DIÁLOGOS DE CORTESANAS SEGUIDO DE MANUAL DE URBANIDAD PARA JOVENCITAS, Pierre Louÿs

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PIERRE LOUŸS, Diálogos de cortesanas, Dilema, Madrid, 2006, 150 páginas.

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   —Entra, entra, querida. Y desnúdate, por favor. —Tú también, querida. —Oh. Yo no llevo más que una bata, mira, estoy en cueros. Pero ya está, ¿ves...?. -Oh, qué costurero más suave; deja, deja que lo bese, que lo mire...

FÁBULAS Y LEYENDAS DEL MAR, Álvaro Cunqueiro

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ÁLVARO CUNQUEIRO, Fábulas y leyendas de la Mar, Tusquets, Barcelona, 1988, 288 páginas.
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Néstor Luján, encargado de la recopilación de estos textos, elogia de Cunqueiro "su gusto de fabular, de convertir el artículo en un microcosmos de novela". 
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LA SIRENA DE GÉNOVA

   En 1548, nuestro don Felipe, viudo de doña María de Portugal y tan gentil mozo, dorado el pelo, corno lo pintó el Tiziano, llegó a Génova, pasando por el camino más largo hacia los Países Bajos, adonde iba, para que lo conociesen los flamencos, amén de ver al sienés Bártolo, vio una sirena. La sirena estaba muerta de pocas horas, y decía yo que «tranquilamente muerta, y no podía cantar», como en el verso del poeta inglés Walter de la Mare. La noche de bodas de Felipe y María, la dulce niña portuguesa, fue en un palacio salmantino don­de ahora está la central telefónica. Creo recordar que se conserva una alta ventana, la ventana de la cámara nupcial. No me extrañaría nada que, en las noches de Salamanca, en mayo, tan surtidas de rui­señores nostálgicos, se cortasen todas las conferen­cias porque los ecos de las palabras amantes de Felipe y los suspiro de la tímida lusitana buscasen los hilos del teléfono como el alma busca cuer­po. Y, aunque parezca mentira, Felipe sabía ha­blar a las mujeres, y era muy dado a tener con­versaciones con la femenina juventud. En Italia mis­mo, en aquel viaje, el español gustó mucho, cor­tés y letrado, príncipe renacentista. María murió en Valladolid pocos días después de haber dado a luz, y a causa, según certificó el protomedicato vallisoletano, de que sus ayas, teniendo la portugue­sinha sed, le dieron una limonada, cosa que estaba vedada a paridas y se tenía como pócima mortal en el caso. ¿Cuándo Felipe vio en Génova la sirénica muerte, «como si estuviese nevando debajo de su fina piel, tan pálida estaba», dijo Eugenio Montes; cuando la vio Felipe, recordaría a su rosa de Lis­boa, blanca y difunta? ¡Quién lo sabe!
    La sirena, según ha contado Farinelli en un de­licioso artículo llevó un agua de socorro, que pese a la oposición del señor arzobispo le echó un fran­ciscano poco antes de las últimas boqueadas. Esa agua de socorro dio mucho que hacer, porque pa­sando la sirena de Génova a cristiana, lo pedido era darle tierra sagrada. Vino a solucionar la espi­nosa cuestión el que unos, que nunca fueron habi­dos, robaron el cuerpo de la sirena. Yo tenía la se­parata de no sé qué revista con el trabajo de Fari­nelli y un grabado de la doncella marina, que me había regalado Rafael Sánchez Mazas. El ilustre autor de La vida nueva de Pedrito de Andía me ampliaba el texto del gran hispanista, contándome que, poco tiempo después de muerta, la sirena ge­novisca, comenzaron a venderse manojos de sus cabellos en las ricas ciudades de Italia, y eran muy apreciados porque eran insecticidas, no dejaban sa­lir las canas y prevenían la calvicie, frotando con ellos el pelo humano. Sánchez Mazas afirmaba que alguna que otra vez, en inventarios italianos de ilus­tres casas toscanas o lombardas, aparecen, entre las joyas, los manjillos del suave, perfumado, rubio pelo de la sirena del mar ligur.
   En fin, estaba muerta y no podía cantar. Repi­tamos que, al contrario de la de Walter de la Mare—«una débil aventurera en un mundo tan am­plio»—, la sirena de Génova no se deshizo en are­na, y acaso el ladrón no lo fue sólo por el cabe­llo prodigioso. Quizás un loco enamorado quiso con­templarla una hora más, en secreto. Mayores locu­ras se vieron, y ya dijo Don Quijote que nadie sabe nada del alma de nadie.

LLORAR EN LA SOPA, Elena Poniatowska

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ELENA PONIATOWSKA, Llorar en la sopa, FCE, Madrid, 2014, México, 194 páginas.

