MUJERES DE CIENCIA, Rachel Ignotofsky

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RACHEL IGNOTOFSKY, Mujeres de ciencia, Nórdica / Capitán Swing, Madrid, 2017, 128 páginas.

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«Las mujeres que aparecen en este libro tuvieron que luchar contra los estereotipos para poder desarrollar las carreras que deseaban. Rompieron reglas, publicaron bajo seudónimos y trabajaron por el afán de aprender sin ninguna ayuda.» leemos en la Introducción (pp. 6-7) de este libro divulgativo que presenta semblanzas de estas 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo: De Ada Lovelace a Wang Zhenyi, pasando por Hipatia, Elisabeth Blackwell, Hedy Lamarr o Marie Curie.

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GERTRUDE ELION [FARMACÓLOGA Y BIOQUÍMICA]

   Gertrude Elion nació en 1918 y creció en el Bronx, en Nueva York. Fue una gran estudiante que adoraba todas las asignaturas del instituto y se graduó pronto, a los quince años. No sabia cuál iba a ser su carrera hasta que su abuelo falleció a causa del cáncer. Decidió dedicar su vida a luchar contra la enfermedad.
   Durante la Gran Depresión, a la hora de contratar a alguien, las universidades dieron prioridad a los hombres. Gertrude se había licenciado con honores en el Hunter College, pero las escuelas superiores no ofrecían ninguna ayuda económica a las mujeres, y los trabajos de química eran escasos. Finalmente, después de muchos trabajos tediosos y de un año de escasez económica, formando parte del programa de posgrado de la Universidad de Nueva York, encontró un lugar en el que poder investigar sobre el cáncer en la compañía farmacéutica Burroughs Wellcome.
   El grupo dejó de utilizar el sistema habitual de ensayo y error para desarrollar fármacos. Junto a George Hitchings, estudió la diferencia existente entre células sanas y células anormales y cómo estas últimas se reproducen, para así poder crear fármacos que destruyan únicamente las células enfermas. Gertrude era la encargada de estudiar los ácidos nucleicos del ADN y de ver cómo podían utilizarse para impedir que los tumores se propagaran.
   Empezó a trabajar mientras estaba acabando su doctorado a tiempo parcial por la noche. Su facultad le pidió que dedicara al doctorado todo su tiempo y que dejara el trabajo, pero éste le gustaba tanto que, en lugar de hacerlo así, lo que abandonó fue el programa de doctorado. Fue la decisión correcta. Gertrude, continuó creando diferentes medicamentos que salvaron miles de vidas. En 1950, creó dos fármacos para tratar la leucemia, con lo que empezó una nueva era en la investigación del cáncer.
   Gertrude continuó trabajando con muchas otras enfermedades. En 1978 se produjo otro gran avance, cuando creó un método mediante el cual los antivirales podían dirigirse con precisión hasta los virus sin dañar células sanas. El fármaco resultante se usa para tratar el herpes y ha sido la base de muchos otros antivirales.
   La investigación farmacológica de Gertrude salvó miles de vidas y logró avances enormes en el tratamiento con fármacos. Cuando se te preguntaba por su éxito favorito, respondía: «No discrimino entre mis hijos».


CUENTOS, Emilia Pardo Bazán

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EMILIA PARDO BAZÁN, Cuentos, Lumen, Barcelona, 2011, 408 páginas.

