69 / MODELO PARA AMAR, Julián López-Carrillo

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JULIÁN LÓPEZ-CARRILLO, 69 / Modelo para amar, DVD / Actual Eterno, Barcelona, 2001, 224 páginas.

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Eduardo Moga anota en el Prólogo (pp. 7-11): «La creación poética exige un uso cristalino del lenguaje, ya sea éste hermético o figurativo; es decir, un nombrar que purifique, que devuelva las cosas —sublimes o intestinales— a su centro y desollado ser. Los poemas de López-Carrillo logran este objetivo». López-Carrillo compone con estos poemas visuales un ejercicio de permutaciones.
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HEROÍNAS SECRETAS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA, El Fisgón Histórico

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EL FISGÓN HISTÓRICO, Heroínas secretas de la historia de España, Plan B, Barcelona, 2018, 144 páginas.
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Juan de Aragón es El Fisgón Histórico. Dividido en cinco capítulos (Mujeres en la conquista de América, Mujeres guerreras y aventureras, Mujeres intelectuales e ilustradas, Mujeres artistas y Mujeres poderosas), ofrecen pequeñas semblanzas biográficas que despertarán la curioridad del lector.
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REMEDIOS VARO (1908-1963): LA ARTISTA DEL SURREALISMO

   María de los Remedios Alicia Rodriga Varo y Uranga fue una de las artistas más destacadas de su momento. Tras terminar los estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y vivir en París y Barcelona, comenzó a interesarse por ei movimiento surrealista. Pero debido a la Guerra Civil, se exilió a Paris, donde entabló amistad con los artistas de la vanguardia. A pesar de la situación bélica, para Remedios Varo esta fue una época de experimentación y creatividad.
   Por segunda vez, la artista tuvo que exiliarse cuando los nazis ocuparon París. En esta ocasión terminó en Ciudad de México, tras un duro viaje, aunque no se instaló de forma definitiva: durante aquellos anos no tuvo un lugar de residencia fijo, mientras se desempeñaba en distintos trabajos como decoradora y diseñadora.
   No fue hasta el año 1949 cuando se mudó de nuevo a la capital de México para vivir allí de forma permanente. Años después, en 1952, encontramos su mayor actividad artística. Participó en exposiciones de gran éxito y exploró distintos campos artísticos como la pintura, la fotografía, la escultura o la escritura, combinándolos en algunas ocasiones. 

ÉL MIDE LAS PALABRAS Y ME TIENDE LA MANO, Luis García Montero

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LUIS GARCÍA MONTERO, Él mide las palabras y me tiende la mano. Aforismos en la obra de Luis García Montero, Valparaíso, Granada, 2017, 118 páginas.
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Carmen Canet, responsable de la selección de estos aforismos encontrados, destaca el mecanismo certero por el cual García Montero da, a lo largo de su obra, en el blanco: "sus libros son un espacio de conocimiento, de búsqueda. En ellos se nos muestra como un escritor reflexivo de palabra contenida, intimista y comprometida, que con un lenguaje medido nos toca y da en la diana".
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Cada soledad depende de las condiciones de su mundo.
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Hay preguntas que se parecen a los desfiladeros.
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A veces hasta la felicidad resulta una amenaza.
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Cada palabra es una elección.
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La imaginación es una amiga insolente.
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Hasta la gente más neutra tiene retranca.
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Detrás de un cursi hay siempre un impostor.
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La memoria no es
un animal doméstico.
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Una bailarina se parece a una lágrima 
rodando en la mejilla de los sueños
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Del verano se sale igual que de un recuerdo.

COMO ONDAS EN EL AGUA, Julián Contreras

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JULIÁN CONTRERAS, Como ondas en el agua, Tahiel Ediciones, Buenos Aires, 2018, 192 páginas.

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BUENAS MIGAS

   El tipo me caía mal. Luego, lo metí al horno y le puse sal. Tenía buen gusto.

COSAS QUE ESCRIBÍ MIENTRAS SE ME ENFRIABA EL CAFÉ, Isaac Pachón

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ISAAC PACHÓN, Cosas que escribí mientras se me enfriaba el café, 2015, 200 páginas.

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CRUDA IRREALIDAD

   Cuentan que en el cielo, las nubes se tumban bocabajo y observan ensimismadas las formas y movimientos de los hombres. También cuentan que en los bosques de personas, los árboles marcan, a cuchillo, espaldas y barrigas con algún que otro corazón de enamorado. O que desde el mar, los peces lanzan mensajes embotellados que naufragan en la desesperanza de la arena de las playas. Y aún a sabiendas de que todo es mentira, hundo mi mano en la orilla hasta notar con mis uñas la cruda irrealidad de la arena mojada.

