PÁGINAS ESCOGIDAS, Rafael Sánchez Ferlosio

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RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, Páginas escogidas, Literatura Random House, Barcelona, 2017, 400 páginas.
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En la Presentación (pp. 11-17) Ignacio Echevarría señala que esta antología pretende «vencer las aprensiones que despierta la complejidad que tantos atribuyen a Ferlosio».
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EL DERECHO NARRATIVO

   Hace u muchos años designé como «derecho narrativo» a todo un cuerpo de convenciones —tácita, pero explicitables— que a lo largo del tiempo se ha venido fijando sobre la narración hasta alcanzar casi el rigor de obligatorias cláusulas contractuales en el contrato de compraventa entre el autor y los lectores. En ciertas piezas simples y esquemáticas están justificadas y exigidas por el sentido mismo de la historia: por ejemplo, la cláusula del orden de sucesión en la fabula del desafío entre Ricardo Corazón de León y Saladino: «El príncipe Ricardo puso en pie un tocho de tronco de roble y usando a guisa de hacha su mandoble lo partió en dos de un solo formidable golpe; Saladino echó al aire un chal de seda y cruzándolo al vuelo con su cimitarra lo hizo llegar al suelo cortado en dos mitades». Es evidente que si invirtiésemos el orden de actuación de los dos campeones, no tendríamos fábula, porque iríamos de más a menos y el sentido exige ir de menos a más: la fuerza primaria, directa, bruta no es más que pura fuerza a secas, y no tiene otra sorpresa que dar más que la de la mera magnitud; es la fuerza secundaria, indirecta, sutil, la que sí, en cambio, puede darle una sorpresa a la primera. La convención del orden de sucesión de las acciones o actuaciones es aquí idónea, necesaria para el sentido mismo de la fábula y para su intención, y, por ende, irreprochable. (Lo mismo puede decirse de la del desafío entre el sol y el viento a ver quién era capaz de quitarle la capa al hombre; el viento sopló y sopló, y el hombre no hizo más que apretarse más y más la capa contra el cuerpo; entonces salió el sol y calentó y calentó, hasta que el hombre, asfixiado y bañado de sudor, se quitó la capa con sus propias manos. Aquí también, invertir el orden de sucesión de las actuaciones habría deshecho el sentido y la intención de la fábula.)
   En estas fábulas esquemáticas de desafío o de certamen, en cierto modo «abstractas», el sentido está regido por una orientación intencional, que sólo a veces —en modo alguno necesariamente— es lo que suele llamarse «moraleja». Por eso he hablado, más arriba, por dos veces, de «intención»: el narrador apunta y nos dirige hacia algo ajeno y exterior a la escueta facticidad de lo narrado: si se ciñese al principio narrativo de «esto es lo que pasó y así os lo cuento», no habría más convenciones ni más «derecho narrativo» —al menos incidentes en el propio argumento, incluida la sucesión argumental— que el de los hechos mismos: por eso el viejo Homero tiene una cierta fama. Por lo menos bajo la mirada a la que hoy hemos acabado por ahormar y adaptar nuestros ojos de lectores es imposible advertir ni sospechar en la Ilíada ni la sombra de algún hecho marcado por cualquier posible «intención» subjetiva del aedo. El «derecho narrativo», desconocido para él, se compone, por supuesto, de otras muchas convenciones o «cláusulas contractuales» que, tal vez incoadas de modo perceptible a partir de los «libros de caballería» y, en general, desarrolladas sobre todo en la novela «popular», han sido la mayor catástrofe que podía sufrir la narración. Su más estricta observancia se da precisamente en la novela más barata, escrita por autores de tan fácil pluma como escaso escrúpulo y destinada a los lectores menos cultos. Podría pensarse que el público que compra esas novelas las acepta por falta de exigencias; paradójicamente, sin embargo, es, en cierto sentido, el más exigente de los públicos, el que se siente más vivamente defraudado en sus derechos de lector ante la infracción de cualquier cláusula contractual que forme parte del derecho narrativo; asimismo, precisamente por ser éste una rutina sobradamente trillada y consabida, tampoco hay que extrañarse de que sean los autores de más fácil pluma los que saben moverse con mayor desenvoltura, sin la mínima desviación ni titubeo, por la segura solidez de sus carriles. Finalmente, la industria cultural, o la industrialización de la cultura, ha extremado hasta tal punto el rigor de la observancia del «derecho narrativo», especialmente desde el cinematógrafo —donde las sumas de dinero que se arriesgan no tienen comparación con lo que arriesga un autor o un editor—, que ya no extraña siquiera la cada vez más desavisada y más condescendiente aceptación del recrecido e infinitamente repetitivo imperio de las convenciones narrativas por las personas ilustradas, que apenas puede entenderse cómo pueden soportar y hasta apreciar una película del Oeste más, una persecución automovilística más, un happy end más, o, en fin, todo un océano de piezas narrativas, cinematográficas o literarias, cada vez más huero y más concentradamente idéntico a sí mismo. Hasta la crema de la intelectualidad se toma en serio inmundicias no sólo estéticas sino también ideológicas, como Casablanca o Lo que el viento se llevó, pues las convenciones del «derecho narrativo», además de ser ideológicas ya en cuanto formas o más bien fórmulas en sí, se han convertido también en eficaz instrumento pedagógico, potenciador de las ideologías. El paradigma supremo de semejante fundan educativa es, sin duda, Walt Disney, el gran corruptor de menores y la mayor catástrofe estética, moral y cultural del siglo XX. Todo suele empezar por la estética, pues la primera que viene es la Fealdad, luego la Estupidez y finalmente la Maldad. Pero tampoco sería acertado saltar desde este orden de sucesión a una interpretación «consecuencialista» del pecado estético: la fealdad es ya un mal en sí mismo, que se cumple del todo, consecuencias aparte, con su mera aparición: una película de Landa, una columna de Cela, una pintura de Tapies es que no tienen que dejarse ver, pues con su sólo mostrarse la fealdad ya se ha cumplido, el pecado estético ya ha sido cometido. La índole del pecado de fealdad es «hacer daño a la vista», «ofender la mirada», no necesita hacer más daño a nadie; la propia noción de «obscenidad» connota la incriminación de algo que no consiste más que en un mero mostrarse.

