EL VALIENTE Y LA BELLA, Ana María Shua

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ANA MARÍA SHUA, El valiente y la bella, Planeta, Buenos Aires, 2012, 152 páginas.
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SOBRE EL PRÍNCIPE FIRÚS Y LA PRINCESA DE BENGALA

   Este es un antiguo cuento persa, de la época en que volar sólo era posible por arte de magia. Y sin embargo, en el cuento aparece un caballo volador que no tiene nada de mágico, es una invención humana, un aparato comparable a un avión. Los viajeros, los mercaderes y los soldados, llevaban y traían cuentos por el mundo conocido. En todos los países de Europa, en la China, en la India, en Arabia se contaba de distintas maneras el cuento del caballo volador. En todas las versiones que yo leí, el caballo es de madera o de metal. La princesa es siempre bellísima y está encerrada. Su lujosa prisión suele ser un aposento que flota en aire por arte de magia y otras veces una torre muy alta o un palacio más lejano de lo que es posible imaginar. Un príncipe es el Héroe: monta en el caballo volador y se gana el amor de la princesa. En algunas versiones el caballo despliega sus alas. En otras, vuela llenando la tripa de aire. O como en este caso, simplemente vuela, sin que se explique cómo lo hace. Curiosamente, el inventor de semejante prodigio es un sabio feo, insignificante, en ocasiones malvado, que entregaría con gusto la facultad de inventar caballos voladores a cambio de ser hermoso y valiente, a cambio de ser el príncipe, a cambio de lograr el imposible amor de la princesa.
   Siempre pensé que eso mismo debía pasarle al autor del cuento.

FRAGMENTOS TIBIOS, Pablo Miravet

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PABLO MIRAVET, Fragmentos tibios, La Bolsa de Pipas, Palma de Mallorca, 2002, 140 páginas.

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Incluso si no hacemos nada, debemos hacer las cosas con dignidad.
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Quienes mandan son despreciables básicamente porque no se toman un instante para respirar, porque no descansan nunca.
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Por una utopía de seres dubitativos. Por una revolución del quizás.
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Imposible cuantificar la perversidad contenida en un murmullo de aprobación.
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Es un alivio -o, por mejor decir, un consuelo- pensar que uno no conocerá jamás a cientos, a miles, a millones de personas.
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¿Podríamos soportar ser aceptados en todas partes?
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Uno, claro, escribe lo que ha leído, pero de otra manera.
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Todos, aunque sólo haya sido un instante, nos hemos sentido coronados.
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En cuanto se baja la guardia, el mundo parece menos malo.

AL PIE DE LA LETRA, Atilano Sevillano

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ATILANO SEVILLANO, Al pie de la letra: microrrelatos de la A a la Z, Piediciones, Zamora, 2017, 152 páginas.

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PARTE MÉDICO

   La paciente presenta secuelas de haber sido atropellada por un unicornio. Tiene las pupilas dilatadas de color azul intenso y el corazón puro. Se aprecian claras señales de amor a la belleza y ganas de soñar.

BABEL DE UN HOMBRE Y OTROS RELATOS, Javier Montiel

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JAVIER MONTIEL, Babel de un hombre y otros relatos, Maclein y Parker, Sevilla, 2017, 110 páginas.

