EL DEBUT Y OTROS CUENTOS, Santiago Varela

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SANTIAGO VARELA, El debut y otros cuentos, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1994, 240 páginas.

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DON VICENTE EL ZAPATERO

   Don Vicente, el zapatero de mi barrio, era todo un filósofo. Escucharlo hablar sentado en su pequeño taburete, rodeado de cueros, pegamentos y tinturas era un placer. Dominaba perfectamente a los antiguos, sentía profundamente la duda cartesiana, admiraba la vitalidad de Voltaire, desentrañaba los oscuros vericuetos de Hegel, palpitaba con la fuerza de Unamuno, se angustiaba con Sartre, comulgaba con Levi Strauss, leía atentamente a Lacán, pero, eso sí, no hacía una media suela bien ni por puta.

365 ZEN UNA ILUMINACIÓN PARA CADA DÍA, Francis Amalfi

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FRANCIS AMALFI, 365 zen. Una iluminación para cada día, Océano Ámbar, Barcelona, 2005, 380 páginas.

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En 365 Zensaciones para la vida diaria, Francis Amalfi presenta El pequeño libro del «aquí y ahora», «como un manantial de iluminaciones diarias para vivir con plenitud, atención y serenidad».
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«Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha: esto se conoce en la vida zendo como la puesta en práctica de la "virtud secreta". Es también el espíritu de servicio. La virtud secreta reside en el acto que se realiza en sí mismo, sin buscar ningún tipo de compensación, ni en el cielo ni en la tierra».

D. T. Suzuki

CÓMO TRATAR Y MALTRATAR A LOS POETAS, José Luis García Martín

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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN, Cómo tratar y maltratar a los poetas, Llibros del Pexe, Gijón, 1996, 260 páginas.

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En La crítica indicativa (pp. 7-11) José Luis García Martín diferencia entre la crítica militante, la crítica de urgencia y la que ciertos críticos como él ejercen: «La crítica indicativa a veces da razones y ofrece unas primeras vías de análisis de las nuevas obras literarias; otras veces se limita a recomendar, a subrayar. También a denigrar títulos muy publicitados y de escaso interés.»
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LA BIBLIA DEL HAIKU

