(DES)ENLACES, Cony Salomón

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CONY SALOMÓN, (Des)enlaces, PiEdiciones, Grado, 2018.
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ENJAULADO

   Ya me empiezan a entrar dudas. Fui demasiado franca.
   Él dedicó un buen rato a acicalar la jaula mientras lo animaba a gorjear: «¡Pichurri, hoy te he puesto colorante para las plumas!»
   No me contuve, me acerqué y, con voz solemne, le dije:
   —¿Cómo te sentirías tú si te atasen los pies y te pusieran una galleta en la boca? Por muy adornada que tengas su celda, seguirá sintiéndose preso.

ARROJANDO MICRORRELATOS AL MAR, Enrique del Acebo Ibáñez

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ENRIQUE DEL ACEBO IBÁÑEZ, Arrojando microrrelatos al mar, Macedonia, Morón, 2018, 180 páginas.
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CHEFS

   Los dos chefs trabajaban juntos en la cocina de un afamado restaurante del puerto de Buenos Aires. En una nublada mañana de invierno, fueron colocando cuidadosamente cada uno de los ingredientes de la nueva receta. El plato presagiaba exquisitez. Ambos sabían que la elección de carne fresca a utilizar era crucial en esa comida. Sólo uno pudo degustar el plato. 

LAS AGUAS MADRES, Raúl Brasca

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RAÚL BRASCA, Las aguas madres, Sudamericana, Buenos Aires, 1994, 166 páginas.

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PESCANDO

   Lo veía allá abajo empequeñeciéndose por la distancia. Agitaba los brazos como una marioneta en medio de un enjambre de puntos blancos y su gorra boyaba1 lejos, solitaria. Después la imagen empezó a nublarse, ya casi no lo veo. Trato de hacer memoria. Estábamos en la escollera, él había intentado proteger sus sardinas de las gaviotas; recuerdo un revuelo de alas blancas alrededor de la cabeza y, confusamente, el aleteo violento que le castigó la cara cuando un picotazo certero nos separó. Y a él que se quedaba allí, hueco, debatiéndose. Y yo que me iba -que me voy- cautivo, por el aire cada vez más seco, mirándolo.

FÁBULAS SALVAJES, Marcelo Birmajer

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MARCELO BIRMAJER, Fábulas salvajes, Santillana, Buenos Aires, 2016 (1996), 72 páginas.

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LA PACIENCIA

   Según los hombres, la virtud del elefante es ser paciente. Estaban un día juntos el elefante y la jirafa, recostados en la tierra, rodeado de árboles frutales, a pocos paso de un río, tomando el sol. Los intensos rayos de Febo y el espeso calor hicieron decir a la jirafa: —Estoy muerta de sed. Acompáñame al río.
   —Qué impaciente has resultado —respondió el elefante—. Espera que el río venga a nosotros.
Pero como no había bifurcación alguna que les trajera el río, la jirafa se acercó solo hasta el cauce y bebió. Por la tarde, el cielo se encapotó y llovió torrencialmente. El río se desbordó y el agua le llegó al elefante. Unas horas después, la jirafa dijo: —Ya hemos saciado la sed. Ahora tengo hambre, y creo que tú también. Incorporémonos y comamos los frutos de los árboles.
   —No te sabía tan impaciente —dijo el elefante—. Deja que los frutos vengan a nosotros.
   Pero como ningún viento azotaba a los árboles, la jirafa se incorporó, estiró un poco el cuello y comió. Unos minutos después, un ananá maduro y henchido se desprendió de la rama, atravesó un peral en la caída, soltando algunos frutos, y explotó en el piso. Todo aterrizó a la trompa del elefante.
   Esa noche, cuando después de hacer la digestión se disponían a dormir, apareció la Muerte. Fosforescentes, la calavera y la guadaña brillaban en la oscuridad. El elefante se alzó en sus pesadas patas y salió corriendo con ligereza impropia de un ser tan gigantesco. La jirafa, creyendo haber aprendido y estar superando a su maestro, se quedó sentada, sin mover ni un músculo mientras la muerte se le acercaba. 
   —¡Pobre jirafa! —exclamó el elefante internándose en la selva—. ¡Tan impaciente por todo, incluso por morir!

LOS DÍAS Y SUS DONES, Rodrigo Soto

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RODRIGO SOTO, Los días y sus dones (Aforismos, notas y apuntes, 1980-2001), Guayaba Ediciones, San José, 2018, 170 páginas. 
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No solo hay que desconfiar, es preciso impugnar la división estricta de los géneros literarios. Pero no es que lo narrativo, lo poético y lo ensayístico no se distinguen, es que la vida los contiene o los incluye a todos, y a eso mismo debe aspirar la obra.
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Es necesario escribir con todo el cuerpo.
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El tiempo es un gran humorista: todo lo convierte en caricatura.
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Cada vez somos más un recuerdo de nosotros mismos.
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Cuando el cuerpo baila, el espíritu vuela.
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Buena parte de la maravilla de la vida deriva del gozo de nuestra corporalidad.
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Recordar que la vida es un desafío, una apuesta insensatamente hermosa contra la voracidad de lo inerte.
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Ser conscientes de nuestra irrisoria pequeñez sabiéndonos partícipes de la gran Danza universal: esa es nuestra grandeza. Solo por eso, si existen, los dioses y los ángeles han de considerarnos con ternura y condescendencia.
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Que nada escape a tu asombro, que nada quede libre de tu curiosidad, de tu insaciable vocación de mundo.

