BECQUERIANAS, José Ángel Cilleruelo

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO, Becqueriana, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2015, 118 páginas.

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A partir de la evocación contenida —y encontrada— en una vieja edición de las Rimas de Bécquer, José Ángel Cilleruelo crea este conjunto de prosas breves: cien anotaciones poéticas en las que se va tejiendo una epifanía del detalle, de todo aquello que se ignora incluso antes de perderse.

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   Una mariposa aparece en el poema. Su vuelo se rige por el tiempo de otro siglo. También su geometría, que desconoce la línea recta. Asciende y luego baja para acercarse a un verso. Da vueltas en el aire, va a la estrofa del costado. No se traslada, disfruta. Uno comprende muy pronto que una civilización de mariposas jamás hubiera inventado el avión. Ni siquiera el tren. Pero sí la poesía. Y el arte. Y la filosofía. Agita los colores de sus alas consciente de la combinación cromática que provoca. Bebe de las palabras más bellas su hermosura. La leemos, leyéndonos.

NEGATIVOS, Lorena Escudero

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LORENA ESCUDERO, Negativos, Torremozas, Madrid, 2015, 118 páginas.

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SÍNDROME DE ESTOCOLMO I

   Tras horas de intenso maquillaje, la princesa estaba lista para esperar en la ventana de la torre más alta del castillo. Solo habían pasado algunos minutos cuando apareció a caballo el primer príncipe que acudía en su rescate aquel día. Presurosa, se dispuso a afilar los cuchillos. Hoy el dragón había salido.

PREGUNTARIO, Jairo Aníbal Niño

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 JAIRO ANÍBAL NIÑO, Preguntario, Panamericana, Bogotá, 1998, 188 páginas.

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Al lado de las ilustraciones de Henry González, estos breves textos animan a que la mirada del lector, joven o ya no tanto, siga cargada de entusiasmo siempre, y no deje de extrañarse y preguntar nunca.

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¿CÓMO SE PASA AL OTRO LADO DEL ESPEJO?

   Para pasar al otro lado del espejo, se necesita del valor temerario de un niño de siete años, de su facultad para convertir el azul en quetzal y la nube en garza. El sabe que tiene que ascender por la vertiente más peligrosa del espejo, trepar cuidadosamente para no tropezar con el brillo, afianzar con firmeza el pie para evitar hundirse en la garganta de los reflejos, y eludir el encuentro cegador con los ojos de su doble. Entonces llegará a la cúspide y pasará al resplandor del otro lado, descendiendo
por la parte oscura de la luna.

ÉRASE UNA VEZ UNA MUJER QUE QUERÍA MATAR AL BEBÉ DE SU VECINA, Liudmila Petrushévskaia

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LIUDMILA PETRUSHÉVSKAIA, Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina,
Atalanta, Vilaür, 2011, 256 páginas.

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UN SUCESO EN SOKÓLNIKI

   Una mujer vivía en Moscú al empezar la guerra. Su marido era aviador y, aunque ella no le querría demasiado, vivían bien. Cuando estalló la guerra, le destinaron a un aeródromo próximo a la capital,  y la mujer, Lida, solía ir a visitarle. En cierta ocasión se presentó en la base y le dijeron que la víspera había sido derribado el avión de su marido por allí cerca y que el funeral se celebraría el día siguiente.
   Lida asistió al funeral, en el que vio tres ataúdes cerrados, y después regresó a su residencia en Moscú, donde le esperaba una orden para incorporarse a una brigada encargada de cavar zanjas antitanques. No volvió hasta el otoño, y entonces se dio cuenta de que a veces la seguía un joven de apariencia extraña: flaco, pálido, demacrado. Se lo encontraba por la calle, en la tienda donde se abastecía de patatas, de camino a su puesto de trabajo. Una tarde sonó el timbre de su apartamento y Lida fue a abrir. Allí estaba aquel individuo. Dijo:
   —Lida, ¿cómo es posible que no me reconozcas? Soy yo, tu marido.
   Resultó que no le habían enterrado; habían dado sepultura en su lugar a un puñado de tierra. Una ráfaga de viento le había arrojado contra unos árboles, y él había decidido no reincorporarse al frente. Lida no quiso preguntarle cómo había vivido durante esos dos meses largos. Él le contó que había dejado todas sus cosas en el bosque y que había conseguido ropas de civil en una casa abandonada.
   Y así reanudaron su vida. A Lida le preocupaba mucho que los vecinos llegaran a enterarse, pero todo fue bien: casi todos habían sido evacuados de Moscú en aquellos meses. Un día, el marido le dijo a Lida que se acercaba el invierno y que deberían ir a enterrar el uniforme que había dejado abandonado entre unos matorrales, antes de que alguien lo encontrara.
   Lida le cogió una pala a la portera y se encaminaron hacia allí. Había que viajar en tranvía hasta el barrio de Sokólniki y después adentrarse en el bosque, siguiendo el curso de un arroyo. Nadie los detuvo, y al atardecer llegaron a un extenso claro, en uno de cuyos extremos había un gran cráter de un proyectil. Ya había oscurecido. El marido le dijo que estaba agotado, pero que era preciso tapar aquel cráter, porque recordaba haber arrojado allí su uniforme. Lida echó un vistazo y, efectivamente, vio en el fondo algo que podía ser el mono de un aviador. Empezó a cubrirlo de tierra y el marido no cesaba de apremiarla, porque ya había caído la noche. Estuvo tres horas echando tierra, hasta que se dio cuenta de que su marido había desaparecido. Lida se asustó, se puso a buscarlo, echó a correr y estuvo a punto de caerse al cráter. En ese instante vio que el mono se estaba removiendo en el fondo. Lida salió corriendo. El bosque ya estaba completamente a oscuras, pero Lida consiguió salir de allí al rayar el alba y se dirigió al tranvía. Al llegar a casa se acostó.
   En sueños se le apareció su marido y le dijo:
   —Gracias por haberme enterrado.

