LA REUNIÓN DE LOS AUSENTES, Horacio Laitano

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HORACIO LAITANO, La reunión de los ausentes, Botella al Mar, Buenos Aires, 2012, 50 páginas.

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EL CHISTOSO DE LA RUTA


   Allí estaba el chistoso de la ruta. Un hombre al que todos invitaban para hacer más divertido su trayecto. Apenas subía a un automóvil, los viajeros empezaban a reírse. Tenía por costumbre presentarse con un chiste. Se trataba de una abuela centenaria, que moría al tragarse una empanada. Los gestos del hombre ilustraban la agonía. Imitaba los gritos y la asfixia de la anciana, mientras subía la sangre a su cabeza.
   Antes de bajar del automóvil, acentuaba la mueca de su boca hasta dar la impresión de una sonrisa. 

DES-CUENTOS Y OTROS CUENTOS, Carmela Greciet

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CARMELA GRECIET, Des-cuentos y otros cuentos, Trabe, Oviedo, 1995, 128 páginas.

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SIRENA

   Cuando por fin su hermano accedió a llevarla unos días a la costa para que conociera el mar, ella supuso que había llegado la hora del regreso.
   La noche en que —tras muchas horas de viaje— arribaron al pueblecito norteño, ella aún no pudo ver el mar, porque no había luna, pero escuchó su rumor, hecho de todas las músicas, y pudo oler la sal, que le erizó la piel como un recuerdo súbito.
   Esperó el alba junto a la ventana del hostal, abierta a la bahía, y al amanecer notó que las olas rompían contra su memoria y vio su corazón vagar a la deriva.
   Temprano, pidió a su hermano que la llevara hasta un lugar alto y escarpado desde donde contemplar la costa y allí le dijo que la dejara sola.
   Cuando él se fue, ella soltó sus cabellos al viento y se quitó la blusa, sintió jugar la brisa con sus senos.
   Después, respiró profundo, empujó las ruedas con toda la fuerza de sus brazos vivos, y se arrojó por el acantilado. 

OBNUBILACIONES TRANSITORIAS, Adán A. Roque

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ADÁN ROQUE, Obnubilaciones transitorias, Micrópolis, Lima, 2012, 96 páginas.

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MOTÍN

   Los espermatozoides organizaron un motín debido a que cuando llega la hora de entrar al óvulo, la tierra prometida, generalmente sólo uno es el afortunado. Desilusionados, exigieron que en la próxima ocasión sea más adecuado el proceso de elección, pues predominaba la ley del más fuerte. El encargado —si es que lo hubiera— hizo caso omiso a sus peticiones, de manera que se les ocurrió algo: a la próxima salida, todos se agarrarían fuertemente, y así no se escabulliría solamente uno, como era habitual, sino todos. Al llegar el momento esperado, los espermatozoides se sujetaron unos a otros, mas la situación no salió como esperaban, pues estaba vez no se trataba de un coito, sino de una simple masturbación, y todos cayeron, irremediablemente, al vacío.

JUGADOR DE VENTAJA, Juan Varo Zafra

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JUAN VARO ZAFRA, Jugador de ventaja, Diputación de Granada, Granada, 2000, 130 páginas.

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Hay poetas con vértigo que no pueden subir a lo alto de las cosas para descubrir su hondura.
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No es tan importante, ni tan difícil, que lleguen a quererte como que te sigan queriendo.
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No es que las cosas sean efímeras, es que no han empezado a durar.
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Nunca fuimos lo que éramos.
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A todos se nos debe morir algún día el joven; a ninguno se nos debe morir el niño.
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Las cosas no pasan, se amontonan.
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Y tal vez al final, la memoria se convertirá en una gran sala con relojes parados en las distintas horas en que hemos sido felices.

KWAIDAN, Lafcadio Hearn

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan (Cuentos fantásticos del Japón), Espasa-Calpe, Madrid, 1962 (1941), 166 páginas.

