ANTE LA PINTURA, Robert Walser

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ROBERT WALSER, Ante la pintura. Narraciones y poemas, Siruela, Madrid, 2009, 136 páginas. Traducción de Rosa Pilar Blanco.
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EL HAYEDO DE HOLDER

   Desayuné opíparamente, pero no debería decirlo tan alto en una época en la que las naturalezas delicadas portan la más brutal cantidad de preocupaciones sobre sus hombros. Después dirigí mis pasos, los pasos de una persona que parece estar en la cima de su época, hacia el monumento de Oskar Bider, caminé a su alrededor y capté su belleza. Mi discreta opinión es que uno hace bien en respetar una obra de arte encargada por el municipio o el Estado a un artista y erigida en tal o cual plaza. La mayoría de nuestros conciudadanos se creen capaces de soltar en público su retahila, quiero decir su opinión, como si comprendieran al momento cualquier otra obra, arrogándose el derecho a lanzar comentarios despectivos cuando no ocurre así.
   Vi entonces la reproducción de un cuadro expuesta en el escaparate de una librería. Me detuve allí satisfecho, rejuvenecido. Aún reía disimuladamente por la crítica descargada ante el monumento de Bider. Allí se habían manifestado opiniones tremendamente cómicas. En ese momento recordé que en su día vi el original de este cuadro en casa de su propietaria. Colgaba en una de esas habitaciones para lacayos, valga la expresión. En fin, en algún sitio han de emplazarse los cuadros, porque la casa estaba repleta de pinturas exquisitas, y la mujer que consideraba suyo todo eso se asemejaba a una figurita, y yo tomé el té en su compañía, y mi comportamiento impecable fue digno de verse. También ofrecieron emparedados, y mientras los saboreaba conduje la conversación a Spitteler, y cuando salimos de la villa mi amigo se creyó obligado a confesar que nunca habría imaginado que pudiera comportarme con semejante corrección; miré, pues, la reproducción y algo gritó en mi interior: «¡Maravilloso estudio!».
   En efecto, uno contemplaba un hayedo desnudo en invierno, reproducido con absoluta fidelidad. El cuadro es obra de Hodler pero, al margen de ese detalle, ser de otro autor más desconocido no menguaría su valor y placer. De los troncos esbeltos, claros y finos penden aquí y allá algunas hojas rumorosas. Uno oye formalmente su susurro invernal, que juzga alegre. A lo mejor el cuadro no representa mucho. No se puede hacer alarde de un pequeño hayedo, razón por la cual subió quizá a la pequeña buhardilla, desde donde, dicho sea de paso, se disfruta de una vista deliciosa. Abajo se extiende un lago parecido a la seda, a un vestido de señora de la más decentísima transparencia, y aquí ante el comercio de arte volví a encontrar ahora el cuadro en el que un gélido viento invernal, no muy fuerte, azota el bosque. Pero lo que es grandioso es que usted no ve cómo están pintados en el cuadro el frío y el aire gélido, y la oscilación de esas pocas hojas también está pintada, y sobre el bosque se despliega un cielo de un azul frío, que pasa del azul invernal al verde, convirtiéndose en un trasunto tan fiel de lo realmente vivido que pocos ejemplos hay tan convincentes.
   Si este cuadro fuera mío, a lo mejor también lo subiría a una buhardilla, porque no es un cuadro de salón. Al contemplar una reproducción tan maravillosa del invierno, uno se mete sin querer las manos en los bolsillos. En el bosque trajina un hombre, y entonces te percatas, lo sientes: el suelo está helado y puedes ver mucho más allá del bosque, sales del bosque a la más lejana lejanía, y con estas líneas quizá no haya dicho aún todo lo que cabría decir del cuadro, pero usted, lector, tal vez deduzca cuánto lo admiro.

Ferdinand Hodler, El hayedo (1885)

HUELLAS DE UNICORNIO, Rafael García Bidó

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RAFAEL GARCÍA BIDÓ, Huellas de unicornio, Uno Editorial, Albacete, 2010, 112 páginas.
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Hondo en el bosque
hasta la luz es verde.
Serenidad.

