LA ALEGRÍA DE LO IMPERFECTO, Javier Sánchez Menéndez

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JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ, La alegría de lo imperfecto, Trea, Gijón, 2017, 72 páginas.

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La realidad es el sueño que no puede cambiarse.
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Vivir es como naufragar, pero sin agua.
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No se puede vivir en la unidad sin haber existido en la separación.
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Para el poeta contemplar el interior es descubrir la naturaleza.
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Nunca amarga el dolor si se compone de naufragios.
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Las batallas solo se ganan con palabras de vitalidad.
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La auténtica belleza suele ser la alegría de lo imperfecto.
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Lo simple, con ética y estética, es verdadero.

HOMO POKÉMONS, Tirso Priscilo Vallecillos

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TIRSO PRISCILO VALLECILLOSHomo Pokémons. Alientos, malalientos y otras exhalaciones, Trea, Gijón, 2017, páginas.
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Nadie vende media naranja.
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En cuestión de amor me conformo con bajar mis expectativas 
hasta la cintura.
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Esa gente que cuando habla corrige en rojo.
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Polvo somos y en polvo nos convertiremos... Y si te quitas la ropa podemos ir practicando.
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Lo que escribo cuando estamos a oscuras es aquello que más me gusta que leas.
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Atraversar: pasar por la vida poéticamente.
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Envoltura de educación religiosa: La marca «Judeo-cristiana» es la que triunfa en occidente.
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Esencia de soledad: Algunas piezas humanas es lo único que se ponen para ir a la cama.
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En estos tiempos no está de moda hablar de hipocresía.
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Esa gente que insiste en que todo le salga redondo, incluso los cuadrados.

FRAGMENTOS DE UN MUNDO ACELERADO, José Óscar López

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JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ, Fragmentos de un mundo acelerado, Balduque, Cartagena, 2017, 212 páginas.
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AMBICIÓN
A Manuel Moyano

   —Todos nuestros esfuerzos son inútiles —dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa misma tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el astro se escabullía bajo una de las lindes del planeta, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo retornaban alrededor de ellos las sombras.

CUENTOS AMABLES, NOBLES Y MEMORABLES, Julio Ardiles Gray

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JULIO ARDILES GRAY, Cuentos amables, nobles y memorables, Ediciones del Cardón, San Miguel de Tucumán, 1964, 108 páginas.

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LA ESCOPETA

   Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
   De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
   “Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías”.
   Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
   Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
   “Qué extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este”.
   El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
   Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
   El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
   “Me estoy volviendo muy abriboca” -se dijo mientras sacudía la cabeza.
   Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
   -¡Esto me pasa por tonto! -gritó en voz alta.
   Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
   “Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa”.
   Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón.
   Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.
   Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:
   -¡El Viejo…! ¡El Viejo…!
   Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:
   -¿Quién es usted…? Yo busco a Leandro…
   La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.
   -¿Qué dice, buen hombre? -dijo.
   -Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro… Esta es mi casa.
   -¿Su casa? -dijo la mujer.
   -¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández.
   La mujer hizo un gesto de extrañeza.
   -Era…-dijo sonriendo con tristeza-. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.
   -¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.
   -Sí… -asintió la mujer temerosa.
   Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.

ISLA SOMBRERO, Juan Carlos de Sancho

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JUAN CARLOS DE SANCHO, Isla sombrero. Cuentos y descuentos, Mercurio, Las Palmas de Gran Canaria, 2016, 146 páginas.
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TOMOKO

   Tomoko es una niña japonesa de Kioto que solo come rollitos de primavera. Disfruta tanto con sus rollitos que no necesita otro alimento.
   Aunque es japonesa le encanta la comida china. En primavera le brotan flores de cerezo por las orejas y la nariz. Entonces Tomoko se va al jardín de la casa, cava un agujero en la tierra y se transforma en una planta. Durante ese tiempo apenas come nada y deja que crezcan los cerezos.

