FÁBULAS Y LEYENDAS, Leonardo da Vinci

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LEONARDO DA VINCI, Fábulas y leyendas, Nauta, Barcelona, 1973, 126 páginas.

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Fielmente traducidos por Rafael Alberti y María Teresa León, estos breves textos se presentan acompañados por las bellas ilustraciones de Adriana Saviozzi Mazza.

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EL LEÓN Y EL CORDERO

   Un día, a un león enjaulado le llevaron como comida un corderito.
   Era tan inocente y humilde aquel cordero que no tuvo miedo al león, sino que se le acercó como si fuese su madre y lo miró con ojos llenos de devoción y asombro.
   El león, desarmado ante tanta confianza inocente, no tuvo valor para matarlo y, refunfuñando, se quedó con el hambre en el cuerpo.

ATLAS, Jorge Luis Borges

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JORGE LUIS BORGES, Atlas, Lumen, Barcelona, 1999, 103 páginas.

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En el Prólogo (p. 5) escribe Borges: "María Kodama y yo hemos compartido con alegría y con asombro el hallazgo de sonidos, de idiomas, de crepúsculos, de ciudades, de jardines y de personas, siempre distintas y únicas. Estas páginas querrían ser monumentos de esa larga aventura que prosigue".
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UNA PESADILLA
  
   Cerré la puerta de mi departamento y me dirigí al ascensor. Iba a llamarlo cuando un personaje rarísimo ocupó toda mi atención. Era tan alto que yo debí haber comprendido que lo soñaba. Aumentaba su estatura un bonete cónico. Su rostro (que nunca vi de perfil) tenía algo de tártaro o de lo que yo imagino que es tártaro y terminaba en una barba negra, que también era cónica. Los ojos me miraban burlonamente. Usaba un largo sobretodo negro y lustroso, lleno de grandes discos blancos. Casi tocaba el suelo. Acaso sospechando que soñaba, me atreví a preguntarle no sé en que idioma por qué vestía de esa manera. Me sonrió con sorna y se desabrochó el sobretodo. Vi que debajo había un largo traje enterizo del mismo material y con los mismos discos blancos, y supe (como se saben las cosas en los sueños) que debajo había otro.
   En aquel preciso momento sentí el inconfundible sabor de la pesadilla y me desperté.

CUENTOS POR TELÉFONO, Gianni Rodari

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GIANNI RODARI, Cuentos por teléfono, Editorial Juventud, Barcelona, 1973, 143 páginas.

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 El PAÍS SIN PUNTA

   Juanito Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja, llegó una vez a un pueblo en que las esquinas de las casas eran redondas y los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva. A lo largo de la calle corría un seto de rosas, y a Juanito se le ocurrió ponerse una en el ojal. Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para no pincharse con las espinas, pero en seguida se dio cuenta de que las espinas no pinchaban; no tenían punta y parecían de goma, y hacían cosquillas en la mano.
   —Vaya, vaya —dijo Juanito en voz alta.
   De detrás del seto apareció sonriente un guardia municipal.
   —¿No sabe que está prohibido cortar rosas?
   —Lo siento, no había pensado en ello.
   —Entonces pagará sólo media multa — dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien habría podido ser el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pinocho al País de los Tontos.
   Juanito observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin querer:
   —Disculpe, ¿me deja ver su espada?
   —¡Cómo no! —dijo el guardia.
   Y, naturalmente, tampoco la espada tenía punta.
   —¿Pero qué clase de país es éste? — preguntó Juanito.
   —Es el País sin punta — respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras deberían escribirse todas en letra mayúscula.
   —¿Y cómo hacen los clavos?
   —Los suprimimos hace tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por favor, déme dos bofetadas. Juanito abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.
   —Por favor, no quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso, las dos bofetadas tendría que recibirlas yo, no darlas.
   —Pero aquí se hace de esta manera — le explicó amablemente el guardia—. Por una multa entera, cuatro bofetadas, por media multa, sólo dos.
   —¿Al guardia?
   — Al guardia. — Pero esto no es justo; es terrible.
   — Claro que no es justo, claro que es terrible — dijo el guardia —. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a abofetear a unos pobrecillos inocentes, se mira muy mucho antes de hacer algo contra la ley. Vamos, déme las dos bofetadas, y otra vez vaya con más cuidado.
   — Pero yo no le quiero dar ni siquiera un soplido en la mejilla; en lugar de las bofetadas le haré una caricia.
   — Siendo así — concluyó el guardia—, tendré que acompañarle hasta la frontera.
   Y Juanito, humilladísimo fue obligado a abandonar el País sin punta. Pero todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más cortés, en una bonita casa con un techo sin punta.

CUENTOS POPULARES DEL SÁHARA, Fernando Pinto Cebrián & Antonio Jiménez Trigueros (editores)

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FERNANDO PINTO CEBRIÁN & ANTONIO JIMÉNEZ TRIGUEROS (editores), Bajo la jaima. Cuentos populares del Sáhara, Miraguano, Madrid, 1996, 192 páginas.

