A LA CARTA, María Teresa Morales

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MARÍA TERESA MORALES, A la carta, Sherezade, Santiago de Chile, 2014, 90 páginas.

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LABERINTO

   La joven pareja entró al laberinto. Se amaban hasta la muerte y debian enfrentar esta prueba: entrar y salir juntos del laberinto. Al ingreso se separaron, tomó cada uno su propio rumbo con la esperanza de encontrarse al final. Se adivinaban con las manos en los muros, se sentían cerca y lejos a la vez, se escuchaban respirar uno muy cerca del otro, pero sus cuerpos estaban separados. 
   Así pasó un mes, dos meses, años, hasta que finalmente salieron del laberinto con el cabello canoso y la piel arrugada, pero con el mismo intacto amor de los comienzos. 

REINAS DE LOS MARES, Jane Yolen

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JANE YOLAN, Reinas de los mares, Oniro, Barcelona, 2009, 104 páginas.

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En el artículo 3 del pirata Bartholomew Roberts se leía: cualuiqe marinero que «lleve a bordo a una mujer disfrazadad e hombre será ejecutado». Y a pesar de ello, por este libro ilustrado por Christine Joy Pratt surcan las historias de Las mujeres piratas alrededor del mundo: desde Artemisa (500 a.c.) a Madame Ching (s. XIX).  
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RACHEL WALL

Estados Unidos de América: a fines del siglo XVIII

   Rachel Wall nació en 1760 en Carlisle, Pensilvania, y creció en una próspera granja. Recibió una rígida educación en la que la obligaban a recitar oraciones diarias y escuchar lecturas bíblicas el sabath. Rachel acabó odiando este régi­men tan estricto y al llegar a la adolescencia huyó de casa. Aunque regresó a ella, volvió a fugarse, en esta ocasión con George Wall, un marinero.
   Durante los primeros años de matrimonio Rachel tra­bajó de criada en el barrio de Beacon Hill de Boston y su marido George, de pescador. Pero durante la Revolución americana George sirvió a bordo de un corsario. De pron­to los Wall vieron la piratería como un medio de progre­sar en el mundo.
   Robaron un balandro en Essex y zarparon hacia la isla Appledore, donde tramaron un plan. Consistía en rasgar las velas del barco e izar la señal de soco­rro después de una tormenta es­tival. Rachel se quedaba planta­da en la borda, gritando, hasta que pasaba un barco por el lugar y se detenía para ayudarla. En cuanto los rescatadores subían a bordo, George y la tripulación com­puesta de cinco piratas los asesi­naban.
   De 1781 a 1782 los Wall reu­nieron seis mil dólares en metálico —una enorme suma en aquellos tiempos— e incluso más aún con los cargamentos captura­dos, que vendían en Boston y Portsmouth. En total mataron a veinticuatro hombres. Las autoridades creían que los barcos pirateados se habían hundido durante las tormentas que azotaban la Costa.
   Lo más curioso es que George murió ahogado durante un huracán y Rachel volvió para trabajar de sirvienta en Bea­con Hill. Pero como aquella vida le parecía demasiado tran­quila y muy mal pagada, volvió a las andadas, trepando sigi­losamente a las naves ancladas en el puerto de Boston y robando a los marineros mientras dormían. Pero la capturaron y juzgaron no sólo por los robos sino también por un ase­sinato cometido a bordo. En la cárcel confesó todas las fe­chorías de su vida como pirata. La enviaron al cadalso en Boston Common el 8 de octubre de 1789; fue la última mu­jer a la que ahorcarían.

EL CUBILETE DE DADOS, Max Jacob

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MAX JACOB, El cubilete de dados, Losada, Madrid, 2006, 270 páginas.

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En 1924 la madrileña Editorial América publicó esta traducción de Guillermo de Torre. En el Prólogo del traductor (pp. 13-34) que firma en 1970 subraya el intento de Jacob de «renovar un género tan ambiguo como el poema en prosa»; por ello, señala: «la singularidad de los dados de su cubilete estribe en que los puntos blancos de los cuadriláteros aparecen cambiados; en que lo poético se haga prosaico, sin que lo contrario suceda siempre, y el efecto resulte ambivalente».
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Un incendio es una rosa sobre la cola desplegada de un pavo real.
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El sol está hecho de puntillas.
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Antes del alba un perro ladra y los ángeles comienzan a cuchichear.
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Un lienzo de cielo azul, un poco de humo como un plumón de un cisne: los ángeles que viajan.
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POEMA DE LA LUNA

Sobre la noche hay tres hongos que son la luna. Con la misma brusquedad con que canta el cuco de un reloj, así cambian de lugar a medianoche todos los meses. En el jardín hay flores raras que son cien hombrecillos acostados, son los reflejos de un espejo. En mi cámara oscura hay una devanadera luminosa que gira, después dos... de los aerostatos fosforescentes, son los reflejos de un espejo. Hay en mi cabeza una abeja que habla.

