LA LLAVE DORADA, Carlos Almira Picazo

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CARLOS ALMIRA PICAZO, La llave dorada, Talentura, Madrid, 2014, 178 páginas.

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EL TESTIGO

   No me importa que no me saluden, incluso prefiero que no lo hagan. A fuerza de sigilo, he logrado volverme prácticamente invisible. Sólo el gato levanta las orejas y contiene un brillo inquieto y malévolo en los ojos. Él es el único testigo de mis andanzas. Por lo demás, no me preocupa lo que puedan pensar los otros. Es la palabra del gato contra la mía. Y el animal es listo, y sabe que si insiste en maullar, en erizarse de lomos, le darán una patada y lo echarán a la escalera. Y luego cerrarán la puerta que él no puede traspasar.   

ABC DE LAS MICROFÁBULAS, Luisa Valenzuela

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LUISA VALENZUELA, ABC de las microfábulas, La Vaca, Buenos Aires, 2011.

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Esta edición incluye las ilustraciones de Lorenzo Amengual.

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C

   Claudio, caballo coscojero, corre carreras cuadreras en Catamarca con cascos centellantes. Celeste la colorada lo cala y se le cuelga del cogote. 
   Camino al corral lo calma con caricias en la cabeza, caricias en la crin. Cierra la compra y con cariño lo coge al caballo del cabestro y lo conduce a su campo en Catriló. 
   Cuando Claudio, caballo coscojero, comprende el cambio compórtase cual caballero, come con cuidado, corre con clase. Compite en Campo Central colocándose. Corónanlo. Con un clamor lo consagran. 
   Colmado, su corazón crepitante canta como caja coplera. 


   MORALEJA 

           Con amor se corre igual de rápido 
                                      pero se llega más lejos y mejor.

CONJUROS, Felipe Garrido

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FELIPE GARRIDO, Conjuros, Malpaso, Barcelona, 2014, 258 páginas.

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Malpaso edita en España este hermoso volumen que contiene 292 microrrelatos.  
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INSOMNIO

   —Tengo miedo —dijo la niña con una vocecita de algodón de azúcar, y alzó la mano para tocar al hombre que la veía, pero la bajó enseguida, arrepentida de su atrevimiento.
   El hombre estaba sentado en una mecedora, al lado de la lámpara. Era una madrugada fría y se había cobijado bien. Tenía una bufanda tejida y una boina gastada y un jorongo doblado en cuatro sobre las piernas.
   —¿Crees que venga? —preguntó la niña, sentada en la orilla de la cama, fuera ya de la luz, en la penumbra que borraba los muros de la habitación.
   El hombre volvió a dejar en las rodillas el libro que estaba leyendo, se frotó las narices ateridas y pensó que sería bueno prepararse un te, pero la idea de bajar a la cocina lo desanimó. Echó atrás la cabeza y de la cajetilla que tenía en el bolsillo de la camisa sacó un cigarro, con las uñas. Lo encendió, fumó sin ganas —pero eso le procuraba una sensación de calor— y miró de reojo a la niña.
   —¿Crees que venga? —insistió balanceándose, en medio del desorden de sábanas y almohadas, con un tono apremiante.
   —¿Quién va a venir? —murmuró, cansado.
   —El de todas las noches —contestó la niña en un susurro, con un estremecimiento que no era de frío. Ella no sentía frío jamás. Por eso andaba con los brazos desnudos, con una sombra de lirio que le velaba el rostro. "¿El de todas las noches?", preguntó el hombre sin decir palabra, haciendo más alto el arco de las cejas, metiendo las manos bajo el jorongo porque verla así, descalza, con la faldita corta, le daba más frío.
   —El fantasma —susurró la niña encorvándose,  sorprendida de haberlo dicho.
   El hombre soltó una carcajada. Se sacudió tan violentamente que estuvo a punto de perder la boina y los ojos se le llenaron de lágrimas. Cuando alzó de nuevo la vista, la niña se veía borrosa. El hombre adelantó la cabeza para buscarla.
   — ¿Ya lo olvidaste? «dijo —. El fantasma eres tú.

