EL PEZ VOLADOR, Hipólito G. Navarro

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HIPÓLITO G. NAVARRO, El pez volador, Páginas de Espuma, Madrid, 2016 (2008), 184 páginas.

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Javier Sáez de Ibarra cumple lo prometido en El vuelo del pez. Una introducción a los cuentos de Hipólito G. Navarro (pp. 9-24). El lector obtiene una idea cabal de la singularidad narrativa del siempre lúdico y profundo narrador onubense. Sus narraciones —dice Ibarra— se sostienen «en una tensión que exige al lector una atención máxima, ya que un nombre, un adjetivo, la construcción de una frase o una referencia dicha como de pasada pueden resultar decisivos. Su prosa rigurosa ha de leerse con el mismo rigor con que se escribió».
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PENÚLTIMO APRENDIZAJE

   Sergio es el primero que lo sabe: quienes flotan en las piscinas como los gatos de escayola hacen siempre un buen papelón en el chalé de los amigos. Por si fuera poca certeza, sabe además que todo el brillo de su charla de sobremesa termina por apagarse apenas se quita la ropa, cuando aparece fantasmal una figura no clasificada aún en las categorías más comunes o estandarizadas. Ni atlético ni pícnico, ni asténico siquiera, del conjunto de músculos y huesos de Sergio podría decirse acaso que posee una belleza cubista, para emplear ese socorrido adjetivo que aplicado a la anatomía de un individuo la sitúa siempre más o menos por los alrededores de Avignon.
   Soporta Sergio las risitas como puede, acostumbrado a ellas desde niño, sabiendo que lo peor está todavía por llegar.
   -¿No te bañas? -preguntan a coro los amigos.
   -Sí, un poco más tarde; es que estoy aún en digestión -argumenta Sergio, dándole nerviosas vueltas a la perolilla imaginaria de un reloj digital water resistant.
   -¡En digestión!... Hemos comido todos a la vez, y luego no has parado de hablar en las tres últimas horas, por si no lo sabes.
   Admira Sergio la manera de establecer contacto con lo húmedo que tienen los amigos, saltando al centro de la piscina sin pensarlo, como cuchillos que se hundieran en un flan. Mientras, él va entrando poco a poco, peldaño a peldaño, por una escalerilla de tubos que resbalan peligrosamente, y se detiene cuando el agua llega a la altura de sus partes contratantes, peleadas desde siempre con toda clase de frialdad. Así, desde ese nivel, puede comprobar cómo algunos cubren quince envidiables largos sin respirar apenas.
   -Venga, hombre, que está buenísima.
   Al final no tiene más remedio que penetrar. Una penetración entre comillas, obviamente. El primer baño de Sergio se reduce a darle una ridícula vuelta a la piscina, bien agarrado al borde, mientras sus amigos ríen y lo martirizan con la broma sempiterna de todos los veranos:
   -Lo ibas a tener muy crudo tú, de cartero en Venecia.
   Esa mofa repetida desencadena no obstante, de manera inevitable, muchos y muy variados comentarios viajeros, peregrinos, que desvían la atención de los amigos. Su torpeza, le parece a Sergio, pasa entonces más inadvertida.
   Se va soltando poco a poco, con la misma lentitud con que el agua parece adquirir la consistencia de un caldo.
   Ellos salen sin apenas una arruga, y Sergio acepta como cada verano el reto de quedarse solo para practicar un poco más donde no cubre.
   Cafés. Infusiones.
   Cuando llega el fin de la tarde, con los whiskies y el colofón de la puesta de sol sobre los árboles frutales, todavía una bonita e intensa ensoñación los embarga a todos. En ella intervienen canales, palacios y góndolas en diferentes proporciones.
   Sergio flota ahora mansamente y en silencio sobre el agua, desaparecido por completo el exceso de prudencia que agarrotó a sus músculos durante las primeras horas. Un pájaro negro y enorme, planeando con las alas extendidas, cruza muy despacio por el cielo. Durante una fracción de segundo, Sergio en la piscina ha sido su exacto reflejo sobre el agua.

CLUB COLUMBIA, Daniel Higiénico

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DANIEL HIGIÉNICO, Club Columbia. 50 microthrillers, 2015, 108 páginas.

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DOS CUERPOS DESNUDOS

   Lo perseguí cuatro manzanas antes de que se encontrara con ella. Me acerqué todo lo posible sin que me viera y observé su traje nuevo, ese traje nuevo que se compró para lucirlo con Mary, mi mujer.
   Estaba decidido. Aquella sería la noche.
   Los encontré follando en la habitación de un motel.
   Se asustaron mucho cuando abrí la puerta de una patada. Estaba excitado. Pero antes de disparar, miré el escenario. Dos cuerpos desnudos sobre una cama cutre. Ella, a cuatropatas. Él, a punto de penetrarla.
   Mary gritó que me calmara, que no cometiera una locura. Y en ese momento me di cuenta de que aquella infidelidad me daba igual, que en realidad no soportaba a mi esposa.
Eché la foto... y me fui a casa.