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A través de estos cuentos populares, el estudioso orientalista Lafcadio Hearn nos lleva a asomarnos al "mundo japonés, haciéndonos conocer sus hermosas leyendas e interpretándolas con palabras y conceptos de emotividad occidental, único medio de que pudiéramos admirar tan grandes bellezas". Frente a otras ediciones más recientes, esta traducción de Pablo Inesta destaca por incluir también los "Estudios de los insectos", centrados en mariposas, mosquitos y hormigas desde una perspectiva tanto biológica como literaria.

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UBAZAKURA

   Trescientos años atrás, en la villa de Asamimura, del distrito Onsengōri, provincia de Iyō, vivió un gran hombre llamado Tokubei. Era la persona más rica del pueblo, y ejercía de muraosa (autoridad mayor). En casi todos los asuntos fue bastante afortunado; pero llegó a los cuarenta años de edad y aún no había conocido la dicha de ser padre. Tanto él como su esposa, en su inmensa aflicción por la falta de hijos que los heredasen, dirigieron muchas plegarias a la divinidad Fudō Myō O, que tenía un famoso templo, llamado Saihōji, en Asamimura.
    Hasta que, al fin, el dios escuchó sus ruegos, y la esposa de Tokubei dio a luz una hermosa niña. Le pusieron de nombre O-Tsuyu. Los senos de la madre no producían la leche necesaria para criar a la niña, y además no era de buena calidad. Y hubieron de tomar una nodriza, llamada O-Sodé.

   O-Tsuyu llegó a ser de una belleza extraordinaria. A los quince años cayó enferma.  Y los médicos dijeron que no tenía salvación. Aquel mismo día, O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con verdadero cariño maternal, fue al templo Saihōji y rogó con gran fervor a Fudō-Sama para que devolviera la salud a la niña. Durante veintiún días suplicó por ella sin cesar. Al cabo de este tiempo O-Tsuyu recobró instantáneamente la salud.
   Con tan fausto motivo hubo grandes fiestas en casa de Tokubei, quien, para celebrar el suceso, dio un espléndido banquete a todos sus amigos. Pero en la noche del banquete cayó enferma O-Sodé. Avisaron al doctor, y éste, a la mañana siguiente, dijo que la nodriza se moría sin remedio.
   Entonces, la familia de O-Tsuyu se reunió en torno a la enferma,  para recibir su última despedida. A todos los dominaba una gran angustia. Pero ella habló con mucha serenidad y les dijo:
   —Ya es tiempo de que les diga algo que ustedes ignoran. Mis plegarias fueron oídas. Yo supliqué a Fudō-Sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y este gran favor va a serme concedido. Por esta causa no deben apenarse ni llorar mi muerte... Mas he de hacerles un ruego: yo prometí a Fudō-Sama que plantaría un cerezo en el jardín del Saihōji en acción de gracias y para conmemorar el hecho. Como ahora yo no podré llevar acabo el ofrecimiento, les suplico que lo hagan por mí para que el voto no quede incumplido... Adiós, ¡queridos amigos, adiós!..., y no olviden que soy muy feliz muriendo por O-Tsuyu...

   Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron en el jardín de Saihōji el cerezo más hermoso que pudo encontrarse. El árbol crecía y crecía. Y cuando llegó el día 16 del segundo mes del año siguiente (aniversario de la muerte de O-Sodé) floreció de una manera asombrosa. Y así continuó floreciendo por espacio de doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el mismo mes y en aquel día. Y sus flores, blancas y rosas, eran lo mismo que los pezones de los senos femeninos cuando están rociados de leche.
   La gente bautizó al árbol con el nombre de Ubazakura: “el cerezo de la nodriza”.

ANIMALES FANTÁSTICOS, José Jorge Letria & André Letria

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JOSÉ JORGE LETRIA & ANDRÉ LETRIA, Animales fantásticos, Kalandraka, Sevilla, 2007, 40 páginas.

