LAS TRISTES, Pía Barros

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PÍA BARROS, Las Tristes, Asterión, Santiago de Chile, 2015, 96 páginas.

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EXILIOS

   La ropa atada a la espalda, y la lengua pegada al paladar, aún duelen las plantas de los pies, pero camina, camina hasta desollarse porque más allá está la salida, la única salida lejos de su madre, de sus costumbres, de los hábitos cotidianos y la marraqueta caliente. Camina porque no entiende que jamás regresará, que contará una y mil veces lo que le hicieron sus compatriotas y nunca dejará de escocerle el alma en el recuerdo, camina porque morirá extranjero, y no lo sabe.

LAS RUINAS DEL CIELO, Christian Bobin

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CHRISTIAN BOBIN, Las ruinas del cielo, Sibiriana, Zaragoza, 2012, 134 páginas.

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Los libros son la segunda residencia del alma.
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A Dios le gusta hablar a través de bocas desdentadas, es su encanto. 
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No hay infinito sin clausura. 
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La vida a cada segundo se aleja de nosotros como la lechuza despliega sus alas nevadas en el instante en que la descubrimos.  
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Cada día tiene su veneno y, para el que sabe ver, su antídoto. 
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No es complicado escribir: basta con entregarle cada segundo de vida.  
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Cada una de nuestras alegrías es una figura en una vidriera. Nuestra muerte es el plomo que sujeta el conjunto.  
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"No saben lo que hacen" es la frase más inteligente jamás dicha.  
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La verdad es un ambiente: se abre un libro, se entra en un lugar y se sabe.  
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Se trata de escribir una pizca más rápido que la muerte. 

LA MUERTE NUESTRA DE CADA VIDA,Yanitzia Canetti

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YANITZIA CANETTI, La muerte nuestra de cada vida, CBH Books, Lawrence, 2009, 96 páginas.

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CARONTE

   Caronte era un hombre alto y delgado, con un rostro alargado y unos brazos menudos como bambú. Era un hombre que mantenía una seriedad digna de su oficio, casi estoica. Era chofer de carros fúnebres. 
   Respetaba las leyes del tránsito como si en ello le fuera la vida. Y jamás sobrepasó los treinta kilómetros por hora, así estuviese retrasado por las indeseadas roturas de una calle. 
   Llevaba más de cuatro décadas guiando ataúdes hasta su última morada. Y lo hacía con solemnidad, actitud indeleble, casi con gracia. A tal punto, que sus compañeros de trabajo sentían hacia él una bien justificada envidia: era siempre el elegido por los familiares de los difuntos más célebres. Adalberto Radamés Fornaris, Eloísa Zacarías Jota, Augusto Mendoza Gárgara, Rinaldo Valle del Monte y Facunda Palomino Vergara, por mencionar solo algunos de los más conocidos.
   A pesar de que su fama se extendió por los barrios colindantes, y que fue seleccionado en más de nueve ocasiones como el chofer del año, un día ocurrió algo paradójico e injusto, por llamarlo de alguna manera. Caronte fue víctima de su abnegada profesión. En su habitual trayecto hacia el cementerio, fue impactado por un camión que no se percató de la enorme caravana de dolientes compungidos que con ojos lluviosos, agitaban sus pañuelos almidonados por la excesiva secreción nasal. Caronte no sobrevivió al accidente. 
   Uno de los familiares del ser que trasladaban, y que por suerte iba junto al chofer, tomó sin demora el volante del abollado automóvil y —tras observar lo irremediable de los hechos se dirigió al cementerio con los dos cadáveres. 
   Caronte fue llevado a una funeraria donde recibió pocos llantos e hilarantes comentarios, y conducido luego por uno de sus compañeros de trabajo —que más que solemne, parecía somnoliento— hasta su última morada. 


LAS METAMORFOSIS DE DIANA, José Manuel Ortiz Soto

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JOSÉ MANUEL ORTIZ SOTO, Las metamorfosis de Diana. Fábulas para leer en el naufragio, LagartAzul, México D.F., 2015.

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ACECHO

   Diana es una planta sexual que inunda con su aroma la atmósfera oscura del jardín. Hurto una de sus flores, pero el gruñido de la pantera que acecha entre la espesura me obliga retroceder. Con el corazón en un hilo, me agazapo a la espera del zarpazo definitivo, de la dolorosa y fatal dentellada. Un viento azul de muerte estremece mi carne. “Tómame”, susurra una voz vidriosa sobre la cama. Lleno con su imagen mi cabeza y caigo en el abismo de su cuerpo abierto.