   ¿Cómo puede definirse el haiku? André Bellesort lo ha hecho de manera más sugestiva que precisa: “Exactitud disfrazada de ensueño; poesía de res­plandores y de escalofríos; pequeñas chispas que comunican a los sueños vi­braciones infinitas; preciosos abanicos que, en el mismo instante en que se los despliega y se los cierra, hacen pasar ante nuestros ojos el milagro de un gran paisaje”.
   Para R. H. Blyth es una especie de iluminación por la que penetramos en la vida de las cosas; mediante el haiku “captamos el significado inexpresable de objetos o acontecimientos cotidianos que hasta entonces nos habían pa­sado por completo desapercibidos”.
   El haiku, que para los japoneses tiene un sentido místico y es algo más que un mínimo poema de diecisiete sílabas, se ha convertido entre los poetas occidentales en el soneto de los haraganes: no hay poeta actual que, engaña­do por su facilidad aparente, no haya perpetrado alguno.
   Fernando Rodríguez-Izquierdo, en un libro que es varios libros a la vez, ha querido aproximar al lector español, con rigor erudito, a una de las más se­ductoras y engañosas formas de la poesía universal. El haiku Japonés se editó inicialmente en 1972; inencontrable desde hace bastantes años, se reedita ahora sin otros retoques que la actualización de la bibliografía.
   Rodríguez-Izquierdo analiza el haiku desde las más diversas perspecti­vas; se detiene a contarnos la vida y la obra de sus más destacados cultiva­dores; se ocupa ampliamente de los problemas teóricos de la traducción; resume la fortuna del haiku en las literaturas francesa, inglesa y española; antologa —con especial hincapié en Bashoo— los mejores haikus, o los más característicos, de la ingente producción japonesa.
   El haiku cuenta con muchos devotos, pero también con algún escéptico. En diecisiete sílabas poca poesía cabe, nos dicen; el mínimo texto es sólo un pretexto para la imaginación del lector. La mayoría de los entendidos —y el profesor Takeo Kuwabara lo confirmó experimentalmente— no sabrían dis­tinguir un haiku de un gran maestro de otro compuesto por un aficionado, si se los presenta sin firma. Es posible. Pero si son verdaderamente expertos, sin duda sabrán distinguir un verdadero haiku de una trivialidad o de una inge­niosa ocurrencia, no importa quién sea su autor.
   La mitificación del haiku puede llevar a más de un estudioso a comulgar con ruedas de molino. Para Rodríguez-Izquierdo, “el haiku más crucial e im­portante que se haya escrito jamás” dice así: “Un viejo estanque; ) al zambu­llirse una rana, ¡ruido de agua”. Es posible que algún lector, tras conocer esta presunta obra maestra, no se sienta demasiado tentado a seguir perdiendo el tiempo con japonerías. Pero los mejores haikus tienen esa misma sencillez de trazo, sin alardes de ingenio ni rebuscadas metáforas: “Sobre la rama seca / un cuervo se ha posado; /tarde de otoño”.
   Ante un haiku sólo son posibles dos actitudes: el desdén o el deslumbra­miento; no hay término medio. Tampoco para el autor caben aproximacio­nes, medias tintas: se acierta o no se acierta; la habilidad retórica, el dominio del lenguaje, que en otros géneros evita el estrepitoso fracaso, aquí no sirve de nada.
   Los poetas de lengua española han rondado el haiku, con desigual fortu­na, desde el modernismo. Bien conocidos son los coloristas intentos de Juan José Tablada: “Tierno saúz, / casi oro, casi ámbar, / casi luz . No menos fa­mosas resultan las tentativas de Octavio Paz (por otra parte, sin saber japo­nés, el mejor traductor de poesía japonesa al castellano): “La hora es transparente: / vemos, si es invisible el pájaro, / el color de su canto”. Pero el haiku en español que yo prefiero es de un poeta desconocido, Rafael Lozano, quien lo publicó, a sus veintidós años, en un olvidado volumen de 1921: “El barco / deja sólo una estela. / Nosotros, ¿qué dejamos?’

«ME NOTO MUY CAMBIÁ», José Luis Cuerda

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JOSÉ LUIS CUERDA, «Me noto muy cambiá», Pepitas de calabaza, Logroño, 2016, 160 páginas.

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En El pensar ocioso (pp. 7-8), Cuerda dice de sus «tuites»: «son muchas veces salidas de tono, ocurrencias, [...] alimento o aperitivo, alpha u omega o, cualquiera sabe, el camino de en medio, que, quiero pensar, siempre lleva a alguna parte.»
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Las comas son mucho más tratables que los puntos.
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La evolución continúa y hasta se acelera: ya no se respira con los pulmones. Se respira por la herida.
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Las vidas de cada uno tienen su comienzo; pero no tienen fin. Continúan tras la muerte en recuerdos, odios y afectos y un generoso olvido.
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Las ideas son necesarias, las palabras imprescindibles, los silencios elocuentes. Y las miradas colman.
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La vejez empieza cuando uno va paseando y, sin darse cuenta, se queda detrás de uno mismo.
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Somos marionetas aturdidas movidas por marionetas muy activas que venden sus servicios a unas decenas de Mal Nacidos.
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No recuerdo si me he olvidado de todo lo que quería olvidarme. 


LA CIUDAD DEL CANGREJO Y OTROS CUADROS ARGENTINOS, Carlos Santos Sáez

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CARLOS SANTOS SÁEZ, La ciudad del cangrejo y otros cuadros argentinos, Ediciones Lea, Buenos Aires, 2005, 224 páginas.

