SALVADOR RETANA & ALBERTO MANGUEL,
Bestiario,
Casariego, Madrid, 2005, 148 páginas.
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En El Bestiario de Salvador Retana (pp. 9-11) escribe Alberto Manguel (responsable también de la selección de los textos que acompañan a los 64 grabados del pintor): "El dibujo que inicia la ejecución del grabado tiene la simplicidad y la fuerza de aquellos dibujos cavernícolas, o de los distraídos garabatos que se encuentran en los márgenes de tantos manuscritos medievales, o de ciertos graffiti modernos, fugaces y apremiados".
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EL PIZKATUM
El Pizkatum es un demonio que puede cambiar de cabeza. A veces elige la cabeza de algún animal, como el lobo o el asno, y cuenta la leyenda que en los bosques de Matto Grosso se han visto correr lobos y asnos decapitados que sus congéneres rehuyen hasta que el Pizkatum les restituye su cabeza.
Elvira Schwarcz, Bugigangas, Sao Paulo, 1912.
RICARDO PIGLIA,
Formas Breves,
Anagrama, Barcelona, 2000, 144 páginas.
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En el Epílogo (pp. 141-142) escribe Piglia: "Los textos de este volumen [...] pueden ser leídos como páginas perdidas en el diario de un escritor y también como los primeros ensayos y tentativas de una autobiografía futura". Formas breves es un libro misceláneo en el que compiten por la excelencia microrrelatos, narraciones vivenciales y ensayos. En este último apartado conviene destacar Tesis sobre el cuento (pp. 103-111) y Nuevas tesis sobre el cuento (pp. 113-136).
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HOTEL ALMAGRO
Cuando me vine a vivir a Buenos Aires alquilé una pieza en el Hotel Almagro, en Rivadavia y Castro Barros. Estaba terminando de escribir los relatos de mi primer libro y Jorge Álvarez me ofreció un contrato para publicarlo y me dio trabajo en la editorial. Le preparé una antología de la prosa norteamericana que iba de Poe a Purdy y con lo que me pagó y con lo que yo ganaba en la Universidad me alcanzó para instalarme y vivir en Buenos Aires. En ese tiempo trabajaba en la cátedra de Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y viajaba todas las semanas a La Plata. Había alquilado una pieza en una pensión cerca de la terminal de ómnibus y me quedaba tres días por semana en La Plata dictando clases. Tenía la vida dividida, vivía dos vidas en dos ciudades como si fueran dos personas diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar.
Lo que era igual, sin embargo, era la vida en la pieza de hotel. Los pasillos vacíos, los cuartos transitorios, el clima anónimo de esos lugares donde se está siempre de paso. Vivir en un hotel es el mejor modo de no caer en la ilusión de “tener” una vida personal, de no tener quiero decir nada personal para contar, salvo los rastros que dejan los otros. La pensión en La Plata era una casona interminable convertida en una especie de hotel berreta manejado por un estudiante crónico que vivía de subalquilar cuartos. La dueña de la casa estaba internada y el tipo le giraba todos los meses un poco de plata a una casilla de correo en el hospicio de Las Mercedes.
La pieza que yo alquilaba era cómoda, con un balcón que se abría sobre la calle y un techo altísimo. También la pieza del Hotel Almagro tenía un techo altísimo y un ventanal que daba sobre los fondos de la Federación de Box. Las dos piezas tenían un ropero muy parecido, con dos puertas y estantes forrados con papel de diario. Una tarde, en La Plata, encontré en un rincón del ropero las cartas de una mujer. Siempre se encuentran rastros de los que han estado antes cuando se vive en una pieza de hotel. Las cartas estaban disimuladas en un hueco como si alguien hubiera escondido un paquete con drogas. Estaban escritas con letra nerviosa y no se entendía casi nada; como siempre sucede cuando se lee la carta de un desconocido, las alusiones y sobreentendidos son tantos que se descifran las palabras pero no el sentido o la emoción de lo que está pasando. La mujer se llamaba Angelita y no estaba dispuesta a que la llevaran a vivir a Trenque-Lauquen. Se había escapado de la casa y parecía desesperada y me dio la sensación de que se estaba despidiendo. En la última página, con otra letra, alguien había escrito un número de teléfono. Cuando llamé me atendieron en la guardia del hospital de City Bell. Nadie conocía a ninguna Angelita.
Por supuesto me olvidé del asunto pero un tiempo después, en Buenos Aires, tendido en la cama de la pieza del hotel se me ocurrió levantarme a inspeccionar el ropero. Sobre un costado, en un hueco, había dos cartas: eran la respuesta de un hombre a las cartas de la mujer de La Plata.
Explicaciones no tengo. La única explicación posible es pensar que yo estaba metido en un mundo escindido y que había otros dos que también estaban metidos en un mundo escindido y pasaban de un lado a otro igual que yo y, por esas extrañas combinaciones que produce el azar, las cartas habían coincidido conmigo. No es raro encontrarse con un desconocido dos veces en dos ciudades, parece más raro encontrar en dos lugares distintos, dos cartas de dos personas que están conectadas y que uno no conoce.