LAS CONSECUENCIAS DE NO TENER NADA MEJOR PARA PERDER EL TIEMPO, Carlos Marzal

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CARLOS MARZAL, Las consecuencias de no tener nada mejor para perder el tiempo, Frida, Madrid, 2017, 52 páginas.
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Cuando se viaja, las ideas sobre el viaje pesan más que la maleta.
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Siempre acaba por llegar un cursi y ponerle un lazo rojo a la carne desnuda.
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La erudición también es una ignorancia parcial, pero con conocimiento de causa.
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Entre las ventajas de la edad se cuenta esta: hacernos creer que nuestras resignaciones son una conquista de la sabiduría.
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Hay pocos placeres comparables al de creerse que los demás envejecen peor.
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La esperanza es la mitad de la aspirina.
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El deseo también incluye una cartografía: nos inclina a ciertos barrios, a ciertas calles, a ciertas casas.
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Hay amores de paso que constituyen un hogar mientras vamos de paso hacia el amor.
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Se nos pasa el arroz incluso para las perversiones propias.

SEXOADICTAS O AMANTES, Paula Izquierdo

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PAULA IZQUIERDO, Sexoadictas o amantes, Belacqua, Barcelona, 2007, 202 páginas.

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Catalina la Grande, George Sand, Sarah Bermhardt o Isadora Duncan «fueron tajantes en sus posturas y no se dejaron amilana, independientemente de las épocas y las costumbres al uso que les tocó vivir». Paula Izquierdo indaga en las distintas formas de procurar el placer y consolidar el yo.
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   Anaïs Nin nació en Neuilly, cerca de París, el 21 de febrero de 1903. Su padre era el famoso compositor y pianista cubano-español Joaquín Nin y su madre, Rosa Culmell, era hija de un diplomático danés establecido en La Habana. Cuando Anaïs contaba sólo once años, sufrió el mayor y más determinante desconsuelo que marcaría el resto de sus días: su padre se enamoró de una joven heredera y abandonó a su mujer y a los tres hijos habidos de ese matrimonio. Rosa Culmell decidió entonces poner mar de por medio, y embarcó junto con sus hijos rumbo a Nueva York. A partir de esa fisura sentimental, Anaïs comenzó a escribir, costumbre que no abandonaría jamás. Su objetivo, mientras navegaban por el Atlántico, consistió en escribir una carta a su padre dándole los más minuciosos detalles de su travesía. Corría el año 1914, Anaïs no volvió a encontrase con su progenitor hasta la primavera de 1933. La carta que comenzó entonces, es decir, la necesidad de expresarse por escrito, sería una forma de estar en el mundo. El resultado, además de una serie de novelas y relatos cortos, fue que Anaïs llegó a escribir un diario del que se conservaron quince mil páginas, repletas de erotismo y sinceridad, en el que describe sin ningún tipo de censura sus variadas y múltiples relaciones sexuales, sus sentimientos más íntimos en una búsqueda permanente de conocerse a sí misma a través de su voz interior; una vez más, una mujer retaba a su tiempo sobreviviendo a los prejuicios que imperaban en los primeros años del siglo pasado. 
   En Nueva York, después de estudiar hasta los dieciséis años, ya adolescente, se hizo bailarina de flamenco y modelo. En esa ciudad fue donde conoció al que sería su marido, Hugh Guiler, un banquero norteamericano con el que se casó con sólo veinte años. Parece ser que el matrimonio no se consumó hasta dos años después, ya que Anaïs sentía verdadero temor ante la posibilidad de mantener relaciones sexuales. Ella se había casado sin estar enamorada y él esperó pacientemente a que la joven madurara y pudiera dar rienda suelta a sus sentimientos.
