POESÍA COMPLETA, Henry D. Thoreau

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HENRY D. THOREAU, Poesía completa, El Gallo de Oro, Bilbao, 2018, 310 páginas.

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Beñat Arginzoniz traduce la obra de Thoreau en la que predominan los poemas breves.
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MI VIDA PODRÍA HABER SIDO EL POEMA

Mi vida podría haber sido el poema
que escribí,
pero no pude vivir y recitarlo
al mismo tiempo.

FÁBULAS IRÓNICAS, Juan Eduardo Zúñiga

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JUAN EDUARDO ZÚÑIGA, Fábulas irónicas, Nórdica, Madrid, 2018, 112 páginas.

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Fernando Vicente ilustra estas fábulas de las que Zúñiga dice que «son tanto episodios históricos como invenciones».
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VENENOS E IDIOMAS

   En páginas perdidas de la Historia se mantiene el recuerdo de un rey de las orillas del mar Negro que vivió cien años antes de nuestra era. Pero quizá habría que preguntarse por qué razón puede ser evocado ahora su fantasma, ya esfumado en las nieblas antiguas, si otros personajes le eclipsaron en prestigio. A él acompaña un enigma de crueldad y de anhelo de comunicación y la atormentada expectativa de una bebida mortal, trasunto de la envenenada leche materna.
   Mitrídates IV, cuyo reino era una parte del Cáucaso y de Asia Menor, combatió a Roma obsesivamente: de sus setenta y dos años de vida, cuarenta y siete están dedicados a esta larga guerra. Derrotado varias veces, siguió resistiendo con asombrosa energía y el Imperio romano tuvo que poner en juego sus mejores fuerzas al mando de los grandes generales, y Mitrídates se enfrentó a ellos desde que a los veinte años ocupara el trono. A los trece había sucedido a su padre, aunque para salvarle de inminentes conspiraciones, sus partidarios hubieron de esconderle en un lugar secreto. Se educó en la soledad de los bosques, pero los que así le protegían no pudieron darse cuenta de que estaban conformando un carácter singular.
   Los historiadores latinos han conservado de él un retrato poco favorable al escribir que su primer acto público fue eliminar a su madre, que gobernaba entonces, y un año después hizo matar a su hermano. El cronista Apiano le atribuye la muerte de sus tutores, de tres hijas y tres hijos, y fiel a los métodos de aquella época, hizo lo mismo con su esposa Estratonice.
   Dos particularidades en especial registra su biografía, que confieren a su sistema bucofaríngeo indudable importancia: era un políglota y un catador de venenos, a los que se acostumbró mediante dosis progresivas y antídotos. El joven rey debió de presentir que la muerte le entraría por la boca y se previno haciéndose inmune a la falaz naturaleza del tóxico. Y hay que pensar que tanto deseó esquivar bebidas traicioneras como dominar palabras ignoradas.
   Se cuenta que si aprendió veintidós lenguas fue para dar órdenes y entenderse con sus soldados, dada la variedad de pueblos que habitaban sus dominios y que nutrían sus ejércitos. Explicación lógica, pero queda la incógnita de qué profundidades psicológicas hacen brotar en el políglota la pasión de aprender un idioma tras otro, como necesidad de expresar el pensamiento de distintas maneras. ¿O será la forma de compensar la falta de atención a las palabras balbuceantes de una remota infancia que precisaba ser escuchada y no lo fue?
   Y el temor a los venenos, un psicoanalista acaso lo relacionaría con la rápida eliminación de aquella madre. Hoy se sabe que uno de los primeros temores de un bebé es ser envenenado: rechaza el pecho materno cuando fluctuaciones del carácter de la madre provocan alguna alteración química, o afectiva, en la lactancia. Es curioso referente a esto que el dramaturgo Racine, en la tragedia que escribió en 1773, basándose en un episodio de la vida de este rey, se adelantó a esas modernas observaciones, haciéndole decir a Mitrídates: «Des plus chéres mains craignant les trahisons /j'ai pris soin de m'armer centre taus les poisons».
   Terrible fatalidad la de Mitrídates, pues en el último momento de su vida, cuando, viejo y derrotado, traicionado por su hijo Farnaces, buscó la muerte, llevó a sus labios una copa con veneno, pero este no surtió efecto y tuvo que pedir le matase a su esclavo Bituit, que era de las Galias, así que pidió morir pronunciando palabras en galo, distintas de las que oyó mientras una mujer le amamantaba. Y la espada del extranjero atravesó el órgano por donde suben, desde el fondo del alma, los sonidos del idioma.
   Este mismo final descubre lo acertado de la decisión de Mitrídates al apoderarse del significado de cuanto oyó hablar cerca de él; mediante este conocimiento, sus órdenes eran obedecidas por dichas a los soldados en las mismas lenguas que usaban sus padres. No era un afán suyo de atesorar palabras, sino un impulso íntimo de salvarse, parecido a su obstinación guerrera. Temió morir por veneno, pero con los antídotos hizo inofensivas todas las bebidas. Temió las frases incomprensibles que acaso le amenazaban o anunciaban conspiración, y con el esfuerzo memorístico las convirtió en abierta comunicación con su gente, que le entendió al saberse entendida.
   En las lejanas fronteras del pasado vemos al rey Mitrídates marchando a caballo entre sus hombres —quién sabe, armenios, georgianos, chechenos, persas, griegos—, hablando con todos: por su boca habían entrado venenos, pero de su boca salían musicales y poderosas palabras.