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Eva Costa, responsable también de la selección, dice en el Prólogo (pp. 9-18) de los relatos de Pardo Bazán: «han resistido bien el paso del tiempo; mejor que algunas de sus novelas y tanto como sus críticas literarias o sus crónicas de opinión o de viajes».  
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MEMENTO

   El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles —dijo el doctor sonriendo a la evocación— no es el de varios amorcillos y lances parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada paso veo con mayor relieve, es..., la tertulia de mi tía Gabriela, doncella machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas, igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
   Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde —pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones— en el gabinetito, desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros de la catedral; y yo solía abandonar el paseo —a tal hora lleno de muchachas deseosas de escuchar piropos— para encerrarme entre aquellas cuatro paredes vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro, palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba: «Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo Candidita».
   De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza. Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición. Poseía Candidita, en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba Candidita sin esfuerzo; en cambio no había quien la convenciese de la realidad de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias...; y al hacerlo, sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
   Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia, le impedía conocer a fondo el mundo, y quizás exageraba las trastadas y gatuperios que en él se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor, antes que sus amigas.
   Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho; sus guantes claros de ocho botones;, sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus abanicos de gasa azul, y el grupo de flores artificiales que prendía graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
   Como estaba semiciega y casi sorda y la vestía su fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín de las mejillas, o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto que mi tía le prestaba unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición: «Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón... Es un fastidio tener tan fino el cutis».
   No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon. Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una frescura rancia —si es licito expresarse así—, viva de ojos y arrebatada de color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del buen humor y la marcialidad.
   ¡Cómo me festejaban aquellas cuatro señoras! Hay sitios adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás. Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante juvenil, Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el camino de una lucida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar. «Vienes descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban remedios caseros, y piperetes, y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza».
   A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector. Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua, contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las exclamaciones me interrumpían. «¿Ese pifio se equivoca y toma el veneno? ¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque encuentra al otro con el puñal! Que no entre, que no entre!» «Jesús, al fin le da la puñalada!» «¡Infame!» «¿Ve usted como el niño que robó el titiritero era hijo de la princesa?», etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
   Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a la corte para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que revelaban ternura, que era preciso excusar a los viejos si se afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó, y al fin se echó a llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo haciendo monerías; «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., que fue de mi papá». Por su parte, Candidita guardó silencio y a poco se levantó, asegurando que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la escalera de peldaños carcomidos.
   De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello, y una cara fría como la nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito..., y, créanlo ustedes, me quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós, ya sabe que se la quiere». Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de Candidita con una caricia rápida y violenta, filial y santa en la intención, Después eché a correr y salí a la calle, resuelto a no volver por la tertulia. ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites... Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de Candidita... ¡Pobre mujer!

HORAS EN UNA BIBLIOTECA, Virginia Woolf

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VIRGINIA WOOLF, Horas en una biblioteca, Seix Barral, Barcelona, 2005, 368 páginas.

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El traductor y editor Manuel Martínez-Lage recuerda que Woolf sólo editó en vida dos libros de ensayos. Esta recopilación completa esa tarea.
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SHELLEY Y ELIZABETH HITCHENER