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Siete de estos veinte Cuentos son narraciones breves. 
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ESTADO DE SITIO

   Camino por las grandes avenidas, las anchas superficies negras, las aceras en las que caben todos y nadie me ve: nadie voltea, nadie me mira, ni uno solo de ellos. Ninguno da la menor señal de reconocimiento. Insisto. Ámenme. Ayúdenme. Sí, todos. Us­tedes. Los veo. Trato de mirarlos; nada los retiene, su mirada resbala encima de mí, me borra, soy invisible. Sus ojos evitan detenerse en algo, en cualquier cosa, y yo los miro a todos tan in­tensamente, los estampo en mi alma, en mi frente; sus rostros me horadan, me acompañan; los imagino, los recreo, los acaricio. Nosotras las mujeres atesoramos los rostros; de hecho, en un momento dado, la vida se convierte en un solo rostro al que podemos tocar con los labios. Ámenme, véanme, aquí estoy. Alerto todas las fuerzas de la vida; quiero traspasar los vidrios de la ventanilla, decir: “Señor, señora, soy yo”, pero nadie, nadie vuelve la cabeza, soy tan lisa como esta pared de enfrente. De­bería gritarles: “Su sociedad sin mí sería incompleta, nadie ca­mina como yo, nadie tiene mi risa, mi manera de fruncir la nariz al sonreír, jamás verán a una mujer acodarse en la mesa como lo hago, nadie esconde su rostro dentro de su hombro... señores, señoras, niños, perros, gatos, pobladores del mundo entero, créanme, es la verdad, les hago falta”.
   Me gustaría pensar que me oyen, pero sé que no es cierto.



UKIGUMO, Ángel Olgoso

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ÁNGEL OLGOSO, Ukigumo, Editorial Nazarí, Granada, 2014, 146 páginas.

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En esta edición hispanoitaliana (traducción de Paolo Remorini) se recogen por primera vez los haikus que Ángel Olgoso concibió hace más de dos décadas. Las tres partes en que se organiza el volumen demuestran distintos modos de idear con maestría piezas de este género breve: en "Kaoru" (aroma) predomina la expresividad de la palabra que fluye; en "Akashi" (gema), la contención y serenidad del tradición molde poético del haiku, y en "Utsusemi" (caparazón de cigarra), el lirismo de enigmas filosóficos que se entrelazan con la tradición zen de los kōan. 

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Tordo.
Disparo de un cazador:
átomo de plumas.

CRIATURAS DE LOS BOSQUES DE PAPEL, Eugenio Mandrini

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EUGENIO MANDRINI, Criaturas de los bosques de papel, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1987, 186 páginas.

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LA SAL DEL HOGAR 

   Vio la sirena en la playa, semiasfixiada por falta de agua, y la llevó a su casa, llenó la bañera, la introdujo suavemente y le hizo compañía.
   A su mujer no le pareció extraño verlo ahogado: había sido tan adicto a los baños de inmersión, y éstos eran tan traicioneros, que tarde o temprano tenía que suceder.
   Lo extraño era ese profundo aroma a mar que inundaba toda la casa.

HAI-KAIS ESPIRITUALES, Ernestina de Champourcin

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ERNESTINA DE CHAMPOURCIN, Hai-kais espirituales, Finisterre, México D.F., 1968, 70 páginas.

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Amanecer a oscuras...
Bien está que despiertes mientras tantos descansan.
Dentro de ti hará sol, a pesar de la noche.

LOS CUADERNOS DE LETRA PEQUEÑA, José Jiménez Lozano

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JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, Los cuadernos de letra pequeña, Pre-Textos, Valencia, 2003, 252 páginas.
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Esta entrega, que compone el cuarto tomo de "lo que podrían denominarse mis Diarios", incluye lo escrito entre 1993 y 1998.
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   Un niño de trece años, en Madrid, confiesa tranquilamente que ha matado a otro niño de diez. También es un niño de la calle, y la noticia sobre este horror no deja de bucear sus profundidades, y explica que al muchacho asesino —no le gustaba el colegio y prefería ir a buscar pájaros—. Es puro cretinismo esta explicación pero el caso es no hablar del mal, porque no debe existir. Ni hay tampoco criminales, naturalmente. El horror sería ahora el mero hecho de hacer novillos o faltar a la escuela, que siempre fue la mayor de las delicias, por cierto, y que nadie que no la haya gozado podrá ni imaginar; pero queda negada a los niños de hoy, porque, como se ve, hasta es un signo de perversidad que lleva al asesinato, y, desde luego, encierra algún desequilibrio mental y trastorno de la personalidad.
   El caso es no mentar la bicha; vivir de estereotipos y con explicaciones perfectamente idiotas, pero tranquilizadoras.