FALSIFICACIONES, Marco Denevi

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MARCO DENEVI, Falsificaciones, Thule, Barcelona, 2006 (1966), 160 páginas.

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Reedición de este clásico de los libros de microrrelatos, publicado por primera vez en 1966, que toma como materia prima la historia y la literatura para falsificarlas bajo la genialidad del autor argentino. Cierran el volumen las Imposturas del señor Perogrullo, envueltas en formato aforístico.

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LAS GRANDES MURALLAS CHINAS

Despiertan, en los chinos, la nostalgia de salir. Y en los tártaros, la de entrar. Finalmente todos se dan el gusto y las murallas quedan convertidas en ruinas admiradas por los turistas.

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Dios es para mí lo que la redondez de la tierra para el arquitecto.
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El imán humilla al hierro. Es una teoría sobre el amor. Toda revolución quiere ser la última revolución.
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Mi culpa marcha tan lenta que siempre la alcanzan el perdón y el olvido.
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Moraleja de todas las fábulas: el hombre es un animal.
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Paradoja: los aforismos me aburren.

TIERRA EN EL CIELO, Antonio Cabrera

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ANTONIO CABRERA, Tierra en el cielo, Pre-Textos, Valencia, 2001, 88 páginas.

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60 tipos de aves se recogen aquí poetizadas en la forma del haiku, en "una apuesta por la esencialidad y una huida de la descripción", como se sugiere en la breve Nota del autor (pp. 9-11). Cada composición aparece titulada con el nombre del pájaro en castellano, acompañado por su nomenclatura latina, y se presentan ordenadas según "la secuencialización taxonómica de K. H. Voous, habitual en la moderna literatura ornitológica".

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JILGUERO
(Carduelis carduelis)


Azufre y sangre
que no dañan. Canción
desde una espina.

A MÁS CÓMO, MENOS POR QUÉ, Jorge Wagensberg

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JORGE WAGENSBERG, A más cómo, menos por quéTusquets, Barcelona, 2006, 200 páginas.

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Subtitulado 747 reflexiones con la intención de comprender lo fundamental, lo natural y lo cultural, el volumen se divide en dos partes: La intención es comprender y La intención es conocer (Epílogo). La primera, como afirma el autor en el Prólogo (pp. 13-17), sería la continuación natural de Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?, y en ella afronta diversos modos de aproximarse a la realidad en el molde del aforismo. La segunda supone otro prisma a través del cual profundizar sobre los mismos temas. Así se explica en el Prólogo al Epílogo (pp. 145-146): "En veinte palabras la intención es más bien comprender, en mil palabras la intención es más bien conocer. ¿Qué gana una idea de veinte palabras cuando consigue crecer en un espacio de unas mil palabras? Trascendencia".

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La armonía es repetir en el espacio.
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El ritmo es repetir en el tiempo.
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Tengamos presente que en el futuro nunca sabrán cómo viajar al pasado.
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Un aforismo es el mínimo de algún máximo.
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Cuando una idea no cabe en una frase es porque le falta esencia y (o) porque le sobran matices.
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Una verdadera pregunta es la que permite, al menos, imaginar una respuesta, aunque ésta resulte ser falsa.
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El empeño en perseguir la perfección es rentable; el empeño en alcanzarla, una ruina.
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La nostalgia es placer de tristeza.
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Una cosa es descubrir la rueda, otra es percatarse de su trascendencia y otra convencer de ello a legos y colegas.

EL MICRORRELATO ESPAÑOL, Irene Andres-Suárez

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IRENE ANDRES-SUÁREZ, El microrrelato español. Una estética de la elipsis, Menoscuarto, Palencia, 2010, 368 páginas.

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Dividido en dos partes (una primera que atiende a la historiografía y a la teoría literaria; una segunda que analiza la obra de los autores más representativos desde la década de los 60), el manual de referencia de Irene Andres-Suárez, subraya la idea de que, a pesar de que estas microformas pueden ser rastreadas desde la antigüedad, su profusión a partir del primer tercio del pasado obedece al ideal de depuración que surge de las Vanguardias históricas. En "Prólogo: la Literatura del nuevo milenio" sentencia: "El microrrelato, por su brevedad (minituarización extrema) y por su naturaleza elíptica, es una de las formas literarias más idóneas para representar los profundos cambios que se han operado en el mundo durante el siglo XX".  

