MICROCUENTOS Y MICRORRELATOS (II), Pedro M. González Cánovas

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PEDRO M. GONZÁLEZ CÁNOVAS, Microcuentos y microrrelatos (II): Antología (2018-2019), Edición de autor, 2019, 84 páginas.

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BENDITA LLUVIA

   Viendo el suelo mojado, era vicio imaginar dónde llegarían aquellos brotes. Cuando se agrietó la tierra y los vegetales pidieron socorro, asfixiados, los ojos subieron al cielo escudriñando el infinito. Entonces, aparecieron dioses con poder sobre la lluvia y, a pesar de las ofrendas, solo chubascaron letras. En la tierra, las letras formaron palabras: «la palabra de Dios», que los más cultos ordenaron para divulgar entre los que no sabían leer. Hoy, los mayores afirman: «Cada vez llueve menos».

BALAS DE PLATA, Murdoch Mallako

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MURDOCH MALLAKO, Balas de plataHuerga & Fierro, Madrid, 2019, 76 páginas.
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No se elige caer en la desesperación, pero nos podemos rebelar contra las humillaciones a las que conduce.
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Convivir: cogerse manía.
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Lo normal no es que un
a mentira sea desenmascarada desde la verdad, sino desde otra mentira.
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Los dos pilares de toda sociedad: “Haga esto” y “confórmese”.
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"¿Para qué sirve la filosofía?" Pocas preguntas dicen tanto de quien las formula.
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La belleza envejecida es aún más bella.
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Pobre infeliz, creía que no era posible naufragar dos veces en el mismo viaje.
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’El hombre es un lobo para el hombre’. Cuando esta frase sea verdad habremos mejorado mucho: ya no jugaremos con la comida.
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La mayoría huye de los lugares donde ha sido infeliz. Yo, en cambio, vuelvo a ellos a exigir la dicha que me deben.
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Fingir: no hay una manera más poética y fina de asesinar.

DOSCIENTAS SESENTA Y SIETE VODAS EN DOS O TRES GESTOS, Eugenio Baroncelli

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EUGENIO BARONCELLI, Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, Periférica,  Cáceres, 2016, 318 páginas.

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RAYMOND CHANDLER, EL HOMBRE DE LOS LARGOS ADIOSES

   Nació en Chicago en 1888. A la edad de treinta y seis años, después de la muerte de su madre, se casó con Pearl Cecily Bowen, llamada Cissy, quien contaba en su haber con cincuenta y cuatro años y dos divorcios. Podía parecer otra madre y lo fue. Durante treinta años, diez meses y dos días la amó con tanta devoción que, cuando murió en 1954, lo dejó sumido en un inmenso vacío, esta vez inconsolable. Philip Marlowe, el héroe de sus novelas, asegura que «el sistema para decir adiós a un policía aún no se ha inventado», pero aquel día en cambio recordó que el sistema para despedir a la vida sí estaba inventado, en cierto modo. Pudo ser breve pero, en cambio, fue un largo adiós. Primero intentó el suicidio más torpe que se recuerde. El hombre que había armado la mano de Marlowe con una esbelta Luger, un cronométrico Colt automádco y un infalible Smith & Wesson 38 special, preparó el arma con cuidado, la cargó, se apuntó a la sien, clic, y falló el tiro. Después, infeliz, se dejó aturdir por cócteles mortales: de whisky y láudano, e incluso de ron y licores dulces, que Marlowe hubiera rechazado desdeñosamente. En 1959 empezó lentamente su última novela: su detective, siempre soltero, estaba a punto de hacerse nada menos que con una esposa, cuando el 26 de marzo la vida, misericordiosa o sencillamente cansada de esperar, le dijo adiós a él.

ENVEJECE UN PERRO TRAS LOS CRISTALES, Horacio Castellanos Moya

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HORACIO CASTELLANOS MOYA, Envejece un perro tras los cristales: Cuaderno de Tokio seguido de Cuaderno de Iowa, Penguin Random House, Barcelona, 2019, 208 páginas.
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Pregunta matutina: ¿qué parte de tu felicidad ordinaria depende de ser alabado? Respuesta: toda.
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Te refocilas en tu flaqueza. Estás desorientado. Quisieras salir corriendo, pero sólo tienes energías para tirarte en la cama.
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Percibes la red que te tiene atrapado, la maraña que no te deja ver ni avanzar. La percibes, por un momento tan sólo. Pero nada puedes hacer para salir de ella.
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Has venido a esta ciudad a observar tu locura, a comprenderla, si la suerte está de tu lado. Si no lo está, sólo quedará la locura.
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La literatura como oficio de hombres desesperados es la que cuenta.

