ZONA FRANCA, Carmen Camacho

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CARMEN CAMACHO, Zona franca, Cuadernos del Vigía, Granada, 2016, 96 páginas.

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Los expulsados admiran a los huidos.
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Un árabe es un moro con dinero. Un negro con éxito torna a gris marengo. Y también habemos gitanos buenos.
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El farmacéutico sabe de mí mucho más que mi confesor.
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Lo digo en descargo de todas las brújulas. Yo me sé perder solita.
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En mis tiempos, toda yo era campo.
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La hija del zahorí bebe vasos de sed.
***
Cada cosa contiene un viento.
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Ay, si las camas tuvieran caja negra.

POEMA A TRES VOCES DE MINASE. RENGA, Sôgi, Shôkaku, Sôchô

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SÔCHÔ, SHÔHAKU, SÔGI, Poema a tres voces de Minase. Renga, Sexto Piso, Madrid, 2016, 256 páginas.

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Japón, siglo XV; tres grandes poetas, Sōchō, Shōhaku y Sōgi, se reúnen para componer un poema alrededor del esplendor perdido y la memoria. La forma del renga, con breves estrofas entrenzadas sucesivamente por cada autor, permite tejer una obra en que la unidad y la variedad se complementan y equilibran, para dar lugar a un canto solemne donde la palabra, entre ruinas, tal vez aún pueda decir algún brote frente al olvido.

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naku mushi no
kokoro to mo naku
kusa karete




Los insectos cantan
indiferentes, sin corazón
la hierba se seca


Sōgi


***

























yume ni uramuru
ogi no uwakaze




Interrumpe mis sueños, imperdonable 
el viento sobre los juntos.


Shôkaku


***




kimi o okite
akazu mo tare o
omouran




¿Por quién sino por ti
insaciable sentiré
todo esto?


Sōchô
























EL CAZADOR DE HISTORIAS, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, El cazador de historias, Siglo XXI, Madrid, 2016, 272 páginas.

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LOS NÁUFRAGOS

   El mundo viaja.
   Lleva más náufragos que navegantes.
   En cada viaje, miles de desesperados mueren sin completar la travesía hacia el prometido paraíso donde hasta los pobres son ricos y todos viven en Hollywood.
   No mucho duran las ilusiones de los pocos que consiguen llegar.

ARCHIPIÉLAGO, María Belén Aguirre

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MARÍA BELÉN AGUIRRE, Archipiélago (haikus aislados), Ediciones de la Eterna, San Miguel de Tucumán, 2015.

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Archipiélago:
De todas esas islas,
la que se hunde.

CAMBIO DE RASANTE, Víctor Lorenzo Cinca

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VÍCTOR LORENZO CINCA, Cambio de rasanteEnkuadres, Valencia, 2015, 112 páginas.

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"Ascenso", "Cumbre" y "Descenso": los 75 microrrelatos del volumen —25 en cada sección— trazan un trayecto donde la técnica y el lenguaje demuestran su pericia al volante a la hora de conducir estas historias. Un viaje con giros de tragedia y humor, curvas de frustración y de deseo, que va trasladando al lector hacia un horizonte nítido: el del acierto con la palabra.

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COULROFOBIA

   Quería lograr que el rey de la selva pasara por el aro en llamas y que el viejo elefante se arrodillara ante mí; deseaba hacer malabares con mis nostalgias, mantenerlas en el aire, en constante y peligrosa rotación; soñaba con tragarme un sable largo y afilado como un día sin ti; anhelaba caminar como un felino por la cuerda floja, sin red de seguridad ni arnés; ansiaba convertir nuestra cama en elástica para lograr piruetas dignas de las mayores ovaciones; pretendía lanzarme desde mi trapecio y que tus manos me salvaran de la fatal caída. Pero después del sí quiero lo único que siento es que los dedos de mis pies no alcanzan la punta de los zapatos, que mi nariz se enrojece y congestiona y que mi sonrisa pintada puede borrarse en cualquier momento.

SAFARIS INOLVIDABLES, Fernando Clemot

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FERNANDO CLEMOT, Safaris innolvidables, Menoscuarto, Palencia, 2012, 166 páginas.


