AVISOS, Juan Ignacio Ferreras

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JUAN IGNACIO FERRERAS, Avisos, La Biblioteca del Laberinto, Madrid, 2012, 256 páginas.
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Si tiene un final es a causa de haber tenido un principio. La pescadilla del entendimiento no se muerde nunca la cola.
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Ni con el más refinado cálculo de probabilidades, es posible prever las reacciones de un cretino.
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Pueden ser buenos, pero desgraciadamente esperan ser felices.
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El ser tonto, no tiene por qué ser fácil, quizás tenga su mérito.
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El hombre que carece de imaginación es lo más parecido a una máquina. Naturalmente este hombre funcionará mucho mejor que el imaginativo, de aquí el triunfo de los soldados, de los burócratas y de los sacerdotes.
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El horror llega cuando los supervivientes son los heridos a los que mataron mal.
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La llamada industria cultural está basada en la economía, es decir en el beneficio. La cultura en manos del Estado produce la burocratización de la cultura, y de las dos maneras la cultura tiende a desaparecer.
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Horas vacías en la vida de un hombre, son las que se llenan con la inevitable banalidad, y es inevitable porque al menos, sirve para vivir en paz con la banalidad de los demás. 

TAJOS, Rafael Courtoisie

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RAFAEL COURTOISIE, Tajos, Lengua de Trapo, Madrid, 1999, 224 páginas.

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EL VENDEDOR DE ELEFANTES

   No vende elefantes de África o Asia. Vende nubes, nubes de aire soplado en recipientes grises de polietileno, de plástico, en grandes bolsas que una vez infladas se parecen a Dumbo.
No vende otra cosa, sólo elefantes inflables, de plástico.
Los vende en las ferias vecinales, a veces monta un puesto en la avenida 8 de Octubre, pero los otros vendedores, los oficiales u oficiosos, cuando falta lugar, lo corren.
Los elefantes tienen grandes orejas. La piel gris, lisa y dormida, apariencia de ratón iluso de juguetería.
   —¡Mira, mamá, ese elefante!
   —¿Cuánto cuesta?
   —Doscientos pesos.
   —Muy caro, Raúl.
   El vendedor baja la cabeza, mira al niño entusiasmado.
   —Para usted ciento ochenta —dice.
   La mujer piensa.
   —Muy caro —responde al fin.
   El niño se pone a gritar:
   —El elefante, mami, ¡quiero el elefante!
   Se emperra, porfía, patea el piso.
   —¡Callate, Tito!
   —¡No quiero!
   —Se lo dejo por ciento sesenta, inflado y todo...
   —Está bien —concede la madre.
   Y el niño y la madre se van satisfechos con el elefante hinchado, de la mano, alegres por la selva del mundo.

AFORISMOS, Leonardo Da Jandra

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LEONARDO DA JANDRA, Aforismos, Editorial Avispero, Oaxaca, 2017, 266 páginas.

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Heriberto Yépez en Las máximas mínimas de Leonardo da Jandra (pp. 3-4) anota sobre esta entrega aforística del filósofo y literato: «los libros de Da Jandra son un subsuelo literario, alterno, excéntrico, que persistirá para quien sepa comprenderlo».
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Es absurdo seguir sosteniendo que el rigor está en la ciencia y la fluidez en el arte, que aquélla busca decididamente el orden racional de lo existente, y éste tiende a la irracionalidad y el caos. La verdadera diferencia entre el arte y la ciencia está más allá de la posible dicotomía entre lo abierto y lo cerrado. La ciencia tiene como tarea conocer y transformar el mundo profano; el arte sólo quiere sublimar la cotidianidad para acercar al hombre a lo sagrado.
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Los hombres de talento que no han amado a sus semejantes suelen ser rencorosos e intolerantes. El ejemplo más a la mano en nuestro medio sigue siendo Octavio Paz. Walser: “¿De qué le sirve a un artista el talento si le falta el amor?”
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La efebolia que han difundido los neofenicios que controlan los me dios publicitarios es un claro ejemplo de complementación de ruindades. Por un lado: la gloricación de la inmadurez; por el otro: la exigencia desmedida de novedad. Y no nos debe caber la menor duda de que el deseo desmedido de novedad es propio de principiantes.
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Hay insectos que nunca duermen y peces que no dejan de nadar; de la misma manera, en el hombre moral el espíritu no cesa de crecer por el resto de la eternidad.
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“Amor” y “gratitud”: los dos ejes de la vida plena. Un ser amoroso y agradecido tiene garantizada la felicidad. Se entiende, entonces, que los intelectuales y los artistas sean los seres más infelices de la Tierra, pues donde hay envidia, odio y egoísmo no puede crecer la felicidad. 
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Nada es más patético que el orgullo de un imbécil triunfante.
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Es difícil que en la amistad no haya envidia; tan difícil como que nos envidien los que nos desconocen.
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Los verdaderos fracasados no son los que fracasan, sino los que se niegan a aprender del fracaso.