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ÍNDICE

Prólogo: La literatura del nuevo milenio [9]

PRIMERA PARTE: HISTORIA Y TEORÍA

Estado de la cuestión [19]
Denominaciones y conceptos. Microrrelato y minificción, dos términos no necesariamente sinónimos [25]
Genealogía y desarrollo [33]
Rasgos distintivos [49]
Poligénesis del microrrelato y estatuto genérico [69]
Tres estrategias para reducir el microrrelato a su mínima expresión: [79]
   La intertextualidad temática y formal [80]
   Lo fantástico [104]
   El humor [120]
Formas fronterizas: [133]
   Microtextos de naturaleza teatral [134]
   Los diálogos en prosa de Federico García Lorca. Microteatro narrativo [145]
   Microtextos de naturaleza ensayística [157]

SEGUNDA PARTE: AUTORES Y OBRAS
Antonio Fernández Molina: El microrrelato surrealista [177]
La estética de la brevedad en la obra de Javier Tomeo [189]
Relatos hiperbreves de Luis Mateo Díez [221]
Números pares~impares e idiotas de Juan José Millás [243]
Los “nanocuentos” de José Mª Merino y su universo iconotextual [259]
Juan Pedro Aparicio y la literatura cuántica [281]
Menudos universos de Julia Otxoa [297]
Relatos mínimos de Hipólito G. Navarro [311]
Ángel Olgoso. Un maestro de la brevedad [323]
Bibliografía sobre el microrrelato español [353]

ELECTRONES, Carlos Marzal

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CARLOS MARZAL, Electrones, Cuadernos del Vigía, Granada, 2007, 56 páginas.

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Escritor no es quien escribe para luego marcharse a vivir, sino quien no puede entender el hecho de vivir sin estar escribiendo.
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Obra como si tus actos fueran a convertirse en objetos de anticuario, aunque después el tiempo los vuelva simples cachivaches.
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Creía que la Historia lo absolvería por profundo, y ni siquiera la actualidad lo condenó por superficial.
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Formular lo consabido bajo una forma nueva es formular lo que no se sabía.
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Cuando la vida me pesa más de la cuenta, me la quito de encima y la dejo en el suelo. Es un ejercicio de halterofilia mental.
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No se puede ser moralista sin ser algo soberbio, pero no se puede ser profundo sin ser algo moralista.
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La parte más curiosa del animal nuestro es aquella que se cree que no lo es.
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Escribir no es la respuesta ni tampoco la pregunta. Es la respuesta que no se da a la pregunta que no se ha formulado.
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La vejez le da miedo por lo que es, en lugar de inspirarle confianza por lo que ha llegado a ser.
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Paré en una estación desconocida de un país ajeno, en un andén vacío en mitad de la noche. Y todo aquel desamparo era mi casa.

TAM TAM, Tomás Borrás

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TOMÁS BORRÁS, Tam Tam, Compañía Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1931, 146 páginas. Ilustraciones de Rafael Barradas.

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Irene Andrés-Suárez incluye en la bibliografía de El microrrelato español. Una estética de la elipsis este libro de Tomás Borrás cuyo título completo es Tam Tam. Pantomimas. Bailetes. Cuentos coreográficos. Mimodramas. Ya advierte la autora que no estamos ante un libro compuesto en su totalidad por microrrelatos. El ejemplar del que extraemos esta deliciosa narración procede de la biblioteca personal de Wenceslao Fernández Flórez. Esta rareza de Tomás Borrás, a quien podemos considerar un precursor del microrrelato, está magníficamente conservada en la sede de la Fundación Wenceslao Fernández Flórez: Villa Florentina.
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EL PINTOR CUBISTA