PEQUEÑO DICCIONARIO DE CINEMA PARA MITÓMANOS AMATEUR, Miguel Cane

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MIGUEL CANE, Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateur, Impedimenta, Madrid, 2013, 384 páginas.

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Daniel Krauze en Previo al rugir del león (pp. VII-IX) caracteriza este libro, subtitulado inequívocamente Un altar portátil de la más varia idolatría cinéfila, como «un mapa cinematográfico con una luz encendida, con tantos protagonistas del séptimo arte como vale la pena rescatar o recordar». La portada y las ilustraciones interiores son obra de Ana Bustelo.
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CUARÓN, ALFONSO

Alfonso Cuarón Orozco (1961) 

   Tuvo la fortuna de vivir cuando era niño cerca de los célebres estudios Churubusco, al sur de la ciudad de México, por lo que podía «colarse» a ver filmaciones, y aprender el oficio, sin saber que estaba aprendiendo. Iba a dedicarse a otra cosa —la literatura o la docencia—, pero su vicio por el cine, desarrollado en la adolescencia (omnívoro total, veía de todo, desde películas de Bruce Lee hasta la inenarrable 3 mujeres, de Altman, que lo fascinó por su atmósfera lisérgica), lo llevó por oíros derroteros, junto con su hermano y cómplice, Carlos, que dejó sus estudios de filología inglesa para convertirse en su guionista habitual al principio de su carrera. Realizó cortos y programas unitarios para la TV, como el célebre Hora marcada, antología del terror que fue semillero de otros directores coetáneos suyos, incluyendo al inefable Gordo del Toro. Su primer largometraje. Solo con tu pareja (1991), es un histérico y desenfadado vodevil sexual completamente moderno (á la Rimbaud), con referencias y alusiones lo mismo a E. E. Cummings que a Mozart, Salinger, la llamada «época de oro» del cine mexicano, el cine de luchadores, Fellini, Polanski y Bergman, todo junto en un sardónico y mordaz paquete: así, el Donjuan Tomás Tomás (Daniel Giménez Cacho) se enamora de la celestial sobrecargo Clarisa Negrete (la hermosa Claudia Ramírez) y pasa por una serie de peripecias surrealistas y picarescas para conquistarla, todo contrapunteado por el espectro del sida, a manera de castigo por sus irresponsables técnicas de seducción, con happy end incluido. La película tuvo suficiente éxito para ponerlo en la mira de Sydney Pollack, que lo invitó a colaborar en Hollywood, salto del que no volvió del todo: así ha hecho diversas cintas, casi todas muy hermosas —especial mención merece su versión modernizada de Grandes esperanzas (1998)—, con la excepción de la indulgente Y tu mamá también (2001), de todo su canon la menos afortunada, aunque contribuyó a hacer estrellas a sus protagonistas. Su estética particular se imprime en todos sus trabajos, incluso en el de encargo —la tercera cinta de la saga Potter, que es usualmente la más elogiada hasta por los detractores—. Su más reciente filme es Hijos de los hombres, sombrío (y bello) reflejo del futuro, en el que la raza humana se aferra a una esperanza de subsistencia tras años de esterilidad y catástrofe. Desde hace una década, ha fijado su residencia en Londres.