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EL REPOSO DE LAS HOJAS

   Debemos ser al menos cien, quizás más. Esperamos para entrar en un sitio donde he escuchado que pasan buena música, donde conviven seres de todas las especies, de todas las edades. En la calle, junto a las paredes de las casas vecinas, todos juntos formamos una cadena humana ridícula, de eslabones desprendidos y brazos que elevan relojes o celulares y se dejan acompañar por gestos de hastío y comentarios de cómo administrar mejor estos establecimientos.
    Estamos todos muy pegados, tratando de ser solidarios con los que están más al fondo para que no deban doblar la esquina y puedan así perderse de ver el momento tan esperado en que aquellos dos rinocerontes de trajes hechos a medida –a medida de alguien más chico- abran por fin el cordón y podamos entrar.
   Los perros callejeros nos son completamente indiferentes. Cada tanto veo una hoja seca desprenderse de la rama de la que se sostenía tan precaria y austera. La veo navegar por el aire unos instantes hasta tocar por primera vez en toda su existencia, un piso que no es ni de tierra, ni con pastos que le acaricie al rozarlo, no es una superficie húmeda y serena que albergue insectos atraídos por ella. Lo que le espera es el frío negro del asfalto, la carcomida acera del desaliento, los ríos oscuros que rodean nuestras cajas. Y pienso: más le hubiese valido el suicidio que un desprendimiento natural, al menos esta mierda de perro sobre la que reposa ahora tendría más sentido.
   Me acerco al final de ese pensamiento -sintiendo con congoja que aquella hoja merecía ese minuto de silencio, ese pensar lacónico- cuando el tipo que tengo delante hace el amague de dar un paso hacia atrás, para evitar ser golpeado por una chica, y roza la punta de mi zapato que corro inmediatamente para que no lo pise y pueda perder el equilibrio. Sería lamentable que cayera sobre aquella hoja.
   Al mover mi pie, no pude evitar golpear la punta del pie de la chica que está detrás de mí. Pegó un gritito -exagerado si me preguntan- y movió también su extremidad. Golpeó sin querer el tobillo de una anciana que se encontraba agachada detrás de ella hurgando en una bolsa de supermercado, seguramente buscando un tentempié que engañara la madeja de entrañas que escondía bajo la piel de su barriga. Con el golpe se irguió de pronto, pegándole en el mentón al chico de detrás, que sintió inmediatamente como se aflojaba uno de sus incisivos inferiores. Quiso tomarlo antes de que se desprendiera y al levantar la mano, le enterró el codo en el ojo a una niña que acompañaba al borracho de su padre en la fila. El grito de la niña fue muy superior al de la chica que esta inmediatamente detrás de mí. Tal fue la agudeza e intensidad del aire pasando por su garganta que su padre fue arrancado del estado de letargo alcohólico en el que se encontraba, se dio media vuelta, y bajó de una piña a un muchacho todo vestido de negro, con el pelo llovido sobre los ojos y el celular en la mano. Con la vista clavada en la pantalla, no fue capaz de ver que aquel puño traía consigo toda la carga de una paternidad fracasada que intentaba redimirse en aquel heroico acto donde su niña fuese vengada. Sus pelos quedaron unos instantes apuntando hacia el mismo lado que el puño bañado en saliva. Cayó finalmente al piso y el celular voló hacia los pies de una señora ciega, que comenzó a zapatear, histérica, pensando que una rata quería subirse por la red de sus medias. El zapateo cesó cuando uno de los tacones quedó enganchado entre una baldosa floja y otra más tozuda, cayendo de lleno en un grupo de jóvenes asiáticas que tenía detrás y que como efecto dominó, acabó derribando la fila entera, incluso allá, dando vuelta la esquina y tres cuadras más allá.
   Los rinocerontes finalmente abrieron el cordón –y mientras lo hacían las mangas del traje llegaban a sus codos-. Conseguimos entrar cinco personas, pero una voz en off nos indicaba que el espectáculo se cancelaría por falta de concurrencia y que a ninguno de nosotros se nos devolvería el dinero. 

EL ARTE DE EMOCIONARTE, Cristina Núñez Pereira & Rafael R. Valcárcel

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CRISTINA NÚÑEZ PEREIRA & RAFAEL R. VALCÁRCEL, El arte de emocionarte, Nube de tinta, Barcelona, 2016, 144 páginas.

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Ilustrado por Luciano Lozano y Albert Arrayás, este libro de Cristina Núñez Pedreira y Rafael R. Valcárcel subtitulado Explora tus emociones acerca a un público mediante aforismos, sopas de letras, anécdotas y recomendaciones cinematográficas, el estudio de las emociones desde la A de aburrimiento, amor o asco, a la V de vergüenza.
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Las palabras simpatía y EMPATÍA son sospechosamente parecidas. Pero no conviene confundirlas. La primera designa una inclinación afectuosa hacia alguien, y suele ser recíproca. Alguien nos resulta simpático quizá porque sentimos lo mismo ante los mismos estímulos (compartimos gustos o inquietudes, puede que miedos...). La segunda señala la capacidad de identificarnos con la otra persona e intuir lo que siente, aunque nosotros en esa misma situación reaccionemos de manera distinta. Así, probablemente a un piloto de aeronaves le resultarán simpáticos otros pilotos o paracaidistas. Pero será la empatía la que lo conecte con alguien que tiene miedo a volar.


Cambio de agonías como de vestidos.
No le pregunto al herido cómo se siente,
me convierto en el herido.
Sus llagas se hacen lívidas en mi carne,
mientras lo observo, apoyado en mi bastón.

