HAIKUS COMPLETOS, Luis Alberto de Cuenca

0


LUIS ALBERTO DE CUENCA, Haikus completos (1972-2018)Los Libros del Mississippi, Madrid, 2019, 110 páginas.
**********

Las ilustraciones de Javier de la Rosa aportan la armonía minimalista a unos haikus que, según las palabras prologales de Ricardo Virtanen, abarcan "desde un culturalismo heterodoxo hasta una cotidianidad casi subversiva".
**********


Libro de versos.
Lo forro con las tiras
de tu recuerdo.

MONSIEUR BOVARY, Alberto Manguel

0


ALBERTO MANGUEL, Monsieur Bovary (y otros amigos tenaces), Alianza Editorial, Madrid, 2018, 136 páginas. Ilustraciones de Antonio Seguí.

**********
MONSIEUR BOVARY

   De los dos, es el segundón, el más prosaico, el menos impulsivo, el resignado al decente anonimato, aquel con quien Flaubert dice no identificarse. Es el que brinda la excusa a Emma para su intidelidad, sin haberle exigido nunca a ella que le fuese fiel. Es el que lleva la vida honesta, regulada, trabajadora, sin otra ambición que una felicidad apacible, sin sorpresas. Es cierto: no tiene mayor encanto, nadie siente por él un arrebato apasionado, nadie lo imagina trepando enredaderas a medianoche ni batiéndose en duelo en un páramo cubierto de nieve. Sin embargo, Monsieur Bovary es un personaje absolutamente necesario. Recordemos: la novela empieza y termina con él, no con Emma. Y sin él, Emma carecería de sentido, no se convertiría nunca en heroína, no conocería jamás ni la pasión ni el éxtasis. Seamos claros: Monsieur Bovary existe para que Madame pueda cumplir con su destino trágico.
   La verdad es que Charles Bovary carece de imaginación. Su comportamiento más bien adusto es el resultado de una visión del mundo en blanco y negro, sin matices. Ya de chico, es un poco papanatas.En las páginas iniciales, Flaubert lo presenta como un adolescente torpe e inseguro que apenas puede mascullar su nombre cuando el maestro le pregunta cómo se llama. No inspira ni confianza ni ternura: el primer día de clase, el maestro le hace copiar veinte veces «Soy ridículo». El muchacho no se queja. Más tarde, son sus padres quienes decretan que estudiará medicina y su madre quien le elige un lugar para vivir. Charles, convertido ahora en Monsieur Bovary, deja que sean los otros quienes decidan por él. 
   La realidad artística le es del todo ajena: esa literatura sentimental, «de mujeres» como la llaman, en la que Emma encuentra sus modelos, Monsieur Bovary no alcanza siquiera a vislumbrarla. Para él, la ficción no existe. En el teatro, asistiendo juntos a la melodramática historia de Lucía de Lammermoor, pregunta al ver el ardor con que Edgar se declara a Lucía: «Y ese señor ¿por qué la persigue?». «Pero no», le contesta Emma impaciente, «es su amante». Monsieur Bovary sigue sin entender. «Cállate», le dice Emma exasperada. Cándido, él se defiende: «Es que, como tú lo sabes, a mí me gusta saber de qué se trata.» Emma no puede hacerle ver que, tal como sucede cuando se asiste a una ópera, la pasión amorosa no puede explicarse: o se comprende con las tripas o se nos excluye para siempre. En cosas como éstas, Monsieur Bovary es las más veces un excluido.
   La tragedia de Lucía y la música de Donizetti hacen que Emma se acuerde del día de su boda. Comparada con el éxtasis vivido en escena por los cantantes, la alegría de aquellas horas pasadas le parece «una mentira imaginada por no esperar ya deseo alguno». Esta es una observación curiosa: Emma concibe la creación artística como aquello que surge, no de nuestros deseos, sino de la falta de deseo. ¿Qué nos dice esto acerca de Flaubert mismo, que se pasaba la vida satisfaciendo (o tratando de satisfacer) sus fantasmas eróticos? Si lo que le atribuye a Emma es cierto, ¿de qué debemos descreer, nosotros sus lectores? ¿De sus deseos o de su arte? Después de todo, «Madame Bovary c'est moi!» es la frase más conocida del maestro.
   Podrá faltarle pasión, talento imaginativo, originalidad, un carácter simpático, pero no amor: Monsieur Bovary ama a su esposa. Después de la muerte de Emma, hace un esfuerzo por no olvidarla, pero día a día su querida imagen parece esfumarse y el pobre Monsieur Bovary se siente desesperado. Sólo en sus sueños la recupera: cada noche la ve, va hacia ella, y cuando intenta abrazarla, Emma se disuelve en un montón de carne corrupta. 
   Poco tiempo después, con ejemplar equilibrio literario, Monsieur Bovary muere sentado en el mismo banco de jardín en el que Emma conducía sus rendez-vous galantes. Antes de morir, perdona al amante de su mujer, le asegura que ya no le reprocha nada, y exclama: «La culpa de todo la tiene el destino!». Estas son sus últimas palabras. Maliciosamente, como una suerte de postrer insulto, Flaubert le presta al infeliz marido de Emma una verdad de perogrullo que hubiese encantado a esos futuros payasos, Bouvard y Pécuchet. Pero hay aquí una paradoja. Esa literatura amorosa y trivial que Flaubert obviamente desprecia, y que tanto deleita a Emma y contribuye sin duda a su infortunio, otorga a Monsieur Bovary un acertado epitafio. Las palabras sobre la lápida de Emma rezan «amabilem conjugem calcas!», es decir, «¡Estás poniendo los pies sobre una querida esposa!» —lo cual no es ni sentimental ni cómico, sino meramente grotesco—. En cambio, nombrar al destino como culpable definitivo de nuestra vida, trágica o feliz, será por cierto una verdad de perogrullo pero no por eso una verdad menos cierta, literaria, eterna y, por qué no, valiente. 

