LA POÉTICA DE LO COTIDIANO, Yasujiro Ozu

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YASUJIRO OZU, La poética de lo cotidiano, Gallo Nero, Madrid, 2017, 234 páginas.

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Franco Picollo y Yagi Hiromi señalan en la introducción que los escritos del cineasta «están empapados de una sinceridad genuina y de una jocosidad intrínseca que se expresan en su gusto recurrente por la contradicción y la paradoja». 
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ME GUSTARÍA RETRATAR LA FLOR DE LOTO EN MEDIO DEL BARRO

 (Publicado originalmente en Asahi Geino Shínbun, 8 de noviembre de 1949)

   ¿Qué intenciones tengo? Nada de particular. Hago las cosas a mi manera, como acostumbro. En otras palabras: ruedo como me sale, espontáneamente. Pero eso es una cuestión de método... si quiere que le diga algo con más fundamento no sabría qué decirle, la verdad. Tengo que pensarlo un poco. 
   Me gustaría mucho, eso sí, que la gente me juzgara en función de las películas que he hecho después de la guerra, aunque tal vez no sea del todo honesto al decir eso.
   Sea como fuere, lo más importante, lo primero que pienso cada vez que ruedo una película, es que con ella quiero reflexionar a fondo sobre algo y recuperar la humanidad que la gente tiene por naturaleza. Es verdad que, después de la guerra, las costumbres e incluso el modo de sentir de ese periodo llamado après-guerre [tras la Primera Guerra Mundial] ya no serán como antes, pero a mí me gustaría ver cómo se puede expresar en una película, de la mejor manera posible, lo que sucede en el fondo de una sociedad. Tal vez suene abstracto si digo que lo que quiero plasmar es la humanidad, ese calor humano que me conmueve... Siempre lo he tenido en la cabeza, y eso es lo que me gustaría conseguir.
   La flor de loto en medio del barro. Ese barro es una realidad, y la flor de loto, naturalmente, lo es también. El barro es sucio y la flor de loto es bellísima. Pero la flor tiene sus raíces en el barro... Creo que en un caso como este hay una manera de realzar la flor retratando solo sus raíces y el barro en el que se hunden. Pero también se puede hacer lo contrario, y retratar solo la flor sugiriendo la existencia del barro y las raíces.
   Las costumbres de la posguerra son realmente sucias: prevalecen por todas partes el caos y la degradación. Yo las detesto, pero la realidad es eso. En el mundo hay personas que viven con limpieza, de manera sobria y bella, y la realidad también es eso. Es preciso considerar los dos aspectos juntos: si no, uno no puede decir que sea autor de nada. Como he explicado poco antes con la metáfora del barro y el loto, hay dos formas posibles de retratar la realidad.
   En este último caso, sin embargo, si trato de transmitir la esfera de los buenos sentimientos, enseguida me dicen que soy demasiado nostálgico o lírico. El clima de la posguerra, ¿no nos impulsa, precisamente, a tener una única visión de las cosas? No creo que ahí esté toda la verdad. Mis películas, como Primavera tardía o Una gallina en el viento (Kaze no naka no mendori, 1948) y antes aún Historia de un vecindario se basan justamente en esta idea. El guión no funciona, la cámara cinematográfica está destrozada... ¿cómo puede uno expresar la riqueza de los matices en estas condiciones deplorables?... Por esta razón hay que prestar atención a todos y cada uno de los fotogramas. Quizá de ahí me venga esa fama de perfeccionista que me han atribuido...

LOS COLORES DE LA PARADOJA, Pere Saborit

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PERE SABORIT, Los colores de la paradoja, Trea, Gijón, 2018, 136 páginas.

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Después de El plato preferido de los gusanos (Trea, 2016), Saborit se sigue acompañando de X. en su viaje por la naturaleza perpleja y contradictoria del ser humano.