PEQUEÑAS TEORÍAS SOBRE EL COMPORTAMIENTO ANIMAL, Andrés Sobico

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ANDRÉS SOBICO, Pequeñas teorías sobre el comportamiento animal, La Bohemia, Madrid, 2014, 44 páginas.
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Esta colección de breves textos cercanos a la greguería incluye las ilustraciones de Josefina Wolf.
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El gusanito despertó malhumorado: ruidos molestos del otro lado de la manzana.
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Ahí se oye al pájaro carpintero enamorado tallando corazones.
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La excitante diversión de la ameba: dividirse.
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Los vampiros serían murciélagos que progresaron.
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La esquizofrenia genética del ornitorrinco.    
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Esa marmota era lenta y pesada: cargaba con su nombre.
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Desde chiquitos, a los gatos les enseñan a contar hasta siete.
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El topo, allí en lo oscuro con su miedo a caer al cielo.

CUENTOS GNÓMICOS, Tomás Borrás

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TOMÁS BORRÁS, Cuentos gnómicos, Anthropos, Barcelona, 2013, 104 páginas.

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Borras denominaba "gnómicos" a sus eclécticas piezas breves —microrrelato, microensayo, fábula, boutade...— que fue incluyendo en sus obras narrativas. Esta edición, preparada por Javier Barreiro y con el análisis literario de Miguel Pardeza, presenta sesenta y cuatro de esos textos, casi un tercio de los que el autor vanguardista llegó a publicar.

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EL HABITANTE DE MARTE

   Vino a la tierra en un platillo volante, la recorrió, escuchó entremetido entre los hombres, invisible; enteróse de sus costumbres, de sus ideas, de sus maneras de ser.
   Al regreso de su excursión —vacaciones de fin de siglo, las que se toman los marcianos, turistas por los restantes planetas— sus amigos le preguntaron por los habitantes del diminuto grano de polvo que en el espacio sin límites flota alrededor de uno de los soles más pequeños.
   —¿Cuál es la clave del carácter de ésos de abajo?
   —Muy extraña su mente —contestaba el marciano, observador—. Inventan los nombres y después se asustan de los nombres.

DE NOCHE VIENES, Elena Poniatowska

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ELENA PONIATOWSKA, De noche vienes, Grijalbo, México D.F., 1979, 232 páginas.

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ESTADO DE SITIO

   Camino por las grandes avenidas, las anchas superficies negras, las banquetas en las que caben todos y nadie me ve, nadie voltea, nadie me mira, ni uno solo de ellos. Ninguno da la menor señal de reconocimiento. Insisto. Ámenme. Ayúdenme. Sí, todos. Ustedes. Los veo. Trato de imantarlos; nada los retiene, su mirada resbala encima de mí, me borra, soy invisible. Sus ojos evitan detenerse en algo, en cualquier cosa, y yo los miro a todos tan intensamente, los estampo en mi alma, en mi frente; sus rostros me horadan, me acompañan; los pienso, los recreo, los acaricio. Nosotras las mujeres atesoramos los rostros; de hecho, en un momento dado, la vida se convierte en un solo rostro al que podemos tocar con los labios. Ámenme, véanme, aquí estoy. Alerto todas las fuerzas de la vida; quiero traspasar los vidrios de la ventanilla, decir: “Señor, señora, soy yo”, pero nadie, nadie vuelve la cabeza, soy tan lisa como esta pared de enfrente. Debería gritarles: “Su sociedad sin mí sería incompleta, nadie camina como yo, nadie tiene mi risa, mi manera de fruncir la nariz al sonreír, jamás verán a una mujer acodarse en la mesa como lo hago, nadie esconde su rostro dentro de su hombro…señores, señoras, niños, perros, gatos, pobladores del mundo entero, créanme, es la verdad, les hago falta.”
   Me gustaría pensar que me oyen pero sé que no es cierto. Nadie me espera. Sin embargo, todos los días tercamente emprendo el camino, salgo a las anchas avenidas, a ese gran desierto íntimo tan parecido al que tengo adentro. Necesito tocarlo, ver con los ojos lo que he perdido, necesito mirar esta negra extensión de chapopote, necesito ver mi muerte.