EL SILENCIO DEL CUERPO, Guido Ceronetti

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GUIDO CERONETTI, El silencio del cuerpo, Versal, Barcelona, 1986 (1979), 224 páginas.

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Conjunto de pensamientos enmarcados entre el mensaje introductorio (pp. 11-12) y una Despedida de la Medicina (pp. 217-220), la forma que autor elige para denominar a estos "materiales de uso y de desahogo, base a veces de alguna pequeña aventura erudita" extraídos "de la oscuridad de [sus] cuadernos-tumba" (p. 12).

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El optimismo es como el óxido de carbono: mata dejando sobre los cadáveres una impronta de rosa.
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Ir por el campo, hoy, es como pasar por un viejo barrio en demolición.
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Si el Mal ha creado el mundo, el Bien tendría que deshacerlo.
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La caricia viene como el viento; abre un postigo, pero no entra si la ventana está cerrada.
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La elección profunda del hombre será siempre un infierno apasionado, antes que un paraíso inerte.
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Isabel Wittelsbach, emperatriz de Austria, padecía de fobia de la mirada (abanicos y sombrillas y huidas siempre para hurtarse a las miradas). Su asesino le espetó en el corazón un punzón sin mirarla. Los médicos, si hubiese muerto entre encajes y bajo baldaquinos, la hubieran hecho sufrir mucho más, al mirarla a la cara.
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La guerra nos cura de las heridas de la paz, pero haciendo morir en masa a sus pacientes.

MEMORIA DEL FUEGO 1: LOS NACIMIENTOS, Eduardo Galeano

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EDUARDO GALEANO, Memoria del fuego 1: Los nacimientos, Siglo XXI, Madrid, 2007 (1982), 348 páginas.

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El autor, en su introducción (pp. XV-XVII), rechaza encorsetar en una rígida caracterización a estos breves textos: "No creo en las fronteras que, según los aduaneros de la literatura, separan a los géneros." Lo que sí explica es la naturaleza de esta obra, inauguradora de una trilogía: "Está dividido en dos partes: en una, la América precolombina se despliega a través de los mitos indígenas de fundación; en la otra, ocurre la historia de América desde fines del siglo XV hasta el año 1700" (p. XVI).

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EL AMOR

En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.
—No —dijo ella—. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
—No comas yuca, ni plátanos, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando él le decía:
—No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.

AJUAR FUNERARIO, Fernando Iwasaki

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FERNANDO IWASAKI, Ajuar funerario, Páginas de Espuma, Madrid, 2004, 126 páginas.

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EL HORÓSCOPO

Antes de disparar restalló en mi memoria aquel mensaje definitivo que leí en el periódico: «Tenga cuidado con esa persona de su entorno que se propone arruinar todos sus planes». Pero de pronto ella se volteó y sin darme tiempo a reaccionar me clavó un cuchillo en el corazón. Nunca debí dejarle el periódico. Ella también era Tauro.

AFORISMOS, Francisco Bengochea

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FRANCISCO BENGOCHEA, Aforismos, Papelería de Mingo, Guadalajara, 1992, 56 páginas.

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Estar vivo es siempre un riesgo que hay que asumir.
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Para vivir se necesita de la necesidad o de la esperanza.
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El que quiere comérselo todo, acaba mordiendo las piedras.
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El mayor problema que puede enfrentarse es el de dilucidar qué hay tras la muerte, pues vivimos unos años, pocos o muchos, pero la muerte es para siempre.
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Si el tiempo ha de darte la razón, espera en silencio.
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Acostumbrarse no es aprender a no quejarse, sino aprender a no sufrir.
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Un mundo hecho sólo de palabras es siempre algo frágil.

MISTERIOS DE LAS NOCHES Y LOS DÍAS, Juan Eduardo Zúñiga

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JUAN EDUARDO ZÚÑIGA, Misterios de las noches y los días, Alfaguara, Madrid, 1992, 184 páginas.

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EL ÁNGEL

La mujer cruzaba la gran plaza en cuyo centro se alzaba la columna rematada por una enorme estatua, un ángel con alas desplegadas que parecía a punto de volar.
La mujer solitaria cada mañana ponía en él sus ojos admirados, temiendo que en las ráfagas de otoño o en las nieblas de frío, desapareciera y no le viese más, y aunque sabía que para el ángel ella tan sólo era un punto negro en la inmensidad, de la plaza desierta, le rogaba la acompañase en el largo trayecto cotidiano.
Y fue tal su vehemencia que el ángel la escuchó y entendió su insistente llamada y un día descendió de la columna y fue hacia ella con pasos vacilantes. Ante aquella figura gigantesca con las alas abiertas, la mujer sintió nacer la esperanza de ser correspondida pero al acercarse  el ángel, vio que tenía los ojos vacíos.
Aun así, ella le preguntó: —¿Vienes conmigo?—, pero el ángel titubeaba, no respondió y poco después volvió a su lugar en lo alto de la columna.
Se quebró el fugaz proyecto de amor: ella sintió que terminaba su vida y estuvo a punto de hundirse en la tierra al comprender que no había sido mirada, que el ángel no vio nunca su gesto enamorado. Pero pensó en el deber del trabajo y en el camino que la esperaba recorrer como cada día y se resignó a seguir adelante. Ya nunca más buscaría el amor, ni el ángel bajaría al suelo.
Los solitarios cruzan la inmensa plaza pero ninguno hacia él levanta su mirada; saben que el ángel que está allí es ciego, un ángel solitario como ellos.

LA RONDA / ANATOL / ENSAYOS Y AFORISMOS, Arthur Schnitzler

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ARTHUR SCHNITZLER, La ronda / Anatol / Ensayos y aforismos, Cátedra, Madrid, 1996 (1967), 384 páginas. Edición de Miguel Ángel Vega.