SENDAS DE BASHÔ, Manuel Neila

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MANUEL NEILA, Sendas de Bashô, Polibea, Madrid, 2018.

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Cuando creía
tenerla en un poema,
la luz se apaga.

EL ESCARABAJO DE NAMIBIA, Jesús Lara Sotelo

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JESÚS LARA SOTELO, El escarabajo de Namibia, Punto Rojo, Madrid, 2018, 128 páginas.
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¿Por qué cuidas de tu espalda si estás pegado a la pared?
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Al aceptar las consecuencias de ser yo mismo, he descubierto el derecho al triunfo.
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Si has de ir tras las pisadas del sol, debes saber que, al entrar a una mezquita, o a cualquier otro sitio venerado, estás obligado a dejar en el umbral tu calzado sucio de precipicio.
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“Los espías nativos se contratan entre los habitantes de una localidad. Los espías internos se contratan entre los funcionarios enemigos. Los agentes dobles se contratan entre los espías enemigos. Los espías liquidables transmiten falsos datos a los espías enemigos. Los espías flotantes vuelven para traer sus informes”. Esto lo ha dicho SunTzu en El Arte de la Guerra. Yo llevo un espía dentro que vigila mis actos. Lo curioso es que reúne todos los tipos que previó el célebre estratega chino.
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El corazón es frágil ante los martillazos de la envidia, pero, aun así, se presta como yunque.

RAROS, TORPES Y HERMOSOS, Raúl Jiménez

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RAÚL JIMÉNEZ, Raros, torpes y hermosos, Sala Veintiocho, Alicante, 2018, 296 páginas.