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PICHONES

   El pelado se trepaba a los árboles que rodeaban la estación, para robar pichones de los nidos. Eran horribles esos trozos de carne casi emplumada, con la boca exagerada y los ojos pegados.
   Las manos del pelado parecían las garras de un gigante sobre las alitas desplegadas de esos pequeños cristus.
   Arrancaba de un solo tirón para que apenas sangraran y dejaba los cuerpitos calientes sobre la tierra. Chillaban gelatinosos los pajaritos, y saltaban con pasos cortos sin rumbo aparente. Los gatos nos rodeaban hambrientos, y luego de gozar de la danza de esas aves sin vuelo, las despedazaban y las comían sin dejar rastros.
   El espectáculo que ofrecían los pichones, los gatos y el pelado, era más atractivo que el picado de fútbol en el potrero, o el televisor del almacenero (el único del barrio)
   Los gorriones viejos presenciaban el acto sin preocupación. Sabían (por gorriones y por viejos) que el pelado crecería para abandonar su perversión infantil, o que el objeto de su crueldad se desviaría, con el correr de la vida, hacia otros horizontes más trascendentes. Sabían los viejos gorriones que los gatos, de todos modos, llegarían a los nidos para tragar a alguno de los pichones. Sabían que, sin embargo, en el mundo hay muchos más gorriones que gatos, y que los gatos nunca podrán volar.
   Sabían muchas cosas esos pájaros. Nosotros no sabíamos nada. 

EL PLATO PREFERIDO DE LOS GUSANOS, Pere Saborit

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PERE SABORIT, El plato preferido de los gusanos, Trea, Gijón, 2016, 94 páginas.

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Trea pone a disposición del lector las peripecias y reflexiones de X. en traducción de José Luis Trullo. La primer edición, El plat preferit dels cucs (Edicions 62, 1987), mereció el premio Documenta de Literatura catalana.
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Según X., el hecho de que todo el mundo posea un rostro diferente es una prueba irrefutable de que Dios –en caso de existir– aún no ha superado el estadio de producción artesanal.
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Muy de vez en cuando, X. tenía una gran idea en la punta de la lengua; sin embargo, lo más habitual era que tuviese toda la boca ocupada por tópicos y frases hechas.
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A veces, X. se sentía como si viviera sólo de la inercia del parto.
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X. sólo recordaba haber sido plenamente feliz en determinados momentos de su vida, durante los cuales, a posteriori, se había enterado de que había estado viviendo engañado.
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Después de leer un libro de historia universal, X. se quedó sorprendido de que la palabra «hombre» aún no fuese un insulto.
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Los ideales de X. recibieron un golpe mortal el día en que se percató de que es mucho más fácil volverse insensible que transfromar el mundo.
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La naturaleza es muy sabia —pensaba X.—; ¡lástima que le quedase la justicia para septiembre!
 
 



WONDERWOMEN, María Ángeles Cabré

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MARÍA ÁNGELES CABRÉ, Wonderwomen, Sd-Edicions, Barcelona, 2016, 214 páginas.


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Sd-Edicions acierta al recopilar en este libro estos retratos emitidos en el programa de Radio 4 Wonderland.
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MARÍA MOLINER. PALABRA SOBRE PALABRA [1900-1981]

