CUENTOS POPULARES DEL MEDITERRÁNEO, Ana Cristina Herreros (editora)

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ANA CRISTINA HERREROS, Cuentos populares del Mediterráneo, Siruela, Madrid, 2007, 236 páginas.

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En la Introducción (pp. 11-14), Ana Cristina Herreros señala la procedencia de los textos ("repertorios de cuentos tomados de directamente de la tradición oral de finales del siglo XIX o comienzos de XX"), que "han sido sometidos a una labor de recreación". Cierra el volumen una interesante sección titulada Fuentes y comentarios (pp. 217-230).
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EL DIABLO QUE IBA A MISA
(sardo)
                 
   Yo sé la historia de un diablo que iba a misa.
   Una vez, un diablo que iba a misa se encontró por el camino un haba, la cogió y se fue a la primera casa que se encontró.
   —Buena mujer —le dijo—, ¿puedes guardarme esta haba una hora que yo tengo que ir a misa?
   Nunca se había visto un diablo que fuera a misa, así que la mujer en seguida le dijo que sí.
   El diablo dejó el haba en el alféizar de la ventana y se fue a la iglesia. Una hora más tarde volvió y pidió que le devolvieran el haba. Pero la mujer le respondió apenada:
   —No puedo devolverte el haba, porque una gallina se subió al alféizar de la ventana y se la comió.
   —O me das el haba o me das la gallina —exclamó el diablo con mirada torva. Y la mujer tuvo que darle la gallina.
   El diablo cogió la gallina y se fue a la casa de otra vecina.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar esta gallina un rato que yo tengo que ir a misa?
   Nunca se había visto un diablo que fuera a dos misas seguidas, así que la segunda mujer le dijo que sí.
   —Déjala en el huerto —le respondió.
   El diablo dejó a la gallina en el huerto y se fue a misa. Cuando volvió, la gallina ya no estaba.
   —Se la ha comido el cerdo —le dijo la mujer apenada.
   —O me das la gallina o me das el cerdo —exclamó el diablo, decidido. Y la mujer tuvo que darle el cerdo.
   El diablo ató al cerdo y se fue a otra casa.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este cerdo, que tengo que ir a misa.
   —Pues claro, buen diablo, mételo en la cuadra.
   Y el diablo metió el cerdo en la cuadra y se fue a escuchar su tercera misa. Cuando volvió, la mujer le dijo apenada:
   —No puedo devolverte el cerdo porque el caballo le ha dado una coz y lo ha matado.
   —O me das el cerdo o me das el caballo replicó el diablo con los ojos de fuego.
   Y la mujer tuvo que darle el caballo.
   El diablo se fue a otra casa.
   —Buena mujer, ¿me puedes guardar un rato este caballo, que yo tengo que ir a misa?
   —Y el diablo se fue otra vez a misa, pero cuando volvió el caballo había desaparecido.
   —¡Qué desgracia! —le dijo la mujer—. Mi hija se ha llevado tu caballo a pastar, pero un moscón no le dejaba en paz y el caballo se ha escapado.
   —O me das el caballo o me das a tu hija —rugió el diablo con los ojos llameantes.
   Y la pobre mujer tuvo que darle a su hija. El diablo la metió dentro de un saco, se lo echó a la espalda y se fue otra vez a la iglesia. Cuando llegó, apoyó el saco en la pila de agua bendita y se puso a escuchar devotatamente la misa.
   Pero un diablo que va tantas veces a misa siempre despierta sospechas. Su comportamiento llamó la atención de una mujer que vivía cerca de la iglesia. La mujer, curiosa, se acercó en silencio al saco y miró dentro a través de un agujero.
   —Pero bueno —murmuró sorprendida cuando vio el contenido del saco—. Esta es mi ahijada.
   Entonces, sin decir una palabra, llevó el saco fuera de la iglesia, lo abrió y dejó salir a su ahijada.
   —Madrina, qué miedo, el diablo quería llevarme.
    —Calla, que esto lo arreglo yo —respondió la madrina. Y dicho y hecho, volvió a su casa, desató dos perros muy feroces que tenía y los metió dentro del saco. Luego lo dejó apoyado en la pila del agua bendita.
   Cuando terminó la misa, el diablo devoto se echó el saco a la espalda y salió de la iglesia.
   —Pues sí que pesas —se quejó el diablo, mientras se disponía a irse del pueblo.
   —Guau, guau— ladraron los dos perros, agitándose dentro del saco. El diablo, extrañado de la respuesta, abrió el saco y se encontró con dos perros rabiosos que salieron como dos furias desbocadas. Al pobre diablo no le quedó otra que escapar a toda prisa para huir de los mordiscos feroces de aquellas bestias. Y hay quien dice que todavía sigue corriendo.