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Clemot exhibe su dominio de las formas breves en aquellas narraciones cortas que conviven en este tomo que contiene veinte relatos.
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LA AGONÍA DE LAS FLORES

   En Angola, a unos cien kilómetros al sur de la ciudad de Saurimo, encontramos lo que parece una hoja palmeada, perfecta, con sus nervaduras marcadas, muy semejante a las que vemos en las plataneras de nuestros parques. Frente a ella, casi enfrentada, hay otra hoja más pequeña, reniforme y dicótoma, con tonos que en algunos puntos se acercan al morado; esta segunda hoja esta centrada sobre el parque nacional de Cameia. Calculo que la primera hoja tiene, desde su base a su ápice, la superficie aproximada de Italia y la segunda una extensión equivalente a la de Holanda.
   Recuerdo hojas parecidas a estas, hojas de antaño; durante décadas se mantuvo la costumbre de dejar flores, ramas y hojas secas entre las páginas de un libro. Se extinguió aquella costumbre como la de llevarlas en el ojal o entre el cabello, recuerdo a mi padre llevando menta entre los dientes, eran resmas de otro tiempo, bellas pero inútiles, presa fácil en la era del pragmatismo.
   Las flores y hojas en los libros fue una práctica más reciente, quizá el último estadio de utilidad de las flores, quizá por otoñal el más hermoso. Mi hermano todavía solía dejar flores entre las páginas de un libro de Torga o de Miguel Hernández, también lo recuerdo en un ejemplar que le dieron con algún periódico y que se llamaba La revolución de los claveles, también en alguno sobre la vida de Durruti; allí había flores y hojas de olivo, también alguna anotación y dibujos en los márgenes. Las flores se extinguieron al mismo compás que los ideales.
   Ya no hay flores entre las páginas de los libros, ni anotaciones, ni dibujos. Nadie tatúa su nombre en un tronco o en las maderas de un banco, se prefiere escribir a la amada un mensaje de móvil que se convierte en un rótulo en un programa de madrugada.
   No se deshojarán más margaritas ni nadie verá tus iniciales en la corteza de un árbol. En la pantalla, por noventa céntimos de euro, todo el mundo podrá leer tu nombre, mi amor, y lo mucho que te echo de menos.

AFORISMOS, DIÁLOCOS Y MINIFICCIONES, Raúl Aceves

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RAÚL ACEVES, Aforismos, diálocos y minificciones, Tandariola, 2011, 118 páginas.

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Lenguaje: ando muy gastado.
Imaginación: yo te presto.
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Me dijo: nuestro castigo es vivir en este mundo.
Le dije: sí, pero al mismo tiempo es nuestra mayor oportunidad.
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Me dijo: si Dios existe, ¿por qué permite el mal?
Le dije: si tú existes, ¿por qué permites el mal en ti?
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Ella: ¿cuántos años tienes?
Él: lo que importa es cuántos me quedan, ¿cuántos quieres?
Ella: todos los que te queden.
Él: cuenta con ellos.
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Las actuales ciudades son las ruinas arqueológicas del futuro. Los arqueólogos ganarían mucho tiempo si empezaran a estudiarlas desde ahora, sin necesidad de desenterrarlas.
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"La poesía siempre dice más de lo que dice", dijo el que oía más de lo que oía.
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Navegamos en nuestra cama hacia mares menos mojados de realidad.
***
La geografía de un país a nadie importa, porque sus habitantes, porque sus, porque, p...
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La lluvia picotea en los techos como pájaro comiendo alpiste.
***
Pirámides de dulces en el mostrador, pirámides de copas en la cantina, pirámides de fruta en el mercado: el pueblo no cesa de recordar las antiguas pirámides.
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Las islas también tuvieron infancia, también tuvieron que aprender a nadar.



150 CUENTOS SUFÍES, Yalal al Din Rumi

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YALAL AL DIN RUMI, 150 cuentos sufíes, Paidós, Barcelona, 1991, 200 páginas.