SOBRE NADA Y OTROS ESCRITOS, Mark Strand

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MARK STRAND, Sobre nada y otros escritos, Turner, Madrid, 2015, 174 páginas.

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POESÍA NARRATIVA 


   Ayer en el supermercado oí a un hombre y a una mujer discutiendo sobre la poesía narrativa. Ella dijo: «Puede que todos esos llamados poemas narrativos no hagan más que señalar lo pobres que nos hemos vuelto, y cómo, cual utopistas sin esperanza, vivimos para el final. Muestran que nuestra vida está invalidada por las necesidades, sobre todo por la necesidad de seguir. He llegado a creer que la narrativa nace del odio a uno mismo». 
   Él dijo: «Lo que a mí me preocupa es el poema narrativo que no proporciona un marco coherente para medir el desplazamiento temporal y espacial, el poema narrativo en el que el héroe viaja, creyendo que avanza cuando en realidad está quieto, convertido en la encarnación de la poesía narrativa, su terrible engaño, la pesadilla de su propia irrealidad». 
   Quise recordarles que el poema narrativo ocupa el lugar de una narración ausente y absorbe en todo momento la ausencia del otro para poderla nombrar, a la vez que entrega su propia presentía a las soledades terribles del olvido. Quise decir que la narración ausente es aquella en la que nuestro destino está escrito. Pero se fueron antes de que yo pudiese hablar.
   Cuando llegué a casa, mi hermana me esperaba sentada en el salón. Le dije: «Verás, hermanita, se me ha ocurrido que algunos poemas narrativos se mueven tan rápidamente que no podemos seguirles el paso, por lo que su avance nos lo tenemos que imaginar. Son los que mas se parecen a la vida real y los menos reales». «Si —dijo mi hermana—, pero, ¿te has dado cuenta de que algunos poemas narrativos se mueven con tanta lentitud que nos adelantamos constantemente a ellos, imaginando lo que podrían ser?». «Sí —dije—, me he dado cuenta».
   Después me acordé de aquel verano en Roma cuando estaba convencido de que los poemas narrativos en los que la memoria desempeña un papel importante se derrotan a sí mismos. Comprendí que la memoria es un mausoleo de acontecimientos que no se sostendrían en el presente, y por ello está impregnada de lástima y su música es siempre un canto fúnebre.
   Sonó entonces el teléfono. Era mi madre, que llamaba para saber qué hacía. Le dije que estaba trabajando en un poema narrativo negativo, un poema que se niega a comenzar porque el comienzo es un sinsentido en un universo infinito, y que por esa misma razón se niega a terminar. Es, todo él, un espacio intermedio suprimido, una conjunción inagotable. «Y, mamá —le dije—, se niega a enmascarar la quietud esencial y universal, y por lo tanto limita sus observaciones a lo que nunca ocurre».
   Entonces dijo mi madre: «Tu padre me hablaba a menudo de la poesía narrativa. Decía que era una mujer con un vestido largo y que portaba flores. Era pelirroja y el pelo le caía suavemente sobre los hombros. Decía que la poesía narrativa sucedía habitualmente en primavera y que tenía que ver con un hombre. La mujer se acercaba a la casa de él, lo saludaba y dejaba caer sus flores. Por lo visto esto —añadió mamá— pretendía dar a entender la inutilidad de la poesía narrativa».
   «Pero mamá —dije—, lo que llamamos narración es simplemente la sumisión a los insufribles reclamos del predicado sobre el futuro; perpetúa su continuación, florece en otro predicado. ¡No pienses que las nociones de conclusión se fundan en nuestra añoranza de predicado estéril!» «Eso es absolutamente cierto —dijo mi madre—, no hay otra forma de concebirlo». Y colgó.

The Continuous Life, 1990, recogido en The Weather of Words, 2000.

TOTAL DE GREGUERÍAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Total de greguerías, Aguilar, Madrid, 1962, 1598 páginas.
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Este amplio volumen de greguerías incluye alrededor de trescientas ilustraciones realizadas por el propio autor.
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En la botella del bebedor se refleja todo el desengaño y la muerte.
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El reloj picotea el maíz del tiempo.
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Cuando nos tardan en servir en el restaurante nos convertimos en xilofonistas de la impaciencia.
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Hay quienes creen que al prodigar una alabanza dan un cheque por una ventanilla para cobrarlo en la de más allá.
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El reloj de bolsillo es la pastilla de jabón del tiempo.
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El robo de estrellas que hacen los poetas no se descubrirá hasta el final del mundo.
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Cuando la joven pone una flor en el ojal del joven cree que va a ser eterna.
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Vejez: tener que contar ya en las emes que se escriben, si tienen todas sus patitas.
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El teatro es como el amor: nunca se sabe si es verdad o mentira.
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Al atardecer pasa en vuelo rápido una paloma que lleva la llave con que cerrar el día.
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El reloj es una bomba de tiempo, de más o menos tiempo.
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Los buzones callejeros olfatean la calidad de las cartas que reciben y a veces aprietan los dientes para que no pase la carta. 

