EL LIBRO DE LA INTERPRETACIÓN DE LOS SUEÑOS, Artemidoro de Daldis

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ARTEMIDORO DE DALDIS, El libro de la interpretación de los sueños, Akal, Madrid, 1999, 432 páginas.
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Esta edición de la que son responsables también como traductores los doctores María del Carmen Barrigón Fuentes y Jesús Mª Nieto Ibáñez, presenta la figura de Artemidoro, autor de estos cinco libros pseudocientíficos publicados a lo largo del siglo II después de Cristo. Como cabe esperar en una edición crítica, la introducción y las notas copiosas permiten una lectura que satisface también al erudito.  
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LOS DIFUNTOS

   El puro hecho de ver a los muertos en una visión onírica, sin hacer o sufrir nada digno de mención, significa que el soñante mantendrá una actitud análoga a la que esta­blecía con los fallecidos cuando éstos aún vivían. Si eran agradables y benefactores, indican bienes de fortuna y un placentero transcurrir del tiempo presente; si no, lo contra­rio. Si los difuntos reciben algún objeto, por ejemplo, los que se depositan junto a ellos, es funesto. Pero los más per­judiciales de todos son los que se apoderan de los vestidos, del dinero o de los alimentos, pues anuncian la muerte del propio soñador o de alguno de sus parientes. En el caso de que arrebataran otra cosa, es necesario interpretar según los criterios de analogía. Los fallecidos, incluso cuando dan algo, resultan desfavorables, excepto si hacen entrega de alimentos, dinero o indumentaria. [Yo he conocido a un hombre que soñó que mataba a su propia esposa y que des­de entonces arreglaba la casa y hacía la cama. Al día siguiente sucedió que se ponían enfermos la mayoría de los sanos. Y el sueño pareció claro después de lo sucedido. pues los enfermos requieren, según la necesidad, de la preparación de las camas, no los que están sanos].

¡OH, JUSTO, SUTIL Y PODEROSO VENENO!, Julio Camba

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JULIO CAMBA, ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2014, 584 páginas.

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Julián Lacalle edita, prologa y anota Los escritos de la Anarquía (1901-1907), firmados por el talentoso joven, que, "como otros muchos de sus contemporáneos, había caído bajo el influjo de las ideas individualistas de Max Stirner y de Friedrich Nietzsche. 
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LA JOVEN LITERATURA