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HISTORIA DE CABALLO

   Había un bey que poseía un caballo de rara belleza. Ni siquiera el sultán tenía uno tan hermoso en su cuadra. Un día, entre los jinetes del sultán, el bey montó en su caballo, y el sultán, HarezmSha observó el caballo. Viendo aquella gran belleza y aquella extraordinaria agilidad, el sultán se dijo:
   "¿Cómo es posible? Yo, que estoy colmado de bienes y de riquezas, que tengo millares de caballos en mis cuadras, estoy atónito. ¿Habrá en esto algo de magia?"
   Recitó unas plegarias, pero la atracción que su corazón sentía por el caballo no hacía sino aumentar. Comprendió entonces que aquello le sucedía por voluntad divina. Tras el paseo, desveló su secreto a sus visires y ordenó que le trajeran el animal lo más pronto posible.
   Nuestro bey quedó muy apenado por la situación. Pensó enseguida en recurrir a Imadulmulk, pues era un sabio respetado por el sultán. Aquel hombre tenía la naturaleza de un derviche y la apariencia de un emir. El bey, pues lo visitó y le dijo:
   "¡Poco me importa si pierdo todas mis riquezas! ¡Pero, si me quitan mi caballo, me moriré!"
   Imadulmulk se apiadó de él y se trasladó a la corte del sultán. Ocupó su lugar en la sala de audiencias sin decir nada. Después rezó a Dios desde el fondo de su corazón. Aparentemente escuchaba lo que decía el sultán, pero, en realidad, decía a Dios:
   "¡Oh, Dios mío! Compadécete de ese joven porque eres su único refugio."
   El sultán admiraba su nuevo caballo. Dirigiéndose a Imadulmulk, dijo:
   "¡Oh, amigo mío! ¿No se diría que este animal viene directamente del paraíso?"
   Imadulmulk respondió:
   "¡Oh sultán! ¡Vuestro entusiasmo os hace tomar a Satanás por un ángel! Encontráis admirable ese animal, pero, si prestáis atención, pronto advertiréis sus defectos. ¡Por ejemplo, su cabeza, que se parece a la de un buey!"
   Estas palabras influyeron en el corazón del sultán. Es cierto que la palabrería del vendedor es útil para la buena marcha del comercio. Pero por cosas así fue por lo que vendieron a José por un precio vil.
   El entusiasmo es como la luna. Pasa por fases de plenitud y de vacío. Quien conoce los dos estados de la cosa, se inclina a la desconfianza. El sultán veía su caballo desde su lugar, pero el sabio se había situado a más distancia.
   Así, gracias a estas palabras, el entusiasmo del sultán se desvaneció. Las palabras son el chirriar de la puerta del secreto, pero es difícil saber si los chirridos proceden del abrir o del cerrar la puerta. Pues esta puerta es invisible, aunque se oigan sus chirridos.
   Resguarda tus ojos del espectáculo de los hombres viles. Pues los buitres te conducirán hacia los cadáveres.
   Pero la vista del sabio fue benéfica para el sultán y éste ordenó:
   "¡Devolved este caballo a su propietario para que yo no le cause daño!"

LA LUZ ESTREMECIDA, Pedro Burgos Montero

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PEDRO BURGOS MONTERO, La luz estremecida, Discursiva, Vigo, 2015, 36 páginas.

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Querrá el lector que este cuidado libro no se acabe, que sigan surgiendo de las páginas los poemas de Burgos Montero y las bellas ilustraciones de Amelia Palacios.

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 La flor ha muerto,
mas siento su frescura
en el recuerdo.

ESMOG, Huilo Ruales Hualca

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HUILO RUALES HUALCA, Esmog. 100 grageas para morir de pie, Eskeletra, Quito, 2006, 272 páginas.
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LA MUDANZA

   Conseguí vivienda. Es un cuarto en forma de revólver de madera. El cañón es la cocina. El gatillo el baño. El resto es dormitorio-escritorio. Lo mejor es la ventana. Por allí entra y sale el Sol. El ruido de los trenes que empiezan a ulular desde las tres de la mañana. Esta habitación se ubica en el primer piso de un edificio ocupado por ancianos y se encuentra en la orilla de la ciudad vieja. Para llegar a ella basta caminar diez minutos, cinco de ellos a través de un puente sobre el Canal del Midi. Me gusta este cuarto. Creo que es un buen lugar para matarme.

EN LOS BOLSILLO HUESOS DE MELOCOTÓN, Isabel Pose

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ISABEL POSE, En los bolsillos huesos de melocotón, Polibea, Madrid, 2016.

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A la luz del relámpago:
el plumaje de un pájaro
mojado de lluvia.

CAGANDO LECHES, Héloïse Guerrier & David Sánchez

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HÉLOÏSE GUERRIER & DAVID SÁNCHEZ, Cagando leches, Astiberri, Bilbao, 2015, 104 páginas.

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El equipo Guerrier y Sánchez repiten la fórmula de éxito.
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ESTAR EN BABIA

EN: To be in Babia
FR: Être en Babia


Estar distraído. despistado. La profesora estaba explicando el ejercicio y él no hacia ni caso, estaba en Babia. En la Edad Media, los reyes de León pasaban temporadas de descanso, alejados del mundanal ruido, en Babia, comarca montañosa de la provincia. Por extensión, afirmar que los reyes estaban en  Babia daba a entender que no se enteraban de nada, alcance actual de la locución.

