RUEGO A LA MARIPOSA, Masaoka Shiki

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MASAOKA SHIKI, Ruego a la mariposa, Satori, Gijón, 2013, 160 páginas. Traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.
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夏嵐
机上の白紙
飛び尽す



natsu arashi
kijoo no hakushi
tobichirasu




Tormenta de verano.
Papeles de mi mesa
salen volando.

LOS SUEÑOS, Naguib Mahfuz

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NAGUIB MAHFUZ, Los sueños, Alianza Editorial, Madrid, 2014, 384 páginas.

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Raymond Stock en la Introducción (pp. 13-28) presenta estos textos que el Nobel comenzó a escribir tras los cuatro años de silencio provocados por el atentado integrista islámico. 
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SUEÑO 164

   En la casa de mi novia, la señora de «H», la hija de su hermana me contó que había ido al médico, y que a ella le gustaría tomar un poco de café. Así, inspirado porque estábamos juntos solos, la agarré de la mano y la atraje hacia mi.
   De pronto entró la señora «H», y su expresión cambió.
   —Ve con tu madre inmediatamente —ordenó a la chica. Luego clavó en mi una mirada glacial, y me marché.
   Empezó a llover con fuerza, y yo —añorando a la chica— salí de la casa ajeno a todo lo que me rodeaba, llamándola mientras avanzaba bajo el diluvio.
   Pronto oí la voz de la señora «H» que me gritaba, mientras los tres nos empapábamos bajo la lluvia.

MÁS QUE PALABRAS, Benjamín Prado

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BENJAMÍN PRADOMás que palabrasHiperión, Madrid, 2015, 132 páginas.

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Antes de ponerme a prueba, asegúrate de que quieres saber hasta dónde puedo llegar.
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Para que dos personas se distancien no es necesario que ninguna de ellas se mueva.
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Hay quienes confunden darte un consejo con dejarte una multa en el parabrisas.
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Una persona está sola de verdad cuando preferiría estar mal acompañada.
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Mi meta en la vida es tardar lo más posible en cruzarla.
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La alegría se recuerda; el dolor, se vuelve a sentir.
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Todo lo conquistado pasa a la resistencia.
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Pedimos ideas y nos ofrecen ídolos.
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La vida es demasiado corta como para no perderla contigo.
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Es increíble lo fuerte que golpea la gente que no pretendía hacerte daño.

LONDON CALLING, Juan Pedro Aparicio

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JUAN PEDRO APARICIO, London Calling, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 184 páginas.

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Las ilustraciones de Fernando Vicente armonizan con esta colección de microrrelatos para componer una agradable canción británica.

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EL BESO

   —Ah, yo sé muy bien el apego de los ingleses hacia los animales —dijo el embajador—. Durante mi primer destino en Inglaterra, en la Oficina para Asuntos Culturales, hace ya de esto algunos años, todos los días solía sacar a mi perro a dar un paseo. Era una perrita labrador negra, no muy alta y con el típico rabo de visón, una mirada tierna y brillante y la trufa algo respingona. Iba con ella de Queens Gate a Kensington Gardens y daba un largo paseo entre los árboles. A la vuelta, al cruzar el semáforo en el cruce con Queens Gate, un hombre, que venía en la dirección opuesta me miró con insistencia, lo que como saben no es frecuente en Inglaterra. Me di cuenta además de que no era la primera vez que lo hacía, pues días atrás me había llamado la atención que, al abrirse el semáforo, se quedara quieto esperando a que yo cruzara. Como me lo encontraba a diario en el mismo sitio empecé a preocuparme y llegué a sospechar que se trataba de un terrorista o de un homosexual, o de, no sé, alguien que tuviera alguna fijación obsesiva conmigo. Lo comenté con algún compañero, y hubo quien me aconsejó que lo denunciara a Scotland Yard. Yo no hice nada y seguí saliendo con mi perrita. Un día el hombre, enjuto, de rostro sonrosado y pelo pajizo, me detuvo cuando llegué a su altura. Su mirada de cerca me pareció tan amigable y franca como la de mi perrita. Me la señaló con mucha timidez, casi con miedo y me preguntó: ¿Puedo besarla? Sorprendido, asentí aliviado. Él se inclinó y le dio un beso en la cabeza negra, un beso tan cargado de cariño que me emocionó.

EL QUE ESPERA, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, El que espera, Páginas de Espuma, Madrid, 2015, 128 páginas.