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X. prefería pensar que somos lo que nos separa el mar de lágrimas, y no lo que nos une.
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Es del todo imposible mantenerse equidistante a todas las opciones, según X., y quien lo pretenda lo que demuestra es un compromiso apasionado con la nada.
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A X. le gustaba pasear solo por el campo, no sólo porque allí es difícil encontrar otras personas, sino también porque no hay espejos.
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A X. le habría gustado saber cómo sería la historia de la literatura si los seres humanos pudiesen leer o escribir mientras duermen, nadan, o les sacan una muela.
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A X. le caían peor los poetas de uniforme, que los policías de paisano.
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Dada la progresiva implantación de la cultura de la imagen, X. temía que llegase un momento en el que la lectura fuera considerada, como máximo, una especie de perversión de la mirada.
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X. empezó a desmitificar la infancia el día que se dio cuenta de que los niños son incapaces de jugar a ser niños.
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El ser humano es el princial testigo del devenir del mundo, según X., pero empieza a estropearlo cuando pretende, además, ser su notario.
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El hecho de descubrir que la persona a quien quería proteger en realidad era más fuerte que él, X. lo experimentó como el más dulce de los fracasos.
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Cada acción se inventa sus extremos a fin de aparecer como un término medio sensato, según X.

EN LA BREVEDAD DEL INSTANTE, Matsuo Basho

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MATSUO BASHO, En la brevedad del instante, Interzona, Buenos Aires, 2014, 96 páginas.

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Flores de cerezo en el cielo oscuro
entre ellas
la melancolía florece

DICCIONADARIO, Darío Jaramillo

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DARÍO JARAMILLO, Diccionadario, Pre-Textos, Valencia, 2014, 62 páginas.

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AVÍSPERA: insecto de ayer.
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CASTODONTE: animal extinguido por su apatía sexual.
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COÑOCIMIENTO: saber de ciertas partes íntimas.
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LISBOA: cruce de flor con serpiente.
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MAMIHUANA: la cannabis que fuman las mamás.
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PAVORITO: miedo preferido.
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SÉCRETES: filósofo que guardaba el secreto de lo que sabía. 
Decía “solo sé que nada sé”.
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TALAMIDAD: luna de miel fracasada.

533 DÍAS, Cees Nooteboom

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CEES NOOTEBOOM, 533 días, Siruela, Madrid, 2018, 216 páginas.

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80 secuencias, relativamente cortas, en las que aparecen intercaladas fotografías de Simone Sassen: cápsulas que contienen las reflexiones surgidas a lo largo de esos 533 días vividos en Menorca. 
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   A veces sucede, de pronto, de forma inesperada. Oigo un sonido al fondo del ruido, me detengo y escucho. Entre el exceso del mundo encuentro en la música un refugio donde detenerme y respirar, aunque solo sea brevemente.
   Un violonchelo acompañado de voces, instrumentos. Movimientos cortos, un sonido extático, prolongado, seguido de otras voces, más bajas, que forman un patrón sibilante; el violonchelo cuyos tonos entrecortados desean elevarse; silencio; el mismo violonchelo, profundo, luego de nuevo las voces lejanas. Un inmenso templo de aire envuelve esta música. El coro, infinitamente lejano, dialoga con el violonchelo. No necesito saber qué cantan —todo está en armonía con el paisaje de fuera—. Algo está pasando en donde las palabras no tienen cabida, unos sonidos agudos, como de campana, de un instrumento que no conozco; una música que no se deja calificar, un santuario de sonidos al que apenas tengo acceso o quizá ni eso; una radiación, un mensaje de fuera del tiempo que alguien ha escrito. Una música que quiere desaparecer una y otra vez conmigo, transparente, intocable e imposible de describir. Sofía Gubaidulina, The Canticle of the Sun, interpretado por Pieter Wispelwey.

CINE Y JAZZ, Carlos Aguilar

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CARLOS AGUILAR, Cine y jazz, Cátedra, Madrid, 2014 (2013), 384 páginas.

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En Cine & Jazz: reunión (pp. 7-31) Carlos Aguilar  afirma que, emergiendo al unísono, «no es desorbitado afirmar que desde entonces devienen expresiones artísticas colectivas particularmente representativas de sus décadas de existencia». Las múltiples entradas se detienen en títulos cinematográficos, estéticas y jazzmen´s.
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ALREDEDOR DE LA MEDIANOCHE (Round Midnight, Bertrand Tavernier, 1986).