   Se nos pregunta a los jóvenes cuál es nuestra obra: nuestra obra terminante, definitiva y representativa. A veces, y acaso para ma­yor claridad, la pregunta es formulada en francés. Entonces se nos dice: «¿Cuál es la cheuf d’oeuvre que presentan ustedes a la consideración de los críticos?».
   Señores críticos: los jóvenes no tienen cheuf d’oeuvre alguna que someter a su consideración. Ni cheuf d’oeuvre ni siquiera un programa de estética, más o menos igual a aquellos de las capillas de París donde se tomaba té y se leían versos un día por semana. Aquí estamos divorciados los unos de los otros, si no por grandes diferencias de temperamento o de mentalidad, al menos por un noble afán de personalismo. Cuando tomamos té lo hacemos in­dividualmente y a cuenta nuestra, ¡oh, paternas mensualidades, sueldos de los periódicos, cobro de las colaboraciones!
   En cuanto a esta joven literatura es, asimismo, personal e in­dependiente. Y es, además, una literatura en formación que no ha hallado todavía su fórmula concreta y que tiene todos los matices y todas las irisaciones de lo mutable. He aquí su valor, su interés y su porvenir. La anterior literatura, ya hecha, ya concluida, con sus leyes y con sus reglas, no despierta la curiosidad de nadie y no puede satisfacer el ansia de novedad que experimenta nuestro público: ansia que responde a la ley, perfectamente natural de la evolución. Los viejos les han dado a las gentes sus obras maestras, y las gentes las han leído. Han dicho entonces las gentes: «¡muy bien!», o han dicho: «¡muy mal!». Y después, han colocado en sus estantes los libros categóricos y han comenzado a hojear los nuevos libros, llenos de vacilaciones, de anhelos y de inquietudes. Aquello ya se conocía y no iba con ello a saciarse el vivo afán de arte que se siente. ¡Oh, la ingenuidad del buen señor que compra seis ejemplares de La Correspondencia—seis ejemplares de un mismo número— para entretener sus ocios de un día!...
   En esta novísima literatura hay, para el estudio del crítico, dos cosas fundamentales: un espíritu de reacción contra la literatura anterior y una intensa tendencia de progreso en la forma y en el fondo: una tendencia, entendido bien, y no un programa. Es esta una época de crisis. Acaso de ella no salga nada útil y acaso se llegue a producir una vigorosa legión de escritores, algunos de los cuales pueden ser los mismos de hoy cuando hayan hallado la suficiente serenidad intelectual. Los demás serán los hijos de este ambiente, un ambiente más propicio, sin duda, que cualquier otro, para la formación de los espíritus y de las mentalidades. La generación actual ha suscitado el amor a nuestros casi olvidados primitivos y ha hecho que se tuviese en cuenta el actual movimiento artístico del extranjero. Todo esto constituye un elemento de cultura que los redactores de Gente Vieja ignoraban o despreciaban. Aún hoy se opone a él gran número de personas. «¿Acaso no basta leer a Gar­cía Gutiérrez, a Martínez de la Rosa, a Hartzenbusch, a Gil y Zára­te?». Y ved como, en este abolengo de gloria, se omite siempre al dulce autor de las Rimas, a Campoamor, que es un poeta único en el mundo, a Zorrilla, el maravilloso dominador del ritmo, al fuerte Espronceda y a este espíritu complejo y multiforme de Mariano José de Larra, el más grande prosista castellano de toda la época.
   Los jóvenes creen que no basta el catálogo que se les ofrece. Acaso les baste a quienes tengan menor sed de ideal; pero a ellos, no. ¿Qué mal hay, señores, en que leamos mucho? Concedemos que nuestra época romántica haya sido muy valiosa. Lo que ocu­rre es que en ningún momento de la vida llegan las cosas a ser perfectas en ese grado absoluto que se necesitaría para detener toda evolución. Con este criterio, pensamos y trabajamos. Nues­tro afán es huir de los retranquillos, de las fórmulas, de los moldes, aunque fueran moldes creados por nosotros, en los cuales hubié­ranse de vaciar, para siempre, las ideas y las sensaciones. Hemos procurado adquirir los necesarios medios de arte y nos valemos de ellos para efectuar nuestra labor. Y ved, por ejemplo, el último libro de Rubén Darío: Cantos de vida y esperanza. Un crítico inteli­gente podría no gustar de sus versos; pero hallaría en ellos asunto para un estudio largo e interesantísimo, puesto que el autor va a buscar su materia de belleza en la entraña, viva y virgen, del idio­ma. Es Darío un poeta que no se conforma jamás con lo ya hecho y que procura un nuevo interés y un nuevo motivo y una expre­sión nueva para cada una de sus poesías. En cuanto a los más jóvenes —prosistas o poetas— hállanse todos en el mismo caso. Hay excepciones, como es justo y el mal será para ellas. Así, yo au­guro un próximo fracaso de Azorín si no rompe con esa su pose, que está bien como un fuego de artificio, para llamar la atención y hacerse el reclamo; pero que solo puede tolerarse a cambio de algo substancial y positivo. La simple pirotecnia, el anzuelo en seco y la pose inútil, cansarán muy pronto a las gentes.
   Nosotros queremos que se reconozca toda esta modestia, toda esta franqueza inopinada con que verificamos nuestro acto de presentación. No pretendemos traer sobre las frentes la llama divina. Consideramos, tan solo, que, como hijos de un distinto ambiente, debemos realizar una obra distinta a la de nuestros padres. Al fin y al cabo, estos buenos ancianos acabarán por mo­rirse, y nosotros tendremos que sustituirlos. Entonces daremos origen a esta crítica comparativa que hoy resulta insensato y ab­surdo establecer. Y con todo, es ahora cuando los críticos podrían hallar en nosotros un serio motivo de estudio: una vez formados y definidos careceremos de curiosidad. Más interesante creo yo que sea el balbuceo que la palabra: tiene, sin duda, el balbuceo una sinceridad mayor y carece en absoluto de convencionalismo. Lo que importa no es clasificar o catalogar el insecto, sino seguir el proceso biológico de la larva. Ved a esta reciente legión de es­critores: Manuel Bueno, Pío Baroja, Martínez Ruiz, Ramiro de Maeztu, Antonio Palomero, Alejandro Sawa... Acaso ahora val­gan más que hace algunos años —en Germinal, en Vida Nueva, en Electra, en Juventud y en El País— cuando suministraban un serio motivo de investigación crítica. Hoy, casi todos ellos han adquirido su fórmula. Ya los conocemos. Su labor futura será una prolongación de su labor actual.
   Y esta crítica de que hablo necesítase que sea culta, conscien­te, serena, flexible, desapasionada. Solo así podrá cumplir su mi­sión y nosotros no la tendríamos en cuenta siendo de otro modo.
7 de agosto de 1905

QUINTAESENCIA, Antonio Gala

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ANTONIO GALA, Quintaesencia, Planeta, Barcelona, 2012, 336 páginas.