A LA SOMBRA DEL CUENTO, Charo Pita

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CHARO PITA, A la sombra del cuento, Palabras del candil, Guadalajara, 2009 (2007), 132 páginas.
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LA HERMANITA
a Gloria

   Cuando Miguel tenía cuatro años sus padrea le dijeron:
   —Vas a tener una hermanita. Viene de la China.
   Aquella noche, Miguel no pegó ojo. A la mañana siguiente decidió resolver dudas.
   —Y yo ¿de dónde vine?
   El padre y la madre se miraron entre sí sin comprender.
   —De ninguna parte.
   —¿Siempre he estado con vosotros?
   —No.
   —Bueno, pues entonces, ¿dónde vivía antes de estar con vosotros?
   —En ninguna parte, Miguel.
   A Miguel le costó mucho querer a aquella hermanita que venía de la China.
   No eran celos. Nunca le dolieron los regalos o las caricias que le hacían o que por la calle todo el mundo la señalara con el dedo:
   —Mira, una niña china, ¡qué mona!
   Eso no importaba. Lo que realmente le resultaba insufrible era el hecho de que ella había llegado a aquella casa con la geografía bien clara, mientras que a él no le quedaba más remedio que vivir atormentado, hurgando en los mapas del universo para intentar precisar el lugar exacto donde se encontraba ese misterioso país llamado Ninguna Parte.

EL ZORRO Y SU VECINDARIO, Luis Franco

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LUIS FRANCO, El zorro y su vecindario, Plus Ultra, Buenos Aires, 1980, 96 páginas.
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Las ilustraciones de Chacha complementan, con sus trazos naives, el color y acierto de estas veintiocho microfábulas.
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EL ÁGUILA Y EL ZORRO

   Por no sé qué vieja cuestión de competencia en el oficio (¿el de desvalijarle la vida al prójimo?) el águila buscaba ocasión para vengarse del zorro. 
   Un día (aunque se ignora mediante qué martingala y aunque parezca cuento) la gran cuatrera de las cumbres convenció al cuatrero de matorrales y corrales, de la conveniencia y facilidad de aprender el arte del vuelo. 
   -Ojeando desde lo alto –dijo la uñuda comadre- no hay pieza que se pierda de vista…  
   Al zorro se le hizo agua la boca con el dato. Fantasioso y ambicioso como todo pícaro, terminó por dejarse llevar. ¡Ser caminante del cielo, peatón de las nubes!... Valía la pena ensayar. 
   -Suba con confianza sobre mis espaldas y, eso si, trate de no estorbarme las alas –recomendó el águila. Así se hizo y ambos fueron a competir con los cirros. En lo mejor del fresco paseo, la ganchuda hizo un movimiento que de tratarse de un redomón se llamara corcovo, y el aprendiz de jinete se vino de cabeza, cielo abajo, con la frondosa cola de quitasol, sólo que con más prisa de la que hubiera deseado. 
   Eso sí, siempre fiel a sus antecedentes, esto es a no dar el brazo a torcer, bajaba diciéndose: 
   -Hasta aquí voy bien no más… hasta aquí voy bien no más… 
   Y simulando no oír las corvas risotadas del águila, distinguió allá abajo las piedras que se ofrecían para servirle de paragolpe, y volviendo la pasiva por activa comenzó a gritar hasta rajarse la boca:
   -¡Háganse a un lado, lajas de porra, antes que las parta en cuatro! 

LIENZOS Y CAMAFEOS, Marcelo Báez Meza

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MARCELO BÁEZ MEZA, Lienzos y camafeos, Edinun, Quito, 2011.

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EL CUENTO MÁS LARGO DEL MUNDO

   Sssh. Aún lo están escribiendo.

EL SILENCIO DEL CUERPO, Guido Ceronetti

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GUIDO CERONETTI, El silencio del cuerpo, Acantilado, 2006, Barcelona, 256 páginas.

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Acantilado permite a los lectores españoles volver a acercarse a la obra de Ceronetti en la traducción de J. A. González Sainz. 
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El optimismo es como el óxido de carbono: mata dejando sobre los cadáveres una impronta rosa.
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La elección profunda del hombre será siempre un infierno apasionado antes que un paraíso inerte.
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Aparece un ángel pregonero y anuncia: «Será eliminada del género humano la amenaza de la destrucción nuclear y del exceso de población (cosas más bien ligadas entre sí) con la condición de que toda la humanidad renuncie a las aspirinas y a las anestesias dentarias. Recordad: ¡es un precio más que modesto para alejar de vosotros a los espectros del Fuego y del Hambre, de los que, en caso contrario, no podréis huir!.» Los gobiernos están per­plejos, convocan a los pueblos a decidir mediante el vo­to. Conozco ya el resultado.
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En I9I4, en las naciones llamadas a entrar en guerra, hu­bo océanos de sábanas mojadas de esperma, gran abun­dancia de fusiones espermáticas. El joven Hitler inunda su habitación, en Múnich, y, en Zúrich, la Krupskaya le murmura a Lenin: «¿Volodia, qué te pasa?» La guerra, como un necesario deshincharse de las tumefacciones. Primero la esperma, después la sangre, su hija y madre. Sábana, trinchera, sábana. El armisticio anunciará que la esperma está cansada, las venas vacías.
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El médico Richard Blackmore le preguntó a Sydenham qué autores tenía que leer para ser un buen médico. Sydenham le aconsejó a Cervantes.
***
Sobre el hambre de amor en el mundo estamos poco in­formados. Probablemente es menor de cuanto se pueda creer. Cada día se presentan ocasiones para saciar esa hambre, pero rompemos a desgana nuestro ayuno, o nos damos cuenta de que realmente no hemos tenido nunca hambre.

