POR SI ACASO, Ángel Gabilondo

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ÁNGEL GABILONDO, Por si acaso. Máximas y mínimas, Espasa, Madrid, 2013, 216 páginas.
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A los hechos les cuesta ser sin relatos.
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No leer es una forma de ceguera.
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Desde que tú no estás, yo, a mi modo, tampoco.
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Si las palabras son adecuadas, se oye mejor el silencio que sin ellas.
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Quienes más han sufrido tienden en principio a no recomendármelo.
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He revuelto por todos los rincones de casa en busca de una palabra tuya.
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Si alguien ya no te sorprende no es porque le conozcas, es porque te importa menos.
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La verdadera sed nunca se sacia.
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Que no nos quepa en la cabeza no nos dice nada del asunto.

CUENTOS DE LA MONTAÑA, Miguel Torga

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MIGUEL TORGA, Cuentos de la montaña, Alfaguara, Madrid, 1994, 344 páginas.
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CAVACO

   El Ronda era el hombre más pobre de Vilele. Pero le dio tal alegría saber que a Julio, su hijo, le habían dado sobresaliente en su primer examen escolar que le juró por su alma que le regalaría algo por Navidad. El muchacho oyó la promesa con desconfianza. A pesar de sus diez años, ya conocía la vida. ¡Un regalo, cuando ni siquiera tenían dinero para borona! De todos modos, y por si acaso, no dejó enfriar el asunto, y ya en diciembre, la víspera de la feria mensual del día veintitrés, se decidió a preguntarle a su padre:
   -¿Sigue pensando en ir a la Vila?
   -Sí.
   -¿Y va a traerme el regalo?
   -¡Claro!
   Se hizo un silencio. Habían cenado sopa de coles y castañas cocidas. Nada más. Hacía una noche de perros. Sobre el tejado caían cortinas de agua. Y como la casa era de piedra suelta y teja hueca y estaba llena de rendijas, el viento, que parecía el diablo, soplaba húmedo sobre la llama del candil, que se retorcía toda, y desaparecía por debajo de la puerta como un fantasma. Pero como en la lumbre estaba ardiendo corteza de castaño y su padre le había asegurado tan firmemente que cumpliría su promesa, todo parecía tener un color dorado de abundancia y bienestar.
   -¿Qué va a ser el regalo?
   -No te lo voy a decir…
   -¡Dígamelo!
   Tuvo que intervenir la madre y dar la conversación por terminada con las oraciones y la cama.
   -Infinitas gracias te sean dadas, Señor y Dios mío…
   Las palabras salían de su boca, límpidas, cálidas, solemnes. Y el chiquillo, que ya había oído esa cantinela miles de veces, y cayéndose siempre de sueño, se despabiló para intentar comprender el sentido íntimo de cada invocación.
   -A san Andrés Avelino, para que nos libre de una mala muerte…
   Padre e hijo respondían a una:
   -Padrenuestro que estás en los cielos…
   -A san Bartolomé, para que nos libre de las tentaciones del demonio, de los malos vecinos, de los momentos difíciles…
   -Padrenuestro…
   A pesar de todo, la atención del pequeño no tardó en cansarse. Al tercer misterio su voz vacilaba, y en la Salve, bóveda del solemne rito, dormía como un tronco.
   Ya iba a desplomarse sobre el banco de la cocina, cuando el amén definitivo le hizo volver a la vida. Abrió los párpados con todas sus fuerzas y consiguió dirigir la mirada hacia su padre, para hacerle una última pregunta.
   -¿De verdad que me lo va a traer? ¿De verdad?
   Pero su madre no dejó que le arrancase la confirmación deseada. Lo cogió por el brazo y, adormilado, lo levantó, lo llevó casi a rastras hasta la habitación, y poco después Julio caía en un sueño profundo, entoldado únicamente por la incertidumbre con que se había quedado dormido.
   Por la mañana, cuando se despertó, el padre ya había salido. La Vila estaba a tres leguas y la feria comenzaba temprano. Entonces se fue a atar la cabra, con una preocupación sabrosa, tibia, que le hacía detenerse morosamente en todas las encrucijadas, extasiado ante las zarzas y las piedras.
   -Muchacho, andas como atontado…
   Su madre no podía comprender lo que para él significaba recibir un regalo: extender la mano y ver en ella, en lugar del plato de sopa habitual, algo inesperado y gratuito, que representaba la irrealidad de la riqueza en la realidad de una pobreza tangible. Por eso se enfadó cuando vio que hacía ascos a la sota de maíz del desayuno y que al mediodía no comía más que una sardina.
   ¡Vaya por Dios! ¡Solo le faltaba que el crío se le pusiese enfermo!, ¡tener en casa una boquita escogida que desdeñase lo que había para comer!
   ¡Pobrecilla! Lo quería mucho… Solo que… ¡Era tan fácil de entender!
   Cuando la noche empezó a caer del lado de san Cibrão, cansado ya de vigilar el camino viejo por el que, desde que el mundo es mundo, se regresaba de la Vila, le pidió a su madre que le dejase ir a esperar a su padre. Solo hasta la Castanheira. ¡Que si no se daba cuenta de la niebla que había! ¡Que si no había oído el toque de ánimas! ¡Que fuese bueno!
   Se quedó mirando a su madre. ¡Tanto como lo quería y ahora no era capaz de entenderlo!
Se resignó. Se quedaría allí hasta que su padre asomase por la Silveirinha. Y en cuanto lo viera, ¡pies para qué os quiero! Pero, ¿qué sería el regalo? ¿Qué sería?
   La niebla, que no cubría más que el monte de san Romão cuando su madre le había hecho la advertencia, se posaba ahora espesa y húmeda sobre el pueblo. Y con ella también había llegado la noche.
   Desde la puerta solo se veía la oscuridad. Además, a la lluvia se había unido el viento y el frío para helarlo todo. Estaba tiritando y se acercó a la lumbre.
   -Padre se está atrasando…
   -En ir a la Vila y volver todavía se tarda…
   Se notaba que ella también estaba inquieta. ¿No sería que, al igual que él, estaba esperando un regalo?
   Ya era noche cerrada. Ahora estaba lloviendo a cántaros. Por las grietas de la casa el viento iba dando puñaladas traicioneras.
   -¡Ay Dios mío!
   El lamento de la madre terminó de llenar la cocina, ya inundada de humo.
   -¡Qué noche! ¡Y ese hombre por ahí!
   Se quedó mirándola con los ojos enrojecidos por la hoguera de leña verde.
   De repente, a la idea del regalo que le había acompañado alegremente durante todo el día, se unió otra, triste, imprecisa, que le daba miedo.
   -También ha ido el tío Adriano, ¿no?
   -Sí.
   Se hizo de nuevo el silencio entre ellos. Pero duró poco.
   -Cena y vete a dormir, que ya es hora…
   -¡Yo quería esperar a padre!
   -Cena y vete a dormir…
   A pesar de que su madre le obligaba no pudo tragarse la sopa ni, ya en la cama, podía quedarse dormido. La oía llorar en la oscuridad y oía cómo martilleaban en el tejado las gotas de lluvia gruesas y pesadas.
   Súbitamente oyó pasos en el huerto. ¡Por fin! ¡Era su padre! ¿Qué sería el regalo?
   El que llegaba golpeó la puerta suavemente y llamó a la madre en voz baja:
   -María…
   -¿Quién es? -preguntó la madre.
   -Soy yo, Adriano…
   Le dio un vuelco el corazón. ¿Así que el tío Adriano había regresado solo? Aguzó el oído, como un animalito asustado.
   Y así se enteró de que, en una reyerta, habían matado a su padre de una puñalada y que allí se había quedado, tirado en el suelo, junto a un cavaco que traía para él.

