LOS CONJURADOS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Los conjurados, Alianza, Madrid, 1985, 104 páginas.

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El volumen, que constituye el último libro de poemas del escritor argentino, incluye además algunos textos breves en prosa con cierto carácter narrativo.


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EL HILO DE LA FÁBULA


   El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.
   Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estab el otro laberinto, el del tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.
   El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad. 

CUENTECILLOS Y OTRAS ALTERACIONES, Jorge Timossi

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JORGE TIMOSSI, Cuentecillos y otras alteraciones, Ediciones de la Torre, 1997, 78 páginas.

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En El relato, si breve, dos veces breve (pp. 9-15) Timossi recuerda la definición del género que hace Orkény, para quien "este tipo de cuentos son ecuaciones en las que un factor es la mínima comunicación del autor y el otro es la máxima fantasía del lector".
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INMIGRACIÓN
  A Miguel Barnet
        
   El aduanero abrió la maleta de cuero gastado, comprobó que ese inmigrante portaba en ella únicamente su pesada tragedia personal, la cerró con mucho cuidado, y murmuró, como si no se refiriera a alguien en particular: «Pase, total no creo que le vaya a servir para nada».

BOTÁNICA DEL CAOS, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, Botánica del caos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2004, 159 páginas.
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ABUELA NO NOS CREE

   —¿Por qué me sacaron de mi casa?—pregunta mi abuela, los ojos extraviados.
  —Ésta es tu casa, ¿ves?. El empapelado con flores de lis, ¿ves?. La colcha con la quemadura de cigarrillo, ¿ves?. La cocina verde, con la puerta de la alacena verde, ¿ves?
   La abuela no ve y llora con desconsuelo.
   —Me trajeron aquí para robarme mi casa.
   Pero no fuimos nosotros, quisiera decirle... El tiempo ladrón te trajo aquí, y se quedó con todo.

HISTORIAS DE LOCOS, Miguel Sawa

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MIGUEL SAWA, Historias de locos, Renacimiento, Sevilla, 2010, 144 páginas.

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Sergio Constán, encargado de la edición del texto, convenientemente anotado, escribe en Miguel Sawa, a la sombra de una sombra (pp. 9-28): "Las ficciones reunidas en Historias de locos, se insertan en esa escuela finisecular que halló, en los inusitados desórdenes de la mente humana, su fuente de creación literaria".
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EL GENIO DE LA ESPECIE

