"CAPICÚA" DE 5555, Antonio Solano

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ANTONIO SOLANO, "Capicúa" de 5555, Tipografia Empòrium, Barcelona, 1985, 440 páginas.

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El subtítulo, Pensamientos, aforismos, ideas, consejos, impresiones, sugestiones, deducciones, recomendaciones, opiniones, apotegmas, frases y quizás, esquizofrenias, sandeces y tonterías,  incide en el carácter misceláneo de esta colección. En su Prólogo (pp. 5-6), el autor destaca su trabajo de selección (los 9000 aforismos originales se quedaron en 5555) y el esfuerzo que éste ha conllevado: "si llego a saber de antemano la laboriosidad de tal tarea, no sé si hubiera coleccionado mis pensamientos".

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El portarse bien con una persona, en el fondo sólo es aguantarle sus impertinencias.
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La esperanza frecuentemente es el proyecto del fracaso.
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Un alarde de síntesis conduce al silencio.
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Lo más real suele ser lo invisible.
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El amor es la forma más refinada y delicada del egoísmo.
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Por el dinero, la gente se empeña y se despeña.
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Hay que ser muy parcos en el afirmar y en el negar.
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Pocas veces el traidor es leal a su traición.
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Recordar suele ser imaginar y fantasear al compás de unas fechas determinadas.
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Irrita más la incomprensión que la ingratitud.

LOS 100 AFORISMOS, Franz Marc

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FRANZ MARC, Los 100 aforismos: La segunda visión, Árdora Exprés, Madrid, 2001 (1915), 64 páginas.
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Incluye notas y Epílogo (pp. 45-60) de Javier Arnaldo, traductor de este conjunto de pensamientos pertenecientes al pintor expresionista.

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Las más grandes hazañas siempre se producen inconscientemente, con pequeños pretextos. El ser humano no es lo suficientemente dios como para querer historia. Pero la hace.
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La tradición es al arte lo que la obra es a su creador. La obra da testimonio del espíritu de su creador.
Tradiciones son una bella cosa; pero sólo el crear tradiciones, no vivir de tradiciones.
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Vi la imagen que se refracta en los ojos de la gallineta cuando se sumerge en el agua: los miles de anillos que engastan todos los detalles de la vida, el azul del cielo susurrante que bebe el mar, el extático emerger en otro lugar. Reconoced, amigos míos, lo que son los cuadros: un emerger en otro lugar.
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Dios creó el mundo y lo sometió a discusión.

MEMORIA DEL FUEGO 2: LAS CARAS Y LAS MÁSCARAS, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, Memoria del fuego 2: Las caras y las máscaras, Siglo XXI, Madrid, 2005 (1984), 354 páginas.
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Sucesor de Los nacimientos, es éste el segundo volumen de la trilogía Memoria del fuego, que abarca los siglos XVIII y XIX en un recorrido fronterizo entre historia y creación literaria.

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TOUSSAINT

Entró en escena hace un par de años. En París lo llaman el Espartaco negro.
Toussaint Louverture tiene cuerpo de renacuajo y los labios le ocupan casi toda la cara. Era cochero de una plantación. Un negro viejo le enseñó a leer y a escribir, a curar caballos y a hablar a los hombres; pero solito aprendió a mirar no solamente con los ojos, y sabe ver el vuelo en cada pájaro que duerme.

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, Marco Denevi

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MARCO DENEVI, El jardín de las delicias. Mitos eróticos, Thule, Barcelona, 2005 (1992), 80 páginas.

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JUSTICIA

En la nación de los feacios el adulterio cometido por la mujer estaba castigado con la pena de muerte (al hombre se le propinaba una reprimenda, pero sólo si su cómplice era fea).
Nausicaa se libró de morir ajusticiada porque delante de los jueces se excusó diciendo:
"No recaí en el adulterio sino en la gula", y levantó la túnica de su amante hasta más arriba del pubis.
Como la gula no es un delito, los jueces dejaron en libertad a Nausicaa pero confiscaron al amante.

TODOS LOS MONOS DEL MUNDO, Roger Wolfe

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ROGER WOLFE, Todos los monos del mundo, Renacimiento, Sevilla, 1995, 128 páginas.
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El pensamiento de Roger Wolfe oscila en este volumen entre reflexiones de varias páginas de extensión y el encapsulamiento aforístico de algunas de sus ideas.

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Cuando alguien me habla de lecturas absolutamente imprescindibles, como el Ulises de Joyce, me permito recordarle que Cervantes no leyó a Joyce.
Y de buena se libró, por cierto.
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La fama, como la muerte, es esa cosa que les ocurre siempre a los demás.
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El problema de muchos escritores que si quisieran hasta podrían ser medianamente decentes es que andan al perpetuo acecho de ese fatuo espejismo que ellos mismos han denominado «inmortalidad».
Se escribe como si la inmortalidad pendiera del extremo de cada palabra, cuando lo único que pende, el único verdadero apéndice que nos iguala, es la muerte.
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Con dinero cualquiera puede permitirse ser buena persona.
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No hay peor especie de ignorante que el ignorante culto.
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Nada es bueno ni malo, porque todo es defendible. Sólo hace falta labia y un buen surtido de diccionarios. Y en la mayor parte de los casos, la labia basta.
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La consciencia del absurdo es el único pasaporte a la serenidad.