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EL NUEVO MAESTRO

   El nuevo maestro parecía muy severo y no ser muy querido por muchos de sus pequeños alumnos, porque, a menudo, hacía preguntas sorprendentes y pedía, sobre todo, que presentaran sus deberes cada mañana.
   Un día ordenó a la clase dibujar un pájaro sobre un árbol en dos minutos solamente. Hizo bien entender, con amenazas muy claras, que castigaría a estar arrodillados contra la pizarra, durante una hora, a aquellos que no finalizaran la tarea a tiempo.
   Los dos minutos acabaron. El maestro golpeó violentamente la mesa para que los alumnos levantaran sus pizarritas. Todo el mundo dibujó o intentó dibujar el árbol y el pájaro salvo el pequeño alumno del rincón. El maestro se dirigió a él y le preguntó:
   —¿Por qué no has dibujado el pájaro también?
   Y el pequeño respondió:
   —Maestro, yo lo he dibujado pero cuando usted golpeó la mesa se asustó tanto que salió volando.

EL FABULOSO LIBRO DE LAS LEYENDAS URBANAS, Jan Harold Brunvand

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JAN HAROLD BRUNVAND, El fabuloso libro de las leyendas urbanas, Alba Editorial, Barcelona, 2002, 352 páginas.
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   Subtitulado Demasiado bueno para ser cierto, este es el tomo primero de la completa obra del folklorista Jan Harold Brunvand. En Nota sobre el texto y las fuentes (pp. 13-14) explica el origen de las cartas de los lectores de las "cinco recopilaciones anteriores de leyendas urbanas (entre 1981 y 1993) [...] en respuesta a la invitación que formulé [...] para que me contaran historias que hubieran oído en una u otra parte". En la Introducción (pp.15-21) explica cómo siguió la propuesta de García Márquez: compilar "estas historias que se repiten por todo el mundo y que, según los que las cuentan, fueron verificadas por testigos". Once son los bloques temáticos que las agrupan: Conclusiones precipitadas, Cuentos clásicos caninos, Su merecido, Automanía, Aventuras sexuales, ¡Qué bochorno!, Cuidado con los accidentes, Contaminaciones repugnantes, Humor malsano, La fiera de mi niña y Pasan cosas extrañas. A cada leyenda le sucede un comentario en el que, muchas veces, el autor rastrea los orígenes y las variantes.
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EL PEDO EN LA OSCURIDAD

   Había una vez un hombre que sentía una pasión desmedida por las alubias estofadas. Le encantaban, pero siempre le producían unas enormes flatulencias inmediatas. Un día, conoció a una chica y se enamoró de ella. Cuando estuvo claro que pronto se casarían, pensó: “Es una chica tan dulce y delicada que nunca soportaría este comportamiento.” Así que hizo un supremo sacrificio y dejó de comer alubias. Poco después se casaron.
   Unos meses más tarde se le estropeó el auto mientras volvía del trabajo y, como vivían en el campo, llamó a su mujer y le dijo que llegaría un poco tarde, ya que tendría que ir caminando. Por el camino pasó cerca de un café y le llegó un abrumador aroma a alubias estofadas, pensó que podría liberarse de sus tremendos efectos antes de llegar a casa y se detuvo en el café. Antes de volver a la carretera se comió tres raciones dobles de alubias estofadas.
   Durante todo el camino a casa fue tirándose pedos y, al llegar, se sintió razonablemente seguro de que había soltado hasta el último gas. Su mujer parecía agitada y nerviosa y exclamó, encantada: “Cariño, esta noche te he preparado una deliciosa sorpresa para cenar.” Entonces le vendó los ojos y lo condujo a su silla en la cabecera de la mesa. Se sentó y, justo cuando iba a quitarle la venda de los ojos, sonó el teléfono. Ella le hizo prometer que no se quitaría la venda hasta que volviera y se fue a contestar la llamada.
   Aprovechando la oportunidad, basculó sobre una pierna y se tiró un pedo. No solo fue sonoro, sino apestoso como huevos podridos. Cogió la servilleta de su regazo y abanicó vigorosamente el aire de su alrededor. Las cosas ya se habían normalizado cuando sintió que una nueva urgencia le acuciaba, así que se ahuecó en la otra dirección y soltó otro pedo. Éste fue de campeonato. Siguió así otros diez minutos, mientras escuchaba la conversación que tenía lugar en el vestíbulo, hasta que las despedidas al teléfono le señalaron el final de su libertad. Se colocó la servilleta en el regazo y cruzó los brazos, sonriendo satisfecho, y cuando su mujer regreso disculpándose por haber tardado tanto, era la viva imagen de la inocencia.
   Le preguntó si había espiado y él, naturalmente, le aseguró que no. En ese momento ella le quitó la venda de los ojos y vio su sorpresa: sentados a la esa estaban los doce invitados a su cena de cumpleaños.
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Esta versión es obra anónima de xeroxlore basada en antiguos relatos zafios, con un lenguaje y una estructura parecidos a los de los cuentos de hadas. La leyenda ganó cierta respetabilidad cuando Carson McCullers la incluyó en su novela de 1940 El corazón es un cazador solitario. Versiones más recientes de esta historia sitúan la acción en un coche oscuro en el que la pareja sentada en el asiento de atrás es testigo de las flatulencias de la chica, variante que inspiró un cortometraje exhibido en 1997 que se titulaba The Date [La cita].

