ELEGÍAS A DIOS Y AL DIABLO, Samuel Solleiro

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SAMUEL SOLLEIRO, Elegías a Dios y al Diablo, Lengua de Trapo, Madrid, 2007, 128 páginas.

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LA TROMPETA AFILADA DEL SEGUNDO ÁNGEL

   El día que Xosefina Hermelinda García-Teixeira Pérez cumplió doscientos veintitrés años, decidió que la muerte se había olvidado de ella definitivamente, que era el momento de dejar de ser la vieja que había sido durante un siglo y medio y empezar de nuevo. Así que bajó a la peluquería de la esquina a arreglarse el pelo y hacerse la manicura, y regresó a casa dos horas después hecha una niña de once años.
   Murió al cabo de un mes, del segundo sarampión de su vida.

RELATOS A TRAVÉS DEL MICROSCOPIO, Daniel Jerez Torns

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DANIEL JEREZ TORNS, Relatos a través del microscopio, Bubok, 2010, 44 páginas.

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FEBRERO

   Al llegar al puente, le entregó el ramo de flores a Claudia. Mario, nervioso, miraba todos los lugares posibles, menos sus ojos. Claudia, por su parte, no retiraba la mirada del ramo. “Hay una abeja”, le dijo. Mario sacudió la rosa y el insecto salió volando. Claudia cogió el ramo. Se fueron agarrados de la mano a un café. Allí se besaron y se acariciaron. Se dijeron algunas palabras bonitas. Luego, fueron al cine, colocándose en las filas de atrás para jugar con sus manos. Tomaron una copa y se despidieron. Claudia miró el reloj. Este marcaba las 00:05. Se acercó al contenedor de basura y tiró el ramo. Ya se había acabado el día de los enamorados.

VIVIR ADREDE, Mario Benedetti

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MARIO BENEDETTI, Vivir adrede, Alfaguara, Madrid, 2008, 160 páginas.

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Mientras que Vivir y Adrede contienen textos breves que bajo tintes poéticos fluyen entre la reflexión y el microrrelato, con Cachivaches el ingenio del autor decide desembocar en la cuenca del aforismo.

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PICAZONES Y RASCACIELOS

   Según parece, los cielos sufren a menudo de picazones. Bueno, para eso están los rascacielos. A ciertos cielos tenebrosos, como el de Nueva York, los rasca el Empire State Building, que ha suplido en esas funciones a las desdichadas Torres Gemelas. Por su parte, al humilde cielo de Montevideo, que también sufre de picazones, lo rasca el Palacio Salvo.
   Los rascacielos no desaparecen con antialérgicos; sólo son sensibles a los terremotos.
   A veces, cuándo los rascacielos exageran su trabajo contra el firmamento, entonces llueve, los grandes edificios chorrean y la pobreza abre su paraguas.
   Sé de una muchacha que es un cielo y al parecer le pica el alma. Quiero ser rascacielo.

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Lo consuetudinario es la forma más larga de la costumbre.
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Los presos saben de memoria las arruguitas de la pared.
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Los pordioseros piden por Dios y por Eros.
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En la naturaleza hay paisajes tan hermosos, que uno corre a comprarles un marco.
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Si uno se mira en el río, ya no se encuentra en el lloro.

DESHIELO A MEDIODÍA, Tomas Tranströmer

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TOMAS TRANSTRÖMER, Deshielo a mediodía, Nórdica, Madrid, 2011, 224 páginas.

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En traducción de Roberto Mascaró, este segundo libro publicado por Nórdica contiene los diecisiete haikus de El gran enigna (2004) y el grupo de los Nueve haikus del Hospicio de jóvenes Hallby de Prisión, escritos en 1959, aunque inéditos hasta hace pocos años.
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Vidas mal escritas:
la belleza persiste
como un tatuaje.

HACERSE EL MUERTO, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 144 páginas.

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En el Apéndice para curiosos, Neuman suma dos nuevos dodecálogos del cuentista a los que ya había concebido cinco años atrás en Alumbramiento.