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Cuando el amor se va, nosotros somos otros: miramos de otra forma, entrecerramos de otra forma el libro que leemos, escuchamos de otra forma la música, aguardamos la muerte. Cuando el amor se va, nos deja moribundos de nuevo. Los que fuimos, los amantes que fuimos, se van tras el amor a esa provincia, melancólica y sólida, donde habita el olvido...
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Sea la belleza lo que quiera —una propiedad intrínseca de los seres, o un producto de nuestra mente que sólo en cada uno de nosotros rige—, es en el cuerpo y a su través donde se asienta y como se percibe. Sea universal y absoluta, o variable y dependiente de nuestros espíritus, el cuerpo es su camino y su posada.
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Se nos asegura la libertad religiosa y filosófica, la oportunidad de creer o no creer en este o aquel dogma; pero en el instante en el que el supremo tránsito se va a efectuar, la sociedad —el Estado— enmudece, se desentiende, vuelve la cara hacia otro lado. No nos deja evitar la inútil aflicción con que la vida arrastra su resaca.
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Para acercarse a la felicidad es imprescindible romper las ataduras del miedo, al contrario de lo que normalmente hacemos: creer que la felicidad consiste en aferrarnos a ellas. La atadura de impresionar en favor nuestro a los demás; la atadura de ganar dinero; la atadura de mantener el estatus; la del éxito en el trabajo y en el mundo... Y mientras nos preocupamos de que no se nos escapen nuestras ataduras, se nos escapa la vida: lo único que realmente tenemos.
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La muerte tiene nuestra sangre, es de nuestra familia. Para mí es un viejo pariente que vive fuera y ha anunciado, una vez y otra vez su vuelta a casa. Sorprende, más que su venida, que no haya ya llegado. Por temporadas, nos olvidamos de él; otras, lo echamos casi de menos, con el remordimiento que provoca el olvido. Quizá un día, de pronto, nos decidamos nosotros mismos a ir en busca del lejano pariente, y a tocar en su puerta.
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No es una vocación, sino un destino, que no puede ser contradicho y que ha de hacerse y que ha de hacerse bien: ésa es la obligación, no la de estar orgulloso o alegre de cumplirlo. Una voz le apercibe: «Sigue tu camino, deprisa. Sino, no llegarás.» «Pero ¿adónde debo llegar y cuál es mi camino?» «Tú sigue, sigue...» Y sigue el creador, como un caballo que perdió a su jinete y continúa aún participando en ya no sabe qué carrera ciega... Hasta que el cazador, siempre al acecho, dispara y lo detiene.
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En castellano, la palabra soledad tiene dos acepciones que el inglés, por ejemplo, diversifica: solitude —aislamiento pleno y tranquilo: un gozo— y lonelíness —emoción brotada de la pérdida de algo o de alguien: un pesar—. Yo, por supuesto, me refiero a la primera. Y hay que dejar muy claro que tal soledad es la más rotunda negación del egoísmo. No es un fin en sí, ni una meta, ni se justifica sin la solidaridad, ni consiste en otra cosa que en una escala que asciende o desciende.
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La vida adquiere más valor cuando uno empieza a comprobar que ha emprendido su viaje de regreso. Cuando uno empieza a vivir más despacio, con la consciencia de que muchas cosas las realiza por última vez: viajes, deseos, miradas.
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El tiempo no transcurre; transcurrimos nosotros.


ENTREVISTAS BREVES CON HOMBRES REPULSIVOS, David Foster Wallace

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DAVID FOSTER WALLACE, Entrevistas breves con hombres repulsivos, Mondadori, Barcelona, 2001, 326 páginas.