   En 1931, el matrimonio se instaló en Francia, en un pueblecito llamado Louveciennes, cerca de París. Es entonces cuando escribe: «La vida ordinaria no me interesa. Sólo busco momentos altos. Estoy de acuerdo con los surrealistas, en la búsqueda de lo maravilloso». Un año más tarde, conoció al escritor Henry Miller y a su mujer June. Entre los tres se creó una relación apasionada y absolutamente insólita. Se querían los tres, se tenían celos y admiración, a veces se odiaban pero la mayor parte del tiempo fue una relación fructífera y productiva. Este triángulo amoroso se mantuvo durante un año; aunque Anaïs intentaba engañar a su marido, él constituía en cierta medida la cuarta pata de la mesa. Hugh sabía que la única forma de retener a Anaïs para que permaneciera a su lado era dándole la libertad que necesitaba y no preguntar, sólo amarla.
   En 1932, Anaïs conoció al psicoanalista francés Allendy, quien fue el cofundador, junto con Sigmund Freud, de la Sociedad Psicoanalítica de París. Pronto se estableció una relación íntima entre ambos. Ella buscaba conciliar con el psicoanálisis los diferentes matices de su personalidad: lo real y lo simbólico, la pasión y la razón, los acontecimientos y los deseos. Sin embargo, René Allendy, en su intento de curarla, trató de castrar su personalidad, su desenfreno, intentando eliminar todo aquello que definía su ser, por lo que Anaïs después de un periodo de tratamiento y sexo, terminó por evitar a aquel hombre que pretendía que ella fuera una mujer «normal».
   En 1933 se convirtió en amante de su padre. Anaïs escribió en su diario, que tiempo después se publicaría bajo el título de Incesto: «5 de mayo de 1933: Por la noche soñé con que mi padre me acariciaba como un amante, y experimenté un placer inmenso». Tal como ella expresa en estas líneas, siente por sus deseos un gran horror y una gran atracción. Al principio de su relación incestuosa se impide a sí misma llegar al orgasmo. Esta forma de automutilación o de autocastigo la ayudaba a sobrellevar el gran deseo que sentía hacia su progenitor. Privándose del máximo placer cree no ser tan indeseable. Escribe en su diario: «El esperma es un veneno». Su padre le dijo que quería reemplazar a sus otros amantes, y que, en realidad, su único y verdadero rival era el diario que ella escribía de forma incansable.
   Seis meses más tarde de su primer encuentro, padre e hija vuelven a citarse en la casa de Anaïs, en Louveciennes, y de nuevo se acuestan. Poco después, conocerá al psicoanalista Otto Rank, un hombre del que se enamoró y que la ayudó a superar y desechar la relación incestuosa que mantenía con el padre.
   Si algo la obsesionó a lo largo de su existencia fue su sentimiento de desarraigo que, en gran medida, se convirtió en el motor de vivir la vida hasta sus últimas consecuencias. Era una mujer que necesitaba llevar hasta el límite cualquier relación que establecía. Así, a través de su médico y amante fue cómo se hizo una verdadera devota del psicoanálisis, llegando a ejercer como psicóloga durante un periodo breve de su existencia. Rank, al contrario que Allendy, no intentó cambiar su personalidad, sino que la ayudó a asumir sus sentimientos, entendió sus contradicciones y le hizo ver que éstas eran legítimas. Fue Rank quien le propuso que se desplazara a Nueva York para que ejerciera como ayudante. Poco después, Anaïs volvió a Francia, pero tanto la relación con Rank como el estudio y conocimiento del psicoanálisis fueron muy satisfactorios para ella; aprendió sobre todo a aceptarse a sí misma y a entender las fluctuaciones de su estado de ánimo.
   Meses después de regresar a París, en mayo de 1934, se quedó embarazada de Henry Miller (según sus cálculos). A pesar de la insistencia de su marido, Anaïs decide abortar. Este aborto supone un antes y un después en su vida, una forma de exorcizar todos sus fantasmas. Pierde a la niña, pero ella revive.
   Es cierto que Anaïs se convirtió en un icono de la autenticidad en una época saturada de hipocresía. Según Erica Jong, Anaïs es una representante de la libertad sexual y psicológica de la mujer y por eso sus diarios íntimos y sus relatos eróticos no dejaron a nadie indiferente; unos la odiaron y otros la llevaron al altar de la liberación sexual. También obtuvo, merecidamente, el título de mecenas de los artistas. Anaïs era capaz de reconocer el talento de todos aquellos que la rodeaban. De hecho, desde el principio de su relación con Miller hasta que éste despuntó como escritor, ayudó económicamente a su amante y colega. Durante los primeros años de relación llegaron a colaborar. Ambos se ayudaban, se apoyaban y se admiraban como escritores. Cuando económicamente vinieron mal dadas estuvieron dispuestos a escribir bajo pedido relatos eróticos o pornográficos para un coleccionista. Sin embargo, esta fuente de ingresos pronto llegó a su fin. Ninguno de los dos se sentía a gusto en ese papel de «fingidor» sexual. El sexo para ellos tenía un valor inmenso y prodigioso que, indefectiblemente, se desvirtuaba al escribir sobre él de una forma más o menos mecánica. Cuando decidieron poner fin al acuerdo, escribieron una carta al coleccionista: «(...) Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza cuando se hace explícita, automática, exagerada. Cuando se convierte en una obsesión mecánica, llega a ser aburrida. (...) No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo (...)».
   Esta carta, fechada en diciembre de 1941, puso punto final a la colaboración de Miller y Nin con su excéntrico lector.
  Hemos hablado de la fijación que Anaïs tenía hacia su padre, un don Juan quisquilloso y manipulador. Su otra obsesión fue la desatención que sufrió como escritora. Anaïs tuvo siempre la sensación de no ser apreciada como la escritora que era. En Norteamérica se la consideraba una extranjera y, cuando por fin se publicaron sus obras en Francia, aparecieron como «Romans américains». En Nueva York, ante la negativa de los editores, decidió publicar sus textos y los de sus amigos ella misma. Sin embargo, cuando en 1944 vio la luz su libro de relatos Bajo la campana de cristal, el crítico literario de mayor prestigio del momento hizo una reseña muy elogiosa, comparándola con Virginia Woolf. En aquella época escribió: «A mí me pueden encontrar en una fiesta y se me puede ver bailar y reír, pero lo que escribo es muy serio. Sólo cuando muera llegaré a ser visible, y entonces algún editor se interesará por mis libros y pujará por ellos. Pero durante mi vida no ha habido ningún escritor ni editor que diera un solo paso para prolongar mi obra». Estas notas son en alguna medida proféticas. Aunque antes de su muerte conoció el éxito, ya que en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios íntimos, no fue hasta después de su fallecimiento cuando la gente se pegaba por leer sus diarios y Anaïs se convirtió en una escritora de culto. Tampoco es del todo cierto que otros escritores no la reconocieran, el mismo Miller, ya en 1941, le escribió a propósito de los norteamericanos: «Serás aceptada bien, magníficamente, cuando aparezca tu obra maestra. Es decir, el diario. Tienes que creer en tu obra, en su valor conjunto. Quiero ayudarte. Creo que tu diario es más importante que toda mi obra completa».
  Anaïs hizo lo que ninguna mujer se había atrevido a hacer, y es escribir tal como ocurrían las cosas, tal como pensaba, sin saltarse un sentimiento, relatando la pasión y la mentira sin ningún pudor. De ella es la frase: «Soy quien soy». El sexo con hombres, con mujeres, con varios, en el mismo día, mintiendo a unos para ver a otros, la enloquecida vida de la sexualidad de esta mujer, todo ello se describe sin recato en sus diarios.
  Cuando se publicó el primer volumen de los siete famosos tomos, Shapiro escribió en la revista Book Week: «Desde hace una generación, en el mundo literario de ambos lados del Atlántico, ha habido rumores sobre un diario extraordinario, Durante mucho tiempo se ha esperado su publicación. Miss Nin vivió durante aquellos años que produjeron un gran espasmo de creación artística. En su cosmopolita vida conoció a escritores, pintores, músicos, bailarines y actores. Ella misma era uno de los talentos centrales de esa época. Los primeros lectores del manuscrito hablaban de él en términos hiperbólicos, como obra que iba a ocupar un lugar entre las grandes revelaciones literarias. Por fin aparece un fragmento importante de este diario y parece que las esperanzas estaban fundadas».
  A partir de este momento, como se dice más arriba, Anaïs se convierte en el centro de atención de la vida cultural, y sus admiradores se multiplican. En 1973 recibió el doctorado Honoris Causa del Philadelphia College of Art y fue elegida para el Instituto Nacional de las Artes y las Letras un año más tarde. Los últimos años de su existencia los dedicó a dar conferencias, a asistir a cenas y a dejarse querer por sus lectores, Murió en Los Ángeles el 21 de febrero de 1977. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Su lema sigue vibrando en los tímpanos de muchas mujeres: «Cualquier forma de amor que encuentres, vívela».