TODOS LOS CUENTOS, Manuel Derqui

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MANUEL DERQUI, Todos los cuentos, Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza, 2008, 850 páginas.
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CAMINOS SIN RETORNO

   Hablaban los dos amigos, sentados frente a frente en cómodas butacas, de muchas cosas: del tiempo, claro está, de sueños más o menos fantásticos, y también de temas de actualidad. Hablaban, digo, y aun discutían, porque eran estos amigos muy dispares entre sí, tanto en su aspecto exterior como en sus raciocinios sobre las cosas del mundo que herían sus imaginaciones. 
   Uno de ellos, el más joven, tenía un nombre de cierta resonancia: se llamaba Salvaje." Al otro, por ahora le llamaremos: N. 
   N. tenía un temperamento cauteloso, bien distinto del alocado ímpetu de Salvaje, mas pese a tal diferencia básica, solían gustar de la mutua compañía y en su intercambio de ideas —pausada por una parte, vigorosa por la otra—, había más puntos de contacto de los que sus temperamen-tos parecían consentir. 
   Así pues, repito, Salvaje y N., sentados frente a frente, hablaban y estas eran sus palabras: 
   —¡Demonio! —empezó Salvaje—. ¿Has visto cuánto lío están armando con tanto surrealismo, abstractismo y «nosecuántismos»? 

   Había dos amigos en la Ciudad. Uno de ellos tenía un nombre de cierta resonancia; se llamaba Salvaje. Al otro le llamaremos N. Salvaje era un hombre de ideas originales en multitud de cuestiones y, en especial, con relación al atuendo de su vestimenta. Pero si las prendas con las que se engalanaba (?) resultaban chocantes con frecuencia, nada podía superar en disonancia a los dibujos y colores de sus corbatas. Porque —digámoslo de una vez— las corbatas de Salvaje eran de lo más horroroso que se puede imaginar. 
   N., hombre cauteloso si los hay, había reprochado más de una vez a su amigo la excesiva despreocupación con que elegía tal «adminículo» y en sus palabras hubo grandes dosis de sensatez y de lógicos razonamientos. Sin embargo, ni estos consejos, ni la bizquera súbita de dos o tres incautos que se fijaron en ellas, fueron suficientes para que las corbatas de Salvaje mejoraran de calidad. Es más, parece ser que aquella crítica solo sirvió para exacerbar su maligno instinto y pocos días después, salió a la calle luciendo una corbata azul cobalto a «destono» con su traje verde orín. 
   Salvaje llegó milagrosamente ileso hasta el domicilio de N. a quien sorprendió en el momento en que se levantaba del lecho. La impresión, como es fácil de imaginar, hizo caer a N. en la cama, de espalda y preso de convulsivos temblores. Al fin, después de que le fueran administradas un par de inyecciones de cardiazol, N. recobró el uso de la palabra lo que aprovechó para increpar a su amigo. 
   —Eres perverso, Salvaje —le dijo N.—. Mira en qué estado me has puesto con tu obstinación. No te has contentado con desoír mis consejos, esto hubiera sido poco para ti, sino que te has ingeniado para encontrar la más horrible combinación y te has apresurado a venir aquí, para fulminarme con tu resentimiento. Eres malo, te digo, esto lo pagarás algún día.
   Las palabras de N. fueron dolientes, llenas de amargura, y Salvaje las oyó en silencio. 

SIRENALIA, Javier Perucho

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JAVIER PERUCHO, Sirenalia, Ciudad de México, Edición de autor, 2017, 56 páginas.

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Cuando el lector haya atravesado el umbral, Inventario. Polvo y ceniza (pp. i-vi), sabrá por qué en este libro bellamente ilustrado por Mario Escoto, palpitan acompasados dos corazones: el de Juan Perucho y el del maestro Arreola.
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MARINA

   Me dijo la última vez, antes de azotar la puerta, Voy por cigarros. Desde entonces no la volví a ver, hasta ahora que me la encontré con un chamaco entre sus brazos. Al pie de una fuente pedía unas monedas a los transeúntes, que la miraban con rencor por la cauda de sirena, le lanzaban unos centavos o la ignoraban en su paso apresurado y torpe por la cola de tela enmugrecida que arrastraba. A distancia prudente la vigilé hasta que dejó de mendigar al anochecer. Seguí sus pasos. Cuando quiso entrar a un edificio abandonado la alcancé, entonces la llamé por su nombre, Marina, pero no quiso reconocerme, la jalé del brazo para que atendiera mis reclamos, le exigí que volviera a casa, le pedí cargar a mi hijo, que cargaba en sus brazos, pero todo fue en vano. Entró y azotó el portón. Vuelvo cada día al atardecer a la fuente. La vigilo detrás de un pilar hasta que deja de limosnear y emprende su camino a casa. 

