BESTIARIO, Ops

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OPS, Bestiario, Medusa, Madrid, 2002, 145 páginas.

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Medusa añade nueve láminas a la edición de Alfaguara. En el Prólogo (pp. 9-12) de José Hierro leemos: "Estas desasosegadoras y divertidas criaturas virtuales, endomingadas o zarrapastrosas, llevan en sus venas sangre de greguería en versión plástica".
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LÁM LX



BERRINCHES

Planta de interior, de la familia de los miocardios.
Requiere grandes atenciones y no soporta los desplantes.
Se reproduce fácilmente dándole un disgusto.

CÓMO NACIERON LAS ESTRELLAS, Clarice Lispector

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CLARICE LISPECTOR, Cómo nacieron las estrellas, Sabina, Madrid, 2009, 64 páginas.


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Estas Doce leyendas brasileñas, dedicadas a los meses del año, están ilustradas por Inés Burgos.
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ENERO


CÓMO NACIERON LAS ESTRELLAS        
        
Pues sí, todo el mundo cree que siempre han existido estrellas resplandecientes. Pero es un error. Antes los indios miraban de noche el cielo oscuro y bien oscuro que era ese cielo. Todo negro. Voy a contar la sencilla historia del nacimiento de las estrellas. Érase una vez, en el mes de enero, muchos indios. Y activos: cazaban, pescaban, guerreaban. Pero en el poblado no hacían nada: se acostaban en las hamacas y dormían roncando. ¿Y la comida? Solo las mujeres cuidaban de su preparación para que todos tuviesen que comer. Una vez ellas notaron que en el cesto faltaba maíz para moler. ¿Qué hicieron las valientes mujeres7 Lo siguiente: se internaron en la selva, sin miedo, bajo un agradable sol amarillo. Los árboles brillaban verdes y bajo ellos había sombra y agua fresca. Cuando salían de debajo de las copas encontraban el calor, bebían en el reino de las aguas de los arroyos bulliciosos. Pero siempre buscando maíz, porque el hambre era tal que les hacia comerse las hojas de los arboles. Mas solo encontraban  mazorcas mustias y sin gracia.
—Vamos a volver y traeremos con nosotras unos curumines (así llamaban a las criaturas). Las criaturas dan suerte.
Y realmente se la dieron. Las chicas y los chicos parecían adivinar las cosas: fueron recto de frente y en un claro de la selva encontraron un maizal lozano que crecía alto. Las indias maravilladas dijeron: hay que coger todas estas mazorcas. Pero los chiquillos y chiquillas también cogieron muchas y se escaparon de sus madres, volviendo al poblado y pidiendo a la abuela que les hiciera un pastel de maíz. La abuela así lo hizo y los curumines comieron tanto pastel que enseguida se acabó. Solo entonces tuvieron miedo de las madres, que iban a reñirles por haber comido tanto. Podían esconder en una cueva a la abuela y al papagayo porque los dos lo contarían todo. Pero ¿y si las madres echaban en falta a la abuela y al papagayo parlanchín? Entonces llamaron a los colibríes para que atasen una liana arriba en el cielo. Cuando las indias volvieron se asustaron al ver a sus hijos e hijas subiendo por los aires. Decidieron esas madres, nerviosas, subir tras las chicas y chicos y cortar la liana que tenían debajo.  Sucedió una cosa que solo sucede cuando la gente cree: las madres se cayeron al suelo y se transformaron en onzas (una especie de panteras que hay en América del Sur). En cuanto a los niños y niñas, como ya no podían volver a la tierra, se quedaron en el cielo hasta hoy, transformadas en grandes estrellas brillantes.
Pero, en mi opinión, debo deciros que las estrellas son algo más que curumines. Las estrellas son los ojos de Dios que vigilan para que todo vaya bien. Para siempre. Y, como se sabe, «siempre» no acaba nunca.