   Los amantes de la literatura una vez más han de dar las gracias al señor Dobell por el cumplimiento de uno de esos servicios humildes y llenos de paciencia que solo con auténtica devoción puede alguien tomarse la infinita molestia de llevar a buen fin. Las cartas de Shelley a Miss Hitchener ya estaban impresas, desde luego, pero en una edición privada. Ahora las encontramos publicadas con una hechura deliciosa y enriquecidas con una introducción y abundantes notas del propio Dobell, con todo lo cual otro capítulo más en la vida de Shelley resulta más sencillo de conocer y con más enjundia que paladear. Tampoco cabe objetar que la piedad en este ejemplo sea excesiva, pues si bien las cartas son notables sobre todo porque ilustran la naturaleza de un muchacho que, cinco o seis años después de serlo, iba a escribir una poesía requintada, el carácter de Shelley siempre es asombroso. Y a pesar de la verbosidad y de las perogrulladas de su estilo en 1811, es imposible leer esta colección de cartas sin que al punto se tenga una exquisita percepción de escenas difusas, pero revividas de nuevo, y de personajes más o menos tediosos que vuelven a conversar, y de todas las casas de campo y las muy respetables vicarías de Sussex, que vuelven a cobrar vida y a llenarse de damas y caballeros que exclaman «¡Cómo, si un Shelley es ateo!», y que añaden su peso a la intensa comedia, a la intensa tragedia de su vida.
   Elizabeth Hitchener era una maestra de escuela de Hurstpierpoint. Shelley la conoció en 1811, cuando tenía diecinueve años y ella veintiocho. Era hija de un hombre que regentaba una taberna y que era o había sido contrabandista. Toda su educación se la debía a una tal Mrs. Adams, a la que, en el lenguaje de las cartas, llama «la madre de mi alma». Miss Hitchener era delgada, alta, morena, una mujer austera e intelectual, imbuida por el deseo de que las cosas fuesen mejores que las que la sociedad de una provincia pudo proporcionarle, si bien no era, como Shelley se interesó en asegurarle, ni una deísta ni una republicana. Pero probablemente sí era la primera mujer inteligente a la que conoció el poeta; era una mujer oprimida, solitaria, incomprendida y necesitada de alguien con quien pudiera hablar de las placenteras agitaciones de su alma. Shelley entró en la correspondencia con verdadero entusiasmo; ella, no cabe duda, aunque un tanto perpleja y desmañada en su huida, se sintió conmovida y ansiosa por resultar tan apasionada, tan filantrópica y casi tan revolucionaria como él. La primera carta de Shelley es buen indicio de la naturaleza de la amistad; le habla de ciertos libros que, como era natural en los jóvenes ardientes de su calibre, le había prestado: La maldición de Kehama, de Locke, y Sobre la educación nacional, de Ensor. Pasa a atacar su fe cristiana, exclama que «La verdad es mi único Dios» y termina por decir «Pero vea lo que dice Ensor sobre la poesía». Sería delicioso que tuviéramos además las respuestas de Miss Hitchener, ya que algunas alusiones en las réplicas de Shelley muestran de qué modo, en algunas ocasiones, trató ella de poner coto a sus especulaciones. «Toda la naturaleza, salvo la de los caballos —escribió ella—, es armónica, y nace en la desdicha quien ha nacido siendo caballo.» Una «Oda a los derechos de las mujeres» comenzaba diciendo:
   
   ¡Todos, todos somos hombres, las mujeres y todos!
   