GREGUERÍAS ONDULADAS, Ramón Gómez de la Serna

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RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA, Greguerías onduladas, Renacimiento, Sevilla, 2012, 140 páginas.

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Nigel Dennis prologa y reúne una colección de greguerías de temática radiofónica que Ramón Gómez de la Serna escribió para Unión Radio Madrid y que, aparte de su lectura en la radio y  la publicación en la revista Ondas, habían permanecido inéditas hasta esta edición.

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Los cipreses son las antenas del reino vegetal.
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Hay conferenciantes que parecen haber comido polvorones antes de comenzar la emisión.
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Si la metempsicosis fuese verdadera, los radioyentes se convertirían en pájaros y se pondrían a oír con las antenas.
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Cuando tocan el xilofón es como si tocasen la dentadura a las ondas.
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En el futuro se emitirán ondas de buen sueño. Es decir, que estando dormidos recibimos pautas de ilusión, verdaderas guías eléctricas para la videncia nerviosa.
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El piano de las ondas es como un piano submarino, el piano que teclea en una habitación llena de agua.
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Me he asomado muchas veces a la mirilla de las emisoras y confieso que no se ve nada; noche absoluta; camino sin faroles; sombra llena de oídos.
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Los esquemas de los aparatos de construir son como planos para las casas de las ondas y esos muelles lineales que a veces los interrumpen, parecen indicar el sitio de los divanes.
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Hay mucha música de Radio que viene de la gruta desconocida.

PRISMÁTICOS, Javier Bozalongo

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JAVIER BOZALONGO, Prismáticos, Trea, Gijón, 2017, 58 páginas.


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En la cuarta de las secciones que componen el libro, Gotas de tinta (pp. 45-54) Bozalongo, en su recorrido por el alfabeto, reflexiona, muchas veces hallando ocurrentes greguerías, sobre veintiséis palabras. En las secciones anteriores, todas las secuencias están felizmente precedidas de título. Un pequeño gran libro en el que se desdibujan las fronteras entre el poema breve y el aforismo, con el que el lector podrá aprender a [re]contemplar la vida.
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(ABRACADABRA)

Cuando apagas la luz desaparece el mundo.
Cuando cierras los ojos desapareces tú.
Nunca dejes de asombrarte al abrirlos de nuevo.

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(PATERNIDAD)
 
Lo peor que le puede pasar a un padre es que acaben adoptándolo sus propios hijos.
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(CELOS)

La fidelidad no puede ser nunca una estrategia, sino una consecuencia.
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(LUZ)

El que apaga la luz es un afortunado porque no siempre vivió a oscuras.
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N
—no: qué difícil, a veces, pronunciar palabra tan minúscula.

LA VACA, Augusto Monterroso

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AUGUSTO MONTERROSO, La vaca, Alfaguara, Madrid, 1999,  152 páginas.

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Se pasean por estos veinte breves estudios Tomas Moro, Erasmo, Onetti o Tolstoi.
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LOS FANTASMAS DE RULFO