LA PIEL INTRUSA, Yanina Rosenberg

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YANINA ROSENBERG, La piel intrusa, Páginas de Espuma, Madrid, 2019, 152 páginas.
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SEPTIEMBRE EN LA PIEL

   Un aire a pasto mojado inundaba la habitación. Me di vuelta, estiré las piernas en busca del calor de Guapi, su piel suave, sus tetas acampanadas y calientes, pero encontré la punta filosa ¿de una astilla? que se clavó en mi abdomen, cerca del calzoncillo. Corrí las sábanas para destaparme, extendí un brazo para encender el velador: una espina, del largo de una aguja hipodérmica, estaba dolorosamente incrustada en mí. La sostuve con la pinza del índice y el pulgar, y después, con cuidado, tiré hacia afuera. Un punto de sangre engordó hasta reventar y extenderse por mi piel. Me limpié con los dedos y por un momento mantuve la mano sobre la herida, apretando con fuerza. Guapi, mi amor, dije, y para destaparla sacudí las sábanas con las piernas. Me quedé con la vista fija en ella, los ojos achinados para ver mejor, las palabras estancadas en la garganta: por la cara, el cuello, los brazos, el pecho, a Guapi le bajaba una sombra verdosa que, en las piernas, tenía la consistencia de una alfombra de pelo recortado. Me incliné hacia ella y la toqué con un dedo: áspera, esponjosa, húmeda. La toqué con la mano entera. Guapi, dije, pero ella seguía sin despertar; los brotes ¿de pasto? se erguían en su pecho con cada respiración. Guapi, Guapi, la sacudí hasta que al fin entreabrió los ojos. ¿Estás bien? Ella, los párpados todavía tironeados por el sueño, no conseguía volver a la realidad. Mirate, mira cómo estás, le dije, pero ella me gruñó con cara de rottweiler y volvió a cerrar los ojos, las manos tanteando en busca de las sábanas. No, mirate, dije y le llevé un brazo a la altura de su cara; le palmeé una mejilla con su mano inerte, y recién entonces volvió a abrir los ojos, de malhumor pero ya despierta. Se miró. Se miraba y parpadeaba en un esfuerzo por hacer foco, por desempañar la vista, por sacarse de encima los restos de sueño. Giraba la mano con una fascinación algo infantil hasta que de un envión, esforzado pero ágil, se incorporó, como quien de pronto entiende algo. Sentada y con ojos de animé no dejaba de mirarse. Con la yema de los dedos se acariciaba, peinaba las hojitas en una y otra dirección. Mantenía los labios entreabiertos en una mueca ¿asombrada, divertida? que, de un momento a otro, al darse cuenta de mi desconcierto, empujó hacia la vergüenza. No, mi amor, si estás hermosa, le dije sin saber bien qué decir mientras ella se rascaba el pasto alrededor del ombligo. Por cómo se rascaba, estaba claro que no me creía una sola palabra. 
   La familia de Guapi, al enterarse, nos trajo toda clase de regalos: regaderas, aireadores, palas, tijeras suizas, rastrillos graduables y hasta dos pares de guantes de algodón y puntilla, uno con estampado de lirios celestes y el otro de rositas rococó. La madre parecía especialmente encantada con la noticia: una bendición del cielo, decía mientras apoyaba con cuidado sus pies descalzos en las piernas de su hija, una bendición que, sin duda, esperaba desde hacía tiempo. Y con la excusa de cuidarla, poco menos que se instaló en casa. La bañaba cuatro o cinco veces al día, una ducha tibia y suave, y no la dejaba hacer sus tareas de siempre, como baldear la cocina, colgar la ropa o levantar cosas pesadas. Además, pasaba horas emparejándole el pasto debajo de las axilas y alrededor de los pezones, y con paciencia infinita le sacaba una por una las malas hierbas que se le encarnaban en la ingle. 
   Mi mamá, en cambio… Desde un principio dejó en claro que no estaba contenta con lo de Guapi. Apenas venía a visitarnos, y cuando venía, porque yo la llamaba y le ponía alguna excusa como que tenía ganas de comer sus varenikes, apenas se dignaba a hablar. Sentada en el sillón, respondía a todo con monosílabos. ¿Hace frío afuera? Sí. ¿Papá se siente mejor? Sí. ¿Preferís café o cortado? Sí. Estaba clarísimo que Guapi nunca le había caído bien, un caramelo ácido de esos que no 
pueden chuparse sin cara de asco. 
   Todavía no puedo identificar el momento exacto en que empezamos a hacer las cosas mal, si es que hicimos, o hice, algo mal. Tampoco entiendo qué pudo haber pasado. Porque después del shock, de la sorpresa, todo había vuelto a la normalidad, y hasta parecía mejor que antes. Con Guapi habíamos empezado a buscar una casa más grande para mudarnos, con jardín o patio andaluz, y aunque ninguna de las que nos gustaban se acercaba a nuestro presupuesto, ella todavía se mostraba radiante, feliz, de buen humor las veinticuatro horas, orgullosa de su nueva condición, como si hubiera sido alguna clase de elegida, el punto de inflexión hacia el progreso de una nueva humanidad o algo así. Incluso le habían brotado en los hombros unas margaritas que tenían un brillo especial. 
   Lo cierto es que no sé cómo, de un día para el otro, Guapi empezó a pudrirse. Sus hojas se pusieron primero amarillas y después pasaron a un marrón irreversible. Empezó a llenarse de parásitos y a largar un olor insoportable, que nos hizo olvidar cómo era el olor a pasto húmedo de sus primeros brotes. Probamos regarla cada cinco minutos, y también no regarla durante semanas; probamos con urea y con distintas proporciones de fósforo, nitrógeno y potasio; probamos con fertilizantes líquidos y sólidos, de liberación controlada y con Weed and Feed; compramos mezclas orgánicas e inorgánicas traídas de Tánger y de Moscú, y también distintas marcas de anticonceptivos orales que ella se negaba a tomar, pero que su madre le disolvía en el agua o le aplastaba entre la resaca. También probamos con ácido acético y jugo de limón, pero nada. Guapi seguía empeorando, y ya no sabíamos qué más hacer. 
   Una tarde llegué a casa y la encontré sola, sentada en el balcón. Estaba cubierta por una pelusa blanca, ¿de hongos, de moho?, que parecía la tela de una araña gigante; mantenía la cabeza inclinada entre los barrotes de la reja, la vista perdida en alguna expectativa lejana. Mi amor, llegué, le dije, pero ella ni se levantó ni giró para saludarme. ¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿Cómo fue que, de un día para el otro, Guapi y yo habíamos dejado hasta de saludarnos? Me acerqué y la besé en la frente. Estaba húmeda y pegajosa, pero rígida. Inclinó apenas la cabeza hacia atrás, y me pareció que pretendía esquivarme, que su boca se torcía en un gesto de reproche y desprecio a la vez. Las hojas resecas de sus margaritas se desprendieron cansadas, vencidas. 
   No fue fácil cargarla por la calle en medio de la noche, caminar en el frío las dos cuadras hacia la plaza, sentir sus ojos negros que brillaban en la oscuridad mientras veían cavar. Tampoco fue fácil hundir la pala en la tierra, remover las durezas, doblarle las piernas y juntarle los brazos para que no tuviera frío, para que estuviera cómoda, para que volviera a ser quien era, para que al fin pudiera ser feliz. No sé si lo habré hecho bien o mal. Quizás no la cubrí lo suficiente, o quizás la cubrí demasiado y ya nunca florezca. Quizás ya no quiera, o no esté destinada a florecer. Yo, que la sigo queriendo tanto, me siento a esperar en el banco de la plaza, frente a ella. Le tiro los pellets de fertilizante, camuflados en migas de pan que simulo arrojar a las palomas, y espero, tan solo espero. 