DIARIO DE VIDA DE UN FUNCIONARIO PÚBLICO A HONORARIOS, Pedro Guillermo Jara

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PEDRO GUILLERMO JARA, Diario de vida de un funcionario público a honorarios, Serifa Ediciones, Valdivia, 2016.

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EL ESPACIO SAGRADO

   Con mi colega compartimos un rectángulo de 7 metros cuadrados. Nuestros escritorios y cuerpos se rozan institucionalmente. Mientras escribo escucho cómo fluye dulcemente la menstruación de mi colega. Ella seguramente escucha cómo se reproducen mis espermas con su sonido de tuercas. En algunas oportunidades nuestros cuerpos se encuentran en el roce: rozo sus senos, erectos, firmes, enhiestos; rozo sus nalgas redondas, adivino el color de su calzón. Me excito institucionalmente. Y ella roza mis muslos, mi pene y se excita institucionalmente. Nuestros labios flotan como mariposas en esta danza. Pero no decimos nada, apenas “disculpa” y nuestros viajes se entrecruzan dentro de este rectángulo de 7 metros cuadrados, con papeles y timbres en nuestras manos.

100 COSAS QUE TIENES QUE SABER DE LA ÓPERA, David Puertas Esteve & Jaume Radrigales Babí

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DAVID PUERTAS ESTEVE & JAUME RADRIGALES BABÍ, 100 cosas que tienes que saber de la ópera, Lectio Ediciones, Barcelona, 2016, 232 páginas.

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En la Obertura (pp. 11-12) a este libro subtitulado Mitos y leyendas del espectáculo más grande de todos los tiempos, Puertas y Radrigales advierten: esta lectura no puede distraer de «lo que realmente importa: ¡ir a la ópera!» 
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Y LA ZARZUELA... ¿QUE?


   A parte de cuatro títulos mal contados, la ópera española no ha triunfado. Sí que lo han hecho, en cambio, óperas sobre temas españoles o ambientadas en España, como algunas de las más conocidas de la historia: Carmen de Bizet, El barbero de Sevilla de Rossini, Fidelio de Beethoven o Don Giovani de Mozart. Pero los compositores españoles se han dedicado a un género lírico más popular, la opereta autóctona, denominada zarzuela. Y no es que en España no guste la ópera: de hecho, siempre ha gustado... ¡y mucho! Primero nos gustó la ópera italiana y nuestros reyes y nobles importaban artistas de aquellas tierras, incluidos los compositores. Los Borbones llegaron a fichar a Farinelli, il castrato más famoso de todos los tiempos, y lo tuvieron viviendo en Madrid más de veinte años. Ya a finales del siglo XIX nos cogió por el wagnerismo y no había nada mejor que una buena dosis de ópera de Wagner para pasar la tarde. Pero de las óperas escritas por los compositores locales... nada de nada. Es sintomático que La vida breve (1913), una ópera escrita por Manuel de Falla, el compositor español más reconocido a nivel internacional. se tuviera que estrenar en París traducida al francés, a pesar de haber sido galardonada con el primer premio del concurso de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid.
   Dicen que el nombre del Palacio de la Zarzuela de Madrid viene dado por la cantidad de “zarzas” que había en aquel paraje. Y también dicen que, como a los reyes que lo ocupaban en el siglo XVII les gustaba mucho distraerse con obras de teatro musical, las compañías iban al palacio a representarlas para ellos y su corte. Por eso aquellas obras de teatro musical, medio cantadas y medio habladas, empezaron a ser denominadas zarzuelas.
   Uno de los primeros autores dramáticos que puso su talento al servicio de la zarzuela fue Pedro Calderón de la Barca, que, en la segunda mitad del siglo XVII, ya había escrito una buena colección. Los aristócratas preferían las zarzuelas de temática mitológica o legendaria, pero este género había nacido para estar al servicio del pueblo y las zarzuelas de tema popular pronto fueron las de más éxito. Entre los años 1670 y 1700, la zarzuela disfrutó de un período de esplendor que hizo que las representaciones de zarzuelas se exportaran fuera de Madrid y se hicieran representaciones en Valencia, Zaragoza o Barcelona. La llegada de Felipe V, sin embargo, hizo entrar en crisis la zarzuela. El rey llegaba con una cultura muy italianizada —con Farinelli como estrella invitada— y para la zarzuela fue un golpe terrible.
   Después de este período de crisis en el que la zarzuela luchó en desigual batalla con la ópera italiana, el castizo género madrileño renació a mediados del siglo XIX y su brillo se extendió hasta muy entrado el siglo XX. Autores como Asenjo Barbieri, Pablo Sorozábal, Federico Chueca, Tomás Bretón, Jacinto Guerrero, Ruperto Chapí y tantos otros hicieron de este género el espectáculo musical con más seguidores de todo el país. Hombres y mujeres de todas las edades y condiciones corrían a presenciar los estrenos para disfrutar de las melodías pegadizas, las historias próximas y las dosis de buen humor que desprendían estas obras.
   A partir del último cuarto del siglo XIX apareció una nueva “modalidad” de zarzuela caracterizada por su brevedad. Debido al elevado precio que había que pagar para poder entrar en el Teatro de la Zarzuela otro escenario madrileño (el Teatro de Variedades) ideó el llamado teatro por horas: cada tarde se ofrecían consecutivamente cuatro obras de una duración aproximada de una hora cada una. Así, el público podía escoger entre presenciar una sola zarzuela (y pagar una entrada muy asequible), o pagar un poco más y ver dos, tres o las cuatro. Así nació lo que se denominó género chico, nombre que a menudo se ha asociado a las zarzuelas en general, aunque inicialmente sólo hacía referencia a las zarzuelas de corta duración, en contraposición al nombre zarzuela grande. A partir de 1910 renació otra vez “la grande”, pero la popularidad de la zarzuela como género se fue apagando poco a poco hasta mediados del siglo XX.