   Pero parece que está bastante claro, sin las réplicas de ella, que Shelley no estaba particularmente preocupado por el estado de ánimo que ella tuviera. Dio por sentado con toda tranquilidad que era de un temperameto más exaltado que él, de modo que no iba a ser necesario investigar los detalles, pues podría destinarle a ella, como si se tratara de una deidad impersonal, todos los descubrimientos sorprendentes, todas las ardientes conlvicciones que se le ocurriesen con extraordinaria, asombrosa rapidez, cuando por vez primera el mundo formulase una pregunta concreta y la literatura aportara un gran variedad de respuestas. La pobre maestra de escuela cabe deducir, se alarmó un tanto cuando descubrió con qué corresponsal se había vinculado, a qué especulaciones iba a llevarla, qué opiniones tendría que respaldar con todo y con eso, en todo ello no pudo dejar de percibir un extraño, si no risible alborozo, que le servía de acicate. Por si fuera poco, la relación pronto quedó justificada a raíz del matrimonio de Shelley con Harriet Westbrook. quien dio su visto bueno a la correspondencia. Iba a tratarse de un compañerismo espiritual, de ningún modo inspirado en el amor carnal de ese «bulto de materia organizada que hace de relicario de tu alma». Para colmo, preciso es tener en cuenta el cebo insidioso que tendió Shelley, con su curiosa falta de humanidad, en la carta en la que le explicó el porqué de su boda con Harriet. Rogaba a su «hermana del alma» que le ayudase a educar a su esposa. «Cúlpame [por el matrimonio] si así lo deseas, mi queridísima amiga, pues todavía sigues siéndome mucho más querida; apiádate si quieres de este error, caso de que de él hayas de culparme.» Miss Hitchener, es evidente, era sumamente susceptible a todo elogio de su intelecto, que sutilmente entrañaba un vínculo más estrecho. Sus cartas se fueron tornando más voluminosas, además de mostrar, según declaración de Shelley, «el embrión de un poderoso intelecto». Ahora bien, la profetisa no dejó de tener muy en cuenta la tierra que pisaba, y lo hizo con un ojo astuto, sensato y, debe añadirse, honorable. Era muy consciente de que Harriet podría ponerse celosa, y tampoco quiso pasar por alto las maliciosas chácharas de Cuckfield y atender solamente, como le pidiera Shelley, a la majestuosa aprobación de su propia conciencia. La tragedia, de un tipo tan sórdido como sustancioso, a la fuerza tenía que producirse tarde o temprano, para disolver esta incongruente alianza entre el poeta tempestuoso, cuyas alas eran más fuertes a cada día que pasaba, y la mujer meticulosa pero estrechamente maniatada. La ilusión se sostuvo solo mientras Shelley estuvo en Gales o en Cumbria o en Irlanda, mientras la dama permaneciera en Hurstpierpoint ganándose la vida con sus clases, lo cual ya era noble de por sí, enseñando a los niños chicos, lo cual era más noble si cabe, no en vano enseñar es «propagar el intelecto... domeñar todo error, esclarecer toda mentalidad, y así es mucho lo que se aporta al progreso de la perfectibilidad humana». Así quedó terriblemente destruida la primera de las ilusiones del poeta; se descubrió la traición de Hogg, y el pobre Shelley, más necesitado que nunca de comprensión, recurrió por completo «a quien es prácticamente mi única amiga», como la llama en la que le refiere el duro golpe sufrido.
   Su deseo, reiterado con un énfasis machacón, era que Elizabeth se sumara sin más dilación a su errante grupo doméstico. Harriet, en algunas de las cartas más interesantes del volumen, añadió su encarecida petición a la de su esposo, en un tono que trata, no sin cierto patetismo de imitar su entusiasmo y su generosidad, pero que fácilmente recae, como era de esperar, en mero sentido común más bien quejumbroso tan pronto él deja de oírla. Miss Hitchener rechazó el ofrecimiento durante mucho tiempo, amparándose en variadas razones. Tendría que abandonar la escuela, que era su único medio de subsistencia; pasaría a depender por entero de Shelley; tendría que desafiar a su padre y, además, la gente hablaría mucho y mal. Pero todos estos argumentos, añadidos a la apasionada y nutrida retórica, iban a ser inadmisibles. «El odio del mundo —declara Shelley— es para ti despreciable. Ven, ven y comparte con nosotros el más noble de 1os éxitos, o bien el más glorioso de los martirios. Reafirma tu libertad... Tu pluma... debiera trazar los caracteres que traza para que la nación entera pueda examinarlos.» Fuera cual fuese la razón, ella terminó por ceder, y en julio de 1812 emprendió una desastrosa expedición al condado de Devon. Durante un tiempo todos actuaron a la altura de sus encumbradas misiones. Portia (pues «Elizabeth» ya era un nombre consagrado a la hermana de Harriet) hablaba con Shelley de «pasiones innatas, de Dios, del cristianismo, etc.»; salía a pasear con él, y condescendió hasta el extremo de cambiarse el nombre de Portia, que a Harrier no le gustaba —«pensé que habría resultado más corriente y más plácido de oír»—, por Bessy. El profesor Dowden nos ofrece un singular retrato de época. Shelley y la mujer alta y morena, que no pocos toman por una sirvienta, caminan juntos por la orilla del mar, y lanzan botellas y arquetas llenas de panfletos revolucionarios con la esperanza de que lleguen a una orilla acogedora, pronunciando extáticas profecías en ese ritual. De puertas adentro, ella escribía al dictado de él y leía lo que él indicaba. Pero el declive de esta artificiosa virtud era ineludible; las mujeres fueron las primeras en descubrir que todos los demás eran unos impostores; el propio Shelley no tardó en virar en redondo, presa de una pasión infantil. La hermana espiritual, la profetisa, pasó a ser simplemente «el demonio moreno», «una mujer de planteamientos desesperados y de pasiones horribles», de la que era preciso deshacerse a toda costa, incluso si costara una pensión anual de un centenar de libras. No se sabe si alguna vez llegó a recibir el estipendio; hay una tradición muy verosímil en el sentido de que recobró la cordura tras su asombrosa caída en desgracia, y de que llevó una vida respetable y laboriosa en Edmonton, endulzada por la lectura de los poetas y el recuerdo de sus románticas indiscreciones con el más poeta de todos ellos.