EL ORIGEN DE LOS SUEÑOS, Francesco Alberoni

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FRANCESCO ALBERONI, El origen de los sueños, Gedisa, Barcelona, 2000, 220 páginas.



LA AMISTAD

Milán, enero de 1983

   Mientras el enamoramiento surge del estado naciente y se impone al individuo antes de que él haya podido verificar la reciprocidad, la amistad se forma poco a poco, con la sucesión de los encuentros, sobre la base del principio de realidad.
   El amigo, el verdadero amigo, es aquel que te comprende, con el que puedes tener confianza, del que puedes fiarte, que está de tu parte, que te hace justicia. Por eso, la amistad es amor, pero amor moral. De aquí la definición: la amistad es la forma ética del eros. En consecuencia, si el amigo traiciona la confianza, la amistad desaparece. Y ya no puede ser restablecida.
   Mientras que el enamoramiento es incertidumbre y zozobra, la amistad es certidumbre y confianza. Mientras el tiempo del enamoramiento es compacto y espasmódico, el de la amistad es granular.
   Los enamorados, lejos, sufren y, al volver a encontrarse, quieren saber todo lo que ha hecho el otro. En cambio, dos amigos que se vuelven a encontrar incluso después de mucho tiempo, tienen la impresión de que siguen la conversación en el punto en que la habían dejado. El enamoramiento es exclusivo, la amistad es reticular. Podemos tener más de un amigo que, a su vez, tiene otros, y no sufrimos por ello.
   Contrariamente a lo que muchos piensan, la amistad está presenté tanto en los varones como en las mujeres, tanto en los adultos como en los niños. Y su estructura sigue siendo la misma.

LENGUA DE MADERA (ANTOLOGÍA DE LA POESÍA BREVE EN INGLÉS), Hilario Barrero

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HILARIO BARRERO, Lengua de madera. Antología de poesía breve en inglés, Isla de Siltolá, Sevilla, 2011, 328 páginas.



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Hilario Barrero es el responsable de esta antología bilingüe que se inicia con los versos de Robert Herrick (1591-1674) y se sella con los de Richard Jones (1953). 
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SEPARACIÓN

Tu ausencia me ha traspasado
como el hilo pasa a través de la aguja.
Todo lo que hago está cosido con su color
 

William Stanley Merwin (1927)

SEPARATION

Your absence has gone through me  
Like thread through a needle.
Everything I do is stitched with its color.

CARTA AL PADRE, Jesús Aguado

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JESÚS AGUADO, Carta al padre, Vandalia, Sevilla, 2016, 80 páginas.

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En las dos primeras secciones de este libro, Padres (pp. 9-38) y Carta al padre (pp. 41-60), encontrará el lector unos desasosegantes textos de carácter narrativo. En Apéndices (79-82), un feliz contrapeso: el hermosísimo poema Oración por mis padres
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   Cuando llegué del colegio y entré en mi habitación te sorprendí sacando monedas de mi hucha. No te diste cuenta y me escondí detrás de la puerta. Con un cuchillo las ibas sacando por la ranura, sacudiendo el cerdito puesto boca abajo para que cayeran más rápido. Sobre la colcha me pareció que había entre diez y veinte, una cantidad suficiente para comprarme al menos dos títulos más de Astérix y Obélix. Te guardaste el montón, colocaste el cerdito en su estantería y saliste de casa. Te seguí agachándome entre los coches, asomándome por las esquinas. Quería saber para qué ibas a usar mi dinero: tabaco, vino, revistas deportivas, apuestas de dominó. En el kiosco vi que comprabas dos cómics de Astérix y Obélix y unos caramelos. Regresé corriendo y me tumbé en la cama con el manual de lengua y literatura abierto. Aún jadeaba cuando tú, sonriente, casi desafiante, me ofreciste los libros diciéndome «deja los deberes por hoy y disfruta, hijo». Los caramelos eran para ti.

AGUATINTA, Fernando Menéndez

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FERNANDO MENÉNDEZ, Aguatinta, Difácil, Valladolid, 2005, 104 páginas.


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En el Prólogo (pp. 9-14) José Ramón González afirma que el haiku "es la conjura milagrosa de un presente que se hace palabra y verso".

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Cada marea
se lleva las pisadas
de la memoria.

CORNER OF THE SILENCED, Juan Carlos Pajares Iglesias

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JUAN CARLOS PAJARES IGLESIAS, Corner of the silenced, Eolas, León, 2013, 74 páginas.