PIRULÍS EN LA HABANA, Enrique Jardiel Poncela

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ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Pirulís de La Habana, Biblioteca Nueva, Madrid, 2001, 160 páginas.
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Estas Lecturas para analfabetos están precedidas de una Explicación (p. 9) y un Autointerviú (pp. 11-13) que anticipan el humor sarcástico de Jardiel. Sirva como ejemplo esta respuesta a su consideración sobre el divorcio: "Me parece tan indispensable como los botones de los abrigos".
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LA COCAÍNA
        
   Parece que en Madrid se vende cocaína clandestinamente. Y parece que hay un par de docenas de cocainómanos y diez u once cocainómanas. He comprobado todo esto por mí mismo al leer algunos periódicos. Y no he podido retener, al comprobarlo, un gran suspiro de satisfacción. ¡ Oh! Realmente, ¡ya era hora!
   La venta oculta de cocaína en una ciudad y la existencia de gentes que la consumen como se consumen los pasteles de hojaldre, ensancha el ánimo, porque indica claramente que esa ciudad ha llegado a la categoría de «urbe cosmopolita». (Los novelistas psicológicos lo han afirmado varias veces.)
   Coged un pueblo, Torrejón de Ardoz, por ejemplo; poned en él dos cocainómanos —hombre y mujer— y un puesto de venta clandestina de ese alcaloide, y habréis hecho de Torrejón de Ardoz una urbe tan cosmopolita como Viena, Londres o Berlín.
   La cocaína es la base en que se asientan los paraísos artificiales, del mismo modo que los almohadones son las bases que sirven para edificarnos saloncitos turcos.
   Muy pocas personas, acaso tres o cuatro vendedores de globitos, han llegado a conocer profundamente la cocaína, y para eso estas nobles gentes la han conocido en casa del dentista, al anestesiarles para arrancarles con facilidad un par de huesos de sus mandíbulas. Pero esos ciudadanos siguen —a pesar de todo— ignorando lo que es la cocaína.
   A los cocainómanos les sucede totalmente lo contrario: saben lo que es la cocaína, viven con el pensamiento en ella; pero ninguno ha puesto jamás en contacto su organismo con el famoso alcaloide. Les ocurre exactamente igual que a los barítonos de zarzuela, que desde el escenario dicen siempre a grandes voces —y secundados por la orquesta— que ellos vuelven locos a las mujeres; y en la realidad no se acerca jamás a ellos una mujer, como no sea para ofrecerles un décimo de la Lotería o para preguntarles dónde está la calle de Leganitos.
   Pueblos más sabios que el nuestro han dado al mundo multitud de individuos que consumen la cocaína a toneladas. El ochenta por ciento de ellos muere intoxicado. Es hermoso. Es hermoso como todo cumplimiento del deber.
   A nadie se le oculta que el deber de un mozo de cuerda es llevar bultos. No debe ignorarse tampoco que el deber de un cocainómano es morir intoxicado. Los cocainómanos españoles se resisten a comprenderlo así, y de esta estúpida resistencia nace la triste realidad de que en España haya tanto imbécil y de que a las siete de la tarde, por ejemplo, estén llenos todos los cafés de Madrid. Hay demasiado público en todas partes, aunque algunos empresarios de teatro lo nieguen.
   ¿Y entonces?
   (Lo pondré en francés, que hace más bonito.)
   Et alors?...
   ¿Cómo se explica que casi ningún compatriota muera intoxicado por la cocaína y que, no obstante, la Policía descubra tanta venta clandestina de esa sustancia?
   Todo me lo ha puesto en claro un farmacéutico amigo. Me ha dicho.
   —Era preciso no hacer el ridículo a los ojos del extranjero. Todo el mundo consumía cocaína, menos España. Y ahora, al fin, se consume en grandes cantidades. La vendemos nosotros en sustitución del perborato, para limpiar los dientes.

BESTIARIO DEL CIRCO, Pepe Viyuela

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PEPE VIYUELA, Bestiario del circo, Medusa, Madrid, 2003, 229 páginas.