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TRABAJO

   Decir que uno disfruta con su trabajo, cuando se dedica a lo que yo me dedico, puede parecer atroz. Pero todos los oficios ¿desarrollan ciertas destrezas, y me parece lógico, y hasta deseable, que un profesional se sienta satisfecho de sus logros y su pericia. Además, hacemos una labor necesaria, aunque esté un mal vista, y sería absurdo que nos avergonzáramos. En este asunto, como en muchos otros, hay una gran hipocresía. La gente nos tacha de asesinos, pero a la vez nos paga el sueldo. Yo no podría hacerlo, me dijo una chavala, pero, luego, en la cama, le ponía que me pusiera el mono. Lo mejor, si quieres caer bien, es decir que eres funcionario, que, por otro lado, es también cierto, y no entrar en detalles. Para cuando atreven a pedirlos, ya sé yo si van a entenderlo y decido entonces si debo confesarles la verdad o despacharlos con un embuste. Conozco a gente, desde hace más de quince años, que piensa que soy contable. Alguna vez me he visto en un apuro porque me han pedido que les echara una mano con declaración de la Renta. Quizá es por esto que los compañeros somos como una piña. Formamos una gran familia. Solemos quedar los fines de semana. Organizamos partidos de fútbol y barbacoas. Es raro, pasado un tiempo, conservar amistades que no estén relacionadas con el oficio. También es raro encontrar algún empleado que tenga mascota. No se debe intimar con el enemigo, decimos algunas veces. Es tan solo una broma, claro, pero algo de eso hay. Cuando entra alguien nuevo, es lo primero que le pregunta el jefe. Si responde que sí, sabemos ya que no durará. Aunque hay otros que pese a no haber tenido nunca un animal en casa, no son capaces de soportarlo. Hay que tener estómago, supongo. Algunos días tienen su miga. Los señoritos, que digo yo, duran muy poco, o se vuelven apáticos y susceptibles. Un chaval que estuvo con nosotros el verano pasado perdió quince kilos y le salieron unas ronchas naranjas por la cara. Pensamos que había pillado un parásito por haberse saltado alguna vacuna. Pero era cosa de nervios. Al final, los sacrificaba siempre de lado, para no tener que mirarlos, y se ponía unos cascos, con la música a toda hostia. Daba pena verlo trabajar. Resultaba de verdad ridículo. Algunos compañeros se reían. Pero a mí me tocaba la moral, porque, en el fondo, lo que pasaba era que despreciaba nuestro oficio. Le parecía que hacíamos algo sucio. Algo malo. Y nosotros, joder, somos buenas personas. Esto es solo trabajo. Alguien tiene que hacerlo. Por otro lado, recuerdo que al empezar también yo tuve una crisis. Así que en realidad lo entiendo. Hay que pasarla. Es como un sarampión. Reconozco que cuesta algo al principio. Luego ve uno que no es para tanto. Y una mañana, una mañana cualquiera, te descubres riendo el chiste de algún compañero mientras le das fuelle a la máquina y ellos caen derribados. Después te fijas en los veteranos, y descubres que hay muchas maneras de hacer lo mismo, así que las pruebas todas. Y es ahí, sin darte cuenta, cuando te enamoras de verdad de la profesión. Empiezas a marcarte retos. Encuentras tu propia manera, o te la inventas. En el fondo es un arte. Si te esfuerzas vas mejorando, entendiendo cómo funciona y controlando mejor la máquina. Aunque las maquinas también fallan. Eso es inevitable. Hasta la Harper se atasca a veces y hay que usar el machete. Los nuevos se quedan rígidos, incapaces de mover un músculo. Pero no se puede dejar la faena a medias, eso lo retrasaría todo. Es, además, lo más compasivo. A veces, la cuchilla ha seccionado ya las extremidades, pero se queda atrapada en el tronco, serrándoles el hueso de la cadera. Los ves entonces colgando del gancho, como uno de esos cilindros de carne que hay girando en los turcos. Solo que estos chillan además y se retuercen. Los chillidos son terribles. Aunque a eso también te acostumbras. Al final dejas de oírlos, y solo te das cuenta cuando sales de la nave. Algunos dicen echarlo de menos al jubilarse. Aunque lo más frecuente es añorar la máquina. Ocurre en todos los trabajos. Se desarrolla un vínculo con las herramientas más habituales. Tiende uno a humanizarlas. Hay un abuelo que se pasa por aquí todos los meses. Le gusta bajar al foso y acariciar los rodamientos y el gancho. Les da golpecitos suaves y les susurra algunas ternuras. Dicen que tiene el récord. Trescientos dieciocho en solo turno. Nadie ha hecho nunca tantos. Ni siquiera con la nueva máquina de arrastre. En fin, tengo que volver ya adentro. ¿Los oye? Esos me esperan a mí. Chillan porque saben lo que ocurre. No sé cómo lo saben, se supone que vienen engañados, pero le juro que lo saben en cuanto entran. Quizá está en el aire y lo huelen. Cualquiera sabe. Los feos son impreciecibles.

LA GRAN BONANZA DE LAS ANTILLAS, Italo Calvino

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ITALO CALVINO, La gran bonanza de las Antillas, Siruela, Madrid, 2012, 288 páginas.

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PASARLO BIEN

   Érase un país donde todo estaba prohibido.
   Como lo único que no estaba prohibido era el juego de la billarda, los súbditos se reunían en unos prados que quedaban detrás del pueblo y allí, jugando a la billarda, pasaban los días.
   Y como las prohibiciones habían empezado con poco, siempre por motivos justificados, no había nadie que encontrara nada que decir o no supiera adaptarse.
   Pasaron los años. Un día los condestables vieron que ya no había razón para que todo estuviera prohibido y mandaron mensajeros a anunciar a los súbditos que podían hacer lo que quisieran.
   Los mensajeros fueron a los lugares donde solían reunirse los súbditos.
   —Sabed —anunciaron— que ya no hay nada prohibido.
   Los súbditos seguían jugando a la billarda.
   —¿Habéis comprendido? —insistieron los mensajeros—. Sois libres de hacer lo que queráis.
   —Está bien —respondieron los súbditos—. Nosotros jugamos a la billarda.
   Los mensajeros se afanaron en recordarles cuántas ocupaciones bellas y útiles existían a las que se habían dedicado en el pasado y a las que podían dedicarse nuevamente de ahora en adelante. Pero los súbditos no hacían caso y seguían jugando, un golpe tras otro, casi sin respirar.
   Comprobando la inutilidad de sus intentos, los mensajeros fueron a comunicarlo a los condestables.
   —Muy sencillo —dijeron los condestables—. Prohibamos el juego de la billarda.
   Fue la vez que el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
   Después, sin perder tiempo, volvió a jugar a la billarda.