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En esta colección de narraciones de diversas extensiones caben también algunos microrrelatos. 
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PENSAR

   Ella tiene el cierre del sujetador por delante. Las arrugas de la frente de él se disipan de pronto. Él considera la posibilidad de arrodillarse. Pero sabe lo que ella puede pensar si él se arrodilla. Lo que ha hecho que se disiparan las arrugas de su frente ha sido una especie de revelación. A ella se le han salido los pechos del sujetador. Él piensa en su mujer y en su hijo. Los pechos de ella se han liberado. Ella es la hermana menor de la compañera de habitación de su mujer en la universidad. Todos los demás se han ido al centro comercial, unos de compras y otros a ver una película en el multicine del centro comercial. De pie junto a la cama, la hermana con pechos tiene una mirada decidida y una ligera sonrisa, ligera y humosa, aprendida en el cine o la televisión. Ella ve que él se ruboriza y que se le alisa la frente como si hubiera tenido una revelación: por qué ella ha insistido en no ir al centro comercial, el significado de ciertos comentarios, miradas y momentos distendidos a lo largo del fin de semana que él había pensado que eran fruto de su vanidad y su fantasía. Vemos esas cosas una docena de veces al día en la tele, pero pensamos que nuestras propias fantasías son descabelladas. Otro hombre diría que lo que ha visto era que ella se llevaba la mano al sujetador y se liberaba los pechos. Las piernas de él tiemblan un poco cuando ella le pregunta en qué está pensando. La expresión de ella está sacada de la página 18 del catálogo de Victoria’s Secret. Él piensa que ella es de esas mujeres que se dejarían puestos los zapatos de tacón si él se lo pidiera. Incluso si nunca antes se hubiera dejado puestos los zapatos de tacón, ella le dedicaría una sonrisa cómplice y humosa, sacada de la página 18. Visto fugazmente de perfil cuando ella se gira para cerrar la puerta, su pecho es una media esfera por debajo y la curva de una pista de saltos de esquí por encima. El gesto lánguido con que ella hace girar la puerta y la empuja están cargados de significado. Él se da cuenta de que ella está reproduciendo la escena de alguna película que le gusta. En el retablo que ocupa la imaginación de él, su mujer tiene la mano en el hombro diminuto de su hijo en un gesto casi paternal.
   No es que él decida arrodillarse, simplemente le parece notar una fuerza que le hace doblar las rodillas. Su posición puede hacerle pensar a ella que él quiere quitarle la ropa interior. Cuando ella se le acerca, la ropa interior le queda a la altura de la cara. Él casi nota la textura de la tela de sus pantalones y el tacto de la alfombra que tiene debajo, contra las rodillas. La expresión de ella es una combinación de seducción y excitación, además de un revestimiento ligeramente burlón destinado a denotar sofisticación, la pérdida de todas las ilusiones hace mucho tiempo. Cuando él junta las manos delante del pecho queda claro que se ha arrodillado para rezar. Tiene la cara de un color muy subido. Cuando ella deja de caminar, sus pechos detienen su ligero temblor y su balanceo. Ella sigue estando en el mismo lado de la cama, pero todavía no está encima de él. Él clava una mirada suplicante en el techo. Sus labios se mueven sin hacer ruido. Ella parece confusa. La conciencia de su propia desnudez se convierte en una clase distinta de conciencia. La hermana de ella, su marido y sus niños, la mujer y el hijo del hombre han cogido la furgoneta de este para ir al centro comercial. Ella se cruza de brazos y mira fugazmente hacia atrás: hacia la puerta, su blusa, el sujetador y el tocador de anticuario de la esposa salpicado de la luz del sol que entra a través de las hojas de la ventana. Ella puede intentar, solo por un momento, imaginar lo que está pasando por la cabeza de él. El extremo de una báscula de baño sobresale ligeramente junto a los pies de la cama, por debajo del dobladillo vaporoso del edredón. Por un solo instante, ella puede intentar ponerse en el lugar de él.
   La pregunta de ella hace que a él se le arrugue la frente y se le escape una mueca de dolor. Ella ha cruzado los brazos. Es una pregunta de tres palabras.
   —No es lo que estás pensando —dice él. Su mirada no se desvía del punto medio entre el techo y ellos dos. Ella acaba de fijarse en su propia postura, en lo idiota que puede parecer desde una ventana. No es la excitación lo que le ha endurecido los pezones. También a ella se le forma una línea perpleja en la frente.
   —No tengo miedo de lo que estás pensando —dice él.
   Y qué pasaría si ella se arrodillara en el suelo con él, así sin más, unidos en actitud suplicante: así sin más.