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En el Prólogo (pp. 9-11) Andrés Aberasturi elogia al polifacético autor: "Bendita sea tu humildad de torpe equilibrista en esta cuerda floja de la vida, porque nos enseñas que tropezarse y caer puede ser maravilloso". Hermosamente Ilustrado por Miguel Cubero.
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EL TRAPECIO
        
   El trapecio ha resultado ser hijo de Ariadna. Fue tejido con el hilo que otorga al hombre la posibilidad de escapar del laberinto de lo terreno y aproximarse a lo divino, una colosal tela repleta de ilusiones esbeltas, que dibuja en el espacio la constelación de la fantasía.
   A quien osa trepar hasta, él le brotan alas, aquellas que le permiten escapar, con precisión felina, del ansia aparentemente inexorable de la araña letal, inmensa e invisible, que pugna por tragarlos y los persigue hasta en los sueños.
   Combinación geométrica viva, sin libro ni manual que recoja el vasto cúmulo de trayectorias impensadas, pero descritas por la poesía de la magia, el riesgo y lo temerario.
   Sistema nervioso que transmite a nuestra espalda el vértigo del otro, del que se juega la vida a una pirueta, a un triple giro o a un volteo con ojos vendados.
   Fue columpio en el Olimpo, donde las divinidades acunaron su deseo de humanidad, y donde se amaron con los mortales y se engendraron los ángeles.
   Es la duda trigonométrica y latiente que se debate entre escaleno e isósceles, espejo de paralelos e hipotenusas enamoradas del ángulo recto y del agudo, de sirgas trastocadas, ahogadas en la cintura frágil de la bella trapecista, sirena que se burla del infierno en manos del portor.
   Es la cábala del aire dictando melodías a los ojos, es el éter en cuerdas enojadas y siempre en lucha con lo grave, es un ovillo ordenado de canciones contra el polvo de la muerte.

FÁBULAS, Robert Louis Stevenson

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ROBERT LOUIS STEVENSON, Fábulas, Rey Lear, Madrid, 2010, 128 páginas.

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En el Prólogo (pp, 13-15) Rodolfo Alifano señala que esta edición, traducida por Catalina Martínez Muñoz, añade dos relatos (El simio científico y El relojero) a la prologada por Borges (Editorial Universitaria, 2004).
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 EL DISTINGUIDO EXTRANJERO

   Una vez llegó a este mundo un visitante de un planeta vecino, y se encontró en el lugar de su descenso con un gran filósofo que iba a encargarse de enseñárselo todo.
   Primero cruzaron un bosque, y el extranjero se fijó en los árboles.
   —¿Quiénes son? —preguntó.
   —Son sólo vegetales. Están vivos, pero carecen de cualquier interés.
   —No sabría yo qué decirle. Parecen muy educados. ¿Nunca hablan?
   —No tienen ese don —dijo el filósofo.
   —Pues a mí me parece que los oigo cantar —dijo el otro.
   —Es sólo el viento entre el follaje —señaló el filósofo— Le explicaré la teoría de los vientos: es muy interesante.
   —Bueno —dijo el extranjero— me gustaría saber qué piensan.
   —No pueden pensar —repuso el filósofo.
   —No sabría yo qué decirle —respondió el extranjero. Posó una mano en un tronco y añadió—:
   —Me gusta esta gente.
   —No son gente —contestó el filósofo—. Sigamos.
   A continuación llegaron a un prado, donde había vacas.
   —Qué gente tan sucia —observó el extranjero.
   —No son gente —respondió el filósofo—. Y le explicó lo que era una vaca, en términos científicos que he olvidado.
   —Eso me da lo mismo —dijo el extranjero— pero ¿por qué no levantan la cabeza?
   —Porque son herbívoros —explicó el filósofo— , y vivir de la hierba, que no es un alimento muy nutritivo, requiere tanta concentración que no tienen tiempo ni de pensar, ni de hablar ni de contemplar el paisaje o asearse.
   —Bueno, supongo que es una forma de vida, aunque yo prefiero a la gente de cabezas verdes dijo el extranjero.
   Finalmente llegaron a una ciudad, llena de hombres y mujeres.
   —Qué gente tan extraña —observó el extranjero.
   —Son los habitantes de la nación más grande de este mundo —dijo el filósofo.
   —¿De verdad? —preguntó el extranjero—. No lo parecen.


CUENTOS PARA NIÑOS NO TAN BUENOS, Jacques Prévert

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JACQUES PRÉVERT, Cuentos para niños no tan buenos, Libros del Zorro Rojo, 2011, 68 páginas.