CUENTOS BREVES, Rafael Barrett

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RAFAEL BARRETT, Cuentos breves (Del natural), Titivillus, 2017. 
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LA PUERTA

   —Sí… ¡márchate! ¡Déjame en paz!
   —Alberto… ¿es posible?
   Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir: —¿Qué?… ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!
   La arrojó del gabinete, y cerró la puerta.
   Una satisfacción ácida alegraba sus venas de macho fuerte.
   Había sentido bajo sus dedos, que mordían, doblarse la carne infantil y temblorosa de la mujer, y había mirado aquel cuerpecito estrecho, otras veces palpitante de caricias largas, desvanecerse lánguidamente en la sombra. Y como un eco salvaje oía aún el latigazo de su propia voz: —¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!…
   Pero también comenzó a oír lamentos que subían en su conciencia… ¿A ella, a su Mari, tan dulce, había él tenido valor de castigarla? ¿Y por qué? ¿Por qué, en medio de una disputa cariñosa y abandonada, le había ahogado de repente el ansia feroz de hacerla sufrir, de estrujar el corazoncito adorado? Y una gran extrañeza, una gran claridad, surgió de pronto.
   No, no la amaba ya. Todo había acabado. Todo había muerto.
   Se quedó contemplando la alta puerta inmóvil, y le pareció que no se abriría jamás.
   Detrás de la puerta, apretándose el pecho con las manos moribundas, Mari escuchaba. Era muy de noche. Por las piedras de las calles se arrastraban los pasos de algún mendigo.
   Mari le envidió no tener más que frío y hambre. Ella tenía un horrible frío en el alma. Percibió ruido de papeles, de hojas de libro que se pasan… «Está trabajando…, pensó. «Ahora se levanta, se pasea… viene. Mari no podía respirar. «Se va. No abre. Los pies crueles de Alberto iban y venían, sin pararse, a la puerta, sin querer llegar hasta aquella desesperación muda, llevando la limosna de paz… Y las lágrimas brotaron sin fin, brotaron quemadoras de la fuente invisible, mojando en la obscuridad el rostro tibio, pegado a la puerta inmóvil… Y Mari se dejó caer poco a poco al fondo de su dolor…
   Las horas aprovechaban el negro silencio para huir, empujándose las unas a las otras, y Alberto, borracho de sueño y de tristeza, se decidió a abrir.
   Mari, desplomada en el suelo, se había quedado dormida. Él levantó la hermosa cabeza de oro, empapada en sudor y en llanto, y besó los cálidos ojos entreabiertos.
   A la luz de la lámpara aparecían algunas arrugas junto a la boca atormentada, de donde salía un vago perfume de muerte.
   Entonces el hombre tomó a la niña en brazos y pasaron la puerta para entrar en el amor verdadero, hecho de tinieblas, de angustia y de llamas.

EL TIEMPO DEL OGRO, Diego Muñoz Valenzuela

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DIEGO MUÑOZ VALENZUELA, El tiempo del ogro, Simplemente Editores, Santiago de Chile, 2017.
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EL TIEMPO DEL OGRO
A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible
del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán
en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

   Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.
   A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.
   Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.
   Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.
   Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.
   Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- ¿pero qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una nueva disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.
   Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.
   Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.
   Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.
   “Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.
   No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.
   Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.
   Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.
   Un día alguien contó que tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.

DISPARATES, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Disparates, Calpe, Madrid, 1921, 184 páginas.

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En Teoría del disparate (pp. 5-13) dice Ramón: «El disparate es la cosa más difícil, más lenta, más desesperada, y en esa temporada en que he estado alcanzando disparates me han nacido alguna noche hasta veinte y treinta canas, cuando yo no tenía ninguna».
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EL PRESTIDIGITADOR

   El prestidigitador es de los pocos hombres que no se han afeitado. Le va muy bien con su gran barba, y eso le da un gran prestigio. Así, todas las cosas, que de otro modo resultarían graciosas, resultan muy serias.
   El prestidigitador, el hombre del paraguas bastón y mil cosas más, no viaja mas que con sombrero de copa. Ni maleta, ni baúl, ni nada.
   Cuando el prestidigitador necesita algo se quita el sombrero de copa y saca de él lo que sea.
   El prestidigitador, con un gran disimulo, se quita el sombrero de copa, lo coloca sobre las piernas y va sacando los elementos de aseo para el viaje, la manta con que se arropa, la gorra para el camino, las zapatillas del hombre cómodo, el vaso, la cafetera con café, la merienda, las naranjas del postre y, por fin, los palillos de los dientes.