ARAÑAS EN EL SILENCIO, Jeremías Ramírez Vasilla

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JEREMÍAS RAMÍREZ VASILLA, Arañas en el silencio: minificciones, Ediciones La Rana, Guanajuato, 2011, 160 páginas.

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CANASTITAS DE PAJA

   El semáforo marca el alto. Ella ve a un joven de rasgos suaves al volante de un auto rojo. Él ve a una anciana encorvada y sucia que se acerca con unas canastitas de paja. El joven tiene cara de buena gente, dice ella, ojalá me compre una. Que no venga, que no venga, dice él y finge que busca algo debajo del tablero. La anciana acerca sus canastitas a la ventana cerrada y se pregunta: ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no abre su ventana? Ya, que se vaya, que se vaya, ruega él. El semáforo marca siga. Por qué se va, piensa la anciana. No me compró nada. Apoyándose en su bordón, regresa a la acera. Él la mira por el retrovisor luchando por subirse a la banqueta. Algo en el fondo le ensucia el ánimo.

¡VAYA FIGURA!, Cecilia Campironi

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CECILIA CAMPIRONI, ¡Vaya figura!, Thule, Barcelona, 2017, 64 páginas.

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De la mano del Señor Lítote y Tata paráfrasis para pasear con la Princesa Símil o el Profesor Palíndromo. Un modo muy divertido de aproximarse a las figuras retóricas. Otro acierto de Thule Ediciones.
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SEÑOR LÍTOTE

   A fuerza de negar con la cabeza, el señor Lítote hace años que sufre tortícolis. Le parezca bien o le parezca mal, siempre va con un amable «no» por delante. Es para suavizar su forma de expresarse, siempre negando lo contrario de lo que quiere decir. Cuando algo le emociona o alegra su corazón, exclama: «¡No está tan mal!». En cambio, si algo le resulta insoportable, tan solo barrunta: «No me vuelve loco». Y cuando le atacan fiebres altas, después de estornudar hasta sacar las entrañas y toser entre vómitos, susurra quedamente: «Creo que no me encuentro muy bien». 


LOS JINETES DE LA EPOCAELIPSIS, Héctor Olivera Campos

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HÉCTOR OLIVERA CAMPOS, Los Jinetes de la epocaelipsis: es época de elipsis, es tiempo de microrrelatos, Createspace, North Charleston, 2017, 144 páginas.

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EL NIÑO CHIVATO

   Nada le producía a aquel niño mayor satisfacción que el encontrar un motivo para chivarse. El niño la tenía especialmente tomada con la familia del carpintero, vecinos de su calle: "Los de la carpintería dejan la acera llena de serrín"; "a la mujer del carpintero la visitó un hombre muy extraño que vestía de blanco"; "el hijo del carpintero, ese sabelotodo insufrible, se escapó por pascuas y sus padres se volvieron locos buscándolo".
   El niño se hizo adulto. Su última delación fue recompensada con treinta monedas de plata.

TERRA INCÓGNITA, Ricardo Silva-Santisteban

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RICARDO SILVA-SANTISTEBAN, Terra incógnita, Alastor Editores, Lima, 2016, 272 páginas.

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Fresca fontana
Quietud del alto otoño
Aves en vuelo.

LÍNEAS DE FLOTACIÓN, Felix Trull

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FELIX TRULL, Líneas de flotación, Libros al Albur, Sevilla, 2018, 50 páginas.
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Prepararse para el placer ya es la mitad del placer. O, incluso, las tres cuartas partes.
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No hay amores imposibles, sino corazones apresurados.
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Contra el vicio de cerrar, la virtud de reabrir.
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Quizás para ver más haya que mirar menos.
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Tanto fluir, tanto fluir, acaba yéndose todo por el sumidero.
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La libertad se conquista siendo libre. Y de ninguna otra forma.
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La normalidad es del color del raro que la mira.
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Plebiscito lo es todo. Ya pisar la calle es jugársela a cara o cruz.
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Encontré mi punto de reposo y detuve el mundo.
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Estoy tan pasado de moda, que pronto seré vintage.

HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, El Aleph, Barcelona, 2005, 286 páginas.