LAS HISTORIAS GALLEGAS, Álvaro Cunqueiro

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ÁLVARO CUNQUEIRO, Las historias gallegas, Paréntesis, Alcalá de Guadaíra, 2009, 170 páginas.
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Procedentes en su mayoría de Os outros feirantes, estos 67 relatos se presentan acompañados por las palabras de Manuel Gregorio González en El otoño del mundo (pp. 77-11), un prólogo que busca encajar la figura de Cunqueiro en su merecido lugar dentro del siglo XX, detectando influencias tan diversas como Malinowski, C. G. Jung o Robert Graves que le permiten dibujar en cada uno de sus textos "el vasto territorio de la entonación humana".

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JOSÉ REGUEIRA

   Desde los ocho o nueve años, tenía todas las noches el mismo sueño, salvo que cenase castañas cocidas con leche fresca, que entonces tenía otro. El primer sueño consistía en que aparecía junto a su cama un hombre con barba, el cual le hacía levantarse de la cama y lo llevaba a volar con él por encima de Sobrado dos Monxes, y alguna vez sobre Betanzos. Y cuando José Regueira iba más feliz en la máquina voladora del hombre de la barba, este lo empujaba y lo dejaba caer desde lo alto mismo encima de su cama. La caída era verdadera, pensaba José Regueira, porque el ruido que hacía al caer despertaba a sus padres, que dormían en la habitación vecina, y porque en tres ocasiones rompió la cama, con la violencia del aterrizaje. Con el tiempo, José Regueira fue aprendiendo a no caer de golpe, sino planeando, con lo cual entraba muy suavemente en su cama, la que no volvió a romper. Eso sí, el planear le costaba lo suyo, porque después del planeo aparecía sudoroso y casi sin respiración. El otro sueño consistía en que José Regueira escuchaba un silbido y veía que por la puerta de su cuarto entraba una señora cubriéndose con un paraguas, porque estaba lloviendo dentro de la casa como fuera. De pronto escampaba, y la señora cerraba el paraguas. Sin saber cómo, José Regueira se encontraba dentro del paraguas, pugnando por salir, pero no lo lograba mientras no volviese a llover y la señora abriese el paraguas. La señora se iba, y José Regueira aparecía en el suelo, junto a un charquito de agua que había escurrido del paraguas. Los padres decían que José Regueira había orinado en el suelo, y le pegaban. Ya era José Regueira un mozo de veinte años, y seguía teniendo los dos sueños. Había crecido mucho, y era un tipo ensimismado y algo perezoso, muy espigado y preocupado por su pelo rizo. Los padres suyos, previendo que el hijo iba a ir al servicio militar, estaban preocupados con el sueño de la señora del paraguas, que sería una vergüenza que José apareciese en el suelo del dormitorio del cuartel, tumbado sobre un charco de agua. ¿Cómo convencer al coronel del Regimiento de que había una señora con paraguas y que llovía dentro de la sala? José Regueira les decía a los suyos que era difícil que en el servicio tuviese aquel sueño, porque en el cuartel no dan de rancho castañas cocidas con leche, pero los padres lo ofrecieron a San Cosme, y lo llevaron el 27 de septiembre a la romería. José Regueira llevaba como exvoto un paraguas de cera, hecho de encargo en Santiago, y y saliera bastante caro, que hubo que pagar el molde en la cerería. El paraguas fue depositado después de la misa mayor a los pies de San Cosme.
   Aquella misma noche, José Regueira cenó castañas cocidas con leche fresca, y se metió en la cama a ver si San Cosme ya se había enterado de su petición y lo libraba de la señora del paraguas. Y así fue. En vez del silbido acostumbrado, golpearon la puerta del cuarto con los nudillos, y entró en la habitación Florita, una vecina muy lucida a la que José solía quedarse mirando, medio embobado. Florita le puso un dedo en los labios recomendándole silencio, y le dijo, cariñosa:
   —¡Adiós, Pepiño! ¡Aquí te espero comiendo un huevo!
   Cuando volvió del servicio, José Regueira enamoró a Florita y se casaron. Ella negó siempre que hubiese ido a la habitación de él a decir eso de «aquí te espero comiendo un huevo». José le ponía un dedo en los labios, y la hacía callar.