MEJORES DÍAS, José Luis Morante

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JOSÉ LUIS MORANTE, Mejores días, De la Luna Libros, Mérida, 2009, 72 páginas.

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Tiene una memoria prodigiosa, capaz de hacer real una mentira.
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Tiene un sentido del orden y de la etiqueta impropio de sus años. Colecciona poemarios. Los agrupa por colores, los colores por épocas; las épocas por tendencias, las tendencias por autores; los autores por el estado de conservación de su pelo. Apunta a crítico literario.
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El cinismo trasforma la sonrisa en una inscripción ilegible.
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Recordar es un ejercicio de resistencia.
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Se ha llenado la noche de oscuros minotauros. Pero no soy Teseo.
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Escucho. Habla la lluvia con excepcional elocuencia.
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En la era informática los espejos de Narciso se llaman blogs.
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Tras llegar a su destino, los reproches tienden a recorrer el camino de vuelta.
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A la luz del día el insomnio parece un hábito curable.
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Un buen poema refleja el rostro del lector.

LAS BUENAS INTENCIONES Y OTROS CUENTOS, Ángel Zapata

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ÁNGEL ZAPATA, Las buenas intenciones y otros relatos, Páginas de Espuma, Madrid, 2011 (2001), 106 páginas.
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JUSTO Y EL ÁNGEL

Justo me dice que no haga caso. Me dice que haga como si no le viera. «Tú, ni caso», me dice Justo. Me insiste en que el precio del piso ha sido una ganga. Y en que el ángel de la anunciación, con sus bucles dorados y sus alas de nieve, se cansará algún día de aparecerse a las doce, junto a la máquina de coser, y llamarme «bendita seas entre las mujeres».
—A ti qué más te da lo que te llame —me dice Justo—. Tú piensa en que este piso tiene un balcón hermoso, Antonia; y en que está bien comunicado.
Eso me dice.
—Bendita tú entre las mujeres —me dice el ángel todos los días.
Y a pesar de sus bucles dorados y sus alas de nieve, yo me pongo roja como una manzana, porque me lo dice con mucha intención.
—Tú ni caso —me insiste Justo.
Y entre Justo y el ángel van a volverme loca.


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1
El cuento debe conmover, herir, maravillar; algo en el cuento debe llamar por su nombre al lector: forzarlo a que despierte.
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Como los individuos, como las sociedades, un cuento no debe «funcionar», sino existir.
3
Las tramas narrativas no reflejan el modo en que las cosas ocurren en la realidad, sino las redes que empleamos para apresar lo que ocurre. El cuento indaga precisamente aquello que las tramas convencionales no sabrían captar: es el intento de rodear un resto siempre inaprensible.
4
En la novela la trama es causa. En el relato, mero efecto.
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El cuento debe parecerse a la vida en esa cualidad que tiene la vida de no parecerse a nada.
6
Es verdad que el avance del cuento debe ir despertando en el lector el deseo de saber, a condición de que el deseo no se vea realizado sino de un modo irónico: a condición de que el cuento desemboque en eso que el lector sabía sin querer.
7
El cuento es una ética de la escritura, y por eso un buen cuento siempre deja algo que desear: le hace un sitio al deseo del otro.
8
En la novela (o por lo menos en la gran novela clásica, burguesa) la escritura se subordina a la historia, sirve a la historia: las partes trabajan en beneficio de un todo, que les es exterior y heterogéneo. En el cuento la escritura emerge, la producción textual no resulta alienada como producto en el todo de la representación: el trabajo es soberano, y hace su historia.
9
El despliegue del universo novelesco exige la constancia de lo positivo y lo dado; el cuento nace de un rechazo, devuelve el acto de narrar a la pregunta pos sus condiciones.
10
El realismo desvía al cuento de su vocación. Al igual que el poema, el cuento no apunta a la realidad, sino a lo real en tanto lo imposible de decir.
11
Dentro del cuento, no se trata tanto de escribir una historia, como de inscribir aquello que la interrumpe.
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El cuento no debe ayudamos a soportar la realidad (esta es la exigencia falsamente benévola a la que apelan todos los conformismos), sino a situar en nuestra realidad lo insoportable, y a situarnos frente a ello.
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En cierto modo, el cuento no es una narración en la que se ha eliminado todo lo insignificante, sino una narración en la que se ha eliminado todo menos lo insignificante, esto es: aquello que aún debía reapropiarse su potencia de significar.
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La novela clásica tiende a la acumulación (de referencias, de hechos, de sentido); se apuntala sobre el imaginario de la totalidad y la riqueza. El cuento sabe de la castración, de la pobreza de la realidad, y es —como el Eros platónico— hijo de la escasez y del recurso.
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El rechazo a llegar, la pasión de ir, son distintivos tanto del cuento como del cuentista. El cuento es lo que siempre está en camino. En un cuento, lo único falso o engañoso ha de ser, justamente, su brevedad.