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EL FUSILADO

   Cuando Moyano, con las manos atadas y la nariz fría, escuchó el grito de «Preparen», recordó de repente que su abuelo español le había contado que en su país solían decir «Carguen». Y, mientras recordaba a su difunto abuelo, le pareció irreal que las pesadillas se cumplieran. Eso pensó Moyano: que solía invocarse, quizá cobardemente, el supuesto peligro de realizar nuestros deseos, y solía omitirse la posibilidad siniestra de consumar nuestros temores. No lo pensó en forma sintáctica, palabra por palabra, pero sí recibió el fulgor ácido de su conclusión: lo iban a fusilar y nada le resultaba más inverosímil, pese a que, en sus circunstancias, le hubiera debido parecer lo más lógico del mundo. ¿Era lógico escuchar «Apunten»? Para cualquier persona, al menos para cualquier persona decente, esa orden jamás llegaría a sonar racional, por más que el pelotón entero estuviese formado con los fusiles perpendiculares al tronco, como ramas de un mismo árbol, y por más que a lo largo de su cautiverio el general lo hubiese amenazado con que le pasaría exactamente lo que le estaba pasando. Moyano se avergonzó de la poca sinceridad de este razonamiento, y de la impostura de apelar a la decencia. ¿Quién a punto de ser acribillado podía preocuparse por semejante cosa?, ¿no era la supervivencia el único valor humano, o quizá menos que humano, que ahora le importaba en realidad?, ¿estaba tratando de mentirse?, ¿de morir con alguna sensación de gloria?, ¿de distinguirse moralmente de sus verdugos como una patética forma de salvación en la que él nunca había creído? No pensaba todo esto Moyano, pero lo intuía, lo entendía, asentía mentalmente como ante un dictado ajeno. El general aulló «¡Fuego!», él cerró los ojos, los apretó tan fuerte que le dolieron, buscó esconderse de todo, de sí mismo también, por detrás de los párpados, le pareció que era innoble morir así, con los ojos cerrados, que su mirada final merecía ser al menos vengativa, quiso abrirlos, no lo hizo, se quedó inmóvil, pensó en gritar algo, en insultar a alguien, buscó un par de palabras hirientes y oportunas, no le salieron. Qué muerte más torpe, pensó, y de inmediato: ¿Nos habrán engañado?, ¿no morirá así todo el mundo, como puede? Lo siguiente, lo último que escuchó Moyano, fue un estruendo de gatillos, mucho menos molesto, más armónico incluso, de lo que siempre había imaginado.
   Eso debió ser lo último, pero escuchó algo más. Para su asombro, para su confusión, las cosas siguieron sonando. Con los ojos todavía cerrados, pegados al pánico, escuchó al general pronunciando en voz bien alta «¡Maricón, llorá, maricón!», al pelotón retorciéndose de risa, oyó el canto de los pájaros, olió temblando el aire delicioso de la mañana, saboreó la saliva seca entre los labios. «¡Llorá, maricón, llorá!», le seguía gritando el general cuando Moyano abrió los ojos, mientras el pelotón se dispersaba dándole la espalda, comentando la broma, dejándolo ahí tirado, arrodillado entre el barro, jadeando, todo muerto.

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TERCER DODECÁLOGO DE UN CUENTISTA

I
Mucho más urgente que noquear a un lector es despertarlo.
II
El cuento no tiene esencia, apenas costumbres.
III
Hay dos tipos de cuento: los que ya saben la historia y los que la van buscando.
IV
La extrema libertad de un libro de cuentos radica en la posibilidad de empezar de cero en cada pieza. Exigirle unidad sería ponerle un candado al laboratorio.
V
La quietud como arte de la inminencia.
VI
La voz decide el acontecimiento, más que viceversa.
VII
Al cuento lo persigue su estructura. Por eso, cada cierto tiempo, conviene dinamitarla.
VIII
Un relato absolutamente redondo atrapa al lector, no lo deja salir. En realidad tampoco le permite entrar.
IX
Todo cuento es oral en primer o segundo grado.
X
Mientras el cuentista perpetra simetrías, sus personajes lo perdonan con sus imperfecciones.
XI
Tentación efectista del final abierto: interrumpirlo en un momento demasiado brillante, clausurarlo en su apertura.
XII
Toda historia que termina a tiempo empieza de otra manera.

