EL ACIAGO DEMIURGO, Emil Cioran

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E. M. CIORAN, El aciago demiurgo, Ediciones Perdidas, Almería, 2011, 112 páginas.
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Desear la gloria es preferir morir despreciado que olvidado.
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A veces uno piensa que más vale realizarse que dejarse ir, a veces se piensa lo contrario. Y se tiene enteramente razón en los dos casos.
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Nuestras oraciones reprimidas estallan en sarcasmos.
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Nada da mejor conciencia que dormirse con la visión clara de uno de sus defectos, que uno no se atrevía a confesarse hasta entonces, que incluso se ignoraba.
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El delirio es, sin disputa, más hermoso que la duda, pero la duda es más sólida.
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No hay más que un signo que testimonie que se ha comprendido todo: llorar sin motivo.
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La palabra y el silencio. Se siente uno más seguro al lado de un loco que habla que de un loco que no puede abrir la boca.
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Toda agonía es, en sí, curiosa; sin embargo, la más interesante sigue siendo la del cínico, la del que la desprecia en teoría.
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Para encontrarse de nuevo, no hay nada como ser «olvidado». Nadie viene a interponerse entre nosotros y lo que cuenta. Cuanto más se apartan los otros de nosotros, más trabajan en nuestra perfección: nos salvan al abandonarnos.
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Mis dudas sobre la providencia no duran nunca mucho: ¿quién, fuera de ella, estaría en disposición de distribuirnos tan puntualmente nuestra ración de derrota cotidiana?
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El combate a que se entregan en cada individuo el fanático y el impostor es causa de que nunca sepamos a quién dirigirnos.
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Me gusta glosar la caída, me complazco en vivir como parásito del pecado original.
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¡Si pudiera uno hacerse inhumillable!

ZONA ETÉREA, Marcos Rodríguez Leija

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MARCOS RODRÍGUEZ LEIJA, Zona etérea, Gobierno del Estado de Tamaulipas, Ciudad Victoria, 1998, 48 páginas.
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UN HOMBRE DESALMADO

   De niño fue el más terrible en la pandilla del barrio. En la familia se ganó el título de “oveja negra” durante la adolescencia. Los estudios jamás le agradaron, mucho menos trabajar. Prefirió ganar el dinero fácil. Se hizo de amigos que le enseñaron a matar. Al cumplir los cuarenta años se había convertido en el hombre más desalmado y perseguido por las autoridades de investigación criminal. Se volvió pendenciero a tal grado que asesinó a sus cómplices de crímenes y asaltos. Ya ningún cabecilla de las bandas y pandillas del bajo mundo quisieron tener nexos con él. En su familia hacía mucho tiempo que lo habían dejado de considerar parte de los de su sangre. Quedó tan solo en el mundo y absolutamente nadie lo quería que una noche, al encontrarse oculto en su madriguera, sentado sobre la cama, vio de frente su sombra reflejada en la pared, y ésta, avergonzada, se levantó y se marchó por la ventana para siempre.

EL ARCO DEL DESCENSO, Andrea Marinelli

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ANDREA MARINELLI, El arco del descenso, Micrópolis, Lima, 2014.
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PATA DE PALO

   En medio de los desperdicios, la mujer lloraba desconsolada.
   —Tendrá una vida mejor –repetía-, ¡será un pirata!
   Se detuvo un momento para limpiarse el rostro manchado de sangre, y siguió serruchando.

AREQUIPA, EL ENIGMA DE LA LECTURA, Pablo Nicoli Segura

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PABLO NICOLI SEGURAArequipa, el enigma de la lectura, Editorial San José, Arequipa, 2010.
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AYER

   Ayer, por la tarde, resbalé aparatosamente por las gradientes derruidas del antiguo cementerio; terminé por golpearme con fuerza el cráneo contra una lápida cuya inscripción dice: “No estamos muertos, sólo un poco transparentes…”. A la medianoche, mientras leía, sereno, un viejo libro en la biblioteca junto al salón, me ha parecido ver una silueta que se asomaba, pero ha sido tan rápida la visión que no sé si he visto algo real. Hoy por la mañana he leído un libro titulado “El misterioso mundo de los vivos”. Por supuesto ya no existe fantasma que pueda creer en la existencia de ellos.

PROSAS ENTREVERADAS, Fernando Aínsa

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FERNANDO AÍNSAProsas entreveradas, Cálamo, Zaragoza, 2009, 66 páginas. 
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RESCATADO UNA VEZ MÁS

   De pequeño se asomaba al aljibe que había en la cocina de su casa. Se subía a un taburete, intentaba reflejarse en el fondo, respiraba la húmeda frescura y, luego, temblaba. Sentía un vértigo entre viscoso y dulzón y una extraña atracción por lo desconocido. Dejaba entonces caer el cubo y en la desgarrada superficie quebrada imaginaba, por un instante, su cuerpo hiriendo las aguas para quedar en su fondo entumecido.
   Luego, al izarlo con agua desbordante, se sabía en su tambalear sobre el brocal, una vez más, resacatado.