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JANE AUSTEN Y LOS CISNES

   De todos los escritores que han sido, Jane Austen, convendría tenerlo presente, es la que menos motivos de queja tiene con la crítica. Sus principales admiradores siempre han sido los que escriben novelas además de ser críticos, y desde los tiempos de Walter Scott hasta los tiempos de George Moore ha recibido toda clase de elogios, siempre con una distinción poco corriente.
   Convendría tenerlo presente. Deberíamos haberlo supuesto. Sin embargo, el libro de la señorita Austen-Leigh nos demuestra que habríamos pecado de optimistas y habríamos sido confiados en exceso. Nunca habíamos tenido ante nosotros prueba incontestable de la incorregible estupidez de los críticos. Desde que Jane Austen se hizo famosa, los críticos no han hecho sino mascullar inanidades a coro. No le gustaban los perros, no tenía ningún aprecio por los niños; Inglaterra le daba lo mismo; era indiferente a cualquier asunto público; no tenía erudición, no había leído apenas; no era una mujer de religión; era alternativamente fría y áspera; no conocía a nadie fuera de su círculo familiar; extraía su pesimismo sobre la vida familiar por haber observado a fondo las diferencias existentes entre su padre y su madre. La señorita Austen-Leigh, cuya piedad es natural y comprensible, aun cuando sus desvelos a la fuerza han de parecernos excesivos, se halla persuadida de que existe algún «malentendido» en torno a Jane Austen, y se ha propuesto deshacer el entuerto tomando uno por uno a todos esos cisnes de engañoso plumaje para retorcerles el pescuezo. Alguien, debidamente resguardado en el anonimato y preciso es suponer que bastante fantasioso, ha manifestado su opinión de que Jane Austen no reunía las condiciones necesarias para escribir acerca de la nobleza rural inglesa. Lo cierto, dice la señorita Austen-Leigh, es que por parte de padre descendía de los Austen, que surgieron, «como tantas otras familias de rancio abolengo, del poderoso clan de los sastres»; por parte de su madre descendía de Leigh de Addlestrop, quienes recibieron en su casa solariega al rey Carlos. Por si fuera poco, ella misma asistía a los bailes de buen tono. Se movía a sus anchas en la buena sociedad. «Jane Austen estaba en todos los sentidos muy bien preparada para escribir sobre la vida y los sentimientos de la nobleza rural inglesa». Con esa conclusión estamos plenamente de acuerdo. Con todo, el hecho de que una esté bien preparada para escribir acerca de una determinada clase social, podría aducirse como prueba concluyente para demostrar que no está bien preparada para escribir acerca de otra. Tan profunda observación hay que acreditársela a otro cisne, o ganso, no menos anónimo que el primero. No: con toda sinceridad, la señorita Austen-Leigh también consigue acallarlo. Jane Austen, nos asegura, ha dispuesto de oportunidades de conocer la vida en toda su amplitud mucho mayores de lo que suele ser habitual en el caso de cualquier hija de clérigo. Un tío político suyo residió en la India y fue amigo de Warren Hastings. Sin duda tuvo que escribirles para hablarles tanto del juicio como del clima. Un primo carnal se casó con una noble francesa que fue guillotinada. Sin duda tuvo algo que decir sobre París y la Revolución. Uno de sus hermanos realizó el Grand Tour, y dos estuvieron en la Marina. Es, por lo tanto, innegable que Jane Austen pudo «complacerse en sus románticos caprichos poniendo la India o Francia por telón de fondo», pero no es menos innegable que Jane Austen jamás hizo tal cosa. En cambio, es difícil negar que, de haber sido no solo Jane Austen, sino también Lord Byron y el Capitán Marryat, sus obras habrían poseído méritos que, tal como son las cosas, en verdad no podemos decir que se encuentren en ellas.
   Dejando a un lado estas exaltadas regiones de la crítica literaria, los reseñistas vituperan ahora su carácter. Era fría, dicen, y «daba la espalda a todo lo que fuera triste, desagradable o doloroso». De esto es sencillo dar cuenta. Los archivos familiares contienen sobradas pruebas de que cuidó a una prima cuando tuvo el sarampión, y «cuidó a su hermano Henry, en Londres, de una enfermedad que por poco le cuesta la vida». Según las mismas fuentes, es igual de fácil dar cuenta y descartar de plano la malévola afirmación de que era la hija analfabeta de un padre analfabeto. Cuando el reverendo George Austen dejó su casa en Steventon, vendió quinientos libros. El número que sin duda conservó es más que suficiente para demostrar que Jane Austen era una mujer leída. En cuanto a la calumnia de que su vida familiar fue un cúmulo de desdichas, bastará con citar las palabras de un primo que tenía por costumbre pasar temporadas en casa de los Austen. «Cuando me hallo en esta sociedad liberal, siempre me vienen a la memoria la sencillez, la hospitalidad y el buen gusto que por lo común prevalecen en distintas familias residentes en los deliciosos valles de Suiza». El crítico maligno y machacón de turno aún insiste en que Jane Austen era una mujer carente de moralidad. Desde luego, es una acusación difícil de rebatir. No bastará con citar su propia declaración: «Me gustan muchísimo los sermones de Sherlock». El testimonio del arzobispo Whately no nos convence. Tampoco podemos suscribir personalmente la opinión de la señorita Austen-Leigh, según la cual en todas sus obras «salta a la vista una línea de pensamiento, un motivo de elegancia, una cualidad positiva, una necesidad. Se llama Arrepentimiento». La verdad se nos antoja bastantísimo más complicada.
   Si la señorita Austen-Leigh no arroja demasiada luz sobre ese problema, hace en cambio algo por lo que es preciso estarle agradecidos. Da a la imprenta algunas notas que tomó Jane a los doce o trece años de edad en los márgenes de la Historia de Inglaterra de Goldsmith. Son ligeras y son infantiles, no sirven de gran cosa, diríamos, para refutar a los críticos que sostienen que carecía de emociones, de sentimientos, de pasiones. «Mi querido señor G., llevo en este mundo tiempo suficiente para saber que siempre ha sido así». Enmienda la plana al autor con verdadera gracia. «¡Oh, oh! ¡Malvados!», exclama en contra de los puritanos. «Querido Balmerino, no sabría expresar cuánto lo siento por ti», anota cuando llega la ejecución de Balmerino. En esas notas no hay nada más que eso. Oír a Jane Austen decir cosas sin sustancia con su voz natural, cuando los críticos han debatido largo y tendido si era una dama, si decía la verdad, si sabía leer, si tenía alguna experiencia personal en la caza del zorro, es sumamente descorazonador. Recordamos que Jane Austen escribió novelas. Tal vez a sus críticos les sentara bien dedicar un rato a leerlas.

BREVERÍAS, Beatriz Aloé

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BEATRIZ ALOÉ, Breverías,  Piso 12, Buenos Aires, 2007, 72 páginas.
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LIMPIEZA

   Los vidrios del tercero quedaron impecables y ella, bien muerta, tendida sobre la vereda, las piernas blancas y regordetas entreabiertas y un trapo gris en una de sus manso. El limpia‐vidrios yacía algo más lejos. 
   Desde el balcón de enfrente me quedé pensando que los vidrios de casa estaban sucios y necesitaban una limpieza.