HAIKIÑOS DE LUCES Y SOMBRAS, María Míguez

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MARÍA MÍGUEZ, Haikiños de luces y sombras, Pie Ediciones, Salamanca, 2018,  92 páginas.

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 LECCIÓN DE VIDA

Así nos deja
alguna vez la vida,
a la deriva.


CUENTOS, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos, Edebé, Barcelona, 2005, 190 páginas.

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NASREDDIN SALVA A LA LUNA

   Una vez, al anochecer, Nasreddin fue a buscar agua. Inclinándose sobre el pozo, vio que se reflejaba en el agua, bien al fondo, el rostro de la luna.
   —Pobres de nosotros —exclamó Nasreddin—, la luna se ha caído en el pozo. Deprisa, deprisa, saquémosla de allí.
   Y fue a su casa a coger cuerda y un gancho.
   El buen Nasreddin hizo varios esfuerzos, pero no lograba enganchar a la luna para sacarla del pozo. Por fin tuvo la impresión de que el gancho la había alcanzado y comenzó a tirar.
   —Caramba, cómo pesa... —suspiraba.
   Y seguía tirando con todas sus fuerzas, afirmando los pies contra el parapeto del pozo. De repente, el gancho se desprendió. Nasreddin se cayó de espaldas, miró hacia arriba y vio a la luna en medio del cielo.
   —Loado sea Dios —exclamó Nasreddin satisfecho—, me he hecho algún chichón, pero la luna ha vuelto a su sitio.

PENSAMIENTOS AL VUELO, Kenko Yoshida

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KENKO YOSHIDA, Pensamientos al vuelo, Errata Naturae, Madrid, 2019, 232 páginas.
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Justino Rodríguez traduce y edita los 243 fragmentos de Kenko Yoshida.
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   No hay nada tan triste como los días de duelo después de la muerte. Durante los cuarenta y nueve días de los funerales, los familiares se recogen en un templo de la montaña, o en un lugar semejante, con escasas comodidades, que suele ser estrecho para albergar a tanta gente, y pasan las jornadas ocupados en las preces y en la liturgia de los difuntos. Los días transcurren con rapidez. Al llegar el último día de los servicios, la gente, como si se hubiera olvidado de las consideraciones que había mostrado para con los demás, y con la seguridad del que obra sabiendo bien lo que tiene que hacer, recoge sus enseres y sale en desbandada. Será al llegar a sus casas cuando muchos de ellos sientan la tristeza y el desconsuelo. Hay quien dice: «No se debe decir esto o lo otro, porque es mal augurio. Para bien de la familia, mejor sería evitar esas palabras».
   Pero ¿cómo puede haber gente que se preocupe por semejantes chiquilladas en medio de tanto dolor? La insensatez del corazón es ciertamente desalentadora. No es que, con el transcurso del tiempo, nos olvidemos de los difuntos, pero, como suele decirse: «Con el paso del tiempo, la silueta de quienes caminan hacia la muerte se hace más borrosa y lejana».
   Y, sin embargo, quizás porque el dolor no sea tan agudo como en el momento de la muerte, nos reímos y soltamos comentarios socarrones. Los restos mortales se entierran en un lugar solitario de la montaña que se visita sólo en días determinados. Entre tanto la lápida se va cubriendo de musgo y de las hojas que caen de los árboles. Por fin, los únicos que se detienen a conversar con el son la tormenta del atardecer y la luna de la noche. Y mientras haya gente que se acuerde de uno, menos mal. Sólo que esas personas no tardarán en desaparecer también, y cuando sus hijos y nietos oigan su nombre, no sentirán el dolor de la separación.
   Las generaciones siguientes ni siquiera escucharán ese nombre, y nadie sabrá cómo se llamaba. La gente se fijará en la hierba que crece todos los años por primavera sobre la tumba, y el que tenga sentimientos se verá tocado por la lástima al contemplarla.
   Por último, crujirá el pino que la cubría con su sombra, dolorido bajo el viento de la tormenta y, sin tener la dicha de poder contar mil años, lo cortarán en trozos para hacer leña.
   Con la pala allanarán la tumba y el lugar se convertirá en un campo. ¡Qué angustioso es pensar que todo desaparecerá, hasta el túmulo!