LOS AÑOS AURORALES, Fernando del Val

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FERNANDO DEL VAL, Los años aurorales, Difácil, Valladolid, 2017,

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Recientemente distinguido con el premio Ojo Crítico de Poesía de RNE, Los años difíciles destaca, según consta en el fallo del jurado, por cómo "hondura y originalidad se dan la mano, sirviéndose de un lenguaje sustentado en una musicalidad que, muchas veces, se consigue a través de los silencios".

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hay necrológicas en las incubadoras

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aguas tristes
como prosas de estación y circunstancia

TEXTOS SEDIENTOS Y OTROS RELATOS, León Febres-Cordero

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LEÓN FEBRES-CORDERO, Textos sedientos y otros relatos, Verbum, Madrid, 2012, 80 páginas.
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CRUZAR

   Tras haber estado vagando por encharcadas planicies, temeroso de caer en el lodo y mancillarme, arribé al fin a una primera encrucijada. Al ver cómo se bifurcaba en caminos contrarios a los que no atinaba a encontrar sentido y dirección, sentí que me mareaba y que perdía las pocas fuerzas que aún me mantenían en pie. Entonces, cuando estaba a punto de caer de boca sobre el lodo oprobioso, recordé las palabras de Sócrates en el Fedón que hacen referencia a las muchas ramificaciones y encrucijadas que tiene el camino al Hades. Esas palabras impidieron que terminara de caerme, pues aquello significaba que no había perdido del todo la memoria que había tenido en vida. “Es cierto que el camino a la bien construida mansión es tortuoso y difícil de seguir”, me dije y ello me animó. Me detuve a contemplar la que era mi primera encrucijada. Los caminos no seguían una línea recta sino que se volvían sobre sí mismos, como los largos tubos que me encontré apenas llegado a la planicie y que entrelazados se separaban para succionar la poca sangre que traíamos las almas. Entonces observé hacia el lado de una de las bifurcaciones una agrietada gruta de barro cocido. Era una abertura informe, pero se me asemejó a uno de esos templitos que a veces encontramos al borde de las carreteras. Quizá por eso me llamó la atención y me quedé mirándola. De su interior surgió la imperiosa voz de una mujer que, como un canto, me ordenó: “¡Cruza!”, “¡Cruza!”. Era una voz rubia, ensortijada, sinuosa, fresca. Levanté un pie y una mezcla de terror y de fatiga me lo detuvo en el aire. “¡Cruza!, ¡Cruza!”, seguía entonando la voz que provenía del fondo de aquella tosca abertura. “No puedo cruzar”, dije en voz alta. “Aún no me siento con las fuerzas suficientes para tomar uno de los tantos caminos.” Entonces la voz me respondió: “Cruza y verás que si tomas uno de los más despejados, te llevará hacia bosques tupidos en los que te hundirás y de los que te costará desenmarañarte; y si tomas uno de los más turbios, tras mucho andar te regresará a donde estás. Ciertamente no es fácil el camino al Hades puesto que sus vías son tortuosas, pero has de cruzar para empezar a perderte.” Cuando escuché aquellas desalentadoras y desconcertantes palabras sentí que no había llegado hasta allí para quedarme con el pie alzado, indefinidamente, privándome de mi último destino. Y crucé.