HABITACIONES Y OTRAS PIEZAS BREVES, Natsume Sōseki

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NATSUME SŌSEKI, Habitaciones y otras piezas breves, Olañeta, Palma de Mallorca, 2013, 78 páginas.
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Abel Vidal, traductor del volumen, explica en su nota introductoria que Sōseki logra en estos relatos "una extraordinaria mezcla de realidad y ficción, pasando por el filtro poético e imaginativo de su subjetividad diversas experiencias de su vida en Inglaterra, que quedan transformadas y ubicadas en la frontera entre el sueño y la memoria."
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IMPRESIÓN

   Cuando salgo al exterior, una ancha calle pasa recta delante de la casa. De pie en medio de la calle y examinándolo todo a mi alrededor, todas las casas tienen cuatro pisos y el mismo color. Las casas de al lado y las de enfrente son tan similares en construcción que resultan casi indistinguibles. Si me adelantara cuatro o cinco metros y después me diera la vuelta, sería imposible saber de qué casa acabo de salir. Esta es una calle extraña.
   Anoche dormí rodeado por el ruido de los trenes. Poco después de las diez fui corriendo por la oscuridad como en un sueño, espoleado por el sonido de las pezuñas de los caballos y las campanas. Centenares de sombras hermosamente iluminadas rozaban mis ojos, pero, por lo demás, no veía nada. Esta es la primera vez que miro a mi alrededor.
   Me quedo mirando arriba y abajo esta extraña calle dos o tres veces y luego giro a la izquierda, camino unos cien metros y salgo en un cruce. Tomo nota mentalmente y giro a la derecha, yendo a parar a una calle aún más ancha. Muchos autobuses pasan a lo largo de esta calle. Todos ellos llevan gente en el techo. Los colores de estos autobuses que incesantemente me adelantan son rojo, amarillo, verde, marrón y azul. Miro en la distancia, pero no puedo discernir hasta dónde llegan los colores. Cuando miro detrás de mí, avanzan hacia mí como nubes multicolores. Me detengo para pensar a qué lugar llevan a la gente y dónde la recogen, pero me arrolla una persona alta que me empuja por detrás. Trato de apartarme de su camino, pero descubro otra persona alta a mi derecha. Y a mi izquierda. La gente que me empuja por detrás es a su vez empujada por la gente que tiene detrás. Y todos están en silencio. Y todos se mueven espontáneamente hacia adelante.
   De repente soy consciente de haberme ahogado en un mar humano. No tengo ni idea de lo ancho que es este mar. Sin embargo, a pesar de su amplitud, es un mar extremadamente tranquilo. Pero no ofrece escapatoria. Si giro a la derecha, el camino está bloqueado. Si voy hacia la izquierda, el camino está cerrado. Aunque me dé la vuelta, está lleno de gente. De modo que avanzo silenciosamente. “Como gobernadas por un solo destino, decenas de miles de cabezas negras parecen haberse puesto de acuerdo para seguir hacia adelante sincrónicamente dando un paso a la vez.
   Mientras camino recuerdo la casa de la que acabo de salir. La extraña calle, con los mismos edificios de cuatro pisos y el mismo color en todas partes, parece un tanto lejana. Me siento como si no tuviese ni idea de dónde debo girar y qué camino debo tomar para ir a casa. Aunque volviera atrás, probablemente no sería capaz de descubrir mi propia casa. Anoche el edificio estaba en medio de una oscuridad total.
   Sintiéndome un poco desamparado, y empujado por las altas multitudes, dos o tres veces me veo obligado a girar y a meterme en otras calles anchas. Cada vez que giro tengo la sensación de moverme en dirección opuesta a la oscura casa de anoche y siento una soledad indecible en medio de las multitudes de gente, tan numerosas que me fatigan la vista. Salgo a una suave colina. Parece ser una plaza a la que van a parar seis o siete calles anchas. “Las olas, que hasta ahora han avanzado al unísono, convergen al pie de la colina con las procedentes de muchas otras direcciones y empiezan a dar vueltas en silencio.
   En la base de la colina hay unos grandes leones esculpidos en piedra. Todo su cuerpo es de color ceniciento. Tienen la cola delgada, pero sus sólidas cabezas están incrustadas en el remolino de sus melenas, como barriles de noventa litros. Con las patas de delante juntas, duermen en medio de multitudes que vibran en oleadas a su alrededor. Hay dos leones. Debajo de ellos, el suelo está cubierto de adoquines, con una gruesa columna de cobre en el centro. De pie en medio del mar de humanidad que se mueve silenciosamente, levanto los ojos y miro a lo alto de la columna. Ésta se levanta alta y recta hasta donde alcanza mi mirada. Por encima de ella el gran cielo es completamente visible. La alta columna se eleva como si atravesara el centro mismo de este cielo. Lo que hay en lo alto de esta columna, no lo sé. “De nuevo me veo empujado por una oleada humana que me hace salir de la plaza y, sin saber dónde estoy, desciendo por el lado derecho de una calle. Cuando, al cabo de un rato, miro hacia atrás, veo que, en lo alto de la columna delgada como una vara, hay una pequeña persona sola.

PÁJAROS EN LOS BOLSILLOS, Javier Expósito Lorenzo

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JAVIER EXPÓSITO LORENZO, Pájaros en los bolsillos, La Huerta Grande, Madrid, 2015, 132 páginas.
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JUAN GALLINA 

   Juan nunca salió del granero. Sus padres, vecinos nuestros, le tenían encerrado a cal y canto porque no querían que nadie en el pueblo se enterara. De pequeños, mi hermano y yo nos escapábamos de clase para verlo, recorriendo un pasadizo que habíamos cavado bajo el vallado de separación de las granjas. Acurrucado en su nido, Juan temblaba, sonreía, y piaba un poco al advertir nuestra presencia. Nunca dijimos nada a los mayores, sólo nos mirábamos con tristeza cuando la madre de Juan llegaba a casa y le traía a la mía los huevos que religiosamente pagábamos. «¿ Os ha hecho algo la tortilla?, ¿por qué no mojáis la yema?», solía regañarnos mi madre viendo que no tocábamos el plato. Nosotros, niños que éramos, nunca entendimos que tuvieran a Juan encerrado en el granero sólo por poner huevos de vez en cuando.