WALT WHITMAN, Canto a mí mismo


VIVIR TAMBIÉN EN LA FICCIÓN

Al leer un cuento o una novela o al ver una película o una obra de teatro, ocurre un fenómeno mágico:
dejamos de existir. Sí; olvidamos nuestra identidad para vestirnos con los ropajes de la historia. Es decir, nos fundimos con lo que sucede en la ficción, experimentamos (sin darnos ya cuenta de si estamos tumbados o sentados, cómodos o incómodos) el denso abanico de emociones que se plasma en ella. La «vivimos». Es una suerte de empatía que nos permite conocer otras vidas y explorar sentimientos que, quizá, no forman parte de nuestro catálogo emocional cotidiano.



HISTORIAS INSPIRADORAS



En la película ¿Dónde está la casa de mi amigo? (Abbas Kiarostami, 1987), Ahmed, movido por la empatía, hace un gran recorrido para devolverle a su amigo Mohamed un cuaderno de ejercicios.


LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR Y OTROS RELATOS, Jone Miren Asteinza

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JONE MIREN ASTEINZA, La escritora y el enterrador y otros relatos, Bubok, 2012, 92 páginas.
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LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR


   Era una mujer callada, de aspecto más bien triste. Casi nunca sonreía, no tenía amigas ni nadie con quien compartir sus sueños; sus alegrías habitando en el fondo de un pozo sin fondo, sus letras sobre el papel y solo durante el día. Escribía y escribía sin parar, casi sin levantar la cabeza del pliego de papel. De vez en cuando miraba sus manos y la escritura cesaba, y con aspecto resignado, cerraba los ojos y vagaba por esos mundos que solo existían en su imaginación, mundos perdidos repletos de letras gritando por salir a la luz, una duda en el aire buscando solución cada día, planes a dejando paso al plan b respectivo. Sueños y anhelos que se negaban a morir, ideas que golpeaban sin piedad para no caer en el olvido, palabras buscando un verbo, adjetivos buscando sujetos, angustias luchando por ganar terreno, ilusiones perdidas buscando una escribiente que les permitiera volver a vivir, volver a existir, volver a vibrar y volver a sentir. Casi a medianoche, el enterrador abre la puerta y entra en su casa. Ha sido un día agotador pero como todas las noches, va directamente al escritorio de su mujer, allí están los pliegos de papel repletos de letras, letras que han nacido del silencio, letras que no verán la luz, letras que mañana volverán a ser escritas tal vez con tinta roja o tal vez con tinta azul. Mira los pliegos con ternura, acaricia lo escrito con emoción, llora y se quita de un manotazo las lágrimas derramadas, abre el armario de la entrada, saca su pala y va al jardín, allí, como todas las noches, no sólo entierra sus letras, también entierra las emociones, las ilusiones, los sueños y el porvenir. Su mujer observa desde la ventana del dormitorio. Su rostro no está triste, ahora sonríe con dulzura, ahora comprende, ahora ve la luz, ahora sabe que mañana tiene que seguir escribiendo, tiene que seguir viviendo con sus letras el día a día, letras que de noche su marido entierra. 

CICATRICES, Esther Seligson

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ESTHER SELIGSON, Cicatrices, Páramo Ediciones, México D.F., 2009.

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Tiempos de incertidumbre y destrucción: pan nuestro de cada día por el que no es preciso rezar.
Tampoco por las cicatrices que omitimos maquillar.
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El amor no tiene sexo, no tiene edad, no tiene hora.
El amor no existe. Sin embargo, el Amor estaña todas las cicatrices.
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No espero el apoyo de un báculo dorado; mucho menos una primavera eterna.
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Soy irreverente, más por candor que por mala leche, pues cuando me da por la mala leche me vuelvo implacable iconoclasta.
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El melancólico repasa sus cicatrices como el piadoso las cuentas de su rosario.
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Tendemos a concluir demasiado naturalmente que la cicatriz es el resultado de una herida, que ésta ha de resolverse en aquella y sanseacabó.
Y no hay razón objetiva para que suceda de otra manera.
Para la memoria, sin embargo, la cicatriz es apenas la herida de la herida herida, una eterna fisura de la realidad absoluta de cada quien…
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En relación a los afectos en general, y al amor en particular, aún albergo una duda: ¿por qué si soy un ser de absolutos siempre termino por aceptar migajas?
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El suicida nos confronta con lo irreversible. La muerte, con lo irremediable. En el primer caso se puede argumentar y jugar con las "otras" posibilidades. En el segundo, no hay ajedrez que valga.