LA GAYA CIENCIA, Friedrich Nietzsche

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FRIEDRICH NIETZSCHE, La gaya ciencia, Edaf, Madrid, 2002, 260 páginas.
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Amor-. El amor perdona al amado incluso el deseo.
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Explicaciones místicas-. A las explicaciones místicas se las considera profundas; pero la verdad es que no son ni siquiera superficiales.
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Una decisión peligrosa-. La decisión cristiana de encontrar el mundo feo y malo ha hecho el mundo feo y malo.
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Característica incómoda-. Encontrar profundas todas las cosas; esta es una característica incómoda: hace que uno fuerce constantemente la vista y que al final encuentre siempre más de lo que deseaba.
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Elogio en la elección-. El artista selecciona sus asuntos: esa es su manera de elogiar.
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Tras una gran victoria-. Lo mejor de una gran victoria es que le quita al vencedor el miedo a una derrota. «¿Por qué no salir derrotado alguna vez?», se dice, «pues ahora soy lo bastante rico para ello».
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Siempre en compañía de nosotros mismos-. Cuanto es como yo, en la naturaleza y en la historia, me habla, me elogia, me impulsa hacia delante, me consuela: lo demás no lo oigo o lo olvido enseguida. Nunca estamos en otra compañía que la de nosotros mismos.
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Ideas-. Las ideas son las sombras de nuestras sensaciones, siempre más oscuras, vacías y sencillas que estas.
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Los negadores del azar-. Ningún vencedor cree en el azar.
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En el aplauso-. En el aplauso hay siempre una especie de ruido: incluso en el aplauso que nos tributamos a nosotros mismos.