ENTRE LÍNEAS: EL CUENTO O LA VIDA, Luis Landero

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LUIS LANDERO, Entre líneas: el cuento o la vida, Tusquets, Barcelona, 2001, 168 páginas.

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Las secuencias pares de esta narración admiten ser leídas como relatos independientes.
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SOBRE LA BREVEDAD

   Pero tampoco hay que fiarse mucho de la brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: El viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso, y El conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino. Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspiés, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno. En el último instante saca el libro y observa que la bala lo ha atravesado limpiamente desde el copyright hasta el código de barras, y que además le ha llegado hasta el centro mismo del corazón. Viaje al centro del corazón, es el sarcasmo que se le ocurre antes de morir, y aún alcanza a pensar que si hubiese elegido el de de Dumas a estas horas estaría vivo, y que su mala suerte se debe exclusivamente a la excesiva concisión del autor.
   He aquí uno de los peligros de la brevedad.
   Claro que, de haber tenido tiempo para más sarcasmos, también la víctima podría haber pensado que quizá casi todas las novelas extensas son en el fondo breves, e incluso brevísimas, por la sencilla razón de que casi nadie las lee. Allí donde las balas se equivocan, la sociología no yerra: si uno compra una novela de quinientas páginas y lee sólo treinta, para ese lector la novela constará exactamente de treinta páginas. Lo que ocurre es que, para muchos, los libros voluminosos ofrecen al menos dos ventajas: una, que al ser caros, el prestigio y el placer del consumo son también mayores; y otra, que al ser muy extensos, el comprador compra de paso una coartada para no leerlos. Pero con los libros breves no hay escapatoria. Quien adquiere un libro breve contrae de rebote el engorro de tener que leerlo.
   A mí, particularmente, hay muchos libros breves que me han engañado muchas veces, y así, por ejemplo, hubo un tiempo en que lograron convencerme de que tenían sólo por ejemplo cien páginas. A la cuarta vez que los leí, me di cuenta, sin embargo, de que encubrían cuatrocientas, y como todavía no he acabado releerlos, resulta que el autor me ha vendido como prosa breve lo que en realidad es un libro poco menos que interminable. Pero la verdadera brevedad es saber callar cuando no hay nada que decir. Esto es muy difícil ¡Con qué coraje escribía Kafka en sus Diarios el día 22 de septiembre de 1917: «Nada»! Y, sin embargo, Kafka, y en definitiva cualquiera, podía haber llenado una hoja de ocurrencias pasajeras. No es difícil escribir algo cuando se tiene oficio y un poquito de orgullo. Ese «nada» de Kafka, ¡qué extraña flor resulta!, ¡cuántas lluvias y soles habrá necesitado para florecer en el baldío! ¡Qué lección literaria! Porque detrás de «nada» esta la convicción de que no se puede decir cualquier cosa sino algo que se desea con una intensidad excluyente: algo esencial, y que no admite sucedáneos. Algo muy concreto y muy perseguido y anhelado, y por eso es tan difícil atreverse a esa última resignación de decir «nada».

JARDINERÍA DE INTERIOR, Paz Monserrat Revillo

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PAZ MONSERRAT REVILLO, Jardinería de interior, Enkuadres, Valencia, 2019.

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DESEOS
A David González

   Él nunca quiso ser tenista, pero cómo contrariar los más hondos deseos de su papá hablándole de escalas y arpegios.
   Es por eso que siempre se demora en el vestuario escuchando la melodía que el aire del ventilador interpreta al atravesar la red de su raqueta, mientras el grifo gotea melancólico un adagio.

RESONANCIAS, Varias Autoras

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GLORIA RAMÍREZ & FERNANDO SÁNCHEZ CLELO (antólogos), Resonancias, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla, 2018, 70 páginas.

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FLOTANDO EN LA PALMA DE LA MANO DE MI MADRE

   Mi madre se baña desnuda en la acequia. Espanta pájaros y come ciruelas rojas. Me avergüenzo de su desnudez. No puedo, sin embargo, dejar de mirar sus pechos y sus formas distorsionadas bajo el agua. Parece no verme y chapotea feliz. En el reflejo, aparece una niña flotando en la palma de su mano.

Ildiko Nassr


PENSADORES DE ORIENTE, Idries Shah

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IDRIES SHAH, Pensadores de Oriente, ISF Publishing, Londres, 2018, 226 páginas.
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En el Prefacio, Shah explica que este libro "contiene, dispuesto de una forma impuesta por la tradición y no por la obsesiva ordenación superficial, los materiales pertenecientes a la enseñanza Sufi, seleccionados según las necesidades de la época".
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RAHIMI

   El erudito Salih Awami le dijo al Sufi Rahimi en un debate privado: 
   «Lo que acabas de decir carece de referencias y pruebas mediante citas de autoridades antiguas.» 
   «En absoluto», dijo Rahimi, «pues aquí las tengo todas, capítulo y verso.» 
   El erudito se fue, diciendo: 
   «Eso era lo que quería saber.» 
   Al día siguiente dio su famoso discurso sobre Rahimi, que comenzaba así:
   «La conferencia del Sheikh Rahimi que están a punto de escuchar carece de convicción. De hecho, está tan inseguro de sí mismo que ha aducido pruebas escritas y autoridades para lo que dice.» 