LEER PARA CONTARLO, José Luis Melero

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JOSÉ LUIS MELERO, Leer para contarlo, Xordica, Zaragoza, 2015, 272 páginas.

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En el Prólogo a esta edición (pp. 13-15) señala certeramente el autor que "hubo un tiempo en el que la cultura se adquiría leyendo libros, revistas y periódicos y no consultando Facebook ni páginas en internet". Esta reivindicación de las librerías de viejo como santuarios de la cultura ya había sido editada en el 2003.
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DE CÓMO COMPRAR Y VENDER UNA PRIMERA EDICIÓN DE ALEJANDRO SAWA

   A Madrid suelo acudir también a visitar las dos Ferias del Libro Viejo que se celebran en primavera y otoño. He estado en otras ferias (Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao, Pamplona, Logroño, Málaga, Granada, Santillana), pero ninguna de ellas es comparable a las de Madrid, especialmente a la de otoño, en la que participan muchos de los más importantes libreros españoles, pues además de los madrileños acuden sus colegas catalanes, valencianos, vascos, andaluces...
   Normalmente lo he hecho acompañado de Vicente Martínez Tejero y Ángel Artal, aunque nada más llegar al paseo de Recoletos nos separamos —para evitar competir entre nosotros— y solo nos vemos ya a la hora de comer y a media tarde para coger el tren de regreso a Zaragoza. En las casetas no es infrecuente coincidir con otros zaragozanos (de nacimiento o de adopción) que también tratan de encontrar algunos buenos libros: Rafael Conte, Félix Romeo (que siempre se ha pasado por la Feria el día anterior y para cuando nosotros llegamos ya ha comprado todos los libros interesantes), Javier Barreiro, Antonio Fernandez Molina, Miguel Pardeza, José María Mur (actual presidente de las Cortes de Aragón, a quien vi comprar una vieja primera edición de Ricardo del Arco sobre el monasterio de San Juan de la Peña), Ernesto Tolosa...
   De vez en cuando aparecen excelentes libros a precios razonables pero difícilmente gangas, pues lo primero que hacen los libreros es ver qué ha traído la competencia y comprarse rápidamente los unos a los otros aquellos libros que consideran que están a buen precio y que todavía dan de sí para ser de nuevo remarcados.
   Con todo, yo compré hace unos años en la caseta de un librero madrileño de los menos espabilados, entre una serie de libros apilados en el suelo, una primera edición de La mujer de todo el mundo (1885) de Alejandro Sawa por poco más de lo que costaba entonces una cerveza. Yo ya tenía aquella novela —la había leído justo después de Criadero de curas, que fue el primer libro que conocí del sevillano en una edición de la Biblioteca Anticlerical de las Ediciones Universo de Toulouse—  pero la compré para regalársela a un amigo zaragozano a quien también le gustan los libros raros pero que nunca se desplazaba a Madrid a buscarlos.
   La caseta siguiente a aquella en la que acababa de adquirir el libro de Sawa pertenecía a otro librero de Madrid, al que llamaremos X, enemistado con el anterior y con el que yo mantengo desde hace años una relación cordial. Al preguntarme este, como solemos hacer todos casi rutinariamente, qué había encontrado interesante en la Feria, le enseñé el libro de Sawa que acababa de comprar en la caseta de al lado, explicándole que en realidad no era para mí sino para regalarlo y le confesé, para hacerlo feliz pues sabía que le divertiría la inepcia de su vecino, lo que había pagado por él. X se rió todo lo que quiso de su colega y con tono altivo y postinero, aunque simpático, me dejó bien claro que yo había podido comprar aquel libro gracias a que él no se hablaba con ese librero y no podía visitar su caseta, pues de no mediar esa enemistad habría encontrado y comprado el libro antes que yo dado que hubiera dispuesto del tiempo suficiente para ello pues la Feria había comenzado el día anterior (no sé por qué pero no contemplaba la posibilidad de que hubiera sido un tercero quien lo descubriera). Entonces me hizo por él una oferta excepcional. «Sé qué cliente quiere este libro —me dijo- y cuánto está dispuesto a pagar por él. Yo te lo compro a ti por... y el resto es mi beneficio». La oferta era atractiva y tentadora y sobre todo significaba para mí algo completamente nuevo y desconocido hasta entonces: la posibilidad de ganar un dinero importante sin ningún esfuerzo: comprar en una caseta y vender en la siguiente. Especulación pura y dura. Yo no había vendido jamas un libro en mi vida y al principio me negué. «Lo he comprado para un amigo», le decía yo. Y X me contestaba: «Pero él no sabe nada, hombre. Cómprale otro y en paz. Y gánate un dinero considerable y házmelo ganar a mí». A los cinco minutos me había convencido. Me pudo la codicia. Le vendí, pues, el libro y con el dinero obtenido me pagué el viaje a Madrid, la comida y algunos de los libros que había comprado aquel día. Cuando llegué a Zaragoza le conté la anécdota al amigo para quien estaba destinado el libro de no haberse cruzado X por el medio, se rió y me dijo que había hecho bien, que él habría actuado del mismo modo. Pero yo sé que aquello no fue elegante, no tuvo finura y que nunca debí haber cedido a la grosera seducción del dinero.