CUENTOS DEL MUNDO DEL AGUA

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Cuentos del mundo del agua, Intermón Oxfam Ediciones, 2003, 120 páginas.

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En el Prefacio (pp. 9-10) Sascha de Graaf subraya la voluntad sensibilizadora de esta publicación que recopila anécdotas o experiencias vinculadas al agua. Las fotografías, de diversa autoría, aparecen intercaladas entre los textos.

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MICROBIOS DESNUCADOS

   En algunas zonas rurales de mi país, la gente cree que el agua que corre por los ríos tormentosos que arrastran muchas piedras es segura para beber. Dicen que las piedras matan a los microbios, porque el agua de río las lanza con tanta violencia que aplastan a los "bichos". Alguien me dijo: "No se preocupe, cuando los microbios caen al río ¡se desnucan en las piedras!".
Silena Vargas
 Dick Kanters

EL GRAFÓGRAFO, Salvador Elizondo

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SALVADOR ELIZONDO, El grafógrafo, Joaquín Mortiz, México D.F., 1972, 112 páginas.

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AVISO
i. m. Julio Torri

   La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
   Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
   Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
   Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
   Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfódelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
   Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
   Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
   Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.

CUENTOS ESQUIMALES

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Cuentos esquimales (Los cuentos del iglú), Olañeta, Palma de Mallorca, 1990, 55 páginas.

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Recopilados por Edward L. Keithahn, estos cuentos de los "comedores de carne cruda", explica Louise Weiss en la Presentación (pp. 5-6), son "representativos del desolado mundo polar que tanto fascina en la actualidad a los felices habitantes de nuestras templadas tierras". Las ilustraciones interiores son reproducciones de obras procedentes de museos canadienses.

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EL NIÑO GLOTÓN
  
   Un niño vivía con su abuela en el iglú construido por el abuelo. A partir de la muerte de este último, el hambre campaba a sus anchas por la casa. Un día, la anciana sacó al nieto del iglú. Ya no podía alimentarlo más. Le rogó que buscara algo para comer.
   El niño salió y se encontró un bacalao que había sido arrojado a la playa. Lo recogió, le arrancó la cabeza y se lo devoró de un bocado. Continuó su paseo y tropezó con un león marino. Se arrojó sobré él, le arrancó la cabeza y se lo comió. Pero aun así, seguía hambriento. Más adelante se topó con una morsa de largos bigotes que se calentaba al sol. Antes de que la morsa hubiera llegado al agua, el niño ya le había arrancado la cabeza y sin molestarSe en despiezarla, se la tragó.
   Por último el pequeño glotón divisó una ballena blanca que acababa de ser arponeada por un pescador. De la misma manera que había hecho con el bacalao, el león marino y la morsa, le quitó la cabeza y se la comió entera, con piel, barba e intestinos incluidos. Entonces se sintió mejor. Por primera vez en su vida había conseguido devorar a su propia hambre. Se puso a cantar y le dedicó la canción a su estómago. Tuvo sed y se dirigió a un pequeño lago, donde bebió sin tomar aliento. El lago se secó y el niño volvió al iglú. Pero había engordado tanto, que no pudo entrar por la puerta.
   —Entra por la ventana —le aconsejó la abuela.
   La ventana era más pequeña que la puerta. Con todo pudo meter la cabeza, pero los hombros se quedaron atascados.
   —Entra por el tubo del respiradero —le aconsejó la anciana. El tubo era más pequeño que la ventana, pero la cabeza y los hombros del niño pasaron, el estómago no.
   —Pasa por el ojo de mi aguja —invocó la esquimal.
   Levantó su aguja hacia el techo del iglú y el niño pasó y se cayó al suelo. En aquel momento la anciana se dio cuenta de que su nieto había engordado tanto sólo por comer demasiado.
   —¡No te acerques a la lámpara!— le dijo con firmeza.
   Pero el niño, que había perdido el equilibrio, rodó hasta la lámpara, ésta cayó sobre él y estalló. La anciana había tenido tiempo de escapar. Cuando volvió a reinar el silencio, la vieja se arrastró hasta el iglú y miró por la ventana. El niño y la lámpara habían desaparecido. En su lugar se hallaban un bacalao, un león marino, una morsa y una ballena que nadaban en un pequeño lago azul.