La casa de la pensión en La Plata todavía está, y todavía sigue ahí el estudiante crónico, que ahora es un viejo tranquilo que sigue subalquilando las piezas a estudiantes y a viajantes de comercio, que pasan por La Plata siguiendo la ruta del sur de la provincia de Buenos Aires. También el Hotel Almagro sigue igual y cuando voy por Rivadavia hacia la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Puan paso siempre por la puerta y me acuerdo de aquel tiempo. Enfrente está la confitería Las Violetas. Por supuesto hay que tener un bar tranquilo y bien iluminado cerca si uno vive en una pieza de hotel.
JORDI DOCE,
Hormigas blancas,
Bartleby, Madrid, 2005, 84 páginas.
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En un poema todo sucede por primera vez.
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El azar, la forma en que tiene el mundo de disimular, de salirse con la suya tomando la tangente.
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Recordar, olvidarse del desorden de la memoria.
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La página es lo contrario de una ventana: hay que cubrirla para ver.
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Sólo el laberinto te asegura una salida.
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Hay quien calla pues sabe que en el instante en que diga una palabra, las demás caerán sobre él como un alud.
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Cruzar el puente de palabras de uno mismo.
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Intuiciones, sueños extraviados de Dios.
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La noche no basta para limpiarnos.
MÓNICA CAZÓN,
Zoológico de señoras,
Macedonia, Morón, 2011, 64 páginas.
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LAS APARIENCIAS ENGAÑAN
Durante largas noches frías ella alejaba las alimañas que rondaban mi cabaña, y yo dormía tranquila al saber que me protegía. Su aullido profundo era la señal. Una noche no la escuché y, preocupada, luego de meses de su presencia infaltable, abrí la puerta.
Allí estaba salvaje y hambrienta al acecho, esperando el ataque definitivo, buscando a la loba que había en mí. Porque sí. Porque no quería competencia.
RAMÓN EDER,
Relámpagos,
Cuadernos del Vigía, Granada, 2013, 72 páginas.
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Qué triste debe ser leer en casa de los suegros una mala novela sentado en un sofá de cretona.
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La vida es puro teatro, pero duele.
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Qué lejos estoy de tu corazón y qué cerca de tu escote.
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Sin querer se quiere y se deja de querer.
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Cuando recordamos un viejo amor lo inteligente es sonreír.
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No hay que ser envidioso, pero que nadie te envidie resulta sospechoso.
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Se derraman más lágrimas por los amores correspondidos que por los no correspondidos.
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El deseo convierte en palacios los hoteles baratos.
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Hay un tipo de generosidad que consiste en regalar nuestra ausencia.
ALAN ZMUD,
Piotr y los chuchufletes,
Amazon, 2013, 90 páginas.
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SUERTE
Piotr va al casino un sábado. Apuesta fichas en la ruleta y gana varias veces apostando al rojo, que es un color llamativo y popular. Luego apuesta al tres, número simpático donde los haya, y para gran sorpresa de la señora gorda que está frente a él, vuelve a ganar. Entonces cambia de mesa y juega tres fichas más. Gana y piensa en dar propina al joven que tira la bola, pero luego ve que este joven lleva un corte de pelo muy feo y cambia de opinión. Apuesta al ocho, pero pierde y decide no apostar nunca más por el ocho durante toda la eternidad. Pero como toda la eternidad y cinco segundos se parecen mucho (sobre todo – piensa Piotr – para aquellos seres que vivan sólo cuatro segundos) cambia de opinión y vuelve a jugar al ocho. Gana y se alegra mucho, pero no da propina.
Piotr gana durante siete minutos más, y una joven pelirroja lo mira con intenciones lascivas. Piotr, que es muy tímido – especialmente en el casino –, sigue jugando. Vuelve a ganar y ve que un joven se le acerca sin intenciones lascivas. Se levanta para ir a cambiar las fichas, y el joven le pregunta: “¿ha seguido alguna estrategia para ganar?”. Piotr responde afirmativamente: “Nunca olvido tener suerte”. Luego se marcha, y de camino a casa se acuerda de la chica pelirroja, tan bonita, y también de toda esa gente que – pobre – va al casino y se olvida de tener suerte.
Lo más terrible es que no hace falta ser un depravado para violar mujeres, secuestrar niños y arrasar aldeas. En la guerra basta con recibir el adiestramiento necesario y ponerse en situación; entonces un anodino oficinista de los Balcanes, un simpático mecánico de Oklahoma o un laborioso campesino de Uganda es capaz de hacer lo que jamás creyó que podría haber hecho.
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Lo que más envejece es contemplar la desgracia, impasiblemente.
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Lo que es difícil de explicar caerá pronto en el olvido.
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Hay poemas que de tan bellos, se esterilizan. No viene mal que se ensucien, de vez en cuando, con nuestra porquería.
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Antes de escribir pienso en el texto que quisiera leer; después me pongo manos a la obra, y cuando termino, el libro pierde su interés para mí y lo adquiere, si acaso, para otros.
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Cuando ya nada me sorprenda, estaré en la antesala de la muerte.