CARENCIAS, Esteban Martínez Serra

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ESTEBAN MARTÍNEZ SERRA, Carencias, Bartleby, Madrid, 2015, 142 páginas.

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Abre este volumen Voz de Dios, Voz de hombre, Voz de las abejas, Escenario y Espectador: Carencias (pp.9-15) el prólogo en el que la poeta Valerie Mejer ofrece ciertas claves para acceder a este magnífico poemario que, además de una sección que contiene dieciocho aforismos, regala al lector "mínimas historias que trepan por los costados de los actos narrativos y ascienden por la corteza que cubre los caminos".
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Desde lo que fue el Palacio de Justicia el francotirador ríe como un pájaro de selva. Su risa es contagiosa. Incluso la mujer del otro lado, a la que tiene en el punto de mira, rememora un chiste familiar. Con la mirilla telescópica puede ver que tiene un diente de oro. Vuelve al escote, origen del comentario jocoso. El crucifijo se pierde entre dos pechos rebosantes, blancos como el pan consagrado [o las palomas que representan al Espíritu Santo en las láminas religiosas] El francotirador habla de Jesús y del maná; de que la fe mueve montañas y de San Bernardo fulminado por el chorro de leche de la Virgen. Ella no sabe de dónde vienen las risas, pero en medio de una guerra la carcajada es un armisticio. La mujer se saca un pecho y acerca el fardo con el bebé cuando la bala viene rauda a amamantarse.

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En lo pequeño la grandeza es humilde. Lo grande y ostentoso a todos empequeñece.

CUENTOS DE AMOR RASGADOS, Marina Colasanti

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MARINA COLASANTI, Cuentos de amor rasgados, Diego Pun Ediciones, Tenerife, 2013, 216 páginas.

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En La esencia de la sorpresa (pp. 11-13) Benigno León Felipe señala que "la ironía y el humor, cuando no el sarcasmo, son los ingredientes que sazonan estas historias. La edición brasileña apareció en 1986.
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DE AGUA NO TAN DULCE

   Criaba una sirena en la bañera. Trabajo, no daba ninguno, sólo la adquisición de peces con los que ali­mentarla. Mansa desde pequeña, cuando fue atrapada en una red de gambas, ya estaba entrenada para la vida cotidiana entre azulejos.
   Cantaba. Melopeas, al principio, que al poco tiempo, por influencia de la radio que oía en la sala, fue cam­biando por las canciones de Roberto Carlos. Bajito, eso sí, para no molestar a los vecinos.
   Así se entretenía. Trenzaba y destrenzaba sin fin sus cabellos, ahora de oro pálido. “Siempre creí que las si­renas eran rubias”, dijo él un día trayendo tinte y agua oxigenada. Y ella, sin siquiera despedirse de los negros mechones en el reflejo del agua de la bañera, comenzó sumisa a pasarse el pincel.
   Sólo una vez, en todos los años que vivieron juntos, él la llevó hasta la playa. En coche, las escamas de la cola escondidas debajo de una manta, al cuello la correa que había comprado para prevenir un despertar del instinto. Bajó un poco el cristal, para que entrase el aire marino. Pero no intentó huir. Encendió la radio y se quedó mi­rando las olas, mientras copos de espuma caían de sus ojos.