NOTICIA DE TIERRAS IMPROBABLES, Pedro Ugarte

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PEDRO UGARTE, Noticia de tierras improbables, Hierbaola, Pamplona, 1992, 168 páginas.

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DEMOCRACIA

   Esa mujer a la que me refiero forma parte de esos círculos conservadores que tan incómodos se encuentran explicitando su ideología como confirmándola con cada uno de sus actos. En mi pequeño país, al menos, esos círculos se aposentan casi siempre en áreas residenciales muy concretas y eso, posiblemente, los delata. Esa mujer, con la llegada de la democracia, sufrió cierta conmoción interior nunca resuelta del todo. Pero ella tenía una irreductible conciencia de su ciudadanía de modo que, ante la más mínima perturbación, gustaba de exclamar: "¿Es esto la democracia?". Así, si en su automóvil la sancionaban con una multa, espetaba airada al agente de turno: "¿Es esto la democracia?". O si había obras a la entrada de su casa que dificultaban el acceso, preguntaba a los peones sudorosos: "¿Y esto es la democracia?".
   "Pero, oiga, ¿es esto la democracia?", terminará diciendo acaso, en su lecho de muerte, mirando desesperadamente hacia ninguna parte, donde acaso Alguien pueda decirle que sí.

EL SENDERO ILUMINADO, José Ortega Moreno

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JOSÉ ORTEGA MORENO, El sendero iluminado, (Sic) Editorial, Bucaramanga, 2003, 54 páginas.

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Recorro el territorio de tu piel
E insomne busco
Donde sembrar mi cuerpo

IDEA INTUITIVA DE UN CUERPO GEOMÉTRICO, Itziar Mínguez Arnáiz

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ITZIAR MÍNGUEZ ARNÁIZ, Idea intuitiva de un cuerpo geométrico, L.U.P.I., Sestao, 2018, 96 páginas.

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INVITACIÓN

Ven.

Quiero estar sola
y necesito un testigo.

INOLVIDABLES, Luise Berg-Ehlers

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LUISE BERG-EHLERS, Inolvidables, Maeva, Madrid, 2018, 172 páginas.

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«Hasta muy entrado el siglo XIX, escribir y educar era la única tarea que podían desempeñar las mujeres sin perder la consideración social». Luise Berg-Ehlers compone este inventario de semblanzas de Grandes autoras que escriben para los pequeños: por sus páginas se pasean desde Louisa May Alcott a Lygia Bojunga.
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ELENA FORTÚN [1886-1952]