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André ilustra y José Jorge Letria escribe los textos que Xosé Ballesteros ha traducido del portugués.
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EL HOMBRE-LOBO

   Se dice que me han visto en los más variados lugares: en los bosques, en los caminos, en las aldeas... siempre medio lobo,  siempre medio hombre. Sufro de ambos, por igual, las pasiones que me atormentan. Dicen las antiguas leyendas que tengo las cejas unidas por una gruesa mata de pelo, hirsuta, resistente y cortante como mi propio cabello. También dicen que mi cuerpo  tiene una gran fuerza, que mata y descoyunta de forma inlprevista y extraña. Y que aquellos que me temen siempre harán bien en refugiarse si la noche del jueves coincide con luna llena. Realmente, ni siquiera yo sé si existo, pero cuando me veo en un espejo, doy media vuelta y huyo. Si pudiese escoger sería otra cosa y no lo que soy. Pero, debéis creerme: lo que me mantiene vivo son los miedos que la humanidad no cesa de inventar.




EL ELEFANTE, Sławomir Mrożek

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SŁAWOMIR MROŻEK, El elefante, Seix Barral, Barcelona, 1962, 210 páginas.

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Seix Barral encargó a Margarita Fontseré la primera traducción al español de una obra de Mrozek que cuenta con ilustraciones de Daniel Mroz.
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POR EL CAMINO