   —¡Doctor, doctor, soy feliz!
   El médico, de pie ante  el lecho del enfermo, se  llevó un dedo a la boca, en actitud de imponerle silencio.
   —¡Oh, déjeme usted que hable! Necesito darle gracias a Dios por lo bueno que ha sido conmigo. Todas mis palabras van dirigidas a Él. Todas mis palabras son oraciones.
   Y echándose a reír de repente:
   —¡Pero qué bestias son los hombres! Todo lo extraordinario les asusta, todo lo anormal les admira. Para ellos la vida es una línea recta, de la que arranca una1 curva, a la que llaman la muerte. Y todos tenemos que ir por esa recta y acabar en esa curva. Ley universal. La naturaleza, dicen, es inmutable. ¿La inmortalidad del espíritu y de la materia? ¡Paparrucha!
   Y revolviéndose furioso en el lecho:
   —¡No. me interrumpa usted, doctor! ¡Le digo a usted que la humanidad es imbécil! ¡Sólo Dios, por ser Dios, es grande!
   Y rechinando los dientes de rabia:
   —¡Oh, esos mentecatos!... Nadie, salvo usted, ha entendido mi enfermedad. Oiga usted a esos pedantes diagnosticando. «Los vasos capilares que se desbordan en sangre y anegan el corazón, el vientre que se hincha congestionado por la hidropesía», etc., etc. ¡Majaderos! Para ellos, créalo usted, doctor, me he desviado de la linea recta y voy caminando ya por la curva. ¡Pues bien, no, señores médicos, se han equivocado ustedes; mi corazón funciona con absoluta regularidad, y en cuanto a la hinchazón del vientre yo les aseguré que es perfectamente natural, que es uno de tantos fenómenos propios de mi estado.
   El médico asintió:
   —Uno de tantos fenómenos.
   Pero el enfermo, cada vez más excitado, siguió gritando:
   —¡Pues no han querido hacerme casó! Les he hacho el proceso de mi enfermedad, iniciada, como sabe usted hace nueve meses, y se han reído de mi, creyendo que deliraba. ¡Váyales usted a esos hombres de la línea recta a hablarles de las maravillosas transformaciones de que es capaz el organismo humano, de los milagros, si quiere usted así llamarlos, con que Dios favorece a veces a las criaturas! De seguro que me han tomado por loco, Gracias a que creyéndome en peligro de muerte, han tenido lástima de mí y no me han aplicado la camisa de fuerza.
   Y después de unos momentos de silencio:
   —¡Las leyes inmutables de la Naturaleza! ¿Pero por qué el hombre no ha de ser apto para la concepción y para la maternidad? ¿Por qué las entrañas del macho no han de ser fecundas corno las de la hembra?
   Callose el mísero, anonadado y sin fuerzas, y de pronto se irguió bruscamente sobre la cama, elevó los ojos a lo alto y murmuró con voz grave:
   —¡Gracias, Dios mío, por el bien que me has hecho!
   Y dirigiéndose al médico, que le observaba intranquilo:
   —Gracias a usted también, doctor, por no haberse burlado de mi como los otros.
   Y llorando y riendo al mismo tiempo:
   —¡Oh, si usted supiera!... Mi única ambición, mi único deseo en la vida, ha sido tener un hijo, muchos hijos... ¡No he aspirado a nada más! Cuando me convencí de que mi mujer no era apta para la maternidad, busqué en el adulterio el hijo que me negaba el amor legítimo. Pero Dios no quiso concedérmelo, sin duda porque no me lo merecía. Llegué a odiar a mi mujer, que murió desesperada. Llegue a odiar todas las mujeres. Cuando veía un niño en brazos de su padre lloraba de rabia. Una vez, en el Retiro, engatusé a un pequeñuelo para que se viniera conmigo, pero me lo quitaron antes de llegar a casa. Y a medida que pasaba el tiempo y me iba haciendo viejo mi estéril amor a los niños iba en aumento. Estas pasiones no satisfechas suelen llevar a la locura. Clamé a Dios, pidiéndole que acelerase el momento de mi muerte. Y cuando me confiné en la cama, esperando impaciente que llegase mi última hora, mi vientre comenzó a hincharse, a hincharse... El milagro se había hecho, yo no sé cómo... (ya sabe usted que no hay explicación para los milagros). Llamé a mi médico, y después a otro, y después a otro... Pero todos se reían de mí, nadie quería creer en el hecho extraordinario. Consulté a los más afamados tocólogos, ¡y los insensatos se negaron a reconocerme! Y mientras tanto la enfermedad —llamémosla así— seguía su curso natural; mi vientre se hinchaba cada vez más, y yo sentía dentro de él un peso que me abrumaba... el peso de una montaña. ¿Qué era aquello? Según los médicos, aquello, aquel peso, era agua; según yo, aquello era el hijo esperado hacia tanto tiempo, era que Dios se apiadaba de mí y hacía fecundas mis entrañas.
   Y exaltándose de nuevo, exclamó a grandes gritos:
   —¡Ahora se ha de saber la verdad, ahora se ha de saber quiénes son los locos, si ellos o yo, porque ha llegado el momento del milagro!
   El médico le interrogó.
   —¿Vuelven los dolores?
   —Sí... vuelven.., terribles.., horribles... Parece que mi pobre vientre va a abrirse, va a romperse, va a estallar. ¡Y qué angustia en el corazón!... ¡Doctor, doctor, ha llegado la hora! ¡Mis entrañas se desgarran!. .. ¡Oh, qué feliz soy! ¡Al fin va a saberse la verdad!
   —Sí, tiene usted razón; ha llegado la hora. No se mueva usted. El parto se presenta normal... Quieto... Voy a por los fórceps.
   —¡Ah! ¿Pero es preciso emplear los hierros?
   — Sí... se trata de un caso extraordinario. Pero no tenga usted cuidado. Respondo de todo, Vamos a anestesiarle para que no sufra usted nada.
   —No tema usted, doctor, no me quejaré... Sabré someterme al castigo que Dios impuso a la mujer: «Parirás con dolor.»
   El  enfermo abrió los ojos, velados ya por la eterna sombra.
   —¿Qué ha sido, doctor, niño o niña?
   —Niño.
   —¿Vive?
   —No... nació muerto.
   —¡Ah, Dios mío, todo inútil! ¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo?
   Y cerró de nuevo los ojos para no volverlos a abrir más.

EL QUE ESPERA, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, El que espera, Anagrama, Barcelona, 2000, 152 páginas.

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Frente a "Brevedades", integrado por cuentos más extensos, en el primer bloque del volumen, y bajo el nombre "Miniaturas", Neuman incluye 18 microrrelatos.