 

   Uno de los títulos clave de la relación entre cine y jazz, coproducción entre Francia y Estados Unidos, que coincidió en las carteleras con otro de tales hitos, el americano Bird (Clint Eastwood, 1988), no por casualidad ambos distribuidos por Warner Brothers. La base estriba en el libro La danse des infideles (1985) que Francis Paudras, un dibujante industrial apasionado del jazz, escribió sobre la etapa en París del pianista americano Bud Powell en el decenio de los 60, con base en la amistad que surgió entre ambos; empero, la trama agrega asimismo detalles que recuerdan momentos, generales o concretos, de la vida de otras glorias del sector, sobre todo el saxofonista Lester Young. Por añadidura, el protagonismo de otro gran saxofonista, Dexter Gordon, que además había tocado con Powell, comporta que este y su personaje ficticio, Dale Turner, a menudo se confundan y hasta fundan, por supuesto con plena intención; no en vano Gordon también conoció un exilio europeo y arrastró problemas de alcoholismo y drogadicción. La fascinación del director Tavernier por el jazz casa argumentalmente con el tema de la amistad viril intergeneracional, desde siempre asociado al western, lo cual remata el embelesado reconocimiento del autor respecto a cardinales ítems de la cultura estadounidense. Según sus declaraciones: «Aporté mucho de mis recuerdos con determinados cineastas. De hecho, la relación entre el joven aficionado y el músico alcoholizado está inspirada básicamente en las dos semanas que pasé con John Ford. Tras aquello, no me costó nada identificarme con el personaje del joven». No obstante, el desarrollo matiza tal admiración mediante un soterrado chauvinismo, y confiere con frecuencia a los dos personajes centrales una cualidad casi simbólica, de forma que la conclusión sugiera una tesis no por fundada menos tendenciosa: el jazz lo crearon los negros americanos, por instinto, pero lo legitimaron los blancos franceses, por talento. Ahora bien, la sensibilidad mediante la cual Tavernier aúna la perspectiva mítica con el naturalismo dignifica este ingrediente tan discutible del planteamiento, sensibilidad reforzada por una disposición narrativa que juega semánticamente con las propiedades lingüísticas del jazz en lugar de plegarse a una preceptiva cinematográfica ortodoxa, anticipándose así a Bird, acentuada por un tono bien guardado que fluctúa entre la tristeza y la melancolía, embellecida por la primorosa dirección artística del gran Alexandre Trauner (destacable sobre todo la reconstrucción del legendario club parisiense Blue Note) y magnificada por el asombro que produce Dexter Gordon en su actuación cinematográfica, tan sumamente verosímil en su espontaneidad que desaconseja especular sobre los resultados si su rol estuviera personificado por un actor profesional. Dolorosamente peor resulta a su lado François Cluzet, al recordar al repelente Jean-Pierre Léaud, personificando el trasunto del escritor Paudras, y competentes en sus respectivos cameos los cineastas americanos John Berry, en su momento también exiliado en París, y un soberbio Martín Scorsese como el representante de Turner/Gordon. Por lo demás, escoger como título el paradigmático tema Round Midnight de Thelonious Monk (disponible en diversidad de versiones, sea cantadas o instrumentales) representó un acierto desde cualquier punto de vista; para la película lo interpreta, en intimista scat, Bobby McFerrin. Otros standards comparecen (Body and Soul, How Long This Been Going On, etc.) en una banda sonora a cargo del pianista Herbie Hancock, premiada con el Óscar de la modalidad. Chet Baker, que también conoció su correspondiente etapa de jazzman americano en París, comparece en off, cantando Fair Weather. Y en persona, actuando con Gordon/Turner, se reconoce, además del antedicho Hancock, al trompetista Freddie Hubbard, el guitarrista John MCLaughlin, el pianista Cedar Walton, los bajistas Pierre Michelot y Ron Carter y la cantante Lonette McKee, principalmente.

POR CARRETERAS SECUNDARIAS, Alfonso Armada

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ALFONSO ARMADA, Por carreteras secundarias, Malpaso, Barcelona, 2018, 400 páginas.