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Subtitulado Un año en Tam Tam Press este manual para aturdidos contiene, como señala Tomás Sánchez Santiago en Textos de combate (pp. 7-16) "pellizcos de urgencia a fin de combatir la prisa con la prisa".
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Esa gota de agua que hace correr la helada por mi mejilla vino, quizás, de las nubes formadas en un océano lejano. Cuando mi cuerpo ya no esté, será necesaria para la avispa que fabrica su nido en un alero, o para la masa de un pan cocido en mitad de una guerra, o, quizás, vuelva a otros ojos que se emocionen sólo por estar vivos, esa misma gota de agua.

LARRIALDIETAKARO IRTEERA / SALIDA DE EMERGENCIA, Txuma Murugarren

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TXUMA MURUGARREN, Larrialdietakaro irteera / Salida de emergenciaPalas Atenea, Madrid, 2011, 144 páginas.

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EL MEJOR AMIGO

   Una noche saltó por la ventana, queriendo olvidar todo lo que le ahogaba dentro de casa. Era una noche hermosa, las estrellas se veían muy arriba y no se oía ruido alguno. Había olor a hierba recién cortada aquella noche clara de verano, y cuando golpeó contra el suelo, el perro se le acercó juguetón. Se quedó a su lado sentado, moviendo la cola, esperando que se levantase de nuevo para volver a saltar.

HAIKUS Y OTRAS PINCELADAS, José Mateos

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JOSÉ MATEOS, Haikus y otras pinceladas, Ediciones El Sitio, Sevilla, 2003.

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MEDIODÍA

Jardín, sol, niños:
y si bajas los párpados
todo está oscuro.

ACORDEÓN, Carmen de la Rosa

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CARMEN DE LA ROSA, Acordeón, Ediciones Idea, Santa Cruz de Tenerife, 2014, 64 páginas.

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El trabajo de Irene León conforma el contrapunto ilustrado a las veinticinco piezas —tres cuentos, veintidós microrrelatos— que interpreta el volumen a lo largo de sus páginas.

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MUÑECAS DE MAMÁ

   Vestidas de rosa, nuestras trenzas bien tirantes, mi hermana y yo tocamos el violín cada domingo en el salón delante de las visitas. Atentas a no desafinar porque entonces mamá enarca sus cejas y nuestros dedos tiemblan, presintiendo otra tarde de encierro en el cuarto oscuro. Después agradecemos los aplausos con reverencias y soportamos los besos de carmín pringoso de las señoras melómanas. Nos retiramos en silencio a nuestra habitación, hacemos los deberes del lunes, nos aburrimos, escribimos otra vez la palabra auxilio en el vaho que empaña los cristales de la ventana. Y cuando cae la noche, arrodilladas junto a nuestras camas, rezamos en voz baja, para que a mamá se la lleve pronto Dios al cielo junto a los abuelitos.

EL REINO DE LA NADA, Emilio Gavilanes

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EMILIO GAVILANES, El reino de la nada, Menoscuarto, Palencia, 2011, 142 páginas.


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Los relatos cortos contenidos en este libro exhiben la maestría, habitual en Gavilanes, en la torsión de las formas breves.
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LA VISITA

   Se le ocurrieron dos disculpas para visitarla: era Navidad y le habían dicho que se encontraba enferma.
   Le abrió ella misma, en bata, sin arreglar y con gesto de que le doliese algo. Al verlo, se cerró la bata por el cuello con una mano y con la otra se echó el pelo hacia atrás para dejar la cara despejada. «Pasa, pasa», le invitó, azarada. «¿Y cómo...?» «Me han dicho que estabas enferma. Y tenía muchas ganas de verte. ¿Estás sola?» «Sí», dijo ella como avergonzada. «Claro. Es muy fácil querer a alguien con salud.» «Ha salido un momento», cortó ella, que no escuchaba, concentrada en justificar que estuviese sola. «¿Te sigue pegando?» «Muy poco. Ahora me quiere mucho. Y yo tengo todo lo que necesito. No tenías que... Me alegro de que hayas venido, pero no tenías que haberte molestado. Estoy muy bien. Es este dolor.» Se tocó un costado. «Pero ya no me duele tanto», y se rio sin ganas, intentando borrar el dolor de su gesto. «Siéntate. Ya ves que esto es pequeño y está todo revuelto, pero es cómodo.» Hacía mucho calor y el aire estaba muy cargado. «¿Te traigo algo?», preguntó él. «No, no. Siéntate. ¿Quieres tú algo? Te lo traigo yo», e hizo un intento agotado de levantarse. Él le hizo una señal con la mano para que no se moviese. «Si no fuese por este dolor, sería todo perfecto», dijo ella y miró alrededor como para demostrar que saltaba a la vista. «¿Quién te ha dicho dónde vivo?» Él la tumbó en el sofá, la tapó con una manta y abrió la ventana. «Le han dado un trabajo. No va a tener que viajar.» Mientras ella hablaba, él recogía cosas y ponía orden en la habitación. «¿Por qué haces esto? Ya sabes que yo le quiero a él. Aún te tengo cariño, pero le quiero a él. La belleza son muchas cosas.» «Sss. Descansa.» Cuando acabó de ordenar, dijo que se iba. La mujer salió a acompañarle. «¿Has visto qué perchero más bonito?» «No salgas. A ver si vas a coger frío.»
   «Dios mío, ¿qué sé yo del amor?», se preguntaron los dos a la vez cuando se cerró la puerta.