LA POESÍA Y TÚ, Kepa Murua

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KEPA MURUA, La poesía y tú, Brosquil, Valencia, 2003, 132 páginas.

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Un banco de peces sin rumbo, un mar sin ruido, una playa desierta es la poesía que mira desde las alturas.
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La originalidad es reconocer lo anterior como verdadero.
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El contorno es lo que delimita, el saber lo que destruye, la ignorancia lo que nos ciega.
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La poesía es un campo de batalla, las manos dagas que coagulan el vientre de las palabras.
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Un susurro es un conjuro para secar las lágrimas de antaño.
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Un limón como pisapapeles es un seno cortado por un milagro pobre.
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Las arrugas son la filarmónica de la vejez, la falta de dientes, el abecedario sin hache; y la derrota, el deseo de atacar de nuevo.
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Los instantes efímeros no son habituales.
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La poesía ha tocado la puerta y ha preguntado de qué vives, de qué comes, por qué como los demás no trabajas. No se ha marchado.

LECTURAS NO OBLIGATORIAS, Wislawa Szymborska

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WISLAWA SZYMBORSKA, Lecturas no obligatorias, Alfabia, Barcelona, 2009, 256 páginas.


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Manuel Bellmunt Serrano en La prosa de Szymborska: entre el humanismo y la ironía (pp. 11-19), señala que estas columnas "no son reseñas literarias, sino comentarios a obras que no acaparan la atención del crítico". Como en toda la obra de Szymborska, flota sobre estas páginas, aparentemente circunstanciales, su humanismo anti-antropocentrista.
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PROFESORES DESPISTADOS

   Las anécdotas sobre los grandes hombres son una lectura reconfortante. De acuerdo, pensará el lector, cierto es que no he descubierto el cloroformo, pero al menos no era el peor estudiante de la escuela como Liebig. Naturalmente no fui el primero en hallar la arsfenamina, pero al menos no soy tan despistado como Ehrlich, quien se escribía cartas a sí mismo. En cuestión de elementos, está claro que Mendeléyev me supera, pero seguro que soy mucho más aseado y presentable que él por lo que al pelo respecta. ¿Y he olvidado alguna vez presentarme en mi propia boda como Pasteur? ¿Acaso he cerrado alguna vez el azucarero con llave como Laplace para que no lo utilizara mi mujer? La verdad es que, comparados con ellos, todos nos sentimos un poco más sensatos, mejor educados e, incluso, más magnánimos por lo que respecta al día a día. Además, la perspectiva del tiempo nos ha permitido saber qué científico tenía razón y cuál estaba vergonzosamente equivocado. ¡Qué inofensivo nos parece hoy un tal Pettenhoffer! Fue un médico que combatió de un modo vehemente los estudios sobre la acción patógena de las bacterias. Cuando Koch descubrió la bacteria Vibrio cholerae, Pettenhoffer se bebió una probeta entera llena de esos desagradables gérmenes durante una demostración pública tratando de demostrar que los bacteriólogos, con Koch a la cabeza, eran unos mitómanos peligrosos. La singular grandeza de esta anécdota radica en el hecho de que no le pasó nada a Pettenhoffer. Conservó su salud y hasta el último de sus días pregonó burlonamente que tenía razón. Por qué no enfermó continúa siendo un misterio para la medicina. Pero no para la psicología. A veces aparecen personas con una resistencia excepcionalmente vigorosa a los hechos evidentes. ¡Qué agradable y honroso es no ser como Pettenhoffer!


Los científicos y sus anécdotas, Waclaw Golebowicz, Varsovia: "Viedza Powszechna", 2º edición 1968.

QUÉ HACER CUANDO EN LA PANTALLA APARECE THE END, Paula Bonet

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PAULA BONET, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, Lunwerg, Barcelona, 2014, 200 páginas.
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AMNESIA

   En el año cuarenta y tres de su vida, William Stoner aprendió aquello que otros mucho más jóvenes habían aprendido antes que él: que la persona que se ama al principio no es la persona que se ama al final, y que el amor no es un fin, sino un pro ceso durante el cual una persona intenta conocer a otra.
   Nunca he entendido las canciones en las que el protagonista se dirige a alguien a quien ya ha olvidado.