El estudio del pintor cubista. Lienzos de tamaños irregulares, nunca rectángulos, ni óvalos, ni cuadrados, ni círculos como los lienzos de los pintores anticuados, sino pedazos de tela en su bastidor, cortados de modo ageométrico y caprichoso. Todos los lienzos ostentan pinturas cubistas indescifrables para el vulgo profano y son de colores enteros y brillantes. El laberinto de la línea no sigue más regla que la genial arbitrariedad. Ningún atisbo de forma humana, desde luego, ni de paisaje, ni de naturaleza inerte. Triángulos, eses, diagonales, vientres de curvas azul cobalto, punteados de blanco plata y de carmín, ziszás ocres y violetas. Una vibración lumínica indefinida, un maremagno calidoscópico y debajo letreros bien visibles: «Retrato de la Señora de Pérez», «El rebaño», «Puesta de sol».
En primer término se ve una escultura cubista. Es una masa de yeso de gran tamaño, formada por infinitos conos, esferas, cilindros, planos. Al pie, dice: «El sembrador».
Las sillas del estudio son cubos perfectos. Por la claraboya, medio oculta por una tela roja con rayas azules, entra el sol. Un plato de dodecaedros y pentaedros sobre una «silla». Un cartel de cierta Exposición de pintura en la técnica simultaneísta. La luz eléctrica está encerrada en lámparas de colorines y volúmenes absurdos. Un piano eléctrico de cola, echa al aire su faldón de frac, dejando el cordaje al descubierto.
La mujer del pintor comenta a solas la pintura de su marido. Está estupefacta. Es una mujer muy joven y muy bella. Viste sencillamente una túnica, a la griega. Los cabellos los lleva recogidos en moño sobre la nuca y partidos en dos alas. El gusto simple y depurado de su figura recuerda a madama Recamier. Descorre la cortina de la claraboya para que entre más sol. Coge algunos lienzos del esposo y los va examinando uno a uno con gestos de incomprensión y de tristeza desesperada. Suena en otro piano que no se ve, una canción emotiva, clara, con olor a aire libre, como La alegría del labrador, de Schumann.
Levántase para danzar, impulsada por un arrebato de su inspiración lírica, y lo hace ingrávida y suave como un soplo de aire en acción de caricia. Siguen sonando las tranquilas armonías campestres. Se abre violentamente la puerta y entra el pintor cubista, que arriba de la calle. Su traje es una exageración de norteamericanismo desde los zapatones hasta el hongo. Reprende a su mujer, violento, porque  escucha y baila aquella música insubstancial y vieja. Despójase de abrigo y sombrero y, utilizando objetos del estudio, ejecuta un jazz-band estruendoso, burlándose antes de la cursilería de su mujer, que prefiere la melodía al ruido. Ahuyenta al músico vecino, cesando de sonar el piano. Corre la cortina de la claraboya y enciende la luz artificial, huyendo de la del sol. Admira la estatua con ademanes expresivos y desdeña a su mujer, que quiere abrazarle. Se abisma en la contemplación de «El sembrador». Su mujer llora afligida. Entra en las habitaciones interiores. El pintor cubista se pone a trabajar aplicando la pintura con los tubos.
Mientras trabaja acude la Musa a inspirarle. Es una rueda giratoria, quieta hasta entonces, que se mueve animada por ondas eléctricas. La rueda ilumina y obscurece segmentos de colores encendidos y enciende y apaga letras que no forman palabras. Todo lo cual procura reproducir el artista en su lienzo.
Entran Esnob y Esnobinilla. Son dos figuras rígidas. Tienen el rostro como los muñecos de madera, y con sólo dos expresiones: la de asombro, abriendo mucho los ojos y la boca, y la de indiferencia inmóvil. Las ejecutan como si para ello les tirasen de una cuerda. Esto y su rigidez les da una fuerte apariencia de mecanismos vivientes. Se paran delante de todos los cuadros, haciendo su admirativo ¡Ooooh! facial. Compran un lienzo, y él se lo pone debajo del brazo. La mujer del pintor, que ve la escena entre las cortinas, sin comprender cómo pueden comprar aquello, sale a tiempo de impedir al marido que bese la mano de Esnobinilla. Entre marido y mujer se desarrolla una escenita: celos por parte de ella, hastío por la de él. Es inútil que le muestre sus brazos desnudos. Y su ligero escote, que mueva con gracia la cabeza delicada, que exhiba el encanto de su cuerpo en movimientos de plástica lentitud. El pintor cubista, obsesionado por su estética intelectualizada, sólo hace gestos de estupor admirativo ante la escultura. Esnob y Esnobinilla aprueban y desdeñan a la rechazada esposa, que tiene el atrevimiento de ofrecer a su marido unas rosas que se ha puesto a la cintura, cuando él —como lo hace notar— sólo gusta de los dodecaedros, los cubos y las pirámides que sustituyen en el plato a las flores y a las frutas. La esposa se aflige nuevamente; luego se queda pensativa un instante, mientras se despiden del pintor Esnob y Esnobinilla. Por fin ella, con repentino júbilo, éntrase. Se le ha ocurrido una idea.