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Con una nueva traducción de Juan Gabriel López Guix y diseño de Sebastián García Schenetzer, Libros del Zorro Rojo edita de nuevo este libro publicado por Gallimard en 1963. Las ilustraciones, que ya acompañaban al texto en la edición de Alfaguara, son obra de Elsa Henríquez.
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EL JOVEN LEÓN ENJAULADO

   Un joven león crecía en cautiverio, y cuanto más crecía más gruesos se hacían los barrotes de su jaula. Al menos eso creía el joven león. En realidad, lo cambiaban de jaula mientras dormía.
   A veces, venían unos hombres y le arrojaban polvo en los ojos; en otras ocasiones, le daban con el bastón en la cabeza. Él pensaba: «Son crueles y bestias, pero podrían serlo mucho más. Han matado a mi padre, han matado a mi madre, han matado a mis hermanos... Un día, seguramente, me matarán a mí, ¿a qué esperarán?».
   Y él también esperaba. Pero no ocurría nada.
   Un buen día hay novedades. Los muchachos de la casa de fieras colocan bancos delante de la jaula, entran unos visitantes y se instalan.
   Curioso, el león los contempla...
   Los visitantes están sentados y parecen esperar algo. En ese instante llega el revisor para ver si todos tienen su entrada. Un señor pequeño se ha sentado en la primera fila, pero no tiene la suya. Entonces el revisor lo echa dándole patadas en la barriga mientras todos los demás aplauden.
   Al león le parece muy divertido y cree que los hombres se han vuelto más amables y que acuden a verlo de pasada.
   «Hace ya diez minutos que están ahí —piensa— y nadie me ha hecho daño. Es excepcional, me vienen a visitar sin más, me gustaría hacer algo por ellos.»
   Sin embargo, la puerta de la jaula se abre bruscamente y aparece un hombre gritando:
   —¡Vamos, Sultán, salta, Sultán!
   Y el león se ve embargado por una legítima inquietud porque nunca ha visto a un domador.
   El domador tiene una silla en la mano, golpea con ella los barrotes de la jaula, la cabeza del león y un poco por todas partes; una pata de la silla se rompe, el hombre tira la silla y, tras sacar del bolsillo un gran revólver, se pone a disparar al aire.
   Pero ¿qué es esto? dice el león por una vez que tengo visitas, aparece un loco, un energúmeno que entra sin llamar, rompe los muebles y dispara sobre mis invitados, ¡menuda falta de educación!
   Y, saltando entonces sobre el domador, se dispone a devorarlo, más por deseo de poner un poco de orden que por pura gula.
   Algunos espectadores se desmayan, la mayoría huye, el resto se precipita hacia la jaula y saca al domador por los pies, no se sabe muy bien por qué, pero el pánico es el pánico, ¿verdad?
   El león no comprende nada, sus invitados lo golpean con los paraguas, hay un alboroto tremendo.
   Solo un inglés permanece sentado en su rincón y repite:
   —Lo había dicho, tenía que suceder, lo dije hace diez años...
   Entonces todos los demás se vuelven contra él y gritan:
   —¿Qué dice usted? ¡Todo lo que ocurre es por su culpa, sucio extranjero! A ver, ¿ha pagado su entrada?
   Etcétera, etcétera.
   Y el ingles también recibe golpes con los paraguas.
   «¡Mal día también para él!», piensa el león.


CUENTOS PENDIENTES, Eduardo Gotthelf

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EDUARDO GOTTHELF, Cuentos pendientes, Ruedamares, Neuquén, 2007, 152 páginas.

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EL RÍO SAGRADO

   El astrólogo de la corte había calculado que cada 11.000 años, durante el solsticio de verano, el sol, la tierra y la luna volvían a la misma posición relativa en dos días consecutivos.
   «Ayer a esta hora los astros estaban en el mismo sitio, el agua corría igual y mis pensamientos eran idénticos. ¡Acabo de bañarme dos veces en el mismo río!» se dijo, lleno de gozo.
   Al salir del agua fue arrestado por un grupo de soldados extranjeros. Era la avanzada de un ejército que durante la noche había conquistado el territorio, reemplazado al rey, modificado las leyes y cambiado el nombre del río.