donde una tarde aquel chico, se quedó roto: las piernas bonitamente rojas, las rodillas peladas, devoradas, hasta que lo taparon con un saco, como otra mercancia. Sería un bonito y descansado juego, este triste e interminable juego de los trenes, si uno pudiera escaparse en ese grito que de repente viene a cortar la tarde, el pensar, la vida, o quién sabe, algo como esa delgada cicatriz que parte la barba negra de aquel hombre. Ese grito del tren le hace a uno daño, y al mismo tiempo, parece que uno espera. (Dicen que al chico que se mató en la vía, lo llamaba aquel grito aquella tarde, y lo quiso jugar. Mala suerte.)

ABUELAS DE LA A A LA Z, Raquel Díaz Reguera

1



RAQUEL DÍAZ REGUERA, Abuelas de la A a la Z, Lumen, Barcelona, 2012, 80 páginas.

**********
En Índice y explicaciones (p. 3) leemos: "Muchos sabemos que hay pocas sensaciones comparables a la de quedarse dormidos en el regazo de una abuela Tejedora de cuentos". Ésta es una de las ventinueve abuelas descritas en este tomo bellamente ilustrado por la también autora de unos textos marcados por la sutileza y un humor delicadamente amable. Completan el libro las Páginas especiales: Los bolsillos de las abuelas, Los recuerdos, Esencias enfrascadas de las abuelas del mundo...
**********


ABUELA DESMEMORIADA

   Hay abuelas que pueden recordar perfectamente lo que desayunaron un domingo de hace ciento veinte años (y quién las acompañaba y cómo iban vestidas y lo que haga falta) pero, sin embargo, no se acuerdan nunca de tu nombre; son las llamadas abuelas Desmemoriadas y las hay de dos tipos: las preocupadas por esos involuntarios tropezones de la memoria y las despreocupadas, que son las divertidas porque han decidido que allá donde no llegue su memoria llegará la improvisación, así que empiezan a cocinar cualquier cosa y acaban guisando cualquier otra, van a no sé dónde y terminan descubriendo no sé qué, empiezan un cuento conocido que termina teniendo un final imprevisible. Lo mejor de las abuelas Desmemoriadas es que les puedes decir que siempre es tu cumpleaños y así siempre se lo creen. Acostumbran a desordenar los nombres de sus nietos, es decir encadenan estos, uno tras otro, y los dicen de carrerilla y sin respirar hasta llegar al que realmente querían nombrar. Pierden cualquier cosa en cualquier lugar y dejan olvidado todo en todas partes, por lo que las tardes en casa de estas abuelas se convierten en una gymkana en la que sus nietos deben seguir pistas de los descuidos de la abuela hasta localizar cada uno de los objetos extraviados.

   Las abuelas Desmemoriadas tienen un pañuelo largo, larguísimo, en el que van haciendo nudos. Un nudo por cada cosa que deben recordar. Tienen una libreta para anotar qué tienen que recordar con cada nudo, una grabadora para dejar un mensaje que explica dónde guardan la libreta, que a su vez explica para qué sirven los nudos, y un broche de compartimento secreto con un papel con el teléfono de su hija, para que les recuerde dónde está la grabadora que le recordará dónde está la libreta que le recordará para qué sirve cada nudo.

   Los nietos más ingeniosos de este tipo de abuelas colocan pósit en las puertas, espejos o neveras de sus casas. En ellos, para ayudarlas a no olvidar escriben en mayúsculas: CERRAR LOS GRIFOS, APAGAR EL HORNO, HACER GALLETAS CON MERMELADA LOS SÁBADOS, LLEVAR A TUS NIETOS AL CINE LOS DOMINGOS.




ZOOPATÍAS Y ZOOFILIAS, Javier Tomeo

0




JAVIER TOMEO, Zoopatías y zoofilias, Mondadori, Madrid, 1992, 145 páginas.