EL FUNAMBULISTA CIEGO, Ricardo Virtanen

1


RICARDO VIRTANEN, El funambulista ciego, Amargord, Madrid, 2019, 136 páginas.

**********
Me niega el vacío. En realidad, obstaculizo su trayecto.
***
La realidad, esa cuota de infortunio en el aroma de cada instante.
***
Un rostro enigmático es un rostro sin preguntas, pero con respuestas.
***
En cada principio hay un final arrepentido.
***
El dolor, todo prestigio.

ARS NESCIENDI, Jorge Riechmann

0


JORGE RIECHMANN, Ars nesciendi, Amargord, Madrid, 2018, 108 páginas.

**********
Fragilidad
del gorrión cuyo salto
preserva el mundo

PRIMERAS PERSONAS, Juan Cruz Ruiz

0


JUAN CRUZ RUIZ, Primeras personas, Alfaguara, Barcelona, 2018, 340 páginas.

**********
«Escribir es volver a leer» declara Juan Cruz en esta colección de semblanzas de sus autores predilectos.  
**********

ZONA DE ADIOSES: RECUENTO DE LAS ÚLTIMAS VECES

   La última vez que vi a Miguel Delibes estaba triste, furioso, por no saber manejar su cuerpo. Los años, esa tiranía. A Gonzalo Torrente Ballester se le quedaron pálidas las manos. Rafael Alberti quería seguir conversando hasta el infinito y más allá; la muerte, decía, será eso. A María Zambrano le colgaba la ceniza del cigarrillo a través de cuyo humo creía ver las playas de Málaga. No quise ver el último instante de José-Miguel Ullán. No quise ver los últimos instantes de nadie, pero una mañana el azar me puso ante la obligación de ser consciente de que la vida es muerte también, el último instante que no eliges. Y desde entonces no entiendo ni el desamor ni la vanagloria.