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Ignacio Martínez de Pisón advierte en el Prólogo  (pp. 7-9): «La España que aquí se retrata ni siquiera despertaría la curiosidad de los profesionales de la modernidad. [...] ese viejo mundo que está desaparecido ante nuestros ojos sin que en su lugar surja ningún mundo nuevo para reemplazarlo». Acompañan a cada una de esta crónicas, sobre esta España borrosa, los fogozanos de luz de Corina Arranz.
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«DEJEMOS HABLAR AL VIENTO, ESE ES EL PARAÍSO»

   Parada do Courel, Lugo.  Si un viaje no te sorprende y no te cambia no vale la pena emprenderlo. El que iniciamos en Puebla de la Sierra ha acabado siendo un viaje de estudios. Hemos constatado un secreto a voces, pero que un poeta tan poco conocido como esencial como Uxío Novoneyra ya vio: «¡Tierras yermas de O Freixeiro! / ¡Montes abruptos! / ¡Pueblos pobres / que se fueron quedando en los huesos!».
   Tantos hemos visto, que sólo atienden pastores, campesinos, viejos que se resisten a morir con una época en la que sabíamos hacer cosas con las manos... Escribe el filósofo Ignacio Castro Rey en el umbral a la primera traducción al castellano de Os eidos. Libro del Courel: «A contrapelo de nuestra velocidad, siempre alta en la línea recta que encauza al existir, alguien se demora en los meandros». Habla de Novoneyra. Y de lo que en este viaje pretendemos. Por eso terminamos yendo a buscar su rastro en la sierra que «al verle» le iluminó. No en vano canta: «Viento de invierno, ¿de qué te soy conocido?». O: «Yo soy esto que veo y que me ve».
   Camino de Quiroga por la N-120, hasta ocho veces pasamos por encima del curso del Lor, como una aguja que ensarta una serpiente, y cuando pensamos que va a ser la novena descubrimos que es el Sil el que nos vuelve a ver. Hacemos así un primer recuento de ríos: Jarama y Jaramilla, Tajo, Cuervo, Guadiela, Ebro, Segre, Pisuerga, Miera, Cares, Nalón, Sil... que nos salen al encuentro y que buscamos, como las montañas y los árboles. Por la LU-651, entre castaños, subimos al Courel.
   Nos recibe su hija Branca (34 años, bailarina y escritora) en la casa de Parada do Courel (13 casas, y no todas habitadas) que van a convertir en fundación dedicada a la obra de Uxío y a su sierra. Un fogar con más de 200 años de antigüedad al que Novoneyra, a quien sus padres habían enviado a estudiar Filosofía y Letras a Madrid, regresó entre 1953 y 1962 enfermo de pleuresía. De esa convalecencia data su obra cumbre: Os eidos. Los campos. No lejos de la casa, que conserva su presencia, se encuentra el Souto da Rubial, un bosque de castaños donde abundan las cantrochas: árboles en los que conviven troncos muertos y ramas vivas, pasado y presente. El propio poeta, que desapareció en 1999, injerto otras razas para hacerlos más resistentes. Pureza es muerte, mestizaje, vida. En medio de la floresta aparecen Manuela, amiga del poeta, «una de las mayores transmisoras de romances», y su yerno. Desde sus mas de 90 años, manda: «Tenéis que limpiar el bosque».
   Cae lenta la tarde, «¡Tierras solas al sol y las nubes!». Antes de regresar, cogemos agua de la fuente donde bebió Novoneyra. Damos las gracias. También a Ignacio Martínez de Pisón. De su novela Carreteras secundarias tomamos parte del título de esta derrota: «¿Qué vamos a hacer? —dijo mi padre— (...) Pues seguir. Seguir. ¿Qué otra cosa podemos hacer?».
   Tras recordar que «la soledad de la montaña» se presenta en la obra de Novoneyra como «escuela de la soledad del hombre»,y su talento para «escuchar», Castro Rey convoca a Ezra Pound, un poeta denostado por sus delirios políticos, pero que  también afloró versos esenciales: 

No os mováis. 
Dejemos hablar al viento,
ése es el paraíso.