EL ARTE DE TIRARSE PEDOS, Pierre-Thomas-Nicolas Hurtaut

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PIERRE-THOMAS-NICOLAS HURTAUT, El arte de tirarse pedos, Pepitas de calabaza, Logroño, 2009, 108 páginas.
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Ilustra este Ensayo físico-teórico y metódico de 1751 José María Lema. En A modo de introducción (pp. 7-10) Antón Ventolín señala la valía del trabajo del ilustrado: "... el siglo XVIII, el siglo de las luces, se convirtió también, de la mano de Hurtaut, en el siglo de los aires". 

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PEDOS DE PROVINCIAS

Se nos ha asegurado, por parte de gente que lo ha experimentado, que estos pedos no son tan falsos como los de París, donde todo se refina. No se sueltan con tanto alarde, sino que son naturales y tienen un cierto regusto salino, parecido al de las ostras verdes. Abren agradablemente el apetito.

PEDOS DOMÉSTICOS

Nos hemos enterado, por los comentarios de una famosa ama de llaves de Petersburgo, que ese tipo de pedos tiene un gusto excelente cuando son tempraneros y que cuando están calientes se les cruje con placer, pero que cuando están duros pierden su sabor y parecen píldoras que sóIo se ingieren por necesidad.

PEDOS DE VIRGEN

Nos escriben desde la isla de las amazonas que los pedos que producen allí son de un gusto delicioso y muy buscado. Cuentan que sólo los hay en ese país, pero no nos lo creemos; no obstante admitimos que son extremadamente raros.

PEDOS DE MAESTROS DE ESGRIMA

Las cartas desde un campamento cercano a Constantinopla indican que los pedos de maestros de esgrima son terribles y que no es nada bueno olerlos de cerca, ya que como siempre están protegidos por un peto, Se dice que uno sólo puede acercarse a ellos con un florete en Ia mano.

PEDOS DE SEÑORITA

Son manjares exquisitos, sobre todo en las grandes ciudades, donde se los toma por pastelillos con esencia de azahar.


PEDOS DE JOVENCITAS

Cuando son maduros tienen un cierto gusto a "más, quiero más", que deleita a los verdaderos entendidos.


PEDOS DE CASADAS

Mucho podríamos transcribir sobre estos pedos, pero nos contentaremos con la conclusión del autor y diremos, de acuerdo con él, que sólo tienen gusto para los amantes y que los maridos no les hacen normalmente mucho caso.


PEDOS DE BURGUESES

Los burgueses de Ruán y de Caen nos han enviado una larga carta en forma de disertación sobre Ia naturaleza de los pedos de sus mujeres y nos gustaría satisfacer tanto a los unos como a los otros, pero no podemos decidir mejor que asegurándoles que el pedo de burgués tiene un buen tufillo, ya que está bien cebado y debidamente aderezado, con el que uno se puede contentar a falta de otros.


PEDOS DE CAMPESINOS

Para contestar a algunos bromistas de mal gusto que han echado a perder ha reputación de los pedos de campesino, nos escriben desde los alrededores de Orleans que son hermosos y están bien confeccionados. A pesar de estar condimentados a la aldeana, mantienen el buen gusto y se asegura a los viajeros que es un verdadero bocado para ellos y que podrán tragarlos con plena seguridad, como cerezas.


PEDOS DE PASTOR

En opinión de las pastoras del valle del Tempe, en Tesalia, sus pedos tienen el verdadero tufillo del pedo, es decir, que huelen a naturaleza, ya que se producen en un terreno en el que crecen plantas aromáticas como el serpol y la mejorana, y que creen que sus pedos se distinguen de los de otras pastoras nacidas en terrenos incultos. La marca distintiva que muestran para reconocerlos y no equivocarse es hacer lo mismo que se hace con los conejos para asegurarse de que son de campo, olerles el culo.