**********
Estas cincuenta y una narraciones están precedidas por pequeñas ilustraciones alusivas.
**********

EL HOMBRE RATÓN

   Aquel hombrecito de mirada asustadiza y largos bigotes hirsutos tenía la pretensión de ser un ratoncito. Cada tarde entraba en el bar, se sentaba en una mesa del rincón, cerca de la puerta, y se nos quedaba mirando con ojos brillantes y saltones sin dejar de imprimir a su mandíbula superior el característico movimiento que podemos observar en los auténticos roedores.
   Todos los del barrio conocíamos su verdadera historia y podíamos imaginar lo mal que lo estaba pasando desde que su mujer se escapó con el cartero. ¿Cómo convencer a un hombre, sin embargo, de que no es el ratoncito indefenso que piensa ser, sin más armas para defenderse que un par de pequeños incisivos de crecimiento continuo? ¿Cómo convencerle de que, a pesar de todo, vale la pena continuar viviendo? ¿Cómo ayudarle a recuperar la confianza?
   —Vamos a ver —le dije un día, dispuesto a devolverle la sensatez— Hábleme usted de quesos. Si realmente es ese ratoncito que pretende ser, sabrá distinguirlos sin el menor problema, pues todos sabemos que los ratones se pirran por e! queso.
   Le pregunté en que se distinguía el queso de bola del queso gruyere y el hombre pensó que quería tomarle el pelo y se me quedó mirando a los ojos, sin saber que responder. Le repetí la pregunta y me contestó por fin que los quesos de bola son los que tienen forma esférica y que el queso gruyere era el de los agujeros.
   —Ni siquiera es necesario probar esos dos tipos de quesos para distinguirlos —me dijo con una vocecita agguda que trataba de imitar el chillido prolongado de un ratón—. Pueden reconocerse a simple vista.
   —¿Qué me dice entonces del queso manchego? —le pregunté, sin dar mi brazo a torcer.
  —Es un queso elaborado con leche de oveja, de pasta firme y aroma y sabor muy característico. Puede consumirse fresco, seco o curado en aceite. Yo, personalmente, lo prefiero muy seco.
   —Déme una razón que justifique esa preferencia —le pedí.
   —Si el queso esta muy duro —respondió, abriendo la boca y señalándose los dientes con el índice— estos dos incisivos, que usted ve tan desarrollados, cobran todo su sentido.
   —¿Y el emmenthal? —le pregunté—. ¿Qué me dice del emmenthal?
   —Es un queso de vaca —respondió. Duro, compacto, con grandes ojos. No es fácil de encontrar en las despensas de este barrio.
   Reconocí que a juzgar por aquellas respuestas —que me dio sin ninguna vacilación— podría ser realmente un hombre ratón, pero no quise rendirme a las primeras de cambio y se me ocurrió otro sistema para devolverle a la realidad. Una mañana le sujetamos entre unos cuantos clientes del bar y le afeitamos el bigote en seco. Fui precisamente yo quien empuñó la navaja barbera. Le puse luego un espejo a un palmo de la nariz y le pregunte si todavía continuaba reconociéndose hombre ratón.
   —Así, sin bigote, me resulta muy difícil —reconoció tristemente, pasándose la yema del índice por encima del labio superior.
   Y aquel día señaló el principio de su recuperación. Continuó acudiendo cada tarde albar y sentándose en la mesa del rincón, pero poco a poco fue dejando de mover las mandíbulas y hace un par de días se decidió a jugar con nosotros una partida de dominó.

        

CUENTOS, HISTORIETAS Y FÁBULAS, Marqués de Sade

0


MARQUÉS DE SADE, Cuentos, historietas y fábulas, Ediciones Busma, Madrid, 1989, 140 páginas.
**********

Escribe Leopoldo María Panero en su prolijo prólogo Sade o la imposibilidad (5-47): "Existen dos éticas, o mejor, tres. La primera —la del sádico-paranoico es la ética del Yo absoluto, y de la destrucción del Otro, y la segunda la ética del Otro absoluto, y de la destrucción del yo, del sacrificio, que es la ética cristiano-masoquista". Contiene quince relatos, la mayoría, breves.
**********
UN OBISPO EN EL ATOLLADERO

   Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de los juramentos. Creen que ciertas le­tras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pue­den, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinita­mente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno dé los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota.
   A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las b y a las f pertenecía un anciano obispo de Mirepoix que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo; cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers su carroza se atascó en los horribles caminos que sepa­ran esas dos ciudades: por más que lo intentaron los ca­ballos no podían hacer más.
   —Monseñor —exclamó al fin el cochero a punto de estallar—, mientras permanezcáis ahí mis caballos no podrán dar un paso.
  —¿Y por qué no?—contestó el obispo.
  —Porque es absolutamente necesario que yo suelte un juramento y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si Ella no me lo permite.
  —Bueno, bueno—contesto el obispo, zalamero, san­tiguándose—, jurad, pues, hijo mío, pero lo menos po­sible.
   El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad.

CUENTOS DE INVIERNO, Grégoire Solotareff

0



GRÉGOIRE SOLOTAREFF, Cuentos de invierno, Anaya, 2004, 211 páginas.
 **********

3 de enero
        
RASPUTITSA

   Era un día de Rasputitsa. La nieve y el barro se habían mezclado y todo el pueblo de los duendes tenía el suelo castaño y los techos blancos. Nadie salía de su casa por miedo a ensuciarse la barba o las trenzas. Una pequeña lluvia, fina y helada, caía desde la víspera.
   En el silencio, todos oyeron un tintineo regular que les resultaba muy familiar: el de las campanillas del trineo de Sergio. Sergio, el duende perezoso. Sergio, que únicamente se paseaba en su pequeño trineo tirado por ratas blancas. Sergio, que vivía en su dacha al margen del pueblo y que, de cuando en cuando, se dignaba a visitarlos, a ellos, los paletos, como el gran señor pretencioso que era.
   Ese día, las pobres ratas del tiro de Sergio estaban cubiertas de barro; ya no tenían blanco más que el lomo y la punta de la cabeza, mientras que Sergió dormía, arrellanado entre los cojines de su trineo y protegido bajo su toldo de cuero rojo.
   Todo el mundo lo vio pasar atravesando el pueblo y todo el mundo pensó con pena en esas ratas esclavizadas por ese duende gordo y comodón (que todos aborrecían), incapaz de desplazarse caminando, no fueran a ensuciársele los zapatos de seda bordada que calzaba.
   —Después de todo, esas ratas no tienen más que rebelarse! —exclamó Iván al ver pasar desde su ventana la triste comitiva que padecía entre el barro.
   —¿Cómo quieres que se rebelen? —dijo Pelagia, su mujer, que remendaba un gorro sentada al amor de la lumbre—. ¡Solo son ratas!
   —Y qué? —dijo Iván—. ¡Si yo fuese rata, no aceptaría nunca una cosa así! ¡Es indigno!
   Pelagia no dijo nada. Observó a Iván detenidamenmente. Era un soñador, un idealista. Por eso lo quería.