EL HILO DE LA FICCIÓN, José Ángel Barrueco

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JOSÉ ÁNGEL BARRUECO, El hilo de la ficción, Celya, Toledo, 2004, 64 páginas.
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EL FONDO 

   He visto cosas muy extrañas tras la barra de un bar, pero nunca nada tan asombroso como aquel marinero de patillas blancas que un día apareció por mi bodega pidiendo una jarra de vino. Cuando la tuvo entre las manos, se sentó a una de las mesas y, al tiempo que se arremangaba los brazos, fue hundiendo las manos en el fondo del recipiente. Algún parroquiano audaz le preguntó qué intentaba. El marinero fue extrayendo las palmas vacías y turbias de vino, y luego dijo que todo pozo, todo lago, todo fondeadero y todo mar guardaban tesoros imposibles y cadáveres de naufragios. Debo apuntar que mis clientes esbozaron algunas sonrisas maliciosas. El viejo marinero terminó de remover el fondo y, tras el pago, desapareció por la puerta. Al día siguiente, repitió el mismo ritual, remangándose los antebrazos para buscar tesoros inventados en las profundidades mínimas de la jarra. 
   Tres días después, y cuando ya lo considerábamos un loco habitual que pagaba para remojarse las manos, rompió el silencio de la taberna con una exclamación: para nuestra sorpresa, sus dedos comenzaron a extraer puñados de oro en monedas viejas del interior del recipiente de vino que no parecía tener fondo. Reunida una cantidad de riquezas suficiente para retirarse unos años a vaguear a una isla, colocó el dinero sobre la barra y dijo que me compraría la taberna. La vendí, por supuesto, y entonces comenzaron mis penurias: dediqué lo ganado a recorrer otros bares y bodegas, adquiriendo jarras de vino en las que introduje los brazos buscando tesoros, tal y como había visto hacer a aquel marinero. Cuando estaba perdiendo ya mi fortuna en vino derramado, unos tipos con bata blanca me pusieron una chaqueta Y me trajeron a este lugar, donde, pese a la medicación, sigo en la quimera de rastrear tesoros de otros naufragios.

NO IMPORTA, Agota Kristof

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AGOTA KRISTOF, No importa, El Aleph, Barcelona, 2008, 102 páginas.

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EL ESCRITOR

   Me he retirado para escribir la obra de mi vida.
   Soy un gran escritor. Nadie lo sabe aún puesto que todavía no he escrito nada. Pero cuando lo haga, cuando escriba mi libro, mi novela…
   Por eso me he retirado de mi trabajo de funcionario y de… ¿de qué más? De nada más. Porque amigos nunca he tenido y amigas aún menos. No obstante, me he retirado del mundo para escribir una gran novela.
   El problema es que no sé cuál será el tema de mi novela. Se ha escrito ya tanto sobre todo y sobre cualquier cosa…
   Intuyo, siento que soy un gran escritor, pero ningún tema me parece suficientemente bueno, importante, interesante para mi talento.
   Por lo tanto espero. Y, mientras espero, sufro evidentemente la soledad, y el hambre también, a veces, pero confío en que con ese sufrimiento tal vez llegue a un estado de ánimo que me permita descubrir un tema digno de mi talento.
   Por desgracia el tema tarda en aparecer y la soledad me pesa cada vez más, el silencio me rodea, el vacío se propaga, y eso que mi casa no es muy grande.
   Pero esas tres cosas horribles —la soledad, el silencio y el vacío— revientan el techo, estallan hasta las estrellas, se extienden hasta el infinito y ya no sé si es lluvia o nieve, foehn o monzón.
   Y grito:
   —Lo escribiré todo, todo lo que se puede escribir.
   Y una voz me responde, irónica, aunque por fin hay una voz:
   —De acuerdo, chaval. Todo, pero nada más, ¿eh?