CUADERNOS DE ESCRITURA, Carlos Pujol

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CARLOS PUJOL, Cuadernos de escritura, Pre-Textos, Valencia, 2009, 152 páginas.

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Al escribir iluminamos y oscurecemos a la vez.
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Si uno se mira en el espejo y no ve sus fantasmas interiores no ve nada.
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La literatura completa la vida por el lado de los sueños.
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Una novela es como una maqueta de la vida, a escala de nuestras propias obsesiones.
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Escribir no es hacer, más bien hacerse, completarse con palabras.
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Escribir como una agenda que obligue a recordar, escribir contra el olvido.
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De los contemporáneos casi lo único que se oye es el ruido. Con el tiempo empieza a oírse la música de unos pocos.
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Al escribir es constante la tentación de empujar puertas abiertas.

LAS CIUDADES DEL PONIENTE, Antonio Pereira

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ANTONIO PEREIRA, Las ciudades del Poniente, Anaya & Mario Muchnick, Madrid, 1994, 190 páginas.

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LA ENFERMEDAD        

   Una mañana indiferente en que el ambulatorio despachaba la retahíla cansina de diarreas de niño y alguna vejiga de viejo y catarros banales que las devotas del seguro llaman andancio, una mañana de esas llegó un hombre joven con su volante y se puso a esperar en el banco alargado como de estación de autobuses.
   Era delgado, bien parecido. No se le veía mala cara, si se descuenta el morado profundo de unas ojeras, nada a su edad, quizá la resaca del sábado. Al menos cualificado de los médicos del ambulatorio le correspondió el sobresalto disimulado de percibir un síntoma decisivo. A veces es una intuición. Mandó comprobar, analizar. “No es posible, secreteaban los médicos, "en un rincón del mundo como éste", pero ei nombre tenia ia enfermedad.
   Se trataba de un muchacho del centro de la ciudad, hijo de familia y de costumbres decentes. “Veamos la anamnesia”, qué palabreja, y sólo faltaba que lo interrogaran con una luz cegadora. “¿Las dolencias infantiles?”, querían saber. ¿Y vacunas? ¿Las amígdalas? ¿Transfusiones de sangre, alguna transfusión de sangre?” Casi le dio vergüenza decir que era virgen. Tuvo como un arranque de protesta cuando le preguntaron, aunque fuera con muchos rodeos, si se había acostado con hombres, pero se quedó en la negativa y el rubor. Lo pusieron en “sin causa conocida, porque había que informar para el ordenador de datos. Sólo las personas indispensables lo supieron y los médicos fueron como confesores, según los juramentos de su religión.
   El segundo caso vino rápido y fue algo diferente. Una mujer casada de los arrabales, también de vida honesta. Las conjeturas fueron hacia el marido, que viajaba por provincias un muestrario de bisutería fina. Ella era una casada joven y fiel. El marido tenía fama de honradez en los tratos, pero no era imposible que hubiera enredado con una camarera de hotel, la camarera sólo se acostaría con el gerente, siempre suponiendo, el gerente del hotel salvo esa mínima veleidad se dedicaba por entero a su señora que por perdonable inclinación había caído con un castrense y éste con una enfermera de confianza y la enfermera con un estudiante y el estudiante con su protector y nunca se puede saber. Los médicos tuvieron que hablar con el marido de la casadita de los arrabales y el hombre se dejó examinar y estaba muy sano. Pero no pudo aguantar lo de su mujer, cogió el muestrario y sus cosas y se marchó para siempre. Antes dijo que no le hubiera importado que su esposa se quedara coja, ciega, lo que fuera, pero él no podía sufrir que su esposa tuviera la enfermedad.
   Al fin terminó sabiéndolo toda la ciudad, que había dos casos entre los miles de habitantes, y la gente se entregó a la higiene y a las religiones temerosas. Lo que no se sabía es cómo llegaron a relacionarse, después de aquellas novedades, el joven que no había conocido mujer y la señora que se había quedado sin marido. Se pusieron a vivir en casa de ella para allá del río y fue un alivio para la población porque así quedaba el puente por medio.
   Pero acaso se han cansado de su lazareto. Ahora los amantes vienen al parque y a la plaza de las palomas y nos inquietan con su felicidad descuidada. Vienen algo pálidos y enlazados, se acarician, alguien los ha visto besarse tranquilamente en la boca como antes se acostumbraba, cuando el amor no estaba amenazado y era una pasión sin guantes.