   Como Pompeu Fabra fue el mago de la lengua cata­lana, María Moliner lo fue de la lengua española. Pero ella fue una mujer y para más inri republicana, de modo que no acabó siendo nombrada catedrática ni tampoco saboreando las mieles del triunfo. Una humilde bibliotecaria llamada María Juana Moliner Ruiz que un buen día se puso a hacer fichas en su mesa camilla, eso fue María Moliner, la autora del diccionario que Francisco Umbral calificó de genialmente “intuitivo”.
   Esta zaragozana nacida con el siglo (le gustaba decir que nació en el año 0) sufrió pues doblemente: como mujer y como republicana. Como mujer por querer llevar adelante su afición lexicógrafa allí donde sólo a los hombres les estaba permitido “le­xicografiar”, y como republicana porque perdió la guerra y le tocó estarse calladita yen un rincón, como tantos otros y tantas otras. Hija de un médico rural, desde su tierra aragonesa la familia se trasladó a Soria y después a Madrid. María tuvo la inmensa suerte de estudiar en la Institución Libre de Enseñanza (ese pozo de sensibilidad pedagógica, inspirado en la filosofía krausista, a la que a día de hoy haríamos bien en volver en beneficio tanto de nuestros jóvenes como del conjunto de la sociedad). Allí se dice que fue ni más ni menos que Américo Castro quien despertó su interés por la lengua. Tras cursar historia en la universidad y licenciarse con pre­mio extraordinario, María ingresó en el Cuerpo Facultativo de Ar­chiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, incorporándose al Archivo de Simancas, sito en Valladolid.
   Su camino hasta el mencionado archivo no fue fácil, pues durante un viaje a su padre le había dado por quedarse a vivir en Argentina, dejando atrás a su mujer y a sus tres hijos, por lo que María, al ser la mayor, tuvo que madurar a marchas forzadas, con­sagrando sus horas a dar clases particulares para poder llevar a casa algún dinero. De Valladolid se trasladó a Murcia y allí cono­ció a Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física nacido en Mont-Roig, Tarragona (localidad por cierto estrechamente vinculada a Joan Miró), con quien se casó. María bromeaba y decía que el nombre y los apellidos de Fernando le invitaban a pensar que se había casado con tres hombres a la vez. Y lo cierto es que ese hombre “tres en uno” no carecía de virtudes, ya que entre otras cosas consiguió que el mismísimo Einstein fuera a ex­plicar su teoría de la relatividad a Madrid.
   María Moliner fundó junto a su marido y a otros matrimonios afines la Escuela Cossío, que seguía el modelo de la Institución Libre de Enseñanza. También dirigió las Bibliotecas Circulantes de las Misiones Pedagógicas organizadas por la República, que lleva­ban la cultura allí donde más se necesitaba, y era tan eficiente que la invitaron a dirigir la biblioteca de la Universidad de Valencia. In­cluso llegó a escribir un pequeño librito titulado Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, que dada su innata humildad se olvidó de firmar. Pero como no podía ser de otro modo, la mal­dita Guerra Civil lo estropeó todo y tanto ella como su marido fueron expedientados por el bando ganador: él perdió la cátedra y ella fue degradada profesionalmente, lo que supuso para la fa­milia no pocos disgustos. Fueron desterrados a Murcia y sólo años después Fernando fue readmitido y ella consiguió entrar como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, donde la llamaban la Roja, apodo que en su fuero interno llevaba con orgullo.
   La pareja tuvo cuatro hijos y solían pasar las vacaciones en Cataluña, precisamente en Mont-Roig. Cuando los hijos acabaron los estudios, a María le dio por llenar el tiempo confeccionando un diccionario de uso del español, que echaba en falta, tratando de encerrar en él el idioma de la calle, la lengua viva, y no la len­gua muerta que albergaba entonces el Diccionario de la RealAca­demia Española. Quería hacer un diccionario único en el mundo y lo logró, aunque en lugar de los dos años previstos al final le de­dicara quince. La editorial Gredos lo publicó en 1966 bajo el tí­tulo de Diccionario de uso del español (aunque todos lo conocemos como “el María Moliner”); tenía más de 1500 páginas y pesaba tres kilos, como un bebé.
   María Moliner llegó a ser la directora de la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid y se jubiló en 1970. En 1972 dos académicos se atrevieron a proponer su candidatura a la Real Academia Española, en concreto para ocu­par el sillón B, pues méritos no le faltaban a esta lexicógrafa aficio­nada, pero los demás se opusieron y no entró. Hubiera merecido ser ella la primera mujer en entrar en tan insigne institución, pero el inveterado machismo de la RAE impidió que fuera aceptada, aun­que cómo olvidar también que su formación filológica fue amateur y que eso era algo que una institución como la RAE no estaba dis­puesta a aceptar. Unos años después, los académicos le prestaron un asiento a la escritora Carmen Conde.
   El tiempo ha demostrado, sin embargo, que el trabajo in­gente y tenaz de Moliner fue soberbio, y que valió la pena aquella dedicación abnegada de tres lustros. Pasó los últimos años en su casa de la madrileña calle de Santa Engracia, ya viuda y rodeada del cariño de los suyos. Recientemente la actriz Vicky Peña la in­terpretó en el teatro, como siempre magistralmente. Casi dos veces más largo que el de la RAE, García Márquez consideraba su diccionario también dos veces mejor. Y es por ello que quiso conocerla, cosa que sus hijos impidieron, pues por esas fechas la ya anciana María padecía alzhéimer. El destino haría que García Márquez lo sufriera también. Los dos amaron hasta la locura las palabras y para desgracia de ambos estas fueron desdibujándose hasta perder todas y cada una de sus letras.