FUERZA MENOR, Javier Puche

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JAVIER PUCHE, Fuerza menor, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2016, 124 páginas.

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En el Prólogo (pp. 7-8) Juan Bonilla fabula sobre las dificultades con las que se tropezará un microcuentista para entrar en "el Reino de la Historia de la Literatura". Puche exhibe sus méritos como microrrelatista y como autor de seísmos (pp. 57-118).
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REZAR

   Rezar en voz baja. Eso hace el paracaidista desde aquel día. Rezar en voz baja mientras el viento agita con levedad la enorme telaraña donde permanece adherido. Rezar en voz baja sus oraciones. Y no dejarse intimidar por los esqueletos que penden alrededor.


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En vano intenta la Muerte suicidarse.

CAMINOS QUE CONDUCEN A ESTO, Andrés Ortiz Tafur

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ANDRÉS ORTIZ TAFUR, Caminos que conducen a estoEl Desván de la Memoria, Madrid, 2013, 98 páginas.

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NARANJA

   Es un hecho que las manzanas azules no existen. Puede darse el caso de que, tras la intervención mágica de un halo de luz, el fruto adopte parcialmente dicha tonalidad. Pero así, sobre la mano o sobre una mesa de cocina, y bajo el único amparo de una bombilla de 60 o de un sol atronador, es verdad que nunca.
   Dicho esto, he de confesar que anoche, justo antes de meterme en la cama, engullí una naranja blanca, completamente blanca, igual de blanca que una gran bola de nieve.
   Desperté a Encarna, a la que tanto le gustan los programas acerca de cosas imposibles. Se la mostré, puso cara de asombro. Me formuló un par de preguntas acerca del origen del fruto. Le menté el naranjo de la colina, nuestro único naranjo; ahora un árbol prodigioso y único —no sólo para nosotros, le aseveré—. Y volvió a conciliar el sueño.
   Temiendo que hoy deshiciera mi verdad y se la atribuyera a la remota posibilidad de un sueño, tan fantástico como para ser capaz de obligarme a comer una naranja blanca y correr un minuto antes al lecho adonde ella duerme para colocársela frente a los ojos, guardé la cáscara en uno de los cajones del aparador.
   Durante el desayuno he sacado el tema. Y efectivamente, todavía en ese estado ingrávido en el que se mezclan el cansancio que se trae de la dormida y la prisa que imprimen los quehaceres más inmediatos, sin mirarme siquiera a la cara, ha comentado sólo que recordaba vagamente el acontecimiento, y que procurara no despertarla nunca más así, tan de repente, que luego ya no consigue descansar como es debido.
   Ha sido entonces cuando me he encaminado al salón-comedor, he abierto el cajón y he descubierto que la cáscara se había enroscado fruto de la sequedad del habitáculo y del paso del tiempo, que había perdido por entero el color que la hacía única, y recobrado el tono característico de las cáscaras de naranja que, sin la presión del jugo que antes atesoraban, se muestran ahora ahogadas por el sinsentido de su nueva función.
   Mi enfado no se ha hecho esperar. He dejado que Encarna tome una ducha, se vista y se arregle y salga de casa, antes de proferir con la voz en grito que no es justa su perpetúa animosidad por llevarme la contraria. Después he subido a la colina, y no sólo he buscado una naranja blanca en el naranjo, también he escudriñado, sin resultados positivos, entre las ramas del manzano, del peral y del melocotonero el hallazgo de un fruto extraño, distinto, imposible, igual o parecido al de anoche.
   —¡Miguel!
   A mediodía ha recorrido los sesenta y tres metros del caminito que atraviesa el jardín que nos separa de la explanada donde dejamos aparcados los coches, con su brazo extendido y pronunciado repetidamente mi nombre.
   —¡Miguel!
   Le ha dado lo mismo que yo haya puesto mi atención en su proclama desde el primer llamamiento.
   —¡Miguel!
   Ha acelerado el paso, y yo, preso de un impulso instintivo, he descendido tres de los cuatro escalones del porche de entrada.
   —¡Miguel!
   Ha vuelto a repetir, aun encontrándose ya a apenas ciento cincuenta centímetros de mí, con la palma de su mano bien abierta, sustentando una mandarina, mitad verde, mitad naranja, fruto de su inmadurez.
   —¡Miguel! ¡Mira! ¡Una mandarina bicolor!
   No ha sido ni su risa estruendosa ni el sarcasmo usado para hacer trizas mi asombrosa historia de anoche lo que más me ha molestado.
   De hecho, he prendido en mi boca el esbozo de una sonrisa y la he agarrado del brazo para culminar juntos la ascensión de la escalinata.
   El desmembramiento de mi ánimo ha venido mientras calentaba la comida, en cuanto he recaído en la nula querencia que ha dispuesto esta mañana ante mi relato, y en la preocupación que se ha tomado por detenerse en una frutería o en dios sabe dónde, para adquirir una fruta vulgar, con la sola intención de aniquilar la veracidad de mi narración e incluso la de todos mis razonamientos.
   Le he servido dos vasos colmados de cerveza para ayudarse a tragar las habas con chocos. He esperado hasta que el potaje y el alcohol la han conducido hasta el duermevela de la siesta. Me he apresurado entonces por subir a la colina, agarrar una naranja, bajar al taller y pintada toda de blanco. Después me he situado en cuclillas en el sofá, frente a ella. He besado su mejilla, ha abiertos los ojos levemente, me ha sonreído y me ha despedido con un: "Luego la veo".
   Esta noche, durante la cena, he trasladado a su memoria el nuevo acontecimiento. Y antes de que éste perdiera importancia en su risa, la he tomado por la mano y le he pedido que me acompañara hasta el salón-comedor. He abierto el cajón, y ahí estaba la cáscara del fruto, enroscada por la asfixia del tiempo y la espera, naranja.