NÚMEROS PARA CONTAR, Manuel Lino

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MANUEL LINO, Números para contar, Ficticia, Ciudad de México, 2007, 120 páginas.

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CONFUSIÓN

   Si digo que la burra es parda es porque la confundí con un gato. Y si tengo los pelos en la mano es porque me los quite de la lengua. No, no me comí al gato. Bueno, sí. Es que estaba muy oscuro.

LOS LIBROS Y LA LOCURA Y OTROS ENSAYOS, G.K. Chesterston

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G. K. CHESTERSTON, Los libros y la locura y otros ensayos, B de el buey mudo, Madrid, 2010, 174 páginas.

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Contiene este volumen XXXVII artículos publicado en el Daily News entre 1901 y 1911. 
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EL FANÁTICO [1910]

   El fanatismo es la incapacidad de concebir seriamente la alternativa de una proposición. No tiene nada que ver con la creencia en la proposición misma. Un hombre puede estar suficientemente seguro de algo como para dejarse quemar por ello, o para dar guerra a todo el mundo, y sin embargo no estar ni un milímetro más cerca de ser fanático. Es fanático solamente cuando no puede comprender que su dogma es un dogma, aunque sea verdad. La persecución puede ser inmoral, pero no es necesariamente irracional; el perseguidor puede comprender con el intelecto los errores que ahuyenta con su lanza. No es fanatismo, por ejemplo tratar al Corán como sobrenatural. Pero es fanatismo tratar al Corán como natural, como evidente para cualquiera y común a todos. No es fanatismo de parte de un cristiano considerar a los chinos como paganos. Su fanatismo empieza, más bien, cuando insiste en mirarlos como cristianos.
   Una de las formas de fanatismo más de moda es la que se demuestra en la exhibición de explicaciones fantásticas y triviales sobre cosas que no necesitan de ninguna explicación. Estamos sumidos en esta tierra nebulosa del prejuicio, por ejemplo, cuando decimos que un hombre se vuelve ateo porque quiere ir de francachela, o que un hombre se hace católico porque los curas lo han atrapado, o que un hombre se convierte en socialista porque envidia a los ricos. Pues todas estas explicaciones remotas y al azar demuestran que nunca hemos visto, como un diagrama claro, la verdadera explicación: que el ateísmo, el catolicismo y el socialismo son todas filosofías muy plausibles. No es necesario que a una persona se la empuje o se la atrape o se la soborne para que las adopte, pues esa persona puede convencerse de ellas.
   La verdadera liberalidad en resumen, consiste en ser capaz de imaginarse al enemigo. El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquel que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad. Mientras más sólidamente convencido esté un hombre, menos usará frases como: «Ninguna persona culta puede sostener realmente...», o «no puedo comprender cómo el señor Jones puede llegar a afirmar...», seguidas de una opinión muy antigua, moderada y defendible. Una persona progresista puede opinar lo que le agrade. Yo comprendo perfectamente cómo el señor Jones sostiene esas opiniones maniáticas que sostiene. Si un hombre cree sinceramente que tiene el mapa del laberinto, éste debe mostrar igualmente los buenos y los malos caminos. El debería ser capaz de imaginar el panorama completo de un error, la lógica compléta de una falacia. Debe ser capaz de pensarlo, si no es capaz de creerlo.
   Se acepta, incluso en los diccionarios, que un ejemplo ayuda a una definición. Tomaré el ejemplo de un error de fanatismo de mi propia biografía, por así decirlo. Nada más acentuado en esta extraña época nuestra que la combinación de un tacto exquisito y una simpatía por las cosas de gusto y estilo artístico, con una estupidez casi brutal en las cosas que se refieren al pensamiento  abstracto. No hay grandes filósofos combativos hoy en día porque nos preocupamos del gusto, y no existe disputa sobre gustos. Un destacado crítico del New Age hizo hace poco una observación sobre mí que me divirtió bastante. Después de decir muchas cosas demasiado elogiosas, pero maravillosamente simpáticas, y de hacer muchas criticas que eran realmente delicadas y exactas, terminaba —hasta donde la memoria me es fiel— con estas sorprendentes palabras: «Pero yo nunca puedo considerar mi igual intelectual a un hombre que cree en algún dogma». Era como ver a un buen escalador alpino caer tres mil metros para dar en el barro.
   Porque esta última frase es esa antigua, inocente y rancia cosa que se llama fanatismo: es la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. Mi infortunado crítico está entre los más pobres de los hijos de los hombres. Tiene un solo universo. Todos, por cierto, deben ver un cosmos como el verdadero; pero él no puede ver ningún otro cosmos, ni siquiera como una hipótesis.
   Mi inteligencia es menos fina, pero por lo menos es más libre. Yo puedo ver cinco o seis universos con toda claridad. Puedo ver el universo espiral por el que se arrastra, esperanzadamente, la señora de Besant; puedo ver el mundo de mecanismo relojero a cuyo compás tictaquea tan efectivamente el cerebro del señor McCabe; puedo ver el mundo de pesadillas del señor Hardy, y su Creador cruel y necio como un tonto de pueblo; puedo ver el mundo ilusorio del señor Yeats, una bellísima cortina que cubre sólo oscuridad; y no me cabe duda de que podré ver la filosofía de mi crítico también, si es que alguna vez se llega a dar el trabajo de expresarla en términos inteligentes. Pero como la expresión «cualquiera que cree en cualquier dogma» no significa, para una mente racional, ni más ni menos que «la-larira-ra», lamentó que por el momento sólo pueda colocarlo entre los grandes fanáticos de la historia.