LA BOCA DE LA TIERRA, Manuel Rivas

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MANUEL RIVAS, La boca de la tierra, Visor, Madrid, 2015, 180 páginas.

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Rivas se encarga de la traducción de su poemario en el que deleita al lector con una colección de poemas breves, haikus libres.
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La primera telaraña
Caza la gota
Donde tiembla el alba.

DIARIOS 1999-2003, Iñaki Uriarte

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IÑAKI URIARTE, Diarios 1999-2003, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2010, 192 páginas.

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Huyo de desarrollar las ideas. Como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud. Sólo es falta de talento. No sé quién ha dicho que escribir es hablar sin ser interrumpido. Pero yo me interrumpo de continuo a mí mismo. Tampoco soy lo suficientemente charlatán, ni me gusta mucho escucharme. Hablo a trompicones. Escribo de la misma manera. Y como dijo Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario.»
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Hay gente que lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel. Hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto les traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba.
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Los hombres creyeron primero en Dios, luego dejaron de hacerlo y comenzaron a creer en cosas como la Razón, la Historia, el Progreso. Ahora empiezan a no creer ni en ellas. Algo me suena mal en este resumen. Es un poco raro que la historia de siglos de la Humanidad coincida con mi historia personal.
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Que la literatura es un arte en decadencia lo demuestra el significado habitual al que ha llegado el término «literario». Hace tiempo que «poético» quiere decir cursi, y «teatral» equivale a «afectado», pero ahora empieza a estar claro que el epíteto «literario» significa estrictamente «pelmazo».
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No sólo tiene los pies en la tierra, sino todo el cuerpo, como las serpientes.
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Uno de los secretos del placer estético que produce la naturaleza es que no hay gente.
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Con qué poco reconocimiento me conformo. Eso es un suerte inmensa. Sin embargo, qué mal soporto las críticas. Por eso, no la búsqueda de alabanzas, sino la huida de las censuras, ha sido uno de los impulsos básicos de mi vida.

LOS DÍAS HÁBILES, Pedro Herrero

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PEDRO HERRERO, Los días hábiles, Serial, Barcelona, 2016, 193 páginas.

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LAS OLAS

   Aquella tarde, al volver del mercado con la cesta de la compra, la vecina del entresuelo halló en su buzón la disculpa de un antiguo pretendiente por no haber acudido a la cita que habían acordado mucho tiempo atrás, escrita a mano en una nota que acabó finalmente en el cubo de la basura, desmenuzada junto a varias facturas domésticas y folletos de publicidad, tras pasar unos días en la repisa del recibidor, donde la anciana señora la leyó al fin sin enterarse de nada por culpa de las cataratas, y por lo tanto sin experimentar emoción alguna después de tantos años en los que, de vez en cuando, se acordaba de aquel novio que la dejó plantada una vez, y reía y lloraba con cierta frecuencia sin saber exactamente por qué, o alternaba largos períodos de indiferencia o resignación ante los avatares que (pensaba ella) acudían prestos sin que nadie los llamara, como las olas en la playa, a la que bajaba a menudo a consolarse para intentar olvidar la tremenda decepción que la quemaba por dentro, y casi la volvía loca, cuando se convenció de que nunca volvería a verlo y no se lo podía creer, mientras esperaba como una tonta, de pie en la parada del autobús, con su ropa en una pequeña maleta y su corazón desbocado, aquella tarde en la que habían quedado los dos en irse a vivir muy lejos.