POEMAS EN PROSA. CONTRA EL SECRETO PROFESIONAL, César Vallejo

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CÉSAR VALLEJO, Poemas en prosa. Contra el secreto profesional, Editorial Laia, Barcelona, 1983, 268 páginas. 

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   Conozco a un hombre que dormía con sus brazos. Un día se los amputaron y quedó despierto para siempre.

LA ALEGRÍA DE LO IMPERFECTO, Javier Sánchez Menéndez

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JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ, La alegría de lo imperfecto, Trea, Gijón, 2017, 72 páginas.

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La realidad es el sueño que no puede cambiarse.
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Vivir es como naufragar, pero sin agua.
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No se puede vivir en la unidad sin haber existido en la separación.
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Para el poeta contemplar el interior es descubrir la naturaleza.
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Nunca amarga el dolor si se compone de naufragios.
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Las batallas solo se ganan con palabras de vitalidad.
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La auténtica belleza suele ser la alegría de lo imperfecto.
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Lo simple, con ética y estética, es verdadero.

HOMO POKÉMONS, Tirso Priscilo Vallecillos

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TIRSO PRISCILO VALLECILLOSHomo Pokémons. Alientos, malalientos y otras exhalaciones, Trea, Gijón, 2017, páginas.
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Nadie vende media naranja.
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En cuestión de amor me conformo con bajar mis expectativas 
hasta la cintura.
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Esa gente que cuando habla corrige en rojo.
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Polvo somos y en polvo nos convertiremos... Y si te quitas la ropa podemos ir practicando.
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Lo que escribo cuando estamos a oscuras es aquello que más me gusta que leas.
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Atraversar: pasar por la vida poéticamente.
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Envoltura de educación religiosa: La marca «Judeo-cristiana» es la que triunfa en occidente.
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Esencia de soledad: Algunas piezas humanas es lo único que se ponen para ir a la cama.
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En estos tiempos no está de moda hablar de hipocresía.
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Esa gente que insiste en que todo le salga redondo, incluso los cuadrados.

FRAGMENTOS DE UN MUNDO ACELERADO, José Óscar López

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JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ, Fragmentos de un mundo acelerado, Balduque, Cartagena, 2017, 212 páginas.
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AMBICIÓN
A Manuel Moyano

   —Todos nuestros esfuerzos son inútiles —dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa misma tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el astro se escabullía bajo una de las lindes del planeta, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo retornaban alrededor de ellos las sombras.

CUENTOS AMABLES, NOBLES Y MEMORABLES, Julio Ardiles Gray

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JULIO ARDILES GRAY, Cuentos amables, nobles y memorables, Ediciones del Cardón, San Miguel de Tucumán, 1964, 108 páginas.

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LA ESCOPETA

   Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.
   De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.
   “Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías”.
   Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.
   Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.
   “Qué extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este”.
   El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.
   Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.
   El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.
   “Me estoy volviendo muy abriboca” -se dijo mientras sacudía la cabeza.
   Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.
   -¡Esto me pasa por tonto! -gritó en voz alta.
   Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:
   “Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa”.
   Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón.
   Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.
   Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:
   -¡El Viejo…! ¡El Viejo…!
   Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:
   -¿Quién es usted…? Yo busco a Leandro…
   La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.
   -¿Qué dice, buen hombre? -dijo.
   -Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro… Esta es mi casa.
   -¿Su casa? -dijo la mujer.
   -¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández.
   La mujer hizo un gesto de extrañeza.
   -Era…-dijo sonriendo con tristeza-. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.
   -¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.
   -Sí… -asintió la mujer temerosa.
   Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.