NOCHES SIN NOCHE Y ALGUNOS DÍAS SIN DÍA, Michel Leiris

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MICHEL LEIRIS, Noches sin noche y algunos días sin día, Sexto Piso, Madrid, 2017, 248 páginas.

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En traducción de David M. Copé, este volumen presenta las anotaciones oníricas de Michel Leiris  durante un periodo superior a treinta y cinco años.
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12-13 DE ABRIL DE 1923

   Una tarde, al entrar en mi habitación, me encuentro a mí mismo sentado en la cama. De un puñetazo, acabo con el fantasma que me ha robado la apariencia. En ese momento, mi madre asoma por el umbral de una puerta en el preciso instante en que su doble, una réplica exacta del original, entra por la puerta que hay justo enfrente. Grito con fuerza, pero mi hermano acude, también él acompañado de su doble, que me ordena callar diciendo que voy a asustar a mi madre.

MISANTROPÍAS, Benjamín Barajas

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BENJAMÍN BARAJAS, Misantropías, Libros al Albur, Sevilla, 2016, 62 páginas.
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Todo el mundo suele repudiar la guerra, pero se aprovecha de sus despojos.
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Para cualquier imbécil un enemigo es un lujo.
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Sólo deberíamos confiar en el delicado equilibrio de lo provisional.
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En el rostro agraciado vemos a intervalos la belleza y su ruina.
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Sólo nos angustia y nos desgarra el amor posible.
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No hay mejor festín antropofágico que aquel donde se engulle la miseria ajena.
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Uno empieza a envejecer cuando asume la tarea de disimular la edad. 
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La cumbre de todo héroe es la caricatura.
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El narrador es una figura que el lector fácilmente olvida en cuanto la historia resulta de su interés. De algún modo, este personaje es un gusano que produce luz.
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A los ojos de la muerte la vejez es imperdonable.

LO GROTESCO, Santiago Eximeno

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SANTIAGO EXIMENO, Lo grotesco, Enkuadres, Valencia, 2017, 180 páginas.
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A SU LADO

   Por segunda vez en lo que va de noche, llora. Antonio tarda menos de un minuto en levantarse de la cama y acudir al cuarto de María, su hija, pero cuando entorna la puerta ella ya ha callado. Como siempre. La misma rutina que se repite todas las noches desde que encontró a Alicia en la bañera.
   En la habitación de la niña hace frío, y Antonio se frota los antebrazos desnudos antes de entrar. Sabe que Alicia, su mujer, está allí. Como siempre. Nunca ha sido capaz de llegar antes que ella a atender a la niña, y por lo que parece eso no va a cambiar. Alicia le sonríe cuando lo ve allí, parado en el umbral, con ese esbozo de sonrisa que tanto le entristece. Pero Antonio no protesta, no le reprocha nada. Se limita a quedarse allí, apoyado en la jamba de la puerta del cuarto de su hija, mientras ve cómo su madre la sostiene entre sus brazos, cómo la acuna, cómo le susurra palabras en su oído. Palabras que él no entiende, que prefiere no entender.
   María tiene los ojos cerrados, se deja querer. Tiene el chupete en la boca y succiona de esa forma tan característica, tan adorable. Todavía no ha cumplido un año, y Antonio ha pensado varias veces en volver a ubicar la cuna en su dormitorio. No lo hace porque fue una decisión de ambos llevar a la niña a su propia habitación, y no quiere entristecer a Alicia. Eso dice. Eso quiere creer. La realidad es que tampoco se siente con fuerzas para encontrarse con Alicia en su propia cama todas las noches. Allí, en el cuarto de la niña, sentada en la mecedora, con María entre los brazos, se la ve hermosa. Si estuviera más cerca, si pretendiera tocarle, Antonio sabe con certeza que echaría a correr.
   María se queda dormida y Alicia la deposita con cuidado de nuevo en la cuna. Mientras lo hace le sonríe, esa sonrisa triste desdibujada, y cuando termina levanta la mano izquierda en señal de despedida. Antonio puede ver las cicatrices en forma de cruz en su muñeca desnuda, porque Alicia está vestida con la misma ropa que llevaba cuando la encontró, hace ya más de dos meses, tumbada en la bañera, medio sumergida en el agua turbia. Solo lleva puesta su ropa interior, y su presencia en el cuarto de la niña es perturbadora. Alicia se despide de nuevo y después, ajena a la gravedad de la situación, simplemente se desvanece. Como si nunca hubiera estado allí.
   La temperatura del cuarto asciende con rapidez varios grados, y Antonio se decide, entra y acaricia la cabeza de la niña antes de salir de nuevo y cerrar la puerta tras él.
   Vuelve al dormitorio, se tumba en esa cama que ya no es de ellos, sino suya. Una cama demasiado grande, demasiado vacía. Piensa en Alicia. En su sonrisa triste, en su perenne tristeza, en su depresión. Y por segunda vez en lo que va de noche, llora.