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LA ÚNICA VENTANA

   Entre todas las ventanas del edificio, a Julio le interesaba sólo una. No se trataba de la ventana de cristales más brillantes, ni de la más próxima o la menos carcomida. Era como cualquier otra. Sin embargo Julio no dormía pensando en la ventana.
   Sucedía que por aquel rectángulo se dejaba ver de tarde en tarde la morena Carlota, fatal depositaria de todas las bellezas.
   Cada mañana Julio se sentaba en la cocina, único lugar desde donde podía verse bien la ventana, y aguardaba con la mirada fija. Cuando el blanco de la persiana empezaba a mudar en agresivo destello, Julio sabía que estaba sobrepasando el mediodía y comprendía que era necesario comer algo. Las más de las veces, no obstante, era su estómago el que acababa comprendiendo que Julio no podía interrumpir su tarea por motivos tan prosaicos. La persiana se volvía vagamente amarilla y ya debían ser más de las cinco; la atención no era la misma, pero sí la voluntad. Más tarde, por fin, era un tamiz grisáceo, y Julio empezaba a sentir desasosiego. Cuando no podía ya distinguirse la ventana, complacía sin entusiasmo a su estómago. Mientras tanto él se alimentaba del recuerdo de Carlota.
   Las noches habían sido un lento calvario hasta que a Julio se le ocurriera fotografiar la ventana en su hora de más esplendor. Desde entonces trasnochaba sin angustias, e incluso a veces se le colaba algún breve descanso. A las ocho en punto, como cada mañana, desayunaba un poco de aire fresco y se sentaba en la cocina a esperar a Carlota.
   Hubo un tiempo en que Julio cayó enfermo, y no fue la enfermedad lo que estuvo a punto de llevárselo, sino el despiadado ayuno de ventana. Pudo recuperarse, sin embargo, cuando dejó los medicamentos y volvió, cuidadosa y gradualmente, a su disciplina de antaño. Su estómago pareció terminar aceptando el desdeño y se encogió hasta dejar de sufrir. Este fenómeno coincidió con la definitiva desaparición de Carlota de su lejano marco.
   Julio, de todos modos, permanece en la cocina, sentado. Se dedica a aguardar frente al cristal, todavía, al margen de pasiones tales como la esperanza. 

HISTORIAS EN LA PALMA DE LA MANO, Yasunari Kawabata

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YASUNARI KAWABATA, Historias en la palma de la mano, Emecé, Buenos Aires, 2005, 296 páginas.
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La traductora Amalia Sato, en Relatos que caben en la palma de una mano (pp. 9-12), anota sobre estos ciento cuarenta y seis relatos breves escritos entre 1921 y 1972: "Esta narrativa concentrada, que nunca abandonó, representa el lado experimental de Kawabata, que consideraba esta posibilidad como particularmente japonesa, dentro de la tradición del haiku."
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ROSTROS

   Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.
   No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz.
   A los dieciséis, dio a luz a una niña.
   —No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella —dijo el padre de la criatura.
   —Tampoco se parece a mí —dijo la joven—. Pero es mi hija.
   Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.
   En algún lugar del camino se separó del padre de su niña.
   Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.
   Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.
   Se separó también de su hija, en algún lugar del camino.
   Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo.

   Unos diez años más tarde, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. Y allí se enteró del paradero de su madre.
   Fue hacia ella. Apenas la vio, se puso a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.
   El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Pero ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.
   Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.
   Ahora, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

PALINDROMERO, Valentín Rincón

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VALENTÍN RINCÓN, Palindromero, Nostra, México, 2008, 112 páginas.

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En la Introducción (pp. 7-11), Valentín Rincón apunta: "Los palindromas no dicen lo que uno quiere. Se tiene que aceptar lo que ellos dicen. Los hacen las palabras, ellas solas o ligeramente empujadas." Con un hermoso diseño editorial de Alejandro Magallanes, Palindromero es un compendio de "palindromas anónimos y palindromas con paternidad reconocida.

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Adán sé ave, Eva no es nada
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Etna da luz a Dante
Juan José Arreola]
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Salta Lenín el Atlas
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Amigo no gima
[Julio Cortázar]
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Odio la luz azu al oído
[Rubén Bonifaz Nuño]
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Anita la gorda lagartona no traga la droga latina
[José Antonio Millán]
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Onís es asesino
[Augusto Monterroso]
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Ana lleva al leon Noel la avellana
[Valentín Rincón]

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A Dafne el oír Aída diario le enfada
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Nabor, a la irisada hada siria la roban
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