PEDOS DE VIEJA

El comercio de estos pedos es tan desagradable que no se encuentra mercader que los venda. No pretendemos con eso impedir a nadie que meta las narices, el comercio es libre.

SIN IR MÁS LEJOS, Giselle Aronson

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GISELLE ARONSON, Sin ir más lejos, Macedonia, Morón, 2014, 72 páginas.

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LOS FANTASMAS Y EL TIEMPO

   Los fantasmas existen.
   Se convierten en ausencias perpetuas, perdurables, persistentes.
   A veces, son ellos los presentes y nosotros, mortales, meros espectros. Espectadores de una función diacrónica, que acaba siendo siempre la misma escena. Porque para los fantasmas el tiempo siempre es éste.
   Y para los que se creen aún vivos, el tiempo siempre es otro.

MUNDOS IMAGINADOS, Miriam Chepsy

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MIRIAM CHEPSY, Mundos imaginados, Araña Editorial, Madrid, 2014, p. 96.

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PRIMER MUNDO 

   1. Son las siete de la tarde. Es un día frío, nublado y gris. La calle, con sus paredes y su suelo de piedra, mimetiza su color con el del ambiente. Las farolas crean sombras que acentúan la volumetría de los edificios. Sobre el pavimento resuenan las pisadas, y los ruidos de la gente, sus conversaciones, reverberan contra los muros y se amplifican escuchándose como dentro de un espacio cerrado.

   2. Son las siete de la tarde. Voy caminando por esa calle distraídamente. Veo a un costado, contra la fachada, un enorme ramillete de globos amarillos, enormes, con forma de animales. Sigo con la mirada los hilos que lo sostienen. Llegan hasta una mano flaca, de piel oscura. Recorro con la vista ese brazo, enfundado en una chaqueta demasiado fina, y me encuentro con una cara que expresa sufrimiento y hambre, con ojos muy negros y una trenza que le cae sobre la espalda.

   3. Son las siete de la tarde. El cielo está casi negro. Las gentes pasan sin mirarme, apuradas. Con este frío y estas nubes que amenazan lluvia, ¿quién se va a parar a comprar unos globos? Si ni siquiera tiran, al pasar, alguna moneda a mi lado. Mierda de ciudad ésta. ¿Es que no puede haber dos días de sol sin que siempre caiga agua? Y ya es noche, debo volver a casa. En la oscuridad, con mi carga a cuestas, camino llevando mi hambre. Qué será de Gerardo, que ha ido al Sur en busca de trabajo.

   4. Son las siete de la tarde, hace calor, estoy cansado de trabajar catorce horas en esta maldita cosecha. Quedan quince días para volver con Amanda, si sobrevivo, que ayer un tren atropelló al ómnibus que llevaba a la gente a las barracas. Jodidas barracas, no se puede dormir así, hacinados, y con ese olor a pis que se mete hasta las entrañas. Qué será de Amanda, que ha quedado sola en casa de los colombianos.

   5. Son las doce del mediodía, el sol cae vertical sobre el poblado. Sentada a la puerta de mi casa, miro cómo los niños corretean con los pies descalzos. Oteo la carretera como si por ella pudieran venir, andando, los billetes para llevar a mis nietos, o por lo menos, el cartero, con noticias de Amanda y de Gerardo. Pero sólo veo el polvo que levantan los coches al pasar.
   Por allí, nunca llega nadie.

Y TODO LO DEMÁS, Alfredo Chacón

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ALFREDO CHACÓN, Y todo lo demás, Monte Ávila Editores, Caracas, 2005, 92 páginas.

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DEL MORDISCO

   El mordisco ahueca, discurre en la materia que antes no era suya y ahora le es extraña. Abre camino hacia no sabe dónde, encuentra la salida de la pulpa pero no su entrada, no sabe estar en ella relamido de goce (no sabe cómo es tal acontecimiento). El mordisco no sabe hacer, nadie lo llama. Desconoce la espera. Ignora hasta qué punto difiere del beso y de la dentellada, o si se les parece.