El pintor, idos Esnob y Esnobinilla, cuenta con fruición los billetes de Banco que le han dado. Llaman a la puerta y, guardándose el dinero, corre a abrir. Entra el sastre. Su vestimenta es de telas de diversos colores unidos en la forma corriente del traje de americana. Ostenta en el cogote un letrero: «Sastrería futurista». Como el sastre le trae la ropa recién hecha, se pone el chaquetón inaudito. Enchufa el contacto y el piano eléctrico expele horripilante composición que eriza los nervios. Sastre y pintor, después de sabotear, admirativos, los primeros compases, se ponen a bailar de cabeza, enlazados por los pies: coreografía gimnástica y apayasada.
Después del baile el pintor, para obsequiar a su visita, éntrase y vuelve con bandejas de mermeladadas, quesos, galletitas, frutas, té... El sastre se le ríe, se le mofa. Aquel género de alimentos está proscrito por los avanzados. Mientras el pintor, deposita su carga de golosinas en la mesa cúbica, el sastre saca a la superficie del bolsillo que luce en una de las mangas, sendas jeringuillas. Las carga tomando el líquido de una ampolla carmesí, y ofrece al pintor, como quien ofrece un pitillo, el paraíso artificial encerrado  en la columnilla cristalina. Con cierto temor el artista se aplica la dosis, después de vacilar y pensarlo mucho. El sastre también se clava el aguijón y hace gestos de relamerse de gusto. Por el contrario, el pintor sufre, se aprieta el lugar del pinchazo, se estremece, tirita, pero disimula y finge soñar con sublimidades y exquisiteces, como el sastre, que para ello se ha encaramado en un bastidor y desde allí pone los ojos en blanco.
Molesto el pintor, inclina el trebejo de madera y el sastre se da un grande porrazo que le espabila. Después de las excusas, se despide afectuosamente y tomando su caja de entregas —«Sastrería futurista»— sale del estudio.
El pintor no puede resistir más la comedia. Se quita la chaqueta de colorines en escuadras y paralelas y, arrojándola al suelo, la pisotea. Vístese la prenda que llevaba antes. Descorre la cortina que tapaba el sol. Apaga la luz eléctrica y arrincona la escultura cubista. De debajo de un lienzo saca una fotografía de su mujer y la contempla extasiado haciendo demostraciones de amor. Pónese gabán y sombrero y, abriendo la ventana, invita al músico que tocaba antes a repetir la canción de sabor a campo: vuelve a oírse, pura, noble, serena. Saborea el pintor las frutas, sorbe una taza de té, se deleita con un trozo de queso a caballo en un trocito de pan. Arroja por la ventana la jeringuilla tomándola con dos dedos, con infinito asco. Llama a su esposa, alegre al pensar en el día de placer que les espera. Detiene el girar de la Musa.
Y entra su mujer. Pero no es la joven perfecta y abrileña que tenía en su aspecto sencillo una seducción de morbideces y de finas sensualidades, sino un elevado montón de masas trabajadas geométricamente como la escultura cubista del estudio. Es un conjunto de rombos, planos oblicuos y verticales, conos y elipses que anda, llevando los guantes y la sombrilla al extremo de dos estrechos cilindros y el sombrero sobre un poliedro. El pintor cubista retrocede aterrado, huye cuando se le aproxima el irregular conjunto de volúmenes y al intentar éste abrazarle, cae al suelo desmayado.
Entonces la mujer que se disfrazó pensando que tal era el gusto de su marido, rompe a bailar encima de éste —triunfo de lo natural—  el jazz band que tocó él, aún más ruidoso y desenfrenado.

SABOREAR EL AGUA, Taneda Santôka

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TANEDA SANTÔKA, Saborear el agua, Hiperión, Madrid, 2004, 168 páginas. Traducción de Hiroko Tsuji y Vicente Haya.

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Organizado en bloques temáticos (La puerta, Camino, Aldea natal, Lluvia...), el volumen recoge, como su subtítulo ya apunta, Cien haikus de un monje zen, acompañados por los poemas originales y abundantes notas explicativas a pie de página. En su Introducción (pp. 9-28), Vicente Haya estudia los temas más frecuentes del poeta y su papel dentro de la tradición del género, destacando finalmente la trascendencia vital que destilan sus versos: "Si hubiera que encontrar a alguien para recordarlo todo, muchos de nosotros desearíamos volver a ser humanos a partir de Santôka" (p. 28). 

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何を求める風の中ゆく

Nani o motomeru
kaze no naka yuku

¿Qué pretendo encontrar
internándome en el viento?