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DODECÁLOGO CUARTO: EL CUENTO POSMODERNO

I
Cualquier forma breve podría ser un cuento, siempre que logre crear sensación de ficción.
II
Ausencia de punto de fuga: la frontera entre el relato de ayer y el de mañana.
III
La resolución del argumento y el final del texto mantienen un invisible tira y afloja. Si se impone lo primero, la estructura tiende a Poe. Si se impone lo segundo, tiende a Chéjov. Si se queda en empate, ahí hay algo nuevo.
IV
A estas alturas, desordenar el orden cuenta más que ordenar el desorden.
V
La ausencia de grandes personajes engendra al Gran Personaje: el yo que se narra.
VI
Con el paso de los cuentos, la omnisciencia deserta.
VII
Nos hemos puesto tan hiperhibridantes, que pasado mañana haremos una revolución purista.
VIII
La dispersión como trama, el cruce casual de ramas como árbol.
IX
El hablante elevado a discurso, el narrador como argumento.
X
El presente absoluto como única Historia: la narrativa breve del reset.
XI
Del cuento con sorpresa al cuento con duda.
XII
Hay cuentos que merecerían terminar en punto y coma;

HISTORIAS DE AMOR, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Historias de amor, Siruela, Madrid, 2010, 216 páginas.

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En el Epílogo (pp. 197-210) Wolker MIchels reproduce las siguientes palabras de Walser: "Quien no ama no existe, no vive, está muerto. Quien tiene ganas de amar se levanta de entre los muertos; y sólo está vivo quien ama."
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ÉL Y ELLA
       
   Por lo visto hay que considerarlos cultos tanto a él como a ella. Él era persona de mundo, y también ella; él era ingenioso, y no menos lo era ella. Podría decirse que ambos están en el punto álgido de la vida, rodeados por las sonrientes praderas de una cultura superior. Las ganas de saber les llevaron a conocer a multitud de personas y lugares. Ora se asentaban en un lugar, ora en otro, se familiarizaban con toda clase de costumbres, objetos y situaciones, y tan pronto se mostraban pasivos y reservados como activos y locuaces. La mujer se hizo construir una casa a la orilla de un lago e invitó a su amado a ponerse cómodo en su hogar. Él, que la tenía por su parte en gran estima, no sabía si aceptar o rechazar el ofrecimiento. Por lo visto era indeciso, prudente, se movía a tientas y gustaba de sondear y analizar las cosas. En el fondo ella era de una índole parecida, me refiero a que sabía muchas cosas y habitaba con su mente en todas partes. Vivía con el alma en un lugar distinto al que se encontraba físicamente. Amándolo como lo amaba, renegaba de este hecho, de modo que no lo amaba. A él le ocurría lo mismo. Siendo suyo era sin embargo de otra mujer. No sin ignorar que él era ambiguo e inseguro, ella le reprendía. Por su parte, tampoco él la privaba de lo que nadie gusta de oír o ver, de escenas delicadas. A veces, de tanta ternura, no sabían qué decirse. Luego se hacía un silencio que pedía a gritos una ruptura. Se habrá ya advertido que ambos eran egoístas y que preferían la independencia a la falta de libertad. A ella no le hubiera gustado verlo dependiente. El apego puede ser muy molesto. No obstante, si él no pensaba en ella, ella lo tenía por poco cariñoso. En cuanto a él, se alegraba de una independencia, la de ella, que no podía por menos de criticar. Ambos querían erigirse como modelos. En este sentido cada uno escribió un libro. Él leería el de ella y ella leería el de él. Ella escribía como una mujer, él como un hombre, si bien la escritura tiene de suyo un tono muy sutil, es masculina y femenina a un tiempo y emerge de almas dichosas.

SEGUIR UN BUZÓN, Virginia Aguilar Bautista

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VIRGINIA AGUILAR BAUTISTA, Seguir un buzón, Renacimiento, Sevilla, 2010, 88 páginas.

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Además de los haikus barajados a lo largo del poemario, el bloque Coda: Siete postales constituye una colección de tankas.

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APARIENCIA

Puedo fingir
graves obligaciones
si aprieto el paso.

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RONDA

Te guardaré
en estos cinco versos
acartonados.
Me asomaré a la noche
para ver si respiras.