CHIYO,
Violeta agreste,
Satori, Gijón, 2016, 160 páginas.
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Con este volumen, Chiyo se convierte en la primera haijin que Satori incorpora a su magnífica colección "Maestros del Haiku" y su cuidada edición bilingüe, con la traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.
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根
を
付
け
て
女
子
の
欲
や
菫
草
ne wo tsukete onago no yoku ya sumire soo
Pasión de una mujer:
de profundas raíces,
violeta agreste.
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EL ASESINATO DE LA REALIDAD
Asesinaron la realidad. La pistola que dispara apariencia, frivolidad, face crash, nos tajeó la jeta, nos descuartizó siquiera el instinto de una vida sencilla, atada con un palito aunque más no fuera, a una contemplación verdadera. Se lo llevó todo.
Multiplicados por miles de ventanas estamos en la hiperrealidad, en la realidad virtual, donde sobrevivimos, donde somos, donde millones como nosotros también son lo que nosotros somos y viceversas y viceversas y viceversas hasta el infinito. Sin poder siquiera ver el cuerpo de esa muerte, el cadáver de esa realidad asesinada que se desintegró. Quedó la nada multiplicada que es como la tabla del cero. No hay silencio, encarcelada la honestidad, no hay textos, derrotados por el prefijo post no hay nada moderno.
La negación, abandonar, puede ser hoy algo lírico.
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Antología personal del autor venezolano, en la que pueden leerse 29 relatos publicados anteriormente en sus primeros libros: Para enterrar el puerto, Igual, Olvídate del tango y La muerte no mata a nadie.
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MAL DE AMORES
La carcajada fue general cuando dijo que estaba enamorado de una sirena. Hoy todos están en la mar buscando su cadáver.
FERNANDO MENÉNDEZ,
Sombras de luna, Llibros del Pexe, Xixón, 2001, 70 páginas.
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Otra mañana
Se pega a mi cristal
Y yo te espero.
JACOBO CORTINES,
Pasión y paisaje, Llibres del Mall, Barcelona, 1983, 66 páginas.
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MIRADA EN EL RECUERDO
Tus ojos como vino y su recuerdo
como la dura espina de una rosa.
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CASAS CON JARDÍN
Añado a mi colección una casa entrevista en Puebla de Sanabria desde los adarves del castillo. Está abandonada, casi en ruinas. En el jardín o huerto trasero, separado de la calle por un alto muro de piedra, crecen tres o cuartos árboles entre los hierbajos y arbustos. Parece que hace siglos que nadie ha entrado allí. ¿Nadie? A la galería de madera, por el hueco de un cristal roto, se asoma un gato. Es blanco, luminoso, lleva un collar al cuello, no es, sin duda alguna, un gato callejero. Me mira largamente, o eso creo yo, y luego desaparece en el interior.
La casa está en venta. En la cercana Posada de las Misas pregunto si saben algo de ella. No, no saben nada. Pero de pronto, uno de los clientes de la cafetería, se ofrece a enseñármela, si me interesa. Conoce a quien guarda la llave. Y yo me entero del precio, astronómico, o ese me parece, y recorro con precaución aquella ruina, salgo al jardín, o lo intento, resulta difícil adentrarse en semejante jungla. Busco al gato blanco que me miraba desde la galería, pero no lo encuentro. Ignora quien me la enseña que me llevo esta casa conmigo, que la recorreré muchas veces, en sueños y despierto, que volveré a encontrar a ese gato blanco con una cinta azul al cuello. Una cinta azul como la que recojo del suelo al salir de la casa, digna de ceñir el delicado cuello de una de esas hermosas damas que entretienen su melancolía en los jardines del romancero antiguo.
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EL LECTOR QUE ESPERA
El lector que espera sigue ahí, leyendo y esperando. Está cómodo y distendido en su lectura. Y lo llamamos lector aunque no sabemos si es hombre o mujer, al fin y al cabo poco importa. Lo que interesa es que el lector que espera sigue ahí retenido. Ya no gobierna sus ojos, ni sus manos. Tampoco puede irse. Creemos que espera dar con algo en su lectura acostumbrada, después de todo esas son las reglas en el juego literario. Leer y encontrarse con algo imprevisto. El lector que espera insiste en esperar, la lectura se dilata y entonces ya es un esclavo de la espera. De a poco siente que las fuerzas del cuerpo lo abandonan. Sin embargo sigue leyendo paciente, y esperando lo inesperado. El texto, más no la lectura, acaba. Sabemos que el lector que espera seguirá esperando, y leyendo durante un tiempo inconmensurable. Al fin y al cabo esperar es también una manera de leer. La monotonía de la espera de algo incierto, desconocido e inalcanzable, lo atrapa, y lo condena para siempre.