88 SUEÑOS, Juan Eduardo Cirlot

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JUAN EDUARDO CIRLOT, 88 sueños, Moreno-Ávila, Madrid, 1988, 124 páginas.
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Me entregan uno de los libros que yo he escrito, encuadernado en seda rosa quemada por los bordes.
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Unas manos llegaban a mi corazón, pero otra mirada permanecía en el horizonte.
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Una ciudad se derrite lentamente como carcomida por un incendio invisible.
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Al tener que ponerme una máscara, yo elegía una de demonio y , en el momento de estrenarla, se abría un hueco en la pared y advertía que una extraña mujer me estaba observando.
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Atravieso habitaciones y habitaciones, todas iguales, en las que sólo el papel de las paredes cambia de color. No hay muebles en ninguna de ellas. No encuentro lo que busco.
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Transito por el espacio y veo las ciudades a mis pies. No vuelo, sino que ando por el aire.
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El espíritu es una prisión más monstruosa que la carne, oí que me decían. Era una reunión de ancianos, gente de pueblo reunida en la plaza mayor, tal vez para juzgarme.
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No me interesa la otra vida, dije, puesto que en ella también hay suplicios y verdugos.
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Claro del bosque. Una mujer desnuda y transparente está sobre mí, pero yo no sólo estoy en mi cuerpo, sino en todos los elementos del bosque.

LAS SEMILLAS DEL TIEMPO, Juan Carlos Botero

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JUAN CARLOS BOTERO,  Las semillas del tiempo: epífanos, Norma, Bogotá, 2008, 234 páginas.

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LA AGONÍA

   Durante tres días agonizó el mendigo. Según informaron las autoridades, el viejo caminaba hacia un centro de salud pero se desmayó en la zona verde junto al instituto, a sólo veinte metros de distancia. En el primer día, los médicos del centro y los vecinos del lugar lo advirtieron pero siguieron de largo. En el segundo día, un transeúnte telefoneó al instituto y les comunicó el caso del viejo, sin embargo, le dijeron que el asunto no les correspondía. Esa tarde, una pareja que pasaba lo cubrió con un plástico pues no había dejado de llover en toda la semana. Al tercer día, un lunes sin sol, amaneció muerto. La policía lo recogió por la tarde, y le informó a los medios que había muerto de hambre. En la acera opuesta a la zona verde hay cuatro restaurantes, dos de comida rápida. Los noticieros filmaron el levantamiento del cadáver, y un testigo que había visto al moribundo tres días antes se lamentó mientras chupaba una paleta: "Nos hemos insensibilizado".

LOS HAIKU DEL VIEJO LIBO, César Bianchi

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CÉSAR BIANCHI, Los haiku del Viejo Libo, El Aleph, Buenos Aires, 2006, 106 páginas.
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altas estrellas
en las constelaciones
leo tu nombre

EL DEMONIO RAQUÍTICO, Marco Gentile

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MARCO GENTILE, El demonio raquítico, El Perro y la Rana, Caracas, 2007, 64 páginas.

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LA SOMBRA SONRIENTE

   Desde hace varios días mi sombra anda pelándole el diente a todo mundo. Nadie me saluda, me ignoran para prestarle atención a ella, dicen que es locuaz, ingeniosa y carismática. Se pone mi ropa y me ordena silencio. Ya estoy harto de su petulancia: un día de éstos le entierro un rayo de luz en el pecho.