POEMAS AMOROSOS DEL MANYOOSHUU, Varios Autores

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Poemas amorosos del Manyooshuu, Hiperión, Madrid, 2016, 136 páginas. Selección, traducción, introducción y notas de Teresa Herrero y Jesús Munárriz.

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皆人を
寝よとの鐘は
打つなれど
君をし思えば
寐寝かてぬかも

Mina hito wo
Neyo to no kane wa
Utsunaredo
Kimi wo shi omoeba
Ine katenu kamo








Nos manda a todos 
el toque de campana
ir a acostarnos,
pero pensando en ti
¿cómo voy a dormir?
La dama Kasa

SOPA DE KAFKA, Mark Crick

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MARK CRICK, Sopa de Kafka, Edaf, Madrid, 2006, 98 páginas.

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Mark Crick escribe e ilustra Un recorrido por la literatura universal en 14 recetas.
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ESTOFADO DE CORDERO CON SALSA DE ENELDO
[a tenor de las averiguaciones de Raymond Chandler]

1 pierna de cordero limpia, de 1 kilo, cortada en trozos grandes
1 cebolla en rodajas 
1 zanahoria, cortada en juliana
1 cucharada sopera de semillas de eneldo machacadas, o tres o cuatro ramitas de eneldo fresco 
1 hoja de laurel
12 granos de pimienta 
½ cucharadita de sal 
850 ml de caldo de ave 
50 g de mantequilla 
1 cucharada sopera de harina 
La yema de un huevo
3 cucharadas soperas de nata lícfuida 
2 cucharadas de zumo de limón 
Pimienta negra recién molida.

   Eché un trago de whishy, sin pensarlo, apagué el cigarrillo en la tabla de cortar, mientras no le quitaba el ojo de encima a un insecto que se arrastraba por el fregadero. Lo que me vendría al pelo sería disponer de una mesa resecada en Maxim's, cien pavos y la compañía de una rubia despampanante, en cambio, solo tenía a mano una pierna de cordero y ni una sola pista. La agarré por el tendón, que estaba frió y húmedo como la mano de un coronel. Saqué un cuchillo y descuarticé la carne de cordero. Como ya tenía aquel instrumento cortante en las manos, partí una cebolla en como ya tenía rodajas y, sin pensármelo dos veces, hice lo propio con una zanahoria. Ninguno rechistó. Puse todo en una cacerola con un ramillete de eneldo, una hoja de laurel, unos cuantos granos de pimienta y una pizca de sal. Cuando me pareció que estaba a punto de caramelo, lo cubrí con caldo de ave y subí el fuego. Quería que se hiciese lentamente, lo suficiente como para que entrase en ebullición. Una hora y media después, y con media pinta más de bourbon en el cuerpo, los ingredientes ya no parecían estar tan duros, lo mismo que yo. Separé la carne de las verduras y la rocié con un poco de caldo para mantenerla jugosa. A pesar de que todavía llevaba el cuchillo en la mano, no se oía ninguna sirena.
   En esta ciudad la escoria siempre acaba por salir a flote. De modo que pasé el caldo por un colador y retiré la grasa. Eché un poco más de agua y dejé que la cosa se calentase de nuevo. Ahora tenía que vérmelas con la mantequilla y la harina; las mezclé hasta hacer una pasta que añadí al caldo. Como no encontré unas varillas, eché mano de la porra y acabé a golpes con los grumos hasta conseguir una salsa tersa. Comenzó a hervir de nuevo a fuego lento, y así la dejé durante un par de minutos.
   Le arreé a la yema de huevo y la mezclé con la nata y un poco de aquella salsa caliente, antes de volver a echarlo todo a la cacerola. Exprimí un limón hasta que le saqué todo el jugo. No me costó demasiado. Pero no podía pasar por alto que, si la salsa hervía, la yema se cuajaba. Cuando estaba a punto de rociar la carne con aquella salsa para llevarla a la mesa, caí en la cuenta de que se me había pasado el hambre. Ni rastro de la rubia. Así que me fui a dar una vuelta para seguir envenenándome a fuerza de cigarrillos y whisky.

GATA NEGRA, Juan Naranjo García

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JUAN NARANJO GARCÍA, Gata negra, Talentura, Madrid, 2019, 88 páginas.

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Los 59 microrrelatos de Gata negra se presentan bien acompañados por el Microprólogo de Rosa Alonso y un epílogo, firmado por Manu Espada, en el que se destaca que "Juan Naranjo llega hasta nosotros como un autor que nos ofrece un punto de vista felino mirando al lector a los ojos, después de llegar hasta él sorteando obstáculos". 

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DEPARTAMENTO DE INFORMÁTICA

   Llamo a la puerta. Nadie responde pero aun así giro el picaporte. La iluminación es muy tenue, apenas entra luz salvo por dos ventanucos al fondo. Hay varias mesas y junto a cada ordenador uno de aquellos especímenes. Todos están pálidos e inmóviles. Les sonrío y les doy conversación, como hacía mi madre con las plantas de casa, pero aquí ninguno reacciona ante los estímulos. Comienzan a mecerse suavemente mientras paseo frente a ellos, gesticulo y cambio la entonación de mis palabras. Pero sigue sin haber respuesta. Apesadumbrado, me doy por vencido y salgo en busca de un remedio alternativo: una regadera y fertilizante. Al cerrar, puedo oír cómo vuelve a repiquetear en el ambiente el sonido de los teclados.