   Inmediatamente después de salir de N., atravesamos unos prados inundados en los que algunos rastrojos brillaban como cabezas rapadas de jóvenes reclutas. A pesar de los baches y del barro, el coche avanzaba con alegre traqueteo. Lejos, a la altura de las orejas de los caballos, se extendía una franja de bosque. A nuestro alrededor reinaba la soledad, como siempre en esa época. Hasta al cabo de un rato no me di cuenta de que, frente a nosotros, tanto más destacada cuanto más nos acercábamos, se divisaba la figura de un hombre. Vestía uniforme de cartero y su cara no tenía nada que llamara la atención. Estaba inmóvil junto al camino y cuando pasamos por su lado nos dirigió una mirada indiferente. Apenas le había perdido de vista, cuando apareció otro vestido con uniforme parecido; también este permanecía inmóvil. Le observé atentamente, pero pronto descubrí a un tercero y luego a un cuarto. Todos estaban de cara a la carretera, miraban al frente con apatía y llevaban un uniforme raído. Asombrado me incorporé en mi asiento para poder ver mejor el camino detrás de la espalda del cochero. En efecto, a lo lejos vi aparecer la figura siguiente. Después de pasar junto a dos mas, me entró una curiosidad incontenible. Estaban colocados a distancias relativamente considerables, de manera que no se podían ver unos a otros. Todos se mantenían en la misma actitud y no demostraban sentir por el coche mayor interés que el que puedan sentir los postes de telégrafo por los viajeros. Me restregué los ojos, pero en cuanto dejábamos atrás a uno de aquellos hombres, ya aparecía el otro. Me disponía a abrir la boca para preguntar al cochero que significaba aquello, cuando éste, señalando con el látigo a uno de ellos, dijo sin volverse:
   —Estan de servicio.
   Y volvió a aparecer ante nosotros una figura inmóvil, indiferente y con la vista fija hacia adelante.
   —¿Qué pasa? —pregunté.
   —¿Cómo, qué pasa? Están de servicio. ¡Arre, Castaño, arre!
   El cochero no parecía tener ganas de dar más explicaciones, o lo consideraba superfluo. De vez en cuando, animaba a los caballos, haciendo chasquear mecánicamente el látigo. Zarzas, capillas junto al camino, prados solitarios, venían a nuestro encuentro y desaparecían luego detrás de nosotros; y entre ellos fui descubriendo una tras otra de aquellas figuras, ahora ya familiares.
   —¿Qué servicio prestan? —pregunté.
   —¿Cual habría de ser? Servicio del Estado. Línea de telégrafos.
   —¿Cómo? —exclamé yo—. Para el telégrafo se necesitan cables y postes.
   El cochero me miró, se encogió de hombros y me explicó:
   —Se ve que no es usted de aquí. Todo el mundo sabe que para un telégrafo normal se necesitan cables y postes. Pero éste es un telégrafo sin hilos. En el plan se había previsto uno con cables, pero robaron los postes y ya no se puede obtener cable.
   —¿Cómo que no se puede obtener?
   —Pues por lo de siempre: porque no lo hay. ¡Arre, Castaño!
   Me callé asombrado, pero no estaba dispuesto a dejarlo así.
   —Pero ¿qué quiere decir sin hilos?
   —Pues muy fácil. El primero grita al segundo lo necesario, éste al tercero, éste al cuarto y así sucesivamente hasta que el telegrama llega a su destino. Ahora no dan ninguna noticia, pero si la hubiera, usted mismo la podría oír.
   —¿Y esta clase de telégrafo funciona?
   —¿Por qué no había de funcionar? Claro que funciona. Sólo que a veces equivocan el contenido de de los telegramas. Lo peor es cuando uno de ellos tiene una idea propia. Entonces se complace en añadir cosas de su propia cosecha y la noticia se va dando tal como él la dejó. Pero, por lo demás, incluso es mejor que un telégrafo normal. Ya se comprende, los hombres vivos siempre son más inteligentes. Las tempestades no afectan a este teIégrafo. Se ahorra madera, que no es poco, porque aquí en Polonia, los bosques están ya muy diezmados. Sólo en inviernos, a veces, los lobos ocasionan algunas averías. ¡Arre!
   —Y, ¿esta gente está contenta? ——pregunté yo asombrado.
   —¿Por qué no lo había de estar? No es un trabajo pesado. Sólo hay que saber palabras extranjeras. Ahora nuestro cartero incluso ha ido a Varsovia a perfeccionarse. Dicen que les darán unos cañutos modernos, para que no tengan que gastarse los pulmones gritando. ¡Arre!
   —Y  ¿si uno es sordo?
   —A los sordos no se les da este empleo. A los remellados tampoco. Una vez se coló un tartamudo que tenía influencia, pero pronto le despidieron, porque bloqueaba toda la línea. Dicen que en el poste quilométrico veinte hay uno que estudió en la escuela dramática y que es el que tiene una dicción más clara.
   Aturdido por estos argumentos, me callé. Dejé de fijarme en los que había junto al camino. El coche saltaba por encima de los baches en dirección al bosque.
   —Pero ¿no preferirían ustedes tener un telégrafo nuevo con postes y cables? —pregunté con prudencia.
   —¡Dios nos libre! —el cochero se estremeció—. Gracias al telégrafo, ahora es muy fácil conseguir trabajo, en nuestro distrito. Además, siempre puede ganarse algún dinero suplementario. Porque cuando alguien quiere que un telegrama llegue íntegro a su destino, toma el coche y se acerca al quilómetro diez, al quince, etc., y va dando algo a cada uno. Un telégrafo sin hilos siempre es otra cosa que uno con cable. Es mas avanzado. ¡Arre!
   Entre el ruido de las ruedas llegó hasta nosotros algo así como un tenue grito. No era el silbar del viento ni un gemido lejano. Sonaba. algo así como:
   —Aaaeeuuueoeiiiioooieeeoooee.
   El cochero se irguió en el pescante y aguzó el oído.
   —Ahora comunican —dijo—. Parémonos y lo oiremos mejor. ¡So!
   Cuando cesó el ruido monótono del coche, se produjo un gran silencio y pudimos oír mas claramente los sonidos que parecían gritos de grullas. El hombre-poste que había más cerca de notros se llevó la mano a la oreja.
    —Enseguida llegará aquí —murmuró el cochero.
   Y efectivamente, apenas se extinguió el último "eee" oímos un grito prolongado procedente de la arboleda que acabábamos de cruzar:
   —Paadre muueerto, entiiieerrooo miércooolees.
   —Dios le tenga en su gloria —murmuró el cochero tiró de las riendas. Al poco rato penetramos en el bosque.