ENCICLOPEDIA PLÁSTICA, Ricardo Sumalavia

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RICARDO SUMALAVIA, Enciclopedia plástica, Estruendomudo, Lima, 2016, 192 páginas.

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PLÁSTICA

   Ella tomó nota de la matrícula del auto antes de prestar auxilio a la pareja que yacía sobre el asfalto. Si bien ella decía “tomar nota”, en realidad se refería a una fotografía que alcanzó a hacer con la cámara integrada a su teléfono celular antes de que el auto desapareciera al doblar una calle. Y también tuvo que aclarar ante las autoridades el porqué de las otras fotografías de la pareja herida. Es un registro visual, precisó. Y lo tuvo que repetir puesto que no era del todo convincente la objetividad que pretendía dar a la imagen del sangrante seno derecho de la mujer, sumado a la otra en la que la postura era poco menos que inverosímil, cercana a la ridiculez que suelen adoptar los cuerpos en accidentes como estos. Todo lo dicho resultaba inadmisible para la policía. Mostraron hasta repulsión en el interrogatorio. Tanto que nadie se atrevió a preguntar por el sentido de la otra fotografía, la del hombre; bueno, la de sus testículos mutilados, que ya de por sí costaba entender tal pérdida. A lo sumo se miraban extrañados entre ellos, mientras esta mujer que se identificaba como artista plástica, insistía en referirse a la escena del accidente como una composición. 

NO-HAIKU, José María Millares Sall

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JOSÉ MARÍA MILLARES SALL, No-Haiku, Calambur, Madrid, 2014, 206 páginas.

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Calambur edita felizmente este cuaderno de Millares a los cinco años de su muerte. En el Prólogo (pp. 7-18) Juan Carlos Mestre y Miguel Ángel Muñoz Sanjuán señalan que estos versos son "pruebas de la existencia del relámpago como ejercicio único de la tormenta".
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Lápiz. Sin punta.
Palabra. Sin saliva.
Ola. Sin curva.

EL SECRETO DE SOFÍA, Niño Cactus

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NIÑOCACTUS, El secreto de Sofía, La Guarida Ediciones, Salamanca, 2014, 44 páginas.

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Alberto Martín Tapia escribe estos sutiles cuentos que ilustra Clau Degliuomini. 
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EL SOMBRERO DE MI ABUELO

   A mi abuelo se le escapan las ideas, por eso mi abuela se empeñó en comprarle un sombrero.
   —Así tiene la cabeza más protegida —asegura.
   Pero mi abuelo sigue olvidando cosas. La mayoría se quedan enganchadas en el ala de su sombrero. Por eso le digo que ahora tiene los recuerdos por fuera.
   —¿Cuales? —me pregunta.
   Y yo los voy desprendiendo uno a uno, y se los vuelvo a contar.