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Precedidos por una minuciosa Introducción (pp. 7-95), los ciclos de escenas La ronda y Anatol acompañan al bloque Ensayos y aforismos, en donde figura una selección de máximas publicadas originariamente en dos volúmenes: el Libro de los dichos y de la reflexión y Aforismos y reflexiones.

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El humorista deambula en el interior de lo infinito.
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Ser artista significa saber pulir las ásperas superficies de la realidad tan lisamente que puedan reflejar toda la infinitud, desde las alturas del cielo hasta las profundidades del infierno.
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Cuando el odio es cobarde, anda enmascarado en sociedad y se llama justicia.
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Dos espejos enfrentados: para el corto de vista significa confusión, para el de larga vista, infinitud.
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Es consustancial a la revolución ser malentendida por los pedantes, manipulada por los maliciosos y ser tomada por la masa como un destino.
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Las cosas en la noche del no ser vistas se aferran a la mirada humana en cuya luz se bañan.
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Para aquel que alguna vez haya comprendido totalmente que es mortal, la agonía ha comenzado ya.
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No hay verdades nuevas bajo el sol; y, ¿precisamente, en estas breves frases esperaste encontrarlas?

ALUMBRAMIENTO, Andrés Neuman

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ANDRÉS NEUMAN, Alumbramiento, Páginas de Espuma, Madrid, 2005, 168 páginas.

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LA CURIOSIDAD

Aquel miércoles desapacible corría un aire a ráfagas. Posando de pie, rígidas, las putas del Paseo del Salón se habían abrigado de cintura hacia arriba. Aparcados junto a la biblioteca pública, dos coches con las lunas empañadas las vigilaban. Con el semáforo a punto de cambiar tuve un extraño impulso y, sin saber por qué, le anuncié al taxista que me bajaba allí mismo. ¿Aquí?, me preguntó el taxista, primero incrédulo y enseguida pícaro. Estúpidamente avergonzado, pretexté que un amigo vivía enfrente.
Al salir del taxi me asaltó una vaharada de colonia. Siguiendo su rastro divisé a una señora algo gruesa, calzada con unas botas rojas que le cubrían media pierna. Observando cómo los pliegues de las rodillas le asomaban por encima del plástico, sentí cierta repugnancia y también que inexplicablemente me excitaba. Ella estudió mi traje con la perezosa atención de las meretrices veteranas. Desvié la mirada incómodo y me alejé unos pasos. Bajo la marquesina, apoyada en uno de los postes, una mulata se fumaba la noche exhibiendo un hondo escote. Vistos de perfil, sus glúteos parecían un dibujo exagerado. Pensé en que jamás me había acostado con una mujer negra. Noté que la mulata miraba mi traje. Al dar un paso atras vi una figura esbelta, alta y de muslos trabajados que permanecía inclinada sobre la ventanilla abierta de un coche en marcha. Empujado por la curiosidad, me aproximé a ella hasta poder oír fragmentos de su conversación. El conductor del coche lanzaba exclamaciones roncas, la figura esbelta y alta reía mecánicamente. Contemplé sus rizos rubios. Sus brazos musculosos. Su espalda vigorosa. Sus pies demasiado grandes. Comprendí demasiado tarde. Antes de poder alejarme, escuché que alguien decía a mis espaldas: ¿Tienes un cigarrillo? Di media vuelta y me topé con un tipo de mi misma edad, asomado a la ventanilla de un Peugeot azul. El motor de su coche subía y bajaba de revoluciones. ¿Me hablas a mí, tesoro?, preguntó con voz cavernosa la figura esbelta y alta, irguiendose y acomodandose los rizos. Pero el tipo le contestó: No, a ti no; le hablo al del traje. A lo lejos, la mulata de la marquesina me miró con sorna.
Qué rápido sucede todo por la noche y hasta dónde nos empuja nuestra curiosidad. Eso pienso, nervioso, cada vez que paso en taxi junto al Paseo del Salón y me acuerdo de aquel miércoles desapacible, de aquel Peugeot azul.

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DODECÁLOGO DE UN CUENTISTA
        
I
Contar un cuento es saber guardar un secreto.
II
Aunque hablen en pretérito, los cuentos suceden siempre ahora. No hay tiempo para más y ni falta que hace.
III
El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.
IV
En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.
V
Los personajes no se presentan: actúan.
VI
La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.
VII
El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin freno, trucos.
VIII
La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.
IX
Corregir: reducir.
X
El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.
XI
En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.
XII
Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.
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NUEVO DODECÁLOGO DE UN CUENTISTA
I
Si no emociona, no cuenta.
II
La brevedad no es un fenómeno de escalas. La brevedad requiere sus propias estructuras.
III
En la extraña casa del cuento los detalles son los pilares y el asunto principal, el tejado.
IV
Lo bello ha de ser preciso como lo preciso ha de ser bello. Adjetivos: semillas del cuentista.
V
Unidad de efecto no significa que todos los elementos del relato deban converger en el mismo punto. Distraer: organizar la atención.
VI
Anillo afortunado: a quien escribe cuentos le ocurren cosas, a quien le ocurren cosas escribe cuentos.
VII
Los personajes aparecen en el cuento como por casualidad, pasan de largo y siguen viviendo.
VIII
Nada más trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente.
IX
Los buenos argumentos jamás pierden el tiempo argumentando.
X
Adentrarse en lo exterior. Las descripciones no son desvíos, sino atajos.
XI
Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.
XII
Un decálogo no es ejemplar ni necesariamente transferible. Un dodecálogo, muchísimo menos.