SUPERMUJERES SUPERINVENTORAS, Sandra Uve

0


SANDRA UVE, Supermujeres supreinventoras, Lunwerg, Barcelona, 2018, 216 páginas.

**********
Un trabajo con el que documentar las ausencias, las usurpaciones y los silenciamientos. Sandra Uve compone una enciclopedia de mujeres inventoras que aportaron Ideas brillantes que transformaron nuestra vida. «Esto no es un cuento de princesas, sino una historia de personas luchadoras que persiguieron su sueño hasta alcanzarlo»: desde Abigail M. Fleck a Vriginia Apgar.
**********

FLORA DE PABLO DÁVILA
[Salamanca, 1952]

Flora es doctora en Medicina, diplomada en Psicología y especialista en Biología Celular  y Molecular. Ha dedicado su investigación al estudio de la insulina y su precursora, la proinsulina, en el desarrollo del sistema nervioso, incluyendo las degeneraciones retinianas y el alzheimer. Es coautora de varias patentes, entre las que destaca «el uso de la proinsulina para la elaboración de una composición terapéutica que la contiene y sus aplicaciones». Flora está comprometida con la defensa de los derechos de la mujer, y en 2001 fue una de las fundadoras de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.


EL TENEDOR DE LIBROS, José Luis Melero

0


 

JOSÉ LUIS MELERO, El tenedor de libros, Xórdica, Zaragoza,  2015, 182 páginas.

**********
Aporta Melero en el Liminar (pp. 7-8) una clave para entender esta recopilación de artículos publicados en Heraldo de Aragón: «prefiero incensar la memoria de los olvidados que cacarear los logros de quienes ganaron las mayúsculas y las negritas de los manuales que se estudian en las universidades».
**********

PENSAR EN LAS MUSARAÑAS


   Hay gente que se pasa la vida pensando en las musarañas. Pero a veces basta con que lo hagas una sola vez, en el momento más inoportuno, para que tenga trágicas consecuencias. Es lo que le paso a Gaudí el 7 de junio de 1926 cuando iba a cumplir con su visita diaria a la iglesia de San Felipe de Neri. Iría pensando en las musarañas cuando fue atropellado por un tranvía en la Gran Vía de las Cortes Catalanas, entre las calles de Girona y Bailén. Su aspecto descuidado hizo que lo tomaran por un pordiosero y no fuera atendido de inmediato. Murió tres días más tarde. Si hubiera vestido como un buen burgués (mi amigo José Manuel Pérez Latorre dice con humor británico que los arquitectos deben vestir siempre de forma impecable, pues en cualquier momento pueden ser objeto de homenaje) tal vez las cosas hubieran sido de otro modo. Se cumplían entonces veinte años desde que Pierre Curie había muerto atropellado por un coche de caballos en una calle de París. También andaría despistado Víctor Seix, el gran editor catalán, cuando fue atropellado durante la Feria del Libro de Frankfurt de 1967 junto a la puerta del Hotel Frankfurter Hof donde se alojaba. Llegaba tarde a la ópera, se desorientó un instante y otro tranvía acabó con su vida. Lo más increíble es que ese tranvía iba conducido por un sujeto que se llamaba Adolf Hitler. Carlos Barral, su socio en la editorial, que tuvo que encargarse del papeleo tras la muerte de Seix, así lo contó en sus memorias. Cuatro años antes, otro célebre editor también había muerto atropellado por culpa de las musarañas: Kurt Wolff, el primer editor de Kafka y el editor de Robert Walser o Joseph Roth. Wolff editó en 1927 mi libro preferido de Roth: Fuga sin fin. Por aquí tampoco han faltado despistados que murieron por ir pensando en las avutardas: Ricardo del Arco, que tantos libros escribió sobre Aragón, murió el 7 de julio de 1955 en la plaza de Navarra de Huesca, arrollado por un camión del ejército cuando salía de los porches de la Diputación, y la gran pianista Pilar Bayona acabó sus días atropellada por un automóvil en Zaragoza en diciembre de 1979.