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Páginas de Espuma reedita el primer libro de cuentos de Neuman. En Breve nota tras la espera (p. 123) el autor confiesa haber suprimido "una docena de textos que, con toda franzqueza, encontré por debajo de lo que un lector y su paciencia merecen" y haber añadido "siete inéditos" escritos en esa misma época".
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LA CITA DE SU VIDA

   El lunes comienza a soñar con el encuentro. El martes se entusiasma pensando en que se acerca. El miércoles revisa su vestuario. El jueves pide turno en la peluquería. El viernes lo soporta como puede. El sábado aborda la calle con una sonrisa de expectación. Durante la mañana del domingo llora. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y hay trabajo.


LA SOLEDAD DE LOS VENTRÍLOCUOS, Matías Candeira

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MATÍAS CANDEIRA, La soledad de los ventrílocuos, Tropo, Huesca, 2008, 178 páginas.

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TODAS LAS POSIBILIDADES

   No mucha gente sabe que hay un almacén de armas en la parte norte de esa montaña que se vislumbra al fondo, rodeada de bruma, prohibida, y no hay que dar más explicaciones. En la oscuridad, al cruzar la puerta llena de cerraduras (¿demasiadas, quizás?) se mueven voces discretas, el corazón del visitante puede comprimirse un poco ante tal cantidad de receptáculos, y el resto ya se conoce. Cabe la posibilidad de ponerse andar y estudiar este gran muestrario: sables brillantes, piedras, innegables ametralladoras todavía echando humo por el cañón. Ah, pero también hay frasquitos con líquidos verdes y sospechosos, útiles para pavos, faisanes o copas de vino si el rey tiene a bien dormirse. Y del mismo modo allí el visitante encuentra, puede ser que respirando más agitadamente en este punto, esas otras armas de tanto renombre y tradición: una quijada, una cobra viva, una guillotina del color exacto de un hueso (¿serán esos restos la sangre de María Antonieta?).
   Ante tal lección dc historia humana, en este almacén, hemos dicho prohibido (se nos olvidó el término «terrible»), ¿qué podría esperarse que sucediera? ¿Sentiría el visitante de pronto, como ahora, una avidez inesperada? ¿Sería posible?
   En este almacén las cosas suelen seguir su curso, su oscuridad se hace más tibia, fluye. Y aunque esta afirmación no siempre es exacta del todo, parece que el visitante empieza a buscar un interlocutor y explora esas otras cavidades, las que están a su izquierda y son más profundas, seguramente con intenciones nada amistosas. Pero la certeza de este instante es terrible, porque rara vez encuentra ninguno. Casi siempre corre hacia la puerta —¿no hemos dicho ya que tenía demasiadas cerraduras?—, intenta abrirla, chilla, la golpea, y después, sabiendo quizás que nadie va a descorrer esos cerrojos, el visitante escoge una de estas armas, ahora tan útiles.

LUZ, MÁS LUZ, Jordi Vicente & Carlos Cubeiro

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JORDI VICENTE & CARLOS CUBEIRO, Luz, más luz, Comanegra, Barcelona, 2014, 108 páginas.

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El subtítulo es bien indicativo: 50 últimas palabras de personajes célebres ilustradas y comentadas. Carlos Cubeiro, ilustra; Jordi Vicente, escribe.
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Tocad aquel último compás muy suavemente

Anna Pávlova  ✝ 1931

   Anna Pávlova (San Petersburgo, 1881) es una famosa bailarina rusa de ballet, conocida como el Cisne Inmortal por sus famosas representaciones de La muerte del cisne (obra creada por Michel Fokine a partir de una pieza musical de Camille Saint-Saéns). Al finalizar su última gira europea en 1930, Pávlova decide tomarse unos días de descanso en Cannes (Francia) y poder tratarse una rodilla que le provoca molestias. A finales de 1930 se dirige en tren hacia París; en plena noche, el convoy sufre un accidente. La bailarina, que solo está ligeramente contusionada, sale al exterior sin abrigarse para socorrer a los heridos. Por culpa del intenso frío y la nieve, sufre un enfriamiento, que se agrava al coger fiebre y un fuerte catarro. La bailarina opta por no ir al hospital sino a su casa en La Haya. Días después, contrae una pulmonía doble por la que fallece el 28 de enero de 1931. La noche de su muerte, le pide a su doncella que prepare el traje de cisne porque al día siguiente quiere ir a ensayar; cuentan que las últimas palabras que pronuncia son: «Tocad aquel último compás muy suavemente». La ceremonia fúnebre se realiza en la Iglesia Ortodoxa Rusa de Londres y la bailarina es incinerada en el Crematorio Golders Green de la misma ciudad, donde reposan sus cenizas.