COMPAÑÍA K, William March

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WILLIAM MARCH, Compañía K, Libros del Silencio, Barcelona, 2012, 312 páginas.

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La introducción de Philip D. Beidler (pp. 9-34) explica de forma concisa en qué consiste este libro, un tesoro oculto al español hasta la presente traducción de Bianca Southwood: "(...) unos soldados se presentan por separado sin tregua, uno detrás de otro, confundiéndose los vivos con los muertos, para ofrecer sus testimonios espantosos en primera persona, y, narración tras narración, estos testimonios exponen fundamentalmente un único hecho de las guerras modernas: el hecho de la muerte violenta, repugnante y obscena".

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EL SOLDADO LESLIE JOURDAN

   Al término de la guerra me mudé a Birmingham, Alabama, y compré una fábrica de pintura con el dinero que me había dejado mi padre para que pudiera completar mi formación musical. Conocí a Grace Ellis y nos casamos. Tenemos una casa y tres hijos apuestos y sanos. Hemos ahorrado suficiente dinero en bonos de inversión para poder vivir con desahogo durante el resto de nuestras vidas. En general, he prosperado más que la media y Grace, que me ama de verdad, ha sido feliz.
   Apenas recordaba que alguna vez hubiera tocado el piano hasta el día en que me topé con Henry Olsen en el vestíbulo del Hotel Tutweiler. Me dijo que estaba de gira por las principales ciudades del sur del país, haciendo una serie de conciertos, y que allá donde había ido las reseñas de los críticos habían sido buenas. Olsen y yo habíamos estudiado juntos en París bajo la enseñanza de Olivarria en 1916, cuando éramos unos críos.
   A Henry no le cabía en la cabeza que hubiera dejado de tocar el piano. Traté de desviar la conversación, pero él insistía en hablar del tema y no dejaba de recordarme que Olivarria (ya fallecido) solía decir que yo tenía más talento que todos sus alumnos juntos y que preveía que iba a convertirme en el gran virtuoso de mi época.
   Me reí e intenté una vez más cambiar de tema. Empecé a hablar de cómo había prosperado en el negocio de la pintura, pero Olsen se empeñó en interrogarme y en reprenderme por haber dejado la música. Entonces me vi obligado a hacerlo. Saqué las manos del bolsillo y las apoyé suavemente en su rodilla. Mi mano derecha seguía siendo tan buena como siempre, pero la metralla me había dejado la otra destrozada. No queda nada de mi mano izquierda, salvo un dedo gordo alargado y dos jirones de piel sin hueso.
   Después, Henry y yo hablamos del negocio de pintura y de lo bien que me había ido hasta que llegó la hora de despedirnos para que fuera a dar el concierto.

EL LIBRO DE LOS LIBROS, Quint Buchholtz

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QUINT BUCHHOLTZ, El libro de los libros, Lumen, Barcelona, 1998, 120 páginas.

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46 autores de distintos países aceptaron inspirarse en las obras de Quint Buchholtz: Herta Müller, W.G. Sebald, Cees Nooteboom, Carmen Martín Gaite, George Steiner, Milan Kundera, Javier Marías, John Berger...

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   Mister Smaller se sentía verdaderamente muy incómodo entre la página 43 y la 44. Sabía que alimentaba grandes sentimientos. Había hecho lo posible por hablar con el Escritor, incluso le había dicho que estaba dispuesto a hacer de Protagonista Comprometido. Y se lo había dicho en francés, «engagé», porque le parecía más chic. El Escritor lo había mirado con desconfianza y le había preguntado: «¿Engagé en qué sentido?». Mister Smaller había respondido con sencillez: «Políticamente engagé, y no es nada fácil». El Escritor había torcido el gesto. «Eso ya no se usa», le había dicho. «Confórmese con estar en la página 43 y darle un cigarrillo al Gran Protagonista, que es un hombre metafísicamente desesperado, un verdadero neo-neo-neorromántico.»
   Y así fue como Mister Smaller acabó encerrado en la página 43. El tipógrafo acababa de componer su nombre: S-m-a-l-e--r, y se fue a beber una cerveza.. Mister Smaller aprovechó la ocasión: retiró la letra S como si fuera una nariz, la letra M como si fuera una frente, la A como si fuera una boca, las dos L como si fueran los brazos, la E y la R como si fueran las piernas. Y con sus dos piernecitas se largó. Dejó un mensaje para el Escritor: «Me voy a buscar otra novela. Adiós y que tenga usted suerte con la metafísica».
   Y Mister Smaller no volvió a aparecer. Todavía lo andan buscando.
      
                                  ANTONIO TABUCCHI