   Juan Rulfo nace, al parecer, en Sayula, estado de Jalisco, al parecer en 1918, y entra en la literatura fantástica por un camino propio y singular. En México no hay hombres-lobo, ni seres reconstruidos en una mesa de operacio­nes, ni vampiros. Pero abundan los fantasmas que se pasean en los cementerios y en las calles de los pueblos perdidos por la miseria, o por la violencia de la Revolución de 1910. Y hay un fantasma que recorre la obra entera de Rulfo en forma de viento, polvo, desolación y tristeza. Si la atmósfera de que hablan los re­tóricos es un elemento fundamental en las na­rraciones fantásticas, las atmósferas creadas por Rulfo son tales que en ocasiones bastan para producir más de un estremecimiento, querá­moslo o no.
   Curiosamente, cuando hice en México una especie de encuesta entre conocedores del género fantástico, varios de ellos opusieron fuer­te resistencia a considerar fantástica esta litera­tura de Rulfo, sustentada en seres no venidos del más allá, sino en pobres almas no desprendidas aún del todo de su condición terrena, tumbas a medio cerrar e insinuaciones de muerte en ca­da página. Tal vez su argumento en contra se basara, una vez más, en que en México las cosas «son así». Y bueno, cada quien tiene los fantas­mas que puede. En cuanto a los de Rulfo, di­fieren ciertamente de los norteamericanos o los europeos en que, en su humildad, no tratan de asustarnos sino tan sólo de que les ayudemos con alguna oración a encontrar el descanso eter­no. Sobra decir que son fantasmas muy pobres, como el campo en que se mueven; muy cató­licos y, sobre todo, resignados de antemano a que no les demos ni siquiera eso. En pocas pa­labras, lo que ocurre con los fantasmas de Rulfo es que son fantasmas de verdad. ¿Significa eso que les neguemos también este último derecho, el derecho de pertenecer al glorioso mundo de la literatura fantástica? Sucede asimismo que ha­ce años se creyó equivocadamente que Rulfo era realista cuando en realidad era fantástico, y nuestra buena crítica estaba convencida de que lo fantástico sólo se hallaba en las vueltas de tuer­ca de Henry James o en los corazones revelado­res de Edgar Allan Poe. Entonces se planteaba también la dicotomía campo-ciudad como el ámbito o los ámbitos posibles de la narrativa mexicana, y en algunos sectores había como la necesidad de escoger tajantemente la ciudad en oposición a los problemas del campo, demasia­do usados ya: la ciudad o nada. Rulfo resistió he­roicamente esa demanda absurda y, para bien, se dedicó a escribir lo suyo.

LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO, Marco Aurelio Chavezmaya

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MARCO AURELIO CHAVEZMAYA, La expulsión del paraíso, Ficticia, México D.F., 2011, 120 páginas.

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AGOSTO

   En febrero las polvaredas nos obligaban a jugar dentro de la casa y en el tapanco. En los aguaceros de mayo la abuela nos obligaba a los nietos a caer de hinojos en la sala, frente a la Virgen de Guadalupe, y nos ponía a rezar para que no cayera la “cola”, que era un cielo negro, cargado de granizo y de truenos y de miedo. Eso sí, terminada la tormenta, corríamos a una barranca cercana a lanzar barquitos de papel.
   De manera que, comparado con los anteriores, agosto era sin duda el mejor periodo del año, no sólo porque eran las vacaciones de la escuela, sino porque la verde y luminosa milpa de la abuela, detrás de la casa, se convertía en la tierra del nunca jamás, la tierra prometida, el país de las maravillas, el mejor escondite para perderse de los padres, el sagrado suelo de los deseos y la ansiedad. 
    Y lo más bello de agosto y de las vacaciones era mi prima Verónica, un caramelo terso y jugoso, de trenzas limpias y unos vestidos ampones y almidonados. Tenía un año menos que yo, y lo más importante de esta circunstancia era que Verónica me obedecía cuando la jalaba de la mano rumbo a la milpa de la abuela. El maíz no había alcanzado su verde madurez, pero su altura era suficiente para ocultarnos tan pronto cruzábamos el umbral del primer surco.
   En la milpa siempre era domingo. Y los rayos del sol no alcanzaban a penetrar nuestro refugio, formado por plantas de maíz y guías de calabaza. En el centro del escondite yo había desyerbado y formado un redondel de tierra fresca y lisa donde Verónica se tendía con las piernas apretadas y las manos cubriéndole el frente del vestido. Mi prima jugaba a negarse y no quería enseñarme la panochita, y yo jugaba a reclamarle y le decía: “Ándale cómo eres, entonces para qué viniste”, pero ella, retozona, decía: “no y no hasta que atrapes un camaleón”, lo que a fin de cuentas me parecía un sacrificio razonable, pues a cambio de arriesgar la palma de la mano sobre las jurásicas espinas del pavoroso animal, recibía de ella la recompensa de subirle el vestidito ampón y luego bajarle sus calzones satinados y repletos de los consabidos olanes para descubrir allí, quieta e inocente, su rajita sonrosada y húmeda que casi me decía: “Ven y bésame los pétalos en flor”.
   Y yo, enternecido, febril, bajaba y la besaba. Un rato más tarde le pedía a Verónica que me tocara el miembro y lo besara. Ella se negaba al principio, jugaba a negarse, pero yo entonces jugaba a obligarla. Verónica simulaba bajar la cabeza a la fuerza. sus mejillas ardían al rozar mis muslos. La quemadura era mutua, correspondida. El camaleón, absorto, no atinaba a correr, y se quedaba quieto, con los ojillos cerrados, en el lindero del surco, bajo la penumbra de agosto.