TIERRA FIRME DE LA FANTASÍA, Rafael Gonzalo Verdugo

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RAFAEL GONZALO VERDUGOTierra firme de la fantasía, Gonzaver, Madrid, 2004, 112 páginas.
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El arte es la verdad de la ficción que nos permite superar la ficción de la verdad.
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Cuando damos limosnas repartimos la pobreza, no la riqueza.
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Ahora que te vas para siempre, déjame que te diga una cosa, solamente una última cosa: Quédate.
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Los enfermos mentales van creciendo al ritmo demandado por la producción de psicofármacos.
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El compromiso político ha hecho que ya no se tome en serio a los intelectuales.
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Con la liberación femenina, las mujeres han perdido la vergüenza, pero no el miedo.
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Los jirones de tela que se prenden en las alambradas son las banderas de la ley del inconformismo.
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Las nubes son puntos suspensivos escritos en la página del viento.

CONTRA EL SUEÑO PROFUNDO, Peter Handke

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PETER HANDKE, Contra el sueño profundo, Nórdica, Madrid, 2017, 210 páginas.

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Cecilia Dreymüller en Me importa el método (pp. -20) dice de Handke que es uno de los pocos intelectuales «capaz de plantar cara a la arrolladora maquinaria de opiniones prefabricadas de los medios».
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SOBRE FRANZ KAFKA 

   Hubo un tiempo en el que releía los diarios de Kafka, sus cartas y también lo que sus amigos en alguna ocasión habían escrito de él, con el único fin de averiguar si había tenido granos. Las descripciones de sus amigos, el tono de escritura de sus cartas, mostraban, sin embargo, el rostro indemne de una persona volcada por entero en la observación. 
   Max Brod escribía que Kafka había sido hermoso, una figura esbelta con un rostro moreno. Yo, sin embargo, siempre me imagino que Kafka tenía acné de adolescente, protuberancias dolorosas y supurantes en la cara y el cuello, de modo que le costaba afeitarse. Forúnculos, miedo al contacto. Una vez, él incluso volvía a casa del extranjero porque tenía un forúnculo; esto es un hecho. El extranjero y los forúnculos. ¡No hay que idealizar los hechos! Pues en la realidad no idealizada Kafka era hermoso. 
   Una vez, yo quería escribir una historia en la que alguien empieza a verlo todo con ojos distintos porque tiene acné. La historia iba a llamarse «Acné». Fue hace mucho tiempo, cuando mi mundo todavía era el mundo de Kafka y mi héroe el doctor Franz Kafka. «Todos los acusados son hermosos». 
   ¡Cómo me he reconocido en la vergüenza de Kafka!; no, reconocerme no, me descubría... y luego cada vez me redescubría. Y cuan temerosa, cuan timorata me parece esa vergüenza hoy, cuan altiva.
   Tal vez por no a menudo he husmeado en los documentos, como un detective privado, para saber si Kafka no se había acostado con mujeres. La lujuria en sus historias es un poco la lujuria del sueño, por un lado en su aspecto animal, entre charcos de cerveza, bajo una mesa de taberna, pero, por otro lado, maniatado por el miedo de no ensuciar de ninguna manera la sábana limpia que después verá la madre... También era un poco el mundo de un adolescente el que describía Kafka, y, en lo relativo a la sexualidad, un mundo todavía adolescente.
   Y su buen humor nunca es un buen humor por sí solo, sino siempre el resultado de una reacción física a un prolongado dolor; como si la gravedad de la muerte se volviera tan fuerte que se invirtiera en una divina ingravidez. Este buen humor (otros dicen el «sentido del humor» de Kafka) como resultado de un dolor me resulta ajeno ahora, incluso repulsivo; y, sin embargo, cuando pienso en la última frase de El proceso: «Era como si esta vergüenza le fuera a sobrevivir», me da la sensación como si no fuese sólo una frase, sino una ACCIÓN, más grande que todas las acciones de las que hasta ahora he tenido noticia.
   Cuando pienso en Kafka y lo veo ante mí, tengo la sensación de que si sólo lo mirara con la paciencia suficiente, bajando la cabeza de vez en cuando para no atormentarle demasiado, entonces, poco a poco, él dejaría de ser la mera imagen de una víctima y se convertiría en otra cosa muy distinta, de la que nos hablaría, pero con la misma meticulosidad de antes. 
(1974)