  Mientras que en los países anglosajones las corrientes feministas estaban adquiriendo mucha presencia, en España se fraguaban lentamente y, además, tenían un carácter aislado. Se acercaba una época de cambio, pero la forma de vivir decimonónica de nuestro país aún dejaba entrever la situación de desigualdad y subordinación en la que se encontraba la mujer.
   En este ambiente tradicional nace la criatura de ficción más famosa de toda la literatura infantil española. Era un domingo 24 de junio de 1928 y sus primeras palabras fueron: «Así, pensando y pensando, ha entendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen». ¡Toda una declaración de intenciones! ¿Quién era esa criatura de siete años, respondona, picara y dotada de una imaginación desbordante? Celia Gálvez de Montalbán, una niña madrileña de grandes rizos rubios, precursora de la «chica rara», que llegó para colarse en todos los hogares españoles, rojos o nacionales, y que dio voz a una infancia invisible.
   Las primeras ilustraciones de Celia estuvieron a cargo de Serny (Ricardo Summers e Isern), que la imaginó como una dulce niña de pelo rubio y gesto picara, imagen icónica que permanece hasta nuestros días. Sus grandes ojos quieren absorber y comprender todo lo que la rodea, y sus piernas robustas y sus recios zapatos le permiten desplazarse con libertad. Su cuerpo está siempre en acción. Es joven, locuaz y emprendedora. Esa cría de clase alta, que vivía en un piso inmenso con su nanny inglesa y su gato Pirracas, y que se atrevía a cuestionar el mundo de los adultos y a defender el reparto de la riqueza entre los más desfavorecidos, salió de la pluma de Encarnación Aragoneses de Urquijo.
   Nacida en Madrid en 1886 en el seno de una familia acomodada, Encarnación fue educada, como todas las niñas españolas de la época, en un ambiente de gran discriminación sexual. Apenas tuvo acceso a la enseñanza, más que de manera escasa y deficiente. Una herencia que le llevo a casarse a los 21 años con su primo Eusebio Gorbea, un militar con vocación de escritor. La pareja tendría dos hijos en los años siguientes, Luis y Manuel, pero el matrimonio no fue feliz. La futura escritora se vio relegada a ser «la mujer de» para dedicarse exclusivamente a la vida doméstica y al cuidado de sus hijos, una realidad frustrante para ella, que era una mujer curiosa, ávida por la lectura y el conocimiento. Más adelante, en sus artículos periodísticos criticaría la ignorancia de las madres que educan a sus hijas en el único fin de conseguir marido, situación que ella misma sufrió.
   La familia vivía cerca del parque madrileño de El Retiro, al que Encarnación acudía a diario junto a sus pequeños. Allí se divertía observando sus juegos y escuchando sus conversaciones y sus risas. Furtivamente, anotaba los diálogos de los niños en un cuaderno escolar que siempre llevaba en el bolso. Sin ella saberlo, se estaba gestando la escritora Elena Fortún.
   Sin embargo, en 1920, la muerte, con tan solo diez años de edad del hijo pequeño, Manuel al que cariñosamente llamaban «Bolín», sacude a toda la familia. Dos años después del durísimo golpe, la familia se muda a Tenerife. Allí Encarnación encontrará consuelo en su amiga Mercedes, cuyas cartas de apoyo y cariño habían sido el principal soporte desde la muerte del niño. El contacto con la familia feliz, amable y numerosa de su amiga, fue la fuente de inspiración de la que nacerían los principales personajes de sus cuentos. Y así, Florinda, la hija de Mercedes, se convertirá en Celia, su personaje más famoso, Félix, el hermano pequeño de Florinda, sera Cuchifritín, y la hermana de Mercedes se convertirá en la tía Cecilia.
   A su vuelta a Madrid, en 1924, la incipiente escritora, que ya publicaba artículos periodísticos, se siente como una mujer nueva: quiere escribir. Estudia biblioteconomía en el Instituto Internacional de Boston de Madrid y también ingresa como miembro del Lyceum Club, un lugar de encuentro para las mujeres de escritores que dirigía María de Maeztu. Allí, entre tertulias y charlas, conoce a Torcuato Luca de Tena, director del periódico ABC. Comienza entonces a publicar Celia, lo que dice en Gente Menuda, suplemento infantil del dominical Blanco y Negro, bajo el nombre de Elena Fortún.
   Debido al éxito obtenido con las peripecias de Celia en las publicaciones dominicales, la editorial Aguilar adquiere los derechos de publicación de Celia y su mundo, el primer título de los once de la serie, al que siguen Celia, lo que dice (1929), Celia en el colegio (1932), Celia novelista y Celia en el mundo (1934). Celia irá creciendo y madurando en la ficción al mismo tiempo que se van sumando nuevos personajes a sus aventuras, como Cuchifritín, el hermano de Celia más pequeño, más inocente y más trasto o Matonkikí, la prima de Celia. Sin estos dos personajes complementarios, Celia no hubiera sido la misma, ya que los tres formaban un trío divertidísimo.
   En el verano de 1936, estalla la Guerra Civil y Encarnación —o Elena Fortún— se ve obligada a interrumpir su colaboración con Gente Menuda. Esta gran tragedia humana le afectará hasta tal punto que, con gran dolor, decide emigrar a Buenos Aires junto a su marido. Allí, ella consigue trabajo en la Biblioteca Municipal, labor que compagina con la de cuentacuentos en las bibliotecas públicas Su marido, sin embargo, no tiene tanta suerte y se dedica a trabajar como traductor de francés. En julio de 1943 termina de escribir el borrador de Celia en la revolución, narra a través de los ojos de Celia la locura adulta del enfrentamiento, aunque la obra no verá la luz hasta la década de los ochenta.
Tras cuatro años de exilio, la pareja decide regresar a España. Ella viaja primero. Ya en Madrid, recibe con alegría la noticia de que el Tribunal Militar ha concedido la amnistia a Eusebio, lo que supone que podrá recuperar su antiguo empleo y sueldo de comandante. Lamentablemente, no volverá a reunirse con su marido, ya que este se quitaría la vida en Buenos Aires.
   Debido al dolor que le producen los recuerdos de su vida en Madrid, en 1950 decide instalarse en Barcelona, donde escribirá los tres últimos encargos de la editorial Aguilar. Dos años más tarde fallece en Madrid a causa de una complicación respiratoria.
   Pero la vida de Celia no termina con la muerte de la autora. En 1981, Aguilar decide reeditar los primeros títulos de la serie con el formato y las ilustraciones originales. Más tarde, en 1983, Televisión Española rescata la figura de Celia y emite una serie de seis capítulos, cuya canción de cabecera tarareaban todos los niños de esa época. 


FUTURO IMPERFECTO, Varios Autores

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CLARA OBLIGADO (ed.), Futuro imperfecto. Antología de nuevos narradores, Talleres de Escritura Creativa Clara Obligado, Madrid, 2012, 312 páginas.

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BASURA

   Adoquines grises, sucios, tan grises y tan sucios como el aire de la ciudad. Están plagados de manchas oscuras de las que será mejor no conocer el origen. Es lo único que alcanza su vista. Huele a decadencia, a cigarrillos apagados, a suciedad, a orina, a alcohol, a abandono; es el mismo olor que le ha acompañado durante los últimos dos años, desde que el viejo teatro cerró sus puertas y se entregó al olvido. La gente de antaño se ha evaporado y, en su lugar, solo queda silencio. De vez en cuando, pasos apresurados pasan por su lado, pero nunca reparan en él. Ya poco o nada queda de ese zapato color alquitrán, elegante y lustroso, reducido ahora a parte de esa basura que nadie mira. 
   De pronto, la monotonía se rompe. Algo nuevo irrumpe en escena. En lo primero que piensa es en un trozo de sol desorientado, pero no tarda en salir de su error. Es un zapato femenino, de un tono rojo brillante que roza la fina línea entre lo llamativo y lo desagradablemente chillón. En su punta, una flor oscura y delicada, como un ave a punto de despegar, añade un toque de dulzura a ese aspecto resuelto e independiente. Produce esa sensación extraña tan propia de las combinadones poco habituales. Es corno mezclar naranja y chcolate. 
   Le gustaría poder decir que es alguien como él, pero sabe que no le llega ni a la punta del fino tacón. 
   Siente un cosquilleo extraño, ganas de acercarse, de conocerla. Es como en los viejos, los buenos tiempos, con su cuero de nuevo intacto y sus remaches metálicos sin óxido alguno. Vuelve a ser la estrella, el rey de la fiesta. 
   Cuando se mueve, su suela cruje sonoramente, como si estuviera hecha de galleta.
   Ella se gira hacia él y le mira por un breve instante. No hace falta más. La lástima y la repugnancia no necesitan más tiempo para hacerse evidentes. Es suficiente para recordarle que es un mero desperdicio. 
   El chasquido de los tacones alejándose resonó sobre los adoquines grises y sucios, tan grises y sucios como el aire de la ciudad.

Sara Gancedo

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, Francisco Ayala

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FRANCISCO AYALA, El jardín de las delicias, Seix Barral, Barcelona, 1973 (1971), 185 páginas.
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ESCASEZ DE LA VIVIENDA EN EL JAPÓN

   Un pintoresco suceso ocurrido en Tokio pone de relieve la gravedad que en aquel país ha alcanzado el problema de la vivienda. La policía detuvo días atrás en un parque céntrico a una pareja que, al abrigo de un seto, estaba entregándose a las efusiones más íntimas. Conducidos a la comisaría los fogosos amantes, su identificación dio a conocer que los detenidos eran marido y mujer. Ante circunstancia tan insólita, quiso saber el comisario qué motivo había impulsado a la pareja a ejercer en lugar público sus actividades genéricas en vez de reservarlas para el sagrado del domicilio conyugal; y entonces el esposo, no sin orientales circunloquios y embarazadas sonrisas, hubo de explicarle que dicho domicilio consistía en una sola habitación donde se alojaban, con el matrimonio y tres hijitos, su suegra y dos cuñadas, cuya presencia continua ofrecía más penoso impedimento